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ACOGER AL OTRO ( Parte II)
TRANSFORMAR LAS RELACIONES PARA TRANSFORMAR EL MUNDO
Luis Rosa Invernón*
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1. La
morada del hombre
El
hogar de la persona es el hombre. Su morada, su lugar, el
ámbito en el que se desarrolla su vida, es la humanidad.
Nuestra casa, antes que paredes, puertas, ventanas o
armarios, está compuesta por sonrisas, llantos, palabras,
gestos, ilusiones, frustraciones, esperanzas, angustias,
rencores, alegrías, etc. Las cosas son una mediación para la
vida, y aunque la vida se desarrolle entre cosas, estas no
son la vida ni su contexto real. El contexto real de la vida
es el mundo humano, esa red relacional tejida con carne: la
sociedad.
Es en
este contexto relacional donde el hombre habita y donde
desarrolla, en el impulso de su acción, desde su vocación a
ser plenamente, toda su vida. Una vida llena de conflictos y
tragedias, llena también de alegrías. Nuestras relaciones
personales son la clave en la configuración de nuestro hogar
humano: si las relaciones son, por ejemplo, injustas,
nuestra morada -la humanidad- será una casa en la que las
riquezas estarán mal distribuidas; si las relaciones son
egoístas, nuestra morada será un continuo conflicto; si,
además, nuestras relaciones son violentas, nuestra casa será
la guerra. Y, a la inversa, podemos decir que si nuestro
mundo es un mundo plagado de guerras, injusticia, etc., es
precisamente porque nuestras relaciones son violentas e
injustas. Se impone entonces una tarea para todo aquel que
quiera vivir en una casa más humana, para todo aquel que
desee habitar una tierra nueva: transformar las relaciones
para transformar el mundo.
Toda
transformación implica necesariamente una renuncia para
acceder a algo nuevo que se necesita, que se anhela, que se
espera. A su vez, toda renuncia precisa de un conocimiento:
conocer aquello a lo que se quiere renunciar, conocerlo y
desear superarlo, salir de ello, escapar de su yugo para
sentir la liberación y la entrada en un nuevo modo de
existencia. Es fácil reconocer que nuestro mundo está
enfermo, y que los daños de sus enfermedades nos perjudican
a todos, pero es más difícil reconocer la propia
responsabilidad en la creación de esas enfermedades. Si la
humanidad vive sufriendo el dolor de la guerra, el hambre de
la injusticia, la angustia de la soledad, es porque nosotros
los hombres contribuimos a crear esas situaciones de
sufrimiento. Reconocer esta realidad es el primer paso.
Ahora bien, reconocer es conocer dando a conocer a otros que
se conoce eso que se reconoce. Es conocer relacionalmente.
Pero dar a conocer nuestras miserias -sin lo cual no podemos
darnos- y aparecer manchados no nos gusta. Preferimos echar
balones fuera e inculpar a otros: el mundo va mal porque
otros lo hacen mal; yo no tengo nada que ver al respecto, me
lavo las manos. Y, a lo Pilatos, ya nos hemos autoexcluido
de la tarea siempre necesaria y urgente de transformar
nuestras relaciones para transformar el mundo.
El
primer paso, entonces, es el reconocimiento de la maldad que
vivimos en nuestras relaciones personales. Sólo después de
este primer paso podemos dar el salto hacia un nuevo modo de
vida. Pero anterior al primer paso, a la primera acción
humana, siempre hay una pasión, el padecer alguna realidad.
El paso que comienza a caminar por el nuevo sendero abierto
es posible por la apertura de ese mismo sendero, que se abre
cuando el hombre siente sobre sí, en sí, una realidad que le
invita a crecer. Lo previo al paso es la apertura del
camino; el pre-paso, lo que antecede a la acción
transformadora de las relaciones personales, es la pasión
del Bien, el padecerlo en alguna de sus manifestaciones, el
encontrarlo en alguna de sus apariciones, el sentirlo, al
fin y al cabo. San Juan de la Cruz lo canta como nadie:
“¿Adónde te escondiste,
amado,
y me dejaste con gemido?
Como
el ciervo huiste,
habiéndome herido,
salí
tras ti, clamando, y eras ido”.
