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PERSONALISMO Y COMPROMISO
Paul L. Landsberg:
un fructífero diálogo
con Charles Péguy
y Emmanuel Mounier
Juan Carlos Vila*
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1. Introducción
Cuando hablamos de personalismo,
obviamente hablamos de la persona, y una saludable aproximación
a ésta es la de tratarla como voluntad intencionada; acción de una
identidad hacia sí misma y hacia el exterior. Una acción siempre dirigida
hacia un fin, como la punta de la flecha, que siempre mira hacia su
objetivo, y éste siempre recibe la mirada fija del volente que tensa su
arco y se lanza en plenitud a ser, a cumplir con el fin que de él se
espera. La diferencia con el símil, es que arquero y flecha son un mismo
ser, la persona, que es la única entidad viva capaz de reflexividad
intencional, que se tensa y se lanza.
Pero
esa acción se hace narración que da sentido a la realidad en una donación
amorosa de tres momentos: Es rostro que se ama, ama y es amado, se ordena
en relación al otro. Es narración y realidad narrada, en continuo diálogo,
relación creadora de nudos de filiación encarnados y/o trascendentes. Somos
tapiz multicolor, donde el espesor viene dado por las relaciones
establecidas, como representa Charles Péguy(1) en distintas de sus obras,
donde la labor bien realizada, bien terminada, amada, se entreteje con
hilos en principio dispares, pero que juntos, y armoniosamente trenzados,
generan algo que no existía antes. Las hebras dialogan unas con otras,
algunas consigo mismas, y van conformando línea a línea, la modulación de
una historia contada trenza a trenza. Y en esa imagen final tenemos a la
persona actuando, pleonasmo poco considerado. Es en la acción donde se
presenta la persona, y configura la realidad, que no es sino la historia
misma.
Así,
la relación necesaria entre la persona y la realidad es el compromiso; el
carácter histórico de la persona exige el compromiso como condición a la
narración de su proceso de humanización, a ser persona. Nos hacemos
comprometiéndonos con los demás, con nuestro entorno vital, con nuestras
circunstancias. Comprometerse con ellas es salvarlas, y como decía Ortega
en el final siempre olvidado de su tan citada frase, debo salvarlas para
salvarme yo (2).
La
plasmación de la historicidad de la persona es acto puramente libre. De una
libertad basada en la voluntad de tomar conciencia de su propia
responsabilidad consigo misma y con los demás; porque la narración es
colectiva, la historia es historia de la comunidad, y ésta es expresión
viva del compromiso de las personas que la forman. No existe comunidad sin
el compromiso de sus miembros, como no existe cuerpo sin el compromiso del
acorde funcionamiento de cada miembro, con la diferencia de que en la
comunidad el compromiso es libre.
Esta
acción viene marcada por el hecho de que todo contacto con la realidad
implica impureza. Encarnar nuestra vocación es el objeto de nuestra acción,
que comprometida, responsabilizada, se sabe deudora del don recibido.
Quedamos en ese momento expuestos a las consecuencias de nuestras acciones
y las de los otros.
Finalmente,
nuestra acción compromete asumir el sentido de nuestra responsabilidad
frente a la comunidad, y para aquellos que obtienen el don de la fe, frente
a Dios.
2. Acción y compromiso;
comunidad e historia
Ambos
temas son cruciales en Landsberg, a los que dedica textos fundamentales
como “El sentido de la acción”(3) y “Reflexiones sobre el compromiso
personal”(4). Ambos pertenecen a la época del exilio, o sea al momento en
el que Landsberg se encuentra personalmente en la situación de mayor
compromiso personal con su realidad.
Pero
aquí no me voy a centrar en estos textos, sino en una breve carta del año
40 que Mounier le remite a Landsberg, para entrar en la concreción de lo
personal; y en las “Reflexiones para una filosofía de la guerra y la paz”,
del congreso Esprit de julio del 39(5).
Hay
una unidad indisoluble entre lo individual y lo colectivo, somos solidarios
con el resto de las personas, con su historia; la nuestra, la suya, la de
todos es una sola historia común, y es la de la implicación en la realidad,
la de convertirnos en un gajo más (engager en francés, comparte raíz
con gajo, parte de un todo).
Además,
el compromiso debe ser totalmente libre, para diferenciarlo de los actos
puramente estéticos o intelectuales, y de la ciega sumisión. No hay
neutralidad posible en el compromiso, no hay lugar a la asepsia del
compromiso; uno se embarra dentro de las impurezas que rodean siempre al
compromiso, y lo hace libremente; no hay coacción, y no hay sobrecargas. Y
por ende, no existe compromiso solitario.
