|
 |
DIOS, HORIZONTE DE LA RAZÓN CÁLIDA UTOPROFÉTICA
Carlos Díaz*
|
¿Da
de sí la razón fría para dirigirse a Dios?
Obviamente, no da de sí o, como diría un kamikaze de la
dialéctica, sí es verdad que da de no. Bastará con mostrar
algunos ejemplos donde se evidencia que la respuesta a Dios
no resulta de ninguna razón meramente raciocinante, siempre
necesaria pero insuficiente cuando se trata de dar respuesta
a una cuestión como la divina, tan vinculada al interior
cálido y utoprofético que se tenga.
“Suponed que mañana por la mañana, después del desayuno,
todos nosotros somos sacudidos por un trueno que hace añicos
la tierra. Los árboles dejan caer sus hojas, el cielo es una
llamarada, las nubes se abren y aparece la inmensa y
radiante figura de un Zeus que señalándome exclama para que
todos lo oigan: “Ya está bien de tus teologías, sutilezas
lógicas y juegos de palabras. De ahora en adelante, ten la
completa seguridad de que yo certísimamente existo”. Y esto
no ha sido un asunto privado entre el cielo y yo, sino que
todo el mundo ha oído lo que me decía. Si esto ocurriera, yo
quedaría completamente convencido de que Dios existe”. Así
escribe uno de los agnósticos más connotados del momento. A
mí sin embargo su explicación me parece ser demasiado
sumaria: si yo viera a un Dios tan alto como el Everest o el
Himalaya juntos no vería a Dios, tan sólo a un diosecillo
enano y truculento. ¿Hasta cuándo habrá que seguir la
cantinela del “si no lo veo no lo creo”, y no más bien el si
no lo creo no lo veo?
¿Existe, pues, Dios? Si hacemos caso de las respuestas
habituales, parecería que debemos tomar en cuenta la actitud
del hombre entero al respecto. He aquí una selva de
respuestas diferentes: esa pregunta ha caducado;
espiritualidad sí, religión no; la única excusa ante el mal,
es que Dios no existe; Dios no estaba en Auschwitz; esa
pregunta no viene en mi catecismo; ¿de qué Dios está usted
hablando?; Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo
derecho y que hace voltearse a todo lo que está de pie; ¿qué
debería suceder para decir que Dios nos ama, o que Dios no
existe?; es asunto suyo; es tan ateo afirmar la existencia
de Dios como negarla, por eso de lo que no se puede hablar
es mejor callar; la frase hay un Dios quiere decir que en
pleno ejercicio de mi libre arbitrio siento la necesidad de
hacer el bien; ¿para qué más necesitamos a Dios?; si hubiera
dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios! Por tanto no hay
dioses; una noche requerí a Dios para que, si de verdad
existía, se declarase. Permaneció callado y ya no volví a
dirigirle la palabra; Dios existe, yo lo he encontrado; si
Dios no existiera habría que inventarle; si Dios no existe,
todo está permitido; ¿cambiaría tu comportamiento si
existiera Dios? En caso afirmativo, necesitas un Dios; todo
está lleno de Dios.
Un
ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo,
pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando
suspendido sobre la oscuridad del abismo que se abría a sus
pies, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en
aquella situación. Entonces tuvo una idea: ¡Dios!, gritó con
todas sus fuerzas. Pero sólo le respondió el silencio.
¡Dios!, volvió a gritar. ¡Si existes sálvame y te prometo
que creeré en ti y enseñaré a los otros a creer! Más
silencio. Pero de pronto una poderosa Voz, que hizo retumbar
todo el cañón y que casi le hizo soltar la rama por el
susto, le respondió: Eso es lo que dicen todos cuando están
en apuros. - ¡No, Dios, no!, gritó el hombre. ¡Yo no soy
como los demás!, ¿por qué habría de serlo, si ya he empezado
a creer al haber oído por mí mismo tu Voz? ¡Ahora todo lo
que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre
hasta los confines de la tierra! - De acuerdo, dijo la Voz.
Te salvaré. Suelta esa rama. -¿Soltar la rama?, gimió el
pobre hombre, ¿crees que estoy loco? A la mañana siguiente,
unos excursionistas se encontraron muy sorprendidos al ateo
que había muerto congelado, agarrado con dos manos al
arbusto situado a poco más de un metro del suelo. Y es que
para escuchar la voz no basta con la racionalidad fría.
En lo
relativo a la relación fe-razón, desde los primeros tiempos
se vio la comunidad cristiana dividida al respecto. Unos,
apelando equívocamente a san Pablo, condenaban la sabiduría
por identificarla con el paganismo; otros, por el contrario,
se abrían a la filosofía griega para dialogar con ella y
salvarla, pues la razón, en cuanto que don de Dios, no
debería menospreciarse, antes al contrario utilizarse en
diálogo con todos los humanos, incluidos los no creyentes. A
partir de entonces la historia conoció alternativa o
sucesivamente fideísmos irracionalistas integristas, pero
también actitudes felizmente comprensivas y comprehensivas
demandando una fe de la que no se evacuase la razón (una fe
razonable) así como una razón capaz de abrirse a la fe, esta
última la que consideramos por nuestra parte opción
correcta, razonable: “Razonable no significa forzosamente
que es una verdad que no está suficientemente probada, pero
que es conforme a la razón. Lo que significa primariamente
es que es congruente aceptar en la vida aquello que la razón
conoce, sea o no suficiente este conocimiento. Y la
aceptación en cuestión será tanto más razonable cuanto más
riguroso sea el conocimiento. Lo razonable en este sentido
es más que lo racional; es lo racional transfundido en todo
el ser del hombre. Aunque se demostrara matemáticamente la
necesidad de que la voluntad acepte incorporar al ser de la
persona lo que la razón descubre, sin embargo la aceptación
real y efectiva quedaría siempre abierta a una opción. Por
eso es necesaria la voluntad de ir hacia el fundamento de mi
yo en la religación que pone en marcha el proceso
intelectivo. Este proceso es en sí mismo la constitución del
ámbito de una posible entrega a Dios. Pero esa misma actitud
como voluntad libre y razonable de entregarme a lo que la
inteligencia me muestre ser el fundamento de mi yo es
principio de que me entregue realmente a lo que la
inteligencia conoce. En su virtud, la entrega que era simple
posibilidad constitutiva del conocimiento de la
realidad-fundamento se convierte, por un mismo principio, en
realización libre de aquella posibilidad en fe. No se trata
de que la fe lleve a la intelección, ni de que ésta lleve a
aquélla, sino de que ambos aspectos constituyen unidad en la
raíz misma de donde emerge el movimiento de la persona hacia
Dios: en la voluntad de fundamentalidad como principio de
actitud, en cuyo interior conocimiento y fe no son sino dos
momentos de este unitario movimiento” (Zubiri: El hombre y
Dios).
Desde
luego, cristianismo no es socratismo, lo que ocurre es que
aquél entiende mucho mejor aquello que cree, lo transmite
más fidedignamente, y puede hacer la historia con más grande
fidelidad. La fe bruta del carbonero estaría bien quizá para
el carbonero que no hubiese tenido ocasiones de cultivarse,
pero el suyo parece un oficio a extinguir. Dejemos, pues,
que los carboneros entierren a sus carboneros, y
despertémonos para entender sin dejar de entender para
trabajar (credo ut intelligam, intelligo ut credam).
