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EL NUEVO DESORDEN ESTABLECIDO*
Salvador M. Lozada**
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Señoras y señores. En los años treinta Mounier decía: "Nosotros hemos
descubierto el juego y los resortes profundos, más profundos que una crisis
económica, de lo que hemos llamado, para no ofender al orden, el desorden
establecido".
Cuando Mounier hablaba del desorden establecido en aquellos tiempos, no
ignoraba la realidad colonial, sólidamente consolidada en el plano
internacional hasta los años 60. Era evidente que el desorden estaba
confortablemente instalado en todo el mundo, que no era una enfermedad
local de los franceses.
Sin embargo, el desorden de hoy es algo diferente tanto en cantidad como en
calidad.
Por una parte, porque nuestro desorden mundializado no es más que la
extensión y la intensificación de las relaciones de dominación que un
centro hegemónico, con un poder nunca antes conocido en la historia humana,
ejecuta sobre toda la vasta periferia planetaria. Esta extensión e
intensificación es el fruto de una concentración de poder económico,
tecnológico y militar sin paralelo y sin precedente. Su instrumento
conceptual es la ideología del neoliberalismo, una prodigiosa fábrica de
iniquidad y de las más brutales desigualdades.
Dice un informe del Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo:
"El vínculo entre crecimiento económico y desarrollo humano no es ni
automático ni evidente”. Verdaderamente se pude decir bastante más.
Las tres personas más ricas del
mundo poseen una fortuna superior al producto interior bruto de los 48
países en desarrollo más pobres. El patrimonio de las 15 más afortunadas sobrepasan el producto interior bruto del África subsahariana. Los haberes de las 84 personas más ricas
superan el producto interior bruto de China con sus 1.200 millones de
habitantes. Según el mismo órgano de las Naciones Unidas, bastaría menos
del 4% de la riqueza acumulada por las 225 mayores fortunas mundiales para dar,
a toda la población del globo, el acceso a las necesidades básicas y a los
servicios elementales: salud, educación, alimentación.
Por otra parte, a esta
acumulación abrumadora de capacidad económica se añade ahora la
concentración del poder cultural irradiado a través de los "mass media". Así, las relaciones de dominación se
experimentan por los dominados no como dominación, sino como simple mundialización. Según Ignacio Ramonet,
director de "Le Monde Diplomatique", la
dominación es más completa dado que el dominado no es consciente de serlo.
Por esa razón, a la larga, para todo imperio que quiera perdurar el desafío
es la domesticación de las almas.
Ayer, el colonialismo - a pesar de los colonizados que podía reclutar como
agentes eventuales - era una violencia venida del exterior. A pesar de su
fuerza, a veces agobiante, era una agresión exterior contra la cual los
colonizados podían combatir y, combatiendo, vencer, como bien ha conocido
la historia del siglo XX.
La dependencia y la subordinación vinculadas a estas nuevas relaciones de
dominación extendidas e intensificadas se realizan a través de una
penetración sutil y hasta amable, por medio de la imposición inadvertida,
hecha por los grandes agentes de persuasión audiovisuales, de nuevos gustos,
estilos de vida, paradigmas estéticos, hábitos mentales, clichés
conceptuales, y por una nueva mitología. Todo esto consagrado por la fuerza
de la reiteración casi ilimitada, del lado de la persuasión, y por el peso
de la inercia, por parte de los receptores de la invasión mediática -
"el hombre sentado que mira", como decía Mounier en los años 30
-, previendo ya la degradación del ocio con estas hipnotizaciones y
parálisis de nuestros días, aún peor en el Tercer Mundo por la extrema
necedad, vulgaridad y hasta cretinismo de la televisión en los países
marginados.
No se trata ahora del "estúpido bazar
de los lugares comunes", como decía también Mounier; se trata más bien
de un vasto Centro Comercial - con la estética dorada y repugnante de Miami
- que exhibe medias verdades, repeticiones faltas de espíritu crítico, una
torpe cosmética verbal de deslizamientos semánticos perversos, como la
oferta pública de sexo para reemplazar la prostitución, cubriendo desnudeces con el prêt
a porter del marketing, o el más sutil en el cual se coloca justo al
lado el sector privado y el sector público, como dos opciones igualitarias
sobre un plano horizontal, desconociendo la jerarquía propia de lo público,
espacio del bien común; por no mencionar el uso abyecto
de los verbos vender y comprar aplicados a las ideas, proyectos y
realidades del espíritu.