En
el proceso de conocimiento, en nuestra incansable búsqueda de la verdad,
sólo el compromiso puede darnos las claves correctas de hacia donde dirigir
nuestras miradas; no hay, en el sentido fuerte de “no debe haber”,
inteligencia aislada. Landsberg preferirá la fórmula “pensamiento que se
compromete”, a “pensamiento comprometido”. Y del conocimiento que se
compromete, surge una forma científica de aproximación a la realidad de
tipo personalista, ya que la realizamos de una forma integral, desde todas
las formas de conocimiento; el método científico, principalmente tras el
positivismo, llevó a cabo una disección metodológica que fue apartando
modos de aproximación como poco fiables, y finalmente los arrinconó en el
baúl de lo imposible.
Lo
que se pone en juego en esto del compromiso, son los valores que marcan
nuestro camino. Son ellos quienes van a ayudarnos a determinar lo acertado
o no de nuestros actos, de nuestras elucidaciones; son luces que iluminan
el camino, pero luces que habrá que mantener; son esas piedras blancas que
Landsberg encuentra por su camino, que no flores(6)
Ser
humano y ser persona no son lo mismo. Se es persona; humano se hace uno en
el transcurso del devenir de la vida, de nuestra historia personal.
Comprometiéndonos hacemos vivo el proceso de humanización; ¿pero como se
compromete una persona que se encuentra postrada por una enfermedad que le
impide incluso el reconocimiento de lo real? Básicamente porque no estamos
solos. Porque nuestra existencia está ligada al colectivo. La pequeña hija
de Mounier, que acabará muriendo, reducida al mero estar y padecer desde
casi el principio de su existencia, tiene un rostro y es parte de nuestra
historicidad; se ha hecho acontecimiento entre nosotros, por eso puede
decir Mounier: “Estamos con vosotros junto al lecho de nuestra hija, ….
nuestra fraternidad con vosotros es la más viva que ser pueda dar”(7).
Incluso,
en la misma carta, que Mounier le envía a Landsberg utilizando la identidad
falsa que le protegía de la ocupación nazi, le recuerda algo a Landsberg,
que parece haber olvidado, al dolerse por un artículo en el que Mounier
critica los ambientes cristianos, más preocupados por lo privado; “¿Lo que
te ha preocupado, es que pidiese una acción de presencia…?”(8). ¿Acaso no
recuerda Landsberg la necesidad de hacerse presente también desde el ser
cristiano, ante la barbarie que acontece en Europa? Evidentemente sí, pero
notemos aquí la sorpresa en Mounier. Qué más importante que esto en estas
circunstancias, máxime tras todo lo escrito por Landsberg al respecto.
Pero
no habla de ceguera. El compromiso debe ser total y libre; en cuerpo y
alma. Estamos ante una toma de responsabilidad por parte de la persona,
hacia sí misma y hacia las demás. No hay imprevisión, no hablamos de
heroicidad. Es precisamente lo contrario, pues nuestro proceso de formación
requiere de libertad, pero responsable. Estamos hablando de fidelidad. Y
esta no es inmovilismo, sino que debida siempre a la dirección elegida
experimenta la conversión, dentro de esa fidelidad. Landsberg fue fiel a su
línea marcada; su compromiso con la libertad le envió a arriesgar la vida
en la zona ocupada y no salir para los Estados Unidos; Mounier y su esposa,
se mantuvieron firmes en la cabecera de su hija, pero también en el
compromiso marcado a través de Esprit: “No está como quisiera, pero creo
igualmente que dará una bocanada de aire fresco a muchos”(9)
Y
es la guerra lo que lleva a Landsberg a hablar de la necesaria
diferenciación entre individuo y persona, ligando expresamente a ésta y a
los valores como una sola cosa, sólo separables realizando una abstracción.
Pero también le lleva a diferenciar colectivo de comunidad. Siendo para el
individuo el mal la infelicidad, y su culmen la muerte, para la persona “el
mayor mal temporal es la esclavitud de la comunidad y de las personas que
la componen”(10). Y por tanto, persona y comunidad forman una unidad. No
llega tan lejos Landsberg para hablar de comunidad como persona de
personas; la comunidad es la concreción de la vocación personal.
Sólo
queda responsabilidad cuando hablamos de conjugar las vocaciones
personales. La persona es responsable de sus actos, y en ellos debe tener
siempre presente a la comunidad, por tanto su vocación siempre deberá estar
ordenada a ella. La historia de la comunidad se escribe, pues, de las
vocaciones conjugadas. Para otro momento queda analizar el problema de la
paz y la guerra; belicismo y pacifismo.
3. Landsberg, Péguy y el
Personalismo Comunitario
Charles
Péguy va a resultar maestro de formas dispares y para muchos pensadores del
siglo XX. Su vitalidad - que ha permitido atesorar una obra prolija en
apenas 41 años de vida - y su espiritualidad, son un referente de vida
contracorriente dentro de su compromiso, preservándose la perseverancia en
los valores y las lealtades; una fe siempre dispuesta al encuentro. El
aporte de la influencia trenzada, combinada, de Péguy y Landsberg dará
lugar a lo que hoy llamamos Personalismo Comunitario.