Huyamos de la religión del sentimiento o del saber
inmediato, saber de certeza y no de verdad que existe sólo
para mí por identificación entre el contenido y el
continente, religión donde sobre todo nos sentimos a
nosotros mismos en el contenido por desplazamiento del
objeto con un particularismo que pierde universalización
deviniendo intransitivo, religión sin representación y por
ende contingente, que pone en el sentimiento el criterio de
lo verdadero. Pero huyamos también como si de una mala
tentación se tratase de la ilustrada o iluminada religión de
la razón, donde hacemos prevalecer nuestra finitud por sobre
la infinitud: no extrañará que su “teología” no se
diferencie en mucho de cualquiera de las formas de
a-teología socialmente vigentes, movidas por la aceptación
de las vigencias de las industrias culturales. Y, cuando no
es así, muchos se refugian en el pietismo para defenderse de
la secularización y entonces, en lugar de leer las claves
del mundo, se sacraliza una piedad mansurrona para beat@s.
Aquí la fe de Abraham y la praxis del Héroe Rojo han cedido
ante la imagen de Narciso en su Corte Inglés, de obligada
frecuentación -ahora también dominical- en el conspicuo
mester de progresía, renuevo del malfamado mester de
clerecía.
La dialéctica filosofar-creer
Del
Logos divino (teonomía) brota el humano logos, ahora
ejercido con autonomía teónoma. El Evangelio continúa
desencadenando todo tipo de reflexiones filosóficas, no
solamente cristianas. En este empeño ni creo comportarme
desatinadamente, ni que mi caso resulte único en su especie
hoy, pese al democrático miedo al qué dirán. Sin embargo,
por ejemplo, yo no afirmaría que Federico Nietzsche no haya
intentado hacer de su obra entera un comentario a las
Bienaventuranzas, aunque en su caso para oponerse a ellas
frontalmente. Tampoco a mí me impide nada aceptarlas como
don gratuito en libre decisión hermenéutica, y lejos de
secar la originalidad o de tornarla perezosa, corro a
levantarme con el gallo de la aurora. Con el Evangelio en la
mano me cuadran libre e intelectualmente cuantas aventuras
afronto en mi condición de preferidor racional, aventuras
que, una vez situadas por mi parte en la estela del Logos
encarnado en Cristo, me resultan fascinantes por su
racionalidad cálida y rica; sin el Evangelio, por el
contrario, las cuentas teóricas no me salen plenamente ni
para las razones de la razón, ni para las razones del
corazón, ni para esta vida, ni para la otra: casi nunca
logro con ellas llegar a fin de mes, quizás porque no me
sepa administrar bien, o porque gaste demasiado. Hallándome,
pues, en la convicción de que nada encuentro más racional
que creer razonablemente en el Logos de Dios -que se ha
adelantado creyendo en mí- , y no explicándome tampoco (a
pesar de haberlo intentado fervientemente muchas veces: lo
siento) cómo sería posible creer en Dios pero pensar como si
no creyera en Dios, por todo ello me considero anima
naturaliter christiana, alma naturalmente cristiana. Nada me
sobrepasa más y nada me resulta tan profundamente
explicativo de lo real como el misterio trinitario
cristiano, pero una vez recibido lo hemos trabajado muchas y
muchas horas, como todo el mundo supongo hará en lo tocante
a su respectivo sistema de convicciones o perplejidades y
disidencias, pues por decirse creyente nadie se libra del
embotellamiento del tráfico, ni juega mejor al tenis, ni
queda exento de las tribulaciones, aunque las viva de otro
modo. La gracia no nos pone en situación privilegiada
intelectualmente, ni produce en nosotros una especie de
estado de blandengue beatitud o de anodina marsupialidad
donde los insapientes practican su vicio favorito, el de la
epojé o paréntesis que les libera del compromiso de la
acción. La gracia consiste por el contrario, eso sí, en
saber recibir el Logos, y en así agradecerlo: es esto lo que
cambia la vida y el enfoque epistémico. La gracia no borra
la naturaleza, ni la expulsa hacia la excentricidad; por
ende, no hay que recurrir nunca a la revelación como si se
tratara de un deus ex machina que viniese mecánicamente a
explicarlo todo, pues eso sería mera superstitio. La gracia
no funciona apretando un botoncito, aunque algunos lo
entiendan así. Lo sobrenatural no es lo antinatural, sino
una potencia que, evaluando el caos como esperanza de orden
y con actitud de lucha activa contra el mal, se sitúa
favorablemente ante la existencia. Nada de esto lo hemos
descubierto nosotros solitos esta mañana, ni ha sido el
producto operoso de grandes y sobrehumanas meditaciones bajo
un puchero, ni la perla exudada de un cogito puro, sino un
inmérito regalo recibido sin la menor contrapartida. Y, como
es de bien nacidos agradecer, ¿qué podríamos hacer sino
agradecerlo? La cuestión estriba en ser conscientes de lo
que significa el regalo recibido, y en actuar
consecuencialmente. ¿O es que no vale lo que se regala?, ¿o
no puede elaborarse lo que es regalado?, ¿o no cabe orar
elaborando y elaborar orando? Ella se inserta además, y
antes de su donación al creyente mismo, en un horizonte
secular milenario de tradición comunitaria al que remite,
tradición fundada que no impide en absoluto la proyección de
la subjetividad que cree, sino que, teniendo fuentes donde
beber y espesor histórico donde inhabitar, ni renuncia a la
originalidad creativa, ni se echa a dormir en la historia,
todo lo contrario. Cada generación y cada individuo están
llamados a la producción de una historia irrepetible,
después de haber encontrado una historia dada y narrada.
Feliz, pues, aquella individualidad que se goza en su
ejercicio desde el horizonte comunitario de una ekklesía o
asamblea que surgió antes que ella y cuya convocatoria
permanece después. Atrás van quedando los Silogismos de la
amargura de Ciorán, el cual: ha negado la existencia de
Dios, al que los judíos, respetuosamente, llamaron Él; ha
rechazado la condición del prójimo, el tú, reducido a la
proyección narcisista de mi ego, o lisa y llanamente a
obstáculo (prójimo es aquel cuyo parpadeo me molesta, el
único desprendimiento posible del hombre es el
desprendimiento de retina, escribía el cioraniano Fernando
Savater); ha cuestionado finalmente la realidad del yo mismo
reputándole sujeto fragmentario inasible, más extraño para
mí que yo mismo. El resultado de todo eso es que al haberse
puesto en solfa los nombres y los pro-nombres personales
(yo, tú, Él), al haber menospreciado la alegría de vivir en
los pronombres, se ha cuestionado igualmente el Primer
Nombre. No olvidemos que pro-nombre, lo mismo que nombre,
provienen etimológicamente de pro-gnoscere, de suerte que
nombre y noticia significan lo mismo.