Desde la perspectiva del Tercer Mundo, este acrecentado Desorden
Establecido se presenta a sí mismo como un nuevo orden, inevitable,
fatídico. Y también necesario y benévolo, a pesar de ser muy bien conocido,
sobre todo después de los últimos decenios, que este estado de cosas
gravemente desordenado no hace más que profundizar, en una medida difícil
de imaginar, las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones, los
privilegios, la opresión, las violaciones de los derechos humanos y el
analfabetismo. Todo esto en sociedades con estas dificultades y desgracias
pero que, al mismo tiempo, se ven impulsadas irresistiblemente por esos
agentes de persuasión audiovisual a sobrevalorar
el tener en detrimento del ser de las personas, que son empujadas a buscar
sus identidades en la adquisición de los bienes que no pueden comprar y que
cada día más se alejan de la posibilidad de comprarlos: sociedades dominadas
por la angustia de Tántalo, masas incitadas y, al mismo tiempo, frustradas
por el ilimitado espejismo del consumo sin fin.
Decía Mounier: "No nos hacemos la
menor ilusión sobre la calidad de las fuerzas que luchan hoy contra el
comunismo. Quitad el miedo, la vulgaridad, los intereses del dinero, el
odio de clase, las miles de pequeñas indolencias, prevaricaciones y
desidias del individuo que se irrita, y tendréis el peso de lo que queda de indignación
pura”.
Nosotros, lectores de
Mounier en el Tercer Mundo, tampoco nos hacemos ninguna ilusión. Incluso no
nos hacemos ilusión respecto de la caída del muro de Berlín. No
desconociendo la significación que ello pudo tener para la población de
Alemania y para Europa, sabíamos que la destrucción de la muralla berlinesa
sería contemporánea a la edificación de otros muros no menos temibles.
Muros materiales y muros inmateriales. Materiales, el muro muy real
construido en la frontera entre México y los Estados Unidos, donde se puede
ver a Tijuana frente a San Diego, en California, manifestación flagrante de
que el Nafta, la asociación de libre comercio entre Canadá, México y la
potencia hegemónica es simplemente para las cosas, no para las personas. El
libre comercio de que se trata, la globalización de que se trata es,
simplemente, para vastos sectores del mundo, la libre circulación de las
cosas producidas como resultado de la explotación del trabajo humano, bajo
formas muy próximas a la esclavitud. Una esclavitud invisible, no tanto por
la apariencia de sus responsables, cuanto por la ceguera moral de los
dirigentes y consumidores del Primer Mundo. En los dos últimos decenios el
trabajo humano ha venido degradándose a niveles que habrían sido
escandalosos e inaceptables a finales del siglo XIX. El Fondo Monetario
Internacional predica con un fanatismo encarnizado una cruzada contra la legislación laboral
de los países del Tercer Mundo so pretexto de mejorar la competitividad de
las industrias, es decir, para perfeccionar la explotación obrera.
El mundo unipolar de hoy, sin confrontación, sin disidencia, sin apelación,
sin alternativa, no encuentra razones para examinar su conciencia, ni
encuentra tampoco razones para acordarse de que tiene una conciencia que
interrogar. El mundo unipolar de hoy es el reino de la ceguera moral.
Inventa sus propias guerras, virtuales o casi virtuales, sin riesgos y sin
víctimas, es decir con todos los riesgos y todas las víctimas del otro
lado, más allá de la pantalla del ordenador, más allá de la pantalla del
radar, guerras a distancia cuya optimización de lo tecnológico arrebata lo
que ha podido tener de ardor e incluso de valentía en otros tiempos y
queda, en estado puro, la cobardía esencial de la violencia sin riesgo.
Muros inmateriales también.
La hipercomunicación maniática de hoy no nos
acerca más a los otros, solamente nos aproxima a aquellos iguales a
nosotros, pero nos aleja de los otros, de los desiguales.
La hipercomunicación
maniática fabrica nuevas distancias. Éstas son muros de una altura creciente
cada día, que separa a los pobres de los ricos en todas las sociedades, y
que separa a los países ricos de los países pobres en el mundo entero.
Según un informe del Banco Mundial del mes de septiembre último, la mitad
de la población mundial vive con menos de 2 dólares por día, es decir,
menos de 14 francos franceses por día. El 20% de los países más ricos
tienen una renta 37 veces mayor que
el 20% de los países más pobres.
Mounier decía: "Dejad hacer, dejad pasar: dejad hacer, dejad pasar al
más fuerte. En este régimen sin alma y sin control, la libertad es el
robo".
Hoy, señoras y señores, podría actualizarse y transcribirse así: En este
régimen sin alma y sin control, la libertad es la confiscación de la
condición humana a más de la mitad de los seres humanos.
*El presente artículo fue presentado como Comunicación ante el Coloquio Internacional Emmanuel Mounier.
(París, UNESCO, 5 de octubre de 1999). Traducida por Acontecimiento.
** Ex profesor Titular de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos
Aires. Presidente del Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (I.A.D.E.). Presidente Honorario de la Asociación
Internacional de Derecho Constitucional. Reside en Buenos Aires, Argentina.
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