Podemos
verlo en tres puntos fundamentales en la plasmación de pensamiento y acción
en una filosofía que tiene, a mi parecer, tres claves fundamentales:
3.1 La revolución será personal o no será
El
cambio verdaderamente profundo, la verdadera revolución, la que realmente
afecta en la historia, la que se convierte en acción comprometida, comienza
desde el interior de la persona, es voluntad con una clara vocación de
transformación. De la necesidad de las transformaciones sociales no dudaba,
y por ello era un socialista de convicción clara. Pero de la misma manera,
creía en la necesidad de que hubiera una revolución interior que hiciera
posible una “ciudad armoniosa”.
Esa
ciudad situada en un lugar fuera del tiempo, en la utopía generadora de
esperanza, horizonte que la historia nunca alcanza, pero al que siempre
tiende, esa es la morada en la que mística y política se encuentran de
forma natural, en una sola y armoniosa trenza de los hilos del tapiz con el
que Péguy veía que se tejían los acontecimientos.
Péguy
habla de una transformación que sólo mediante la educación puede
conseguirse. Una educación que hable a la razón, no a la del número en la
que Péguy desconfía como su maestro Pascal, sino a la de la palabra, la del
diálogo. Educación como crecimiento personal, crecimiento interior,
crecimiento espiritual que culmine en una transformación tal que sea capaz
(que sea competente diríamos hoy) en la ciudad armoniosa. Educación que es
también fundamental en Landsberg; proceso de diálogo del que surge la
palabra como rastro del maestro. Rastro de maestría, vida hecha verdadero
magisterio, academia platónica contrapuesta a la Academia.
3.2 Reconstrucción de presente y futuro
El
presente de Péguy es la modernidad; con matices, la misma modernidad que es
nuestro presente. Una modernidad que cuenta con tres siglos entonces, y ya
se anuda como soga corrediza estrangulando toda opción de transformación.
Se impone reconstruir desde un paradigma distinto, y es lo que plantea
Péguy que debemos realizar partiendo de las bases del fin de la Edad Media.
Reconstruir ese periodo de tiempo que llamamos el Renacimiento, recomenzar
donde se torcieron los caminos emprendidos para traer una razón diferente,
una razón dialogante, valga la redundancia. Una reconstrucción que no parte
de la destrucción del presente, valga también indicarlo para evitar
suspicacias.
Landsberg
lanzará sus primeras andanadas de juventud analizando caminos que le sirvan
para retomar su mundo en la Edad Media; explorará a Agustín y Buenaventura.
Amor y espiritualidad para afrontar una época de dolor y desesperanza como
la de entreguerras en la Europa de los años veinte del siglo pasado.
También recogerá el rastro en Pascal, y como Péguy, cargará con Pascal como
acompañante de bolsillo, y con él saltará por encima de Descartes.
Reconstruir la modernidad va a ser lo opuesto a lo que luego se convertirá
en su deconstrucción o en la posmodernidad. Superar a Descartes desde antes
de Descartes.
Y
el presente se reconstruye con voluntad de futuro, de horizonte que va más
allá de lo que somos hoy; con una revolución. Ese concepto de
reconstrucción del presente, es la revolución para Péguy, un renacer para
el mañana en una ciudad nueva y armónica que contemple la ciudadanía y la
individualidad; es una reconstrucción histórica, económica, política. En
Landsberg el tema de la revolución permanecerá de forma secundaria tomando
un papel predominante la idea de compromiso. Compromiso con el propio
presente, con la historia.
4. Mounier y Landsberg
El
papel central del compromiso en el pensamiento de Landsberg, se convertirá
en el nexo de unión con el pensamiento de Mounier. El carácter histórico de
la vida humana, para Landsberg, exige como hemos visto, el compromiso como
condición de humanización; siendo
esta básicamente historicidad. Será un término muy común entre sus
compañeros de Esprit en la primera época.
La
confluencia de Landsberg y Mounier en el tiempo es muestra de la potencia
de la sinergia. El Personalismo Comunitario está lleno de vidas concluidas
en breve tiempo; la media de la mayor parte de los pensadores personalistas
de la primera mitad del siglo XX está en la cuarentena, y muchos de ellos
acabarán de forma violenta; Rosenzweig, Kolbe, Bonhoeffer, Stein, Landsberg
y Péguy murieron directamente por culpa de alguna de las dos grandes
guerras; Simone Weil y Mounier de enfermedad. El compromiso llevado hasta
sus últimas consecuencias, el compromiso con la historia y con la
comunidad, engarzadas en el punto de inflexión más complejo de la persona:
la muerte.