La
razón pura (ratio) cuanto más racional se quiere tanto más
difícil tiene el consenso, pues a la razón le pertenece como
algo intrínsecamente suyo el disenso (el mismo consenso lo
es porque existe el disenso); por lo demás el consenso nunca
puede erigirse como la fuente de valor intrínseco de las
normas. Por otro lado, en nuestra opinión, la coexistencia
del pluralismo y del consenso no pasará de la frágil
condición de mero deseo mientras la polis tenga puesta la
última mordaza. Tenemos que convivir, ciertamente, pero no
abdicar de los propios planteamientos cuando estos sean
discrepantes y valiosos; no deja de ser sintomático que los
apologetas del consenso se mosqueen tanto con quienes les
contradicen dialógicamente: ¿acaso por la ley del consenso
de embudo? Siguiendo los pasos de la Summa contra gentiles,
los filósofos paganos (gentiles) de la época, la nuestra
sólo puede ser la apo-logía (afirmación enfatizadora del
logos) por una persona que debiera al menos conocer
profesionalmente los textos gentiles -sería muy poco digno
ahorrar tiempo para leerlos y extenderse para refutarlos-,
pero que los conoce desde el Evangelio y no contra él, y que
afronta la crisis a su vez de forma críticamente expuesta.
En ningún caso trato de entablar con la fe con que creo
(fides qua creditur) una guerra de religión o de reconquista
en torno a la fe que creo (fides quae creditur),
esforzándome a fondo y sin hipocresía por pensar la fe según
la invitación de Ricardo de San Víctor a comprehendere
ratione quod tenemus e fide, pues el desenvolvimiento de la
fe exige no sólo la devotio, sino además la explicación del
credibile, ya que, conforme a san Agustín, intellectum valde
amat. No sólo ut boni fiamus sed etiam ut fiamus beati, pues
el divino Logos opera también en todos los que tenéis buena
voluntad; aunque vosotros no creáis en Él, Él cree en
vosotros. A este Logos divino no se va por la deserción del
logos humano, sino por la convicción de que aquél es lo
mejor pensable para éste, y por ende -si fuere menester- en
diálogo polemológico con quienes lo niegan como pensable.
No
creemos haber procedido al margen de la filosofía estricta
ni de los filósofos tradicionales con semejante actuación
enraizada en el interior de la fe, y ello al menos por cinco
razones:
- Porque ninguna experiencia filosófica existe (a
pesar de todos los esfuerzos realizados hasta la fecha en
dirección tan inconducente) que haya sido construida desde
un no-lugar puro o neutral, incuestionable por todos y cada
uno de los situados en los demás lugares: ningún método ha
gozado nunca de tamaña universalidad.
- Porque tampoco hubo experiencia filosófica alguna
(por mucho que recurriese a un sistema axiomático como el de
Spinoza) donde -a lo que sepamos- no cupiese la impugnación
de las mismas, dado que no cabe definición universal de
todo.
- Porque lo que debe pedirse a un sistema filosófico
es su coherencia hacia el interior y su fertilidad hacia el
exterior, cuestiones ambas que según creemos sí pueden
encontrarse (y mucho) en nuestra propia metodología, la cual
goza además de una ventaja: que se ratifica en las
experiencias del sentir común de la calle -aunque cuando
haya que criticar la vulgaridad del vulgo también lo
hagamos-, puesto que a cada cual le gusta que amorosamente y
razonablemente le llamen por su nombre con palabra
verdadera.
- Porque el hecho de que nuestras reflexiones
acontezcan desde el interior de la fe no las convierte en
‘teológicas’ (y por ende en no filosóficas) como tampoco
convierte en no discutibles las argumentaciones
‘ateológicas’ contrarias a no ser que se presuponga
(afilosóficamente, claro) que el ateísmo es y siempre lo
será, a modo de muchacho excelente, la verdadera filosofía,
es decir, y así las cosas, la verdadera religión!
- Y porque en nuestra secuencia intelectual y
biográfica nos ha ocurrido lo que a todo hijo de vecino,
incluidos los increyentes mismos, a saber, que nadie, ni
ellos ni nosotros, parte de cero cuando reflexiona
filosóficamente, sino -en un mismo movimiento narrativo- de
un conjunto de experiencias y de convicciones raciovitales
donde vida y razón han ido poco a poco entrelazándose
recíprocamente, y por ende a su vez condicionándose
mutuamente, cual historia y sistema. Razones, argumentos
existenciales, obra y vida devienen por ende narración,
relato, donde los así llamados argumentos o pruebas
demostrativas objetivas no van sin la intrahistoria de una
subjetividad que les convierte en relevantes y en
argumentalmente significativos, ni sin la memoria de un
espesor existencial en el cual toda decisión futura adquiere
el carácter de recuerdo activo, a la vez que de proyecto de
futuro.
Desde
ese punto de vista, el pensar se constituye en un optar
mediado por una sucesión de elecciones ejercidas desde la
inteligencia sentidora, que conllevan abandono de otras
posibles direcciones; sólo el adolescente lo elige todo, se
casa con todo, y cree no renunciar a nada. La elección
entraña si embargo un riesgo responsable, que -como muy bien
dice Femando Manresa- se realiza adoptando una posición
concreta en el espacio abierto por el deseo y penetrado
progresivamente por el conocimiento. De este modo también
nosotros, con nuestro itinerario vital a cuestas, hemos ido
haciendo nuestra vida y siendo hechos por ella, intercalando
lecturas y experiencias, acciones y omisiones, luces y
sombras. Estudiando filosofía hemos ido haciendo vida,
viviendo hemos hecho filosofía: Así hemos ido decantándonos
en favor de unas opciones globales de sentido. Todo esto,
que se ha venido designando razón (ratio, Vernunft), y que
más bien deberíamos denominar logos, con-cepto,
racionabilidad, o simplemente presencia de convicción no
impide que la «razón» (contexto de verdad en Popper; núcleo
de verdad en Hegel) se amase dentro de nuestras razones, con
la fragilidad y la relatividad misma que ellas conllevan
(contexto de descubrimiento; envoltura mística,
hegelianamente hablando). La subjetividad no es «razón
pura», nuestra subjetividad son nuestras razones. Y nuestra
esperanza racional está en que nuestras razones no se
cimienten tampoco en la ausencia de análisis reflexivo.
Orden de la razón y orden de la convicción, conocimiento e
interés, saber y deseo: sobre ello se ha insistido lo
suficiente ya, también nosotros mismos en otras ocasiones, y
hay que darlo por consabido. Oigamos de todos modos una voz
interesante: “Una vez se ha ido formando esta progresiva
intercompenetración entre deseo y conocimiento, el proceso
creyente va articulando las razones de credibilidad (que
responden a los signos de credibilidad) y el asentimiento de
fe (que es don y tarea al mismo tiempo). Dicha relación
hermenéutica podría ser descrita de la siguiente manera: se
trata de un movimiento -en espiral- que nunca acaba de
cerrarse del todo: siempre está vivo. Este movimiento parte
de un hecho, parte de la historia personal que va
concretando el deseo siempre más y más abierto, gracias a un
conocimiento interno de ella. Entonces, la convicción de fe
pregunta a la razón por la verdad de aquella historia, y la
razón pregunta a la convicción de fe sobre el sentido de la
misma historia. Brevemente, la razón pregunta por el sentido
de la convicción, y la convicción pregunta por la verdad de
la razón. Este movimiento no se cierra nunca. Los signos de
credibilidad, que se traducen en razones de credibilidad,
van orientando la abertura del deseo, el cual cristaliza en
una convicción mediante el ejercicio de la libertad. Tal
convicción desborda la fuerza orientadora de los signos de
credibilidad, y, al desbordarlos, éstos desvelan un sentido
que no ofrecían previamente a la decisión de la convicción.