La
transformación de las relaciones personales no se da en un
instante, aunque requieren de un instante de decisión para
comenzar. A partir de esa decisión se comienza a andar el
sendero: nos damos cuenta de que vivimos levantando
alambradas. Entonces ya podemos plantearnos algo nuevo, ya
podemos comenzar a caminar, ya podemos abrir puertas.
2. Levantando alambradas
Dice
Fernando Pessoa: “Más terrible que cualquier muro, coloqué
rejas altísimas delimitando el jardín de mi ser” (1). Este
es el testimonio de una persona que decidió recluirse en sí
misma, cerrando todas sus puertas y alzando “rejas
altísimas” para guardarse de lo exterior. Cuando vivimos
levantando alambradas para delimitar nuestro espacio,
nuestra individualidad, quebramos nuestras relaciones
personales. Levantamos esas rejas cuando vivimos sólo
mirando por nuestros propios intereses, atendiendo
únicamente a nuestras razones, dando real importancia y
valor tan sólo a nuestros sentimientos...
Vivo
desde mis intereses y para ellos, sin tener en cuenta los
intereses del otro, cuando hago todo lo que está en mi mano,
sin ningún tipo de restricción, por conseguir eso que me
interesa. Quien así vive actúa utilizando a los demás,
buscando relaciones de conveniencia para acceder a
posiciones de poder o a posesiones deseadas. Generalmente
actuamos así cuando nos acercamos a personas que ostentan un
poder del que podemos sacar algún provecho: ser “amigo” del
jefe en el trabajo, o “amigo” del “amigo” del jefe, o
aparecer junto a personas “importantes”, o simular intereses
y gustos hipócritamente para acercarnos a alguna persona que
tenga una posición social, laboral o familiar que
envidiamos. Mis intereses son cuasi-absolutos para mí si
actúo de esta manera; tan sólo dependen de una cosa: yo. “Yo
soy el centro”. Mis intereses son relativos a mí, que soy lo
absoluto. Los demás son mediaciones para mi
auto-realización, es decir, para mi reinado en el mundo.
Cuando utilizamos a los demás para alcanzar nuestros propios
objetivos, tratándolos como medios para nuestros fines,
estamos tratando de imponer nuestro poder en nuestra morada,
en la humanidad. Rebajamos entonces a los demás a objeto, a
útil, a medio. No acojo al otro, porque lo utilizo. Y no
hace falta irse demasiado lejos para constatar esto. Muchas
de nuestras relaciones sociales son de este tipo: tratamos a
las personas, y somos tratados por los demás, considerando
el papel que cada cual representa, y no la persona que es.
Así hacemos, por ejemplo, cuando nos acercamos a la
panadería y tratamos a quien atiende detrás del mostrador
tan sólo considerando la acción que está llevando a cabo en
ese instante. No nos interesa en ese momento nada de esa
persona; únicamente queremos conseguir pan, y un intercambio
económico bastará para lograr eso que queremos.
Vivir
en ese registro impersonal es cosificar a los otros,
transmitiendo este mensaje: “me relaciono contigo porque
necesito ciertas cosas que puedo conseguir a través de ti;
al margen de esas cosas que consigo a través de ti, no me
interesas para nada”. Cuando nuestra actitud hacia los otros
es ésta, nuestra localización geográfica dentro del mapa
humano es clara: estamos en el ego-centro. El ego-centro es
ese estrechísimo lugar vital en el que sólo quepo yo: mis
intereses, mis cosas, mis sentimientos, mis necesidades, mis
gustos, mi cansancio, mi esfuerzo, mi mérito, mi sacrificio,
mi dolor, mi alegría, mi enfermedad, mi talento, mi... Todo
“mi”, sólo yo; resultado: yo solo. La soledad es la
consecuencia lógica del egocentrismo. Quien anula con su
actitud a los demás en cuanto que personas, pues las
considera como útiles para alcanzar sus objetivos, está
cerrando el cerco sobre su propia realidad, aislándose,
recluyéndose, encarcelándose: destruye su propia libertad,
cuyo único ámbito puede ser la relación humana. Gasta su
vida en levantar muros, poner fronteras, delimitar, poniendo
a todo lo que puede una misma etiqueta: “mío”. Esta es una
de las enfermedades más evidentes de Occidente: quiere
defender lo que tiene de quienes no tienen, y quiere tener
más de lo que tiene, siempre más, por eso roba y expolia. Si
Occidente es así, si esa es su actitud, es debido a que los
occidentales viven desde la escala de valores del
ego-centro.