Y de su confluencia surge el legado vertido en el Personalismo
Comunitario, que se puede resumir en:
4.1 Búsqueda de las raíces desde la Edad
Media
Se
trata fundamentalmente de la confrontación entre la postura positiva y la
negativa. La primera, la de la búsqueda constante, la de la afirmación por
encima de todo de lo que se considera fundamental. A la contemplación, a la
afirmación por antonomasia, le sigue un ‘no’ que es delimitador, no
negador. Esa es la Edad Media, sus luces. La Edad Moderna, para Landsberg
se caracteriza porque impera la negatividad. Es una constante negación, que
empieza por la duda, y apenas consigue afirmar un mínimo, que tampoco nos
ha ayudado mucho: cogito ergo sum.
El
planteamiento renacentista, en cambio, será básicamente afirmador. Seguro
de la importancia de la persona y de Dios, el conocimiento parece avanzar
de la mano del arte, y parecemos lanzados hacia delante, como llevados de
la mano de Dios. Pero pronto surgen las dudas, y llegan las “certezas” de
la ciencia, de las que hemos hablado poco más arriba.
La
seguridad que rebosa la Edad Media en ese plan divino que rige el mundo,
ese optimismo metafísico, guiará incluso a quienes van hacia la Modernidad;
Galileo sin ir más lejos. La ordenación a un fin, la teleología imperante,
es imprescindible para que la certeza absoluta en el mundo impere en la
Edad Media, y se sostenga esa credulidad, esa simplicidad de Juana de Arco,
que tan bien verá Péguy. Además, en la Edad Media hay una guía clara, para
quienes se cuestionan el mundo: el Evangelio. Y esto en la Europa
cristiana; en el orbe musulmán sucede lo mismo, la guía espiritual de
Mahoma y el Corán, dan firmeza de criterios éticos a quienes se preguntan
por ello, y buscan la unidad de pensamiento y acción.
4.2 La pedagogía necesaria
El
sentido pedagógico en Landsberg tiene una clara raíz platónica, o quizás
debiéramos decir socrática. Todo aquello que de socrático puede haber en la
Academia, Landsberg lo va a utilizar como base de su criterio pedagógico, y
para indicar la necesidad de comprender la filosofía como vida, como la
vida misma. Enseñar con el ejemplo, transmitir conocimiento con la vida,
incitación a la sabiduría. La constante necesidad de enfrentar el problema
de la verdad con el diálogo; y la ineludible existencia de la autoridad
concedida, la del maestro por el discípulo. Dos cuestiones de gran
importancia para el criterio pedagógico.
Aprender
y enseñar, binomio imprescindible del proceso de perfeccionamiento del ser
humano, de la persona. Servir a la verdad en Sócrates es servir al
perfeccionamiento humano, y llevar esta postura a las últimas consecuencias
es parte integrante de ser un pedagogo. Que la propia vida sea enseñanza,
ejemplo, es la culminación del compromiso con uno mismo y con la comunidad.
Ser personalista para Landsberg es hacer de la vida una constante paideia;
ser una marca en el camino, una piedrecilla blanca más.
* Licenciado en Filosofía.
Miembro del Instituto Emmanuel Mounier España. Miembro de la
Asociación Cultural Tremn.
Notas
(1) C. PÉGUY Œuvres en prose,
Ed. Gallimard,
Paris, 1957.
(2) JOSÉ ORTEGA Y GASSET, OOCC. Meditaciones del
Quijote, Madrid, pp. 309-400. Sería de mucho interés que se tomara en
cuenta la visión orteguiana sobre El Quijote, vista desde el punto de vista
de la acción que desarrollan Sancho y D. Quijote, y el compromiso con su
realidad, y qué tipo de realidad cuestionan, o más bien, a qué tipo de
razón.
(3) PAUL-LUDWIG LANDSBERG, Problemas del personalismo, Ed
Mounier Colec Persona 17, Madrid 2006, pp. 71-88.
(4) Ibid pp 23-36. De todas maneras es de reseñar la versión
italiana aparecida junto a un interesante trabajo de Marco Buccarelli y
Fabio Olivetti; Landsberg, Paul Ludwig Landsberg, “Scritti Filosofici”
Volume I- Gli anni dell’esilio (1934-1944) Ed. San Paolo 2005.
(5) Ibid pp 97-118.
(6) Ibid pp. 149.
(7) EMMANUEL MOUNIER, OOCC Volumen IV, Ed. Sígueme, Salamanca
1988 pp. 771-772 y PAUL LUDWIG LANDSBERG, Scriti Filosofici Volumen I,
San Paolo, Roma 2005 p. 777.
(8) Sólo en el texto en italiano del libro citado anteriormente.
(9) Ibid.
(10) P.L. LANDSBERG, Problemas del personalismo, p 111.
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