Leídos desde la convicción, tales signos dicen más que desde
fuera. Cuanto más enraizada está la convicción, tanto más
hablan los signos, pero menos funcionan como razones
lógicamente necesarias. Más bien funcionan como
confirmaciones efectivas de la decisión que ha dado lugar a
la convicción. Una cosa, por tanto, es considerar tales
razones (signos) antes de la decisión otra cosa es
considerarlos después de la decisión (elección) tomada (lo
que se podría hacer conforme al primer tiempo de elección) y
otra cosa es considerarlos en plena elección, haciéndose.
Puede ocurrir que, en la medida en que la convicción va
impregnando todo el ser de la persona que o vive en ella o
de ella, vaya decreciendo la necesidad lógica de las
razones. Sin embargo a más convicción también hay más
necesidad vital de comunicación. A dicha necesidad no lógica
sino vital responden las razones de credibilidad de una
convicción afirmada, poseída, decidida y elegida. Frente a
una yuxtaposición entre razones (entendimiento) y convicción
(libertad), frente a una separación entre razones y
decisión, frente a una absorción de la decisión en las
razones o de éstas en aquélla, planteamos aquí una relación
hermenéutica (que nunca se acaba pero que tiende a
simplificarse) entre un orden y otro. Entre la dimensión
mística de la convicción de fe (don recibido) y las
dimensiones plurales que la hacen razonable (dimensiones
ética, política, cultural, etc.) no hay ni separación, ni
yuxtaposición, ni absorción de la una en la otra. Hay una
relación hermenéutica”.
He ahí
cómo se conjugan en nosotros la filosofía y el filosofar,
cómo se produce la integración en unidad de la diversidad
ilimitada de aspectos que entran en relación en una
totalidad sistemática, liberados ya de su carácter
contingente. Tal integración constituye, hasta en autores
tan peculiares como Hegel, la libertad, es decir, la armonía
del sujeto y del objeto, de su reflexión, organizados en una
identidad común, forma de interacción que tiene como
principio fundamental la acción de lo intelectual sobre lo
sensible, y viceversa. Ha sucedido de resultas de todo eso
una nueva razón vital, un nuevo sentimiento racional, un
deseo de enormidad al que ni podemos ni queremos decir no,
un yo quiero desiderativo en la antítesis de ese vacío
antropológico que no remite a Dios porque tampoco remite ya
al ser humano. A nosotros siempre nos está pasando algo, a
diferencia de cuando no nos visitaba novedad profunda
alguna, o de cuando nos pasaban muchas cosas flor de un día.
Y es eso lo que funda a su vez la necesidad de una
experiencia comunicativa profunda, una voluntad de
traducción pedagógica, una experiencia razonable que a pesar
de la brutal fealdad de nuestra miseria nos remite a un Dios
que funda y enriquece. Ha sucedido, aunque nada parezca
delatarlo; pero ya sabemos cómo le es posible al peregrino
vivir sin miedo a la culpa en medio de la ambigüedad y del
mal, cómo le es posible vivir ya ahora una vida que ha
vencido a la muerte en medio de tanta muerte, cómo le es
posible vivir ya ahora como nueva criatura, fermento de paz,
de justicia, de solidaridad, en medio de una vida en la que
abunda todo lo contrario. Todo este excedente que el
peregrino elige vivir debe poder ser argumentado dejándose
llevar por su deseo inicialmente abierto, padeciendo la
sucesiva des-regionalización de su deseo a lo largo del
camino y ofreciendo prácticamente este “excedente de vida”
recibido, a través de elecciones concretas. Ha sucedido,
pues, que -en esa dialéctica entre el enorme excedente que
se nos ha ofrecido y el triste déficit de nuestro parvo
ejercicio- el suceder mismo por el cual estamos aprendiendo
a que suceda sin acostumbramos a ello, suceso al que
llamamos pese a todo seguimiento, relación de amistad,
gracia que es llamada a la conversión, desestabilizadora
estabilización. Ha sucedido, en definitiva, a la par la
dialéctica de una peregrinación dramática nunca del todo
superable y una confianza siempre mayor nunca suprimible.
Lisa y llanamente: el logos se ha hecho palabra y no
quisiéramos perder el escaso tiempo de nuestra existencia
paseando la tristeza de nuestra razón por las ruinas de
Palmira, ni haciendo excursiones nostálgicas a la tumba de
Spinoza, ni embalsamando la momia cartesiana, aunque
deberíamos, eso sí, saber distinguir algunas de sus
fracturas en una buena radiografía narrativa. La razón pide
siempre torres más altas.
Abrazamos, pues, una racionalidad teocéntrica, con-fiada
(pero no acrítica), gratuita (pero no superflua): autonomía
teónoma (pero no autonomía ateónoma o antiteónoma) cálida
(no ralamente cientificista); convicta de que soy querido
por el Querer y por eso quiero con el querer con que quiero,
sabiendo que mi yo quiere lo que quiere y a quien quiere, y
de que no quiere lo que no quiere, aunque la escala de Job
que llega hasta el cielo no le impida a éste haber luchado
toda la noche contra el Ángel. Y todo esto lo digo de modo
distinto a como hablan los poetas, ellos siempre a título
autobiográfico, pues la religio poetarum es una continuación
de gustos e inclinaciones y reflexiones culturales regidas
por la ley de la verosimilitud, que es la misma ley que rige
las ficciones. Y así como cada vez que en filosofía las
cosas quieren reconducirse a su prístina originalidad se
grita ¡volvamos a Kant! (¡Zurück zum Kant!), así también
cada vez que algún sustrato profundo o algún cimiento del
orbe se remueve nos vemos diciendo: ¡A las Bienaventuranzas!
Lo demás pertenece a la versión académica del género del
Tenorio: “Retirado en la paz de estos desiertos, Con pocos
pero doctos libros juntos, Vivo en conversación con los
difuntos, Y escucho con mis ojos a los muertos”. Sabemos que
en cada uno de nosotros hay más cosas dignas de admiración
que de desprecio, aunque tengamos que cerrar los ojos para
así creerlo. Sabemos de la finitud, del dolor, de la muerte,
pero no somos muchas veces capaces de situar toda esa cara
oscura de la vida en el horizonte de la esperanza y del
sentido. Sabemos de nuestra fragilidad amada, pero una vez
desnortados no cantamos con el Fledermaus de Strauss:
Glücklich ist der vergisst, was doch nicht zum ändern ist
(feliz quien olvida lo incambiable), ni continuamos la
cansina marcha. ¿Quién sino Dios podría dar respuesta
cumplida a tanta y tanta pregunta cuando uno se encuentra
con el cielo estrellado sobre su cabeza y con la ley moral
dentro de su pecho? Pero ya llega, hermanos, el gallo de la
aurora: ¿No oís el clamor jubilar de su canto tempranero?
Prestad atención: un corazón solitario no es un corazón.