Toda
persona que vive en el ego-centro se define por lo que
tiene, nunca por quien es. Y necesita ampliar lo que tiene,
ampliarlo infinitamente, pues busca, como todo hombre, un
espacio para ser, un verdadero hogar: busca su Patria, su
hogar en el seno de la Vida, pues lo anhela. Pero no lo
puede encontrar; su búsqueda es su misma perdición porque
comete un error fundamental: quiere llegar a ser teniendo,
quiere realizar su libertad mientras se esclaviza a lo que
tiene: lo tiene todo pero no se tiene a sí mismo, se
encuentra perdido.
Cuando
nos encerramos en nuestra esfera impermeable e insensible
cerramos también nuestra inteligencia, nuestra razón. La
razón es esencialmente dialógica: palabra comunitaria,
comunicación. Pero cuando nos colocamos en el ego-centro
pretendemos tenerlo todo, también la razón; la queremos para
nosotros solos, sólo para nosotros. Tener razón es una de
las máximas victorias que un hombre que ansía tener puede
alcanzar. Tener razón es tener siempre la última palabra,
tener siempre una justificación, no admitir jamás un error,
una equivocación, una mala intención. Por eso quien se
esfuerza en imponer siempre su razón se queda solo, solo con
su verdad. Pero la verdad no es de nadie; más bien somos de
la Verdad, le pertenecemos, o a eso estamos llamados.
“¿Tú
verdad? No, la verdad,
y ven
conmigo a buscarla,
la
tuya, guárdatela”.
(Antonio Machado)
Cuando
actuamos desde el ego-centro vivimos desde una escala de
valores no universalizable: es imposible que todos nos
realicemos de esa manera a un mismo tiempo. Pero esto nos da
igual cuando nuestra morada es el ego-centro: los otros no
son otros, sino medios para nuestros fines. Y así va el
mundo. Nos hacemos daño, mucho daño en muchas ocasiones, y
convertimos nuestro hogar en una auténtica selva, una selva
“a lo hombre”: una guerra. Quien mejor mueve los hilos
sobrevive; quien lo hace peor, es devorado. Nuestro mundo,
la configuración y organización de nuestro hogar humano, es
el fruto de nuestras acciones. La única manera de salir de
esta dinámica de violencia, exclusión y sufrimiento es salir
del ego-centro, abandonar la etiqueta que dice “mío”, y
abrir las puertas de nuestra persona al otro, para acogerlo
como el máximo regalo en su esfuerzo por ser. Tenemos que
cambiar de lugar para ponernos en el lugar del otro si
queremos transformar nuestras relaciones para transformar el
mundo.
3. Abriendo puertas
“Quien
no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9, 40).
Abrir
puertas es dejar pasar a los demás, abrir el jardín de
nuestra realidad, hacernos accesibles a los otros y
disponibles para ellos. Abrir puertas es hacer un esfuerzo
por superar el egoísmo, tomar en consideración al otro y
tratar de comprenderlo, teniendo en cuenta sus necesidades.
La principal diferencia entre quien vive levantando
alambradas y quien vive abriendo puertas es la actitud hacia
el otro: el primero utiliza a los demás para alcanzar sus
propios fines, mientras que el segundo vive para los demás
porque es capaz de sentir el valor del otro y su vocación a
la plenitud.
El
mundo se colorea axiológicamente para quien, abriendo las
puertas del jardín de su ser, puede apreciar el valor
absoluto de la vida humana, la dignidad de cada persona. Un
jardín cerrado es un jardín muerto; en él no puede darse la
vida, pues no hay luz, aire, ni agua. La luz, el aire y el
agua de nuestro jardín son la presencia del otro, presencia
que sólo es posible en su acogida incondicional. Acoger al
otro es recibirlo en nuestra realidad, en nuestro jardín.
Recibirlo tal y como es, con las manos tendidas, la mente
atenta y el corazón abierto. Reconocer su dignidad, su
valor, sus dones, su “ser-un-regalo-para-todos”, y su
vocación. Y para esto es necesario abandonar el ego-centro y
buscar otra posición vital, otro lugar geográfico dentro del
mapa humano: la comunidad. La comunidad es el ámbito humano
en el que se viven relaciones interpersonales positivas,
fortificantes, fraternas. Para transformar el mundo es
necesaria la voluntad de comunión, que se verifica en el
paso del yo al tú y del tú al yo-y-tú, al nosotros, como
enseña Carlos Díaz.