Para que la razón no nos conduzca al pesimismo quevedesco
del “nada, que siendo, es poco, y será nada”, o del “fue un
sueño Ayer, Mañana será tierra; mas desperté del dulce
desconcierto y vi que estuve vivo con la muerte y vi que con
la vida estaba muerto”, para que así no sea, recordemos que
somos polvo, sí, mas polvo enamorado.
Para
la razón utoprofética creer es aceptar. El don como acto de
ser, el ser como don
Antes de ser que piensa o de ser que quiere, el
hombre es un ser que ama. Si no soy amado, surge en mí este
sentimiento primigenio: “No me aman porque no soy digno de
ser amado, es decir, porque soy despreciable”. A su vez,
para amar hay que haber sido amado. Schopenhauer: “Ante la
presencia de cualquier persona con la que uno entra en
contacto no se ha de pretender una apreciación objetiva de
la misma, atendiendo a su valía o dignidad; no se ha de
tomar en consideración ni la maldad de su voluntad, ni la
limitación de su entendimiento o la absurdidad de sus
conceptos, ya que lo primero podría fácilmente suscitar odio
contra ella y lo último desprecio, sino que lo único que se
ha de tomar en consideración son sus sufrimientos, su
necesidad, su angustia, sus dolores: entonces se sentirá uno
siempre unido a ella, simpatizará con ella y, en vez de odio
o desprecio, sentirá respecto de ella aquella compasión que
es la única que se identifica con el ágape, al que invita el
evangelio. Para no permitir que surja contra ella el odio o
el desprecio, el único punto de vista apropiado y verdadero
no es la indagación sobre su pretendida dignidad, sino la
compasión”. Frente a la kantiana autonomía moral, que actúa
categóricamente vor Achtung des Gesetz -por respeto a la ley
moral- opone Feuerbach “la heteronomía como autonomía del
heteros, el otro como fundamento de determinación del yo: el
hacer feliz al tú”. “A quien no ama le es totalmente
indiferente que algo exista o no. El amor (y no el pensar)
es la prueba ontológica de la existencia de un objeto: lo
que no es ni puede ser amado no es; no hay otra demostración
del ser que el amor, el sentimiento; sólo es aquello cuyo
ser te produce alegría o cuyo no-ser te produce dolor.
Siendo lo más primigenio, la verdad se funda en el amor,
donde no hay amor no hay verdad: para conocer a alguien es
preciso amarle” (Feuerbach). Lo mismo Agustín, el Amor es lo
que confiere categoría moral a los actos humanos: “Sólo
tiene valor el Amor. Sólo él discierne los hechos de los
hombres. Ama y haz lo que quieras. Si te callas, cállate por
amor; si das voces, hazlo por amor; si corriges, corrige por
amor; si perdonas, perdona por amor”. Para amar es necesario
haber sido amado. La persona que se siente segura del afecto
logra mayor grado de autoestima. Esta reafirmación le otorga
valor y puede atreverse a amar: para poder amar debe tenerse
cierta confianza en uno mismo. Ser amada le confirma a una
persona que es digna, que merece que la amen. Ello hace que
este proceso humanizador primario sea bilateral, no
unilateral. Esta atmósfera protectora -Rof Carballo-, este
entrambamiento de influjos forma una urdimbre de causalidad
transaccional, que no es una mera relación interaccional o
de causa-efecto, sino de un ser que actúa (la madre) sobre
el niño, y recíprocamente. El amor maternal no es algo
instintivo e independiente de la actividad del infante ni
desligado de la experiencia filial. Si, pese a ello, se
habla de instinto maternal, habría que añadir que tal
fenómeno surge no de sí mismo, sino del encuentro con el
pequeño ser humano hacia el que se dirige: el niño es
paradójicamente el creador de su propia madre, el activo
creador del amor materno. En la dimensión psicológica de la
experiencia amorosa primigenia se filtra un componente
trascendente, que se manifiesta como confianza básica y que
constituye el núcleo de la fe en que el mundo es algo lleno
de orden, y eso es para Rof el barrunto básico que hace
posible la fe religiosa. Tras ese apoyo y seguridad físicas
de la ternura existe la confianza básica, que no es sólo
confianza en el Otro, en otro ser, sino, de manera mucho más
definitiva y honda, confianza en ese supremo orden del mundo
que se abre ante nuestros ojos todas las mañanas; con la
reaparición de la luz del día y la sonrisa de la madre, se
le presenta al hombre un orden superior que le trasciende,
en la renovación constante del misterio de la creación.
Como
subrayara Heidegger, la expresión es gibt significa a la vez
hay y ello da, porque lo que hay es una realidad ahí para
mí, don que se me ha dado. Todo es don, ser es ser donado y
donador y por eso aparece en acto de dar, en todo se ejerce
el don del ser. La realidad es, para todo ente que viene a
este mundo, un regalo, y por eso Claude Bruaire tituló
Ontodología a un capítulo de su libro L'être et l'esprit
porque es el único adecuado para conjugar las palabras
griegas ser y don. Dios es origen y meta del Don, Don mismo.
Según Zubiri, la realidad de Dios es un dar-de-sí. Dios
da-de-sí constituyendo y fundando la realidad que no es Él.
Pero este dar-de-sí y constituir la realidad no consiste en
que una causa haya producido las cosas, y que luego en
cierto modo continúe produciéndolas o manteniéndolas en el
ser. Esto es verdad, pero fundado en algo más radical: Dios
consistiría en ser el fondo último y radical en el que
emerge y en el que está la realidad. El fondo de las cosas
no es natura, ni naturata (producida por la naturaleza) ni
naturans (productora de ella), sino su carácter de realidad.
No es que Dios queme en el fuego, sino que lo que hace es
que el fuego queme; hace que el fuego queme haciendo que el
fuego sea fuego. Ese poder de lo real no se identifica con
las cosas; las cosas no son sino vectores intrínsecos del
poder de la realidad. Las cosas no hacen sino abrir, en su
poder de realidad, distintas posibilidades de adoptar una
forma de realidad u otra, entre las cuales tiene que optar
el hombre. Optar no es sólo elegir lo determinado de una
acción, sino ad-optar una forma de realidad en la acción que
se ha elegido. En la religación, pues, el hombre está
enfrentado con el poder de lo real, pero de un modo
optativo. Sea cual fuere su estructura, el poder de lo real
en las cosas no es sino el acontecer del fundamento en
ellas. Por eso las posibles formas de realizarse como
persona penden del fundamento, hacia el cual se ve el hombre
inexorablemente lanzado siempre en la realidad y por la
realidad misma. La realidad: es realidad-en-hacia, una
marcha real intelectiva desde el poder de lo real hacia su
intrínseco fundamento. Toda realización personal es la
configuración optativa de la persona humana respecto del
fundamento del poder de lo real en ella. Y lo encuentra en
todo el ámbito del poder de lo real; por tanto, en todas las
cosas reales y en la propia persona. El poder de lo real es
el poder de la realidad como algo último, posibilitante e
impelente y, aunque no es formalmente el poder de Dios, hace
presente a Dios como poder: las cosas reales son, por tanto,
manifestación de la realidad absolutamente absoluta; por su
poder de lo real, al darme su propia realidad me están dando
a Dios en ella misma. Justificar la existencia de Dios es
simplemente explicar con profundidad la verdad de esta frase
También Blondel afirma que asumir la demostración de la
existencia del hombre (de su acción) es asumir la
demostración de la existencia de Dios: “En lugar de buscar
lo necesario fuera de lo contingente, como un término
ulterior, lo encuentra en lo contingente mismo como una
realidad ya presente. En lugar de convertirlo en un soporte
trascendente pero exterior, descubre que es inmanente al
corazón mismo de todo lo que existe. En lugar de probar
simplemente la imposibilidad de afirmar lo contingente, se
prueba la imposibilidad de negar lo necesario que lo
fundamenta. En lugar de decir 'ya que en un momento nada
existe, eternamente nada existirá', se llega a esta
conclusión: 'puesto que algo existe, el único necesario
existe eternamente'. En lugar de apoyarse sobre la ficción
de un ideal necesario, se apoya sobre la necesidad misma de
lo real. La necesidad relativa de lo contingente nos revela
la necesidad absoluta de lo necesario. En todo aquello que
se mueve, se organiza, se conoce, una fuente común de poder
y de sabiduría. De esta manera la prueba teleológica, lo
mismo que el argumento cosmológico, aparece renovada y
confirmada, por su unión con las demás pruebas. Presentarla
aisladamente es quitarle lo mejor de su valor. Dios es el
único que no puede ser buscado en vano, sin que pueda nunca
ser encontrado plenamente: nemo te quaerere valet, nisi qui
prius invenerit. El dilema es éste: ser dios sin Dios y
contra Dios, o ser dios por Dios y con Dios: ¿No es verdad
que de Dios se quisiera todo, excepto a Dios mismo?, ¿que
habiéndole excluido para gozar de todo sin Él se le querría
aún, casi a pesar suyo?, ¿no es verdad que, con cualquier
cosa que se haga, parece que se debe estar seguro de la
salvación y ser digno de una felicidad sin la cual no
podemos concebir que el ser pueda verdaderamente ser?
Comprendo que uno se indigne de la inmensa responsabilidad
de la que parece cargado el hombre, del peso infinito de
actos realizados tan a la ligera, que a veces ni siquiera se
han tenido en cuenta las consecuencias inmediatas. ¿Qué
responsabilidad puede haber en aquello que se ignora, en
aquello que se hace casi sin haberlo querido, en lo que
resulta desproporcionado? Pero este lamento es la
condenación misma. ¿De dónde surge este grito de rebeldía y
esta llamada indignada, sino de un corazón poseído de luz ya
que protesta contra las tinieblas, amante de la equidad,
puesto que se erige en juez de su juez? ¡Tanto se ama la
justicia cuando se es injusto! ¡Tremenda grandeza la del
hombre! Quiere que Dios no exista para él, y Dios no existe
para él. Pero, conservando siempre en su fondo la voluntad
creadora, se adhiere a ella tan firmemente que llega a ser
totalmente suya. Su ser permanece sin el Ser. Y cuando Dios
ratifica esa voluntad solitaria, es la condenación, ¡fiat
voluntas tua, homo, in aeternum! Considerar que se halla en
sí mismo la verdad necesaria a la conciencia, la energía de
su propia acción y el éxito de su propio destino, no
significa solamente privarse de un don gratuito y
facultativo que, una vez despreciado y rechazado, no
comprometería sin embargo la felicidad de una vida
ordinaria; significa más bien desmentir su propia aspiración
y, con el pretexto de amarse solamente a sí mismo, terminar
odiándose y perdiéndose a sí mismo. Perderse sin poder huir
de sí mismo. Lo que quiere se le esfumará eternamente, y lo
que no quiere le será eternamente presente”.
Dar el
don dado. El don jamás se agota en ninguno de los modos de
su presencia, de ahí la admiración y la alabanza. Para
pensarlo debemos articularlo en la distancia: “El hombre no
recibe como tal el don, sino acogiendo el acto de ser, es
decir, por repetición dándose él mismo. Recibir el don, sin
apropiárselo y sin destruirlo, en una simple posesión.
Recibir y dar se consuman, pues, en el mismo acto”
(Jean-Luc-Marion, L'idole et la distance). La relación entre
don donado y don recibido está anticipada ya en la que
Blondel estableciera en su día entre voluntad querida, que
es tal porque como tal se sabe, y por ello actúa como
voluntad que quiere.
El don, presencia y ausencia
Empero, el don de Dios, presente de muchas maneras
a través del don del ser en los entes particulares, se nos
manifiesta en parte y se nos oculta en parte. La realidad
nos sobrepasa tanto que pensar en agotar alguna de sus
posibilidades nos parece un acto de soberbia. En cierto
modo, la posición del ser es su retirada, pero en esta
retirada también se nos da. En tanto que se nos muestra
ocultándose y que se nos oculta mostrándose, en tanto que se
da y se retira, hace necesario al ser humano como testigo de
ese flujo y reflujo, flujo y reflujo que se le muestran más
claramente al observador, al atento pastor del ser, al
custodio del ser, al que escucha con perseverancia, hasta
con una cierta angustia: yo no digo mi canción sino a quien
conmigo va. La palabra que pronuncia el poeta anida en la
morada del ser que, sin embargo, se retira de ella, un poco
también como les ocurre a los místicos por su parte. Algunas
de las dimensiones concomitantes: el asombro ante la gracia
del Ser, la llamada a la docilidad, a la escucha, el
agradecer que no agradece algo, sino que se limita a
agradecer el hecho de que le esté permitido agradecer, de
suerte que el concepto bíblico de doxa es incorporado y
usado por el Ser.
Este
acoger, este acogimiento dado a los entes en el seno del ser
es a la vez signo para quien en ella ve la anticipada
presencia de Dios, Don que acoge regalando. Ante Dios, el
ser humano es un ser-en-deuda-de-sí-mismo, y en él la deuda
expresa la diferencia real entre el ser y mi esencia finita:
el ser del espíritu humano accede a sí reconociéndose dado a
sí por aquel que no es él. De este modo, la cuestión de la
presencia de lo dado en el ser coincide en los últimos
pensadores personalistas con el también clásico de la
sustancia. Heidegger y Derrida han partido de las
Investigaciones Lógicas de Husserl, pero mientras el primero
se centra en la sexta Investigación, que trata de la
intuición categorial sin escrutar la cuestión del sentido
del ser, Derrida se centra en la primera, que distingue en
lo real entre ‘expresión’ e ‘indicio’, aunque sin llegar
tampoco a la ‘presencia’ plena de lo real, que él llama
différance: “la a proviene del participio de presente
-différant- para mentar la acción del diferir, aun antes de
que haya producido un efecto constituido en différence”. La
diferancia sería como la ‘no-presencia’ originaria que
apunta hacia la presencia que ella no es, por lo que hay que
pensarla de forma negativa. La venida del sí en la alteridad
es un ‘suplemento del origen’, donde el sí se pierde al
mismo tiempo que se pone silenciosamente a distancia de sí,
lo mismo que la voz se pierde en la escritura donde la
palabra se instala al indicar esta voz. La experiencia
típica de esta pérdida y de esta retirada es la del yo que,
auto-referencial pero sin intuición afirmativa, deviene mera
palabra escrita. Derrida expresa este abandono de sí como
una diseminación (La dissémination).