Para
acceder del yo al tú se hace necesario asumir la realidad
del otro, ponerse en su lugar para entender sus actitudes,
para compartir sus sentimientos, para atender a sus
necesidades, para colaborar en la realización de su
vocación. El criterio de actuación varía radicalmente cuando
soy capaz de considerar esto, y no únicamente mis intereses,
sentimientos o razones. El ego ya no es el centro; el
centro, para mí, es el otro. Y es el centro porque es el
lugar de mi salvación, el agente de mi rescate: me ha sacado
del pozo de soledad en el que me encontraba, ha roto la
espiral de egoísmo en la que me veía sumergido, ha abierto
nuevos horizontes en mi vida. El otro me rescata en cuanto
que su presencia es la única posibilidad de mi
des-centramiento y, como tal, una invitación al amor, a la
plenitud personal y comunitaria.
Los
otros siempre están ahí, pero no siempre están como otros.
La modulación de su presencia depende de la apertura de
nuestro corazón: en corazón cerrado no entra dignidad
humana. Para conocer la realidad del otro en su verdad
necesitamos abrir el corazón, que es nuestro centro
vital-relacional. Abrir las puertas de nuestro corazón: esa
es la condición para poder ver, para poder sentir al otro.
Entonces aparece el otro realmente en cuanto tal, el otro
como alguien que me llama.
Quien
vive abriendo puertas se rige por una escala de valores
universal. Dicha escala de valores tiene en su mismo centro,
como fuente axiológica, a la persona humana: nada es más
importante que cada persona. Ninguna norma tiene sentido si
atenta contra su dignidad. Tampoco tiene sentido ningún
precepto religioso: “El sábado está hecho para el hombre y
no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). La persona es el
centro de centros axiológico, y su valor es un valor
cobrado, recibido; le ha sido dado por Dios.
Tomar
la posición vital del otro cuando se aprehende su dignidad
es una necesidad, no un capricho. Pues la dignidad llama al
amor, única actitud humana que responde adecuadamente a tan
alto valor, y el amor es exigencia y compromiso en la
gratuidad del don recibido. Así, quien abre su corazón y
acoge con amor al otro puede invertir el pensamiento
egocéntrico siguiendo el sendero del mandato de Jesús: “Todo
cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también
vosotros a ellos” (Mt 7, 12). En realizar esta inversión
está la clave para invertir el signo de nuestras relaciones
interpersonales e invertir el rumbo del mundo. Que el hijo
se comporte tal y como él quisiera que, siendo él padre, su
hijo lo hiciera; y que el padre haga lo mismo. Que el
maestro trate de ser el mejor maestro, aquel que él siempre
deseó tener cuando fue alumno; y que cada alumno intente ser
el alumno que él mismo desearía tener si fuera profesor. Que
los que ostentan algún tipo de poder tratasen a quienes se
encuentran bajo la fuerza de su acción (económica, política,
científica, educativa, militar, familiar, etc.) como a ellos
les gustaría ser tratados si ocupasen la posición de estos.
Eso es intentar actuar desde una escala de valores
universal, y eso es transformar el mundo. Siempre podemos
confundirnos al intentar tomar la posición del otro, pero lo
importante es dar el paso, pues la confusión siempre puede
ser resuelta a través del diálogo. A lo mejor un profesor no
ha sabido imaginar bien el tipo de profesor que a sus
alumnos les hace falta, el que sus alumnos necesitan para
crecer como personas. Pero lo que cuenta es que ese profesor
no ama el ideal de profesor que ha imaginado, sino que ama a
sus alumnos, y este amor le hará modificar el ideal de
profesor que persigue y el profesor concreto que es hasta
aproximarlo lo máximo posible a lo que sus alumnos
necesitan. Lo que importan no son mis intereses
particulares, ni mis posesiones, ni mis ansias de poder;
importa el otro, y por eso cuando tomamos esta perspectiva
hemos escapado de la soledad.
Y
también de la guerra. Para romper la cadena de violencia que
somete a la humanidad a la guerra estamos llamados a ser
núcleos de perdón, luces reconciliadoras que alumbren las
tinieblas del rencor. Que en nosotros se apague el odio, que
nosotros seamos un rotundo punto y final para el mal, para
el rumor, para las malas palabras y las malas obras. Nunca
seremos capaces de realizar esta retención del dolor si no
estamos hondamente anclados en Dios, quien todo lo
reconcilia y restituye. Esta reconciliación-restitución es
resurrección: allí donde llegó la muerte y reinó
abundantemente, apareció la gracia en forma de vida
resucitada sobreabundante, abriendo las puertas de la nueva
humanidad, un hogar de paz y bien, de amistad y solidaridad,
una morada por fin humana.
4. La puerta del Reino de los cielos es la Cruz
“Le
escupieron la cara y, quitándole la caña, le pegaron en la
cabeza.
Después que se burlaron de él, le quitaron el manto,
le
pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar” (Mt 27, 30-31).
Jesús
es Dios poniéndose en el lugar de los hombres. Es el máximo
cambio de perspectiva, la máxima alter-ación (acción por el
otro) que se puede llevar a cabo. En ella lo infinito, lo
omnipotente, se autolimita encarnándose para tomar la
posición de los hombres y para dialogar con ellos. El
diálogo sólo es posible desde la apertura, y ésta es el
inicio de la acogida incondicional del otro. Acogida que
exige un previo ponerse en el lugar del otro para poder
entenderlo. Jesús es Dios poniéndose en nuestro lugar,
asumiendo nuestra condición, nuestra carne. Su acción por
nosotros, su alter-ación, es encarnación.
Desde
esa posición, desde ese ofrecimiento de sí que Dios lleva a
cabo en la persona de Jesús, desde ese nuevo “lugar”, puede
rescatar al hombre de su soledad y hacerlo partícipe de su
riqueza ontológica, de su fuerza vital (Espíritu), de su
modo de ser. Su modo de ser, que es su vida
comunitaria-trinitaria, es lo que nos ofrece en su venir a
nuestro encuentro: una ofrenda de amor, una ofrenda de sana
relación interpersonal. La llegada de Dios al universo
humano, su encarnación, es el presupuesto real de la
posibilidad de salvación para la humanidad. Si Dios no se
pone en nuestro lugar, si no se acerca y nos abre su corazón
ofreciéndonos una nueva forma de relacionarnos, una nueva
forma de ser hombres (hombres nuevos), no hay salvación
posible.
Dios
en la cruz, Jesús de Nazaret colgando del madero, es la
máxima expresión del ponerse en el lugar del otro, asumiendo
plenamente su condición hasta el límite final de su
sufrimiento, hasta el fracaso absoluto de su esperanza:
hasta la muerte.
Dios
ha acogido al otro, que es el hombre. Lo otro que Dios es el
hombre, y Dios ha acogido lo humano hasta su mismo fondo
trágico: ha compartido la alegría y el dolor, ha
experimentado el sufrimiento en su carne: ha sido hombre. Se
ha puesto en nuestro lugar y ha acogido en el fondo infinito
de su vida de amor nuestra realidad herida. Con ello nos
ofrece sanación, transformación; nos ofrece un nuevo modo de
ser persona, un nuevo modelo relacional de amor, de verdad y
transparencia. Y con ello nos ofrece un nuevo mundo:
“Paz a
vosotros” (Lc 24, 36).
5. Hijos y hermanos
¿Quién
es el otro? El otro es mi hermano. ¿Y quién es el Otro? El
Otro es mi Padre. Y es sólo a través del Otro y de los otros
que yo descubro mi identidad personal, el fondo profundo de
mi realidad: soy Hijo de Dios y hermano de los hombres. A
través de los otros se me revela mi propia persona. Los
otros son el ámbito privilegiado de revelación de la verdad.
El
mundo en el que el otro me aparece como un extraño, como
alguien distante y peligroso, este mundo que tanto nos
aterra por sus tremendas contradicciones, por la presencia
macabra del mal, ese mundo está llamado a ser hogar de una
familia universal, de una humanidad fraternizada mediante la
fuerza del amor. Amor que es entrega por el otro, por su
bien y por su realización. Amor que es confianza en Dios,
fundamento de la esperanza que nos impulsa, alienta y
sostiene, para que continuemos en la labor de alumbrar y
sanar.
*
Licenciado en Filosofía. Miembro del Instituto Mounier
España. (Ver más en nuestro link de Autores).
Nota:
(1)
Pessoa, F., El libro del desasosiego, Ed. Acantilado, p.
136.
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