El don del Bienaventurado
Pero si los entes se ocultan, y si el ser en que
están contenidos también se nos opaca él mismo, sin embargo
el invisible Dios Padre, origen y meta del don, Don mismo,
recibe en los Salmos acción de gracias: “Bendice a Yavé,
alma mía, no olvides sus muchos beneficios” (Sal 103,2),
“¡Bendecid a Yavé todas sus obras!” (103,22), “¡Bendice a
Yavé, alma mía! ¡Yavé, Dios mío, qué grande eres! ¡Vestido
estás de majestad y de esplendor!” (104,1-2), “¡Bendito sea
el nombre de Yavé, desde ahora y para siempre” (11,3-2). El
rey David, tras haber recogido lo necesario para edificar el
templo de Dios, “bendijo a Yavé en presencia de toda la
asamblea, diciendo: ¡Bendito seas tú, Yavé, Dios de Israel,
nuestro Padre, desde toda la eternidad y para siempre!”
Luego, “David dijo a toda la asamblea: ¡Bendecid a Yavé
nuestro Dios! Y toda la asamblea bendijo a Yavé, Dios de sus
padres, y postrándose se inclinaron juntos ante Yavé y ante
el rey” (1 Cron 29,10-20). Israel, para reconocer el
soberano dominio y los beneficios de Yavé le ofrece
primicias, diezmos (Dt 26) y sacrificios (Lev 1). Aporta
también dones para compensar las infidelidades (Lev 4,5) y
para restablecer el favor de Yavé (2 Sa 24,21-25). Y, a
pesar de que estas prácticas pueden conllevar en
determinados casos un efectivo peligro de amistad
interesada, frumentaria, supererogatoria, negativa en suma
en los peores casos (de ahí la exclamación del propio Jesús
‘misericordia quiero, no sacrificios’), allí se ve también,
en el caso de los mejor intencionados, en los realmente
piadosos, la hesed (bene-volentia, bene-facentia) mutua que
es regla entre aliados o amigos con sentimientos recíprocos.
El don a los pobres (limosna) se asimila también a los dones
recíprocos (Ecl 22,23), o a que Yavé compense (Prov 19,17),
desaconsejándose dar al hombre malo (Tob 4,17), pues tal don
terminará redundando en pérdida.
En el
cristianismo el don a los hombres es por puro amor a ellos a
través de la creación, y por medio de los profetas, a través
de su propio Hijo (“Tanto ha amado Dios al mundo, que le ha
dado a su Hijo unigénito”, Jn 3,16): Dios Padre es la pura
gratuidad, en Cristo se hace eu-jaristía, y en el Espíritu
Santo se manifiesta a todos los hombres de buena voluntad
con sus distintos jarismas, o manifestaciones de járis. Es
el don del Dios uno y trino el que abre la larga marcha de
la historia de la humanidad, la cual precisamente se
convierte en historia por la existencia amorosa de ese Don
mismo. Cristo enseña a sus amigos a prolongar el Don divino
en donación humana: “Habéis recibido gratis, dadlo gratis”
(Mt 10,8), sin que la mano derecha se entere de lo que hace
la mano izquierda, “amaos como yo os he amado” (Jn 13,34;
15,12), “amarás al prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14), “en
este solo precepto están contenidos todos los demás” (Rom
13,8-9), en eso se conoce al discípulo de Cristo (Jn 13,35),
en la comunión o común unión, con “un solo corazón y una
sola alma” (Hch 4,32). Cuando se ha recibido tanto de Dios,
todo cálculo, toda estrechez de corazón resultan
escandalosos (Mt 18,32 ss), por eso siempre ha de mantenerse
vivo el recuerdo de los beneficios de Dios (Dt 8,11-16;
32-18) para poder hacer lo mismo: “Da a quien te pida” (Mt
5,42). En Jesús el agradecimiento por el Don del Padre es
incondicional: “Padre, te doy gracias porque me has
escuchado” (Mt 14,9). El Nuevo Testamento describe con
términos como regeneración, renovación, o nuevo nacimiento,
nueva creación el efecto que en el ser humano produce la
realidad de la gracia: “Si la gracia es esencialmente el don
que Dios hace al hombre de sí mismo, es claro que ella
conlleva una comunión en el ser divino: divinización. Esa
divinización acaece por la asimilación del justo a la forma
de ser de Jesucristo, el Hijo de Dios: filiación. Todo lo
cual permite hablar del hombre agraciado como hombre nuevo
que, al participar del ser de un Dios que se define como
amor, vive y actúa informado y dinamizado por la caridad:
dimensión práxica de la gracia” (Juan Luis Ruiz de la Peña:
El don de Dios. Antropología teológica especial).
El don
de Dios en Cristo lo aceptan agradecidos los que de alguna
manera son y se saben pobres. Pobres eran los am haarez, los
que escuchaban su palabra, gentes semianalfabetas sin otro
horizonte que el de encontrar trabajo, comer, dormir y
morir, que vivían en un tiempo y en una tierra muy duros,
que sabían que cuando un año faltaban las lluvias en otoño
tal vez sería ya imposible la siembra y que después vendría
un año de hambre. Y a ellos Jesús les insta a vivir según
las Bienaventuranzas, que no eran dulces mensajes para
beatas. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de
ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los
mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos
serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el
reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os
injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal
contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque
vuestra recompensa será grande en los cielos, porque de la
misma manera persiguieron a los profetas anteriores a
vosotros” (Mt, 5; Lc, 6). Como recuerda Martín Descalzo,
“Cristo no llamaba bienaventurado al pobre por el hecho de
serlo; mucho menos podía referirse al rico que, con la
disculpa de que no está apegado a sus riquezas, sigue
viviendo y disfrutando cómodamente de ellas. No se puede ser
pobre de espíritu y vivir como un rico. Mas la
bienaventuranza evangélica va mucho más allá que un puro
problema de dinero. La palabra que Jesús usó para definir a
los pobres fue anaw y este término significaba en hebreo a
un grupo muy concreto. Anaw eran los humildes, los
oprimidos, los desgraciados, los cargados de deudas y de
enfermedades, los desamparados, los marginados. Pero a esa
palabra pobre añadían siempre los judíos una segunda
expresión y hablaban de los pobres de Yavé. Eran estos los
que, precisamente por no tener nada, precisamente debido a
su desamparo, se acercaban a Dios, ponían en él toda su
confianza, cumplían su voluntad, observaban la ley. Jesús
proclama bienaventurados a los que son conscientes de que
viven en el destierro, a los que tienen llanto en el alma, a
los que experimentan que se encuentran lejos de Dios, a los
que sufren en su carne por estar sometidos a la tiranía del
pecado, tanto del propio como del ajeno. Jesús comienza la
predicación de su Reino desplegando para ellos la gran
bandera que centra todas las expectativas humanas, la
felicidad, que Jesús anuncia y promete a los humildes, pero
situándola donde menos podría esperarlo el ser humano: no en
el poseer ni en el dominar, ni en el triunfar, sino lisa y
llanamente en el amar y ser amado de forma gratuita, en
querer a Dios y en ser querido por Él, y en Él y desde Él
quererse a sí mismo y querer a los hermanos. A ellos les
reserva Dios un infinito caudal de alegrías. Los realmente
pobres de los que Jesús habla son los que no se detienen en
la idolatría de las riquezas y no tienen otro Dios que
Yahvé; los que viven abiertos a él y a su palabra, los que
no confían en el dinero, ni en los demás hombres y ni
siquiera en sí mismos, sino en sólo Dios. Pobres son los que
están perpetuamente disponibles a caminar hacia Dios, los
que no están atados a ninguna propiedad porque nada tienen,
los que como el propio Jesús no tienen una piedra donde
reclinar la cabeza, los que son como él. Pobres son los que
han elegido la libertad de no estar encadenados a nada de
este mundo, ni siquiera a sí mismos, a sus ambiciones y sus
orgullos. La miseria obligada es esclavitud, pero esta
pobreza libre que Jesús pregona es liberación. La pobreza
forzosa es carencia, vacío; la pobreza de Jesús es plenitud,
es apertura hacia el todo. Él no pide renuncia a la riqueza
por la riqueza, lo que él pide es plenitud de Dios y
renuncia a todo aquello que, en la riqueza, aparta de Dios,
es decir, casi todo lo que la riqueza tiene de riqueza. A
estos hombres abiertos Jesús les promete el reino de Dios.
El que san Mateo haya traducido 'reino de Dios' por 'reino
de los cielos' responde simplemente al pudor con que los
judíos eludían el nombre de Dios y aludían a él mediante
paráfrasis. El reino que Jesús anuncia a los pobres es ese
que él viene anunciando desde el comienzo de su predicación,
ese que está en medio de vosotros. Lo que dice es que en el
seno de la presente humanidad, en el corazón de la actual
creación, está ya en trance de formarse otra creación,
nueva, que está formándose, construyéndose. Es la humanidad
nueva de la que él constituye el primer eslabón. Los pobres,
los abiertos de corazón, los libres, los no encadenados ni
al mundo ni a sí mismos, esos formarán parte de esa nueva
humanidad que, conducida por él, traspasa las barreras de
este mundo. Y esa alegría prometida a los pobres procede de
que es la divinidad misma quien cuida al cuidador de la
viña, la bienaventuranza misma: Jesús es el bienaventurado
que ha cumplido y vivido hasta el fondo las ocho
bienaventuranzas: el pobre, el manso, el que conoció las
lágrimas, el misericordioso, el limpio, el pacífico, el que
murió en la cruz. Y porque fue pobre, manso, limpio, y
misericordioso, y porque lloró y tuvo hambre y sed de
justicia, porque sembró la paz y fue perseguido, por todo
ello en él se inauguró el reino de Dios. Por eso, detrás de
la cruz, conoció el signo más claro de la victoria. La
verdadera alegría. De ella proviene la verdadera e
inquebrantable alegría del compromiso personal y social con
los últimos” (Vida y milagros de Jesús de Nazaret). Pero
este monte de las Bienaventuranzas es como un preludio del
monte Calvario. El día que nuestro señor enseñó las
bienaventuranzas firmó su propia sentencia de muerte: no
puede predicarse algo tan contrario a la sabiduría de este
mundo sin que el mundo acabe vengándose y llevando al
predicador a la muerte. Porque decir las cosas que dijo es
el mejor camino para crearse enemigos. La crucifixión no
puede estar lejos de quien se atreva a decir: ay de
vosotros, los ricos. Tampoco puede estar lejos de quien hoy
se atreva a creerlo. Pero Jesús no dijo sólo
“bienaventurados los pobres”, dijo también: “Ay de vosotros,
los ricos”. Predijo la felicidad de los perseguidos e invitó
a temblar a quienes eran alabados por los hombres: “Pero ¡ay
de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro
consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!,
porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque
tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres
hablen bien de vosotros!, porque de ese modo trataron a sus
padres los falsos profetas” (Lc, 6).
El libre rechazo del Don
Pese a todo, se rechaza ese Don, al que nos hemos
acostumbrado demasiado, cuando en realidad es una gracia tan
excepcional que a muchos les horripila, recordemos a Freud:
“Mi amor es para mí algo muy precioso, que no debo derrochar
de manera irresponsable. Si amo a alguien, es preciso que
éste lo merezca por algún título. Lo merece, si es en
aspectos importantes tan semejante a mí, que me pueda amar
yo a mí mismo en él; lo merece, si él me supera en tal grado
en perfección a mí mismo, que pueda yo amar en él al ideal
de mi propia persona. Pero este extraño no sólo no es en
general digno de amor, sino que tiene más derecho a mi
enemistad e incluso a mi odio. No hay cosa más contraria a
la primitiva naturaleza humana que el precepto ideal de amar
al prójimo como a sí mismo, tal precepto es, en definitiva,
algo en sí mismo irrealizable”. El ateísmo es no aceptación
del Don de Dios. Un grandísimo número de gente vive hoy
despreocupada de la cuestión de Dios, tanto que ni siquiera
se despreocupan de despreocuparse, son vidas sin voluntad de
fundamentalidad, es el suyo un vivir en indiferencia
fundante. La vida no plantea para estas personas problema
alguno: es lo que es y nada más, que reposa sobre sí misma
sin necesidad de ir contra nada ni contra nadie, vida tomada
como en y por sí misma ‘y nada más’. Empero, así como el que
ignora sabe en alguna medida qué es lo que ignora,
igualmente el despreocupado siente que tras su no-ocuparse
está latiendo la sorda presencia de aquello de que no se
preocupa; por tanto, está soterradamente dirigido hacia
ello. En su virtud, despreocupación no es no-opción, sino
estricta opción, la opción por no ocuparse de aquello que
está ahí indiferentemente, por la indiferencia: es el
momento del des. En la persona a-tea acontece un proceso
intelectivo e interpretativo sobre la totalidad de la vida,
que para esa persona sigue siendo tan problemática como para
los demás; tal vez sin darse cuenta. El ateo lleva a cabo
una opción, la de la autosuficiencia de la vida, tomada como
lo que es y nada más, vive dejándose vivir porque por encima
de su indiferencia lo que hace es afirmar enérgicamente que
vive y quiere vivir, y esto con una voluntad de vivir
penúltima, que recae sobre el Yo como facticidad
autosuficiente. Puede incluso rechazar su intervención en la
vida, y resolverse contra ella, pues entre ambos extremos
hay toda una gama de actitudes intermedias. Por eso aquí la
falta de fe no procede de que haya un conocimiento
demostrativo que la haga imposible por inútil, es decir,
porque ya hay demostración, sino de que es una carencia de
apertura al Fundamento. El ateísmo es la fe del ateo, por
tanto lleva a cabo una opción, de modo que el ateísmo no es
menos opcional que el teísmo. Hay también casos en que el
conocimiento es insuficiente y sin embargo la entrega es
total, si bien incluso en esta situación hay alguna
intelección de realidad a que el hombre se entrega, por lo
menos una intelección de tipo auditivo, en noticia.
*
Doctor en Filosofía, Profesor de la Universidad Complutense
de Madrid, Fundador de los Institutos Emmanuel Mounier en
España, México, Paraguay y Argentina. (Ver más en nuestro
link de Autores).
|