|
Editorial
EL PERSONALISMO, ACOGIDA DE VOCES
Con
la alegría de presentarles el tercer número de PERSONA, quiero expresar un
agradecimiento especial a cada uno de nuestros colaboradores que con su
esfuerzo generoso hacen de nuestra Revista una realidad tan virtual como
real, aportando desde la propia identidad narrativa su voz y su personal luz
al polifónico concierto del personalismo. La diversidad de temas, de
enfoques y de autores abordados en este número parece tan amplia y
pluriforme que cabría hacernos la pregunta: ¿es todo esto personalismo?,
¿caben en su criterio los artículos sobre el Quijote, Jesús de Nazaret, la
sanación o la poca fe?, ¿con qué vara los medimos?
Al
diseñar su ‘árbol genealógico personalista’ - inspirado en el conocido arbre existencialiste de Emmanuel
Mounier - Carlos Díaz nos enseña con
verdad que el personalismo “es un árbol vivo y en crecimiento, que ha de
agrandarse y multiplicarse enraizándose más y más. (…) Es el gran baobab a
cuya sombra centenaria y frondosa relata el pueblo su propia memoria
histórica, su traditio, su
entrega de relevo, mientras se va produciendo el reverdecer de nuevas yemas
que han de servir para cada época. (…) Nunca algo que simplemente fue,
siempre algo que nos hace ser. Nada sería, en fin, más falso que encerrar
dentro de un fanal o cercar el árbol del personalismo tratándolo como el
árbol de una escuela o de una doctrina” (Qué es el personalismo comunitario). Contamos, pues, con una
única fidelidad que es la fidelidad a la verdad que se expresa en tantas
voces, libre de dogmatismo y doctrina pero atada a una misma premisa rectora:
reivindicar la centralidad y dignidad de la persona en todos los terrenos,
estructurando un pensamiento en torno a ella y combatiendo por ella.
La
investigación personalista contemporánea, nutrida de la savia vivificante
de su traditio, no podrá por ende
olvidar sus raíces cristianas ni desconocer que Jesús de Nazaret fue el
primer personalista de la historia, que nos llamó a la metanóesis del corazón y en tanto humano testimonió las
encrucijadas y vivencias de todo hombre, labrando en aquel humus salvífico
las categorías éticas y antropológicas con que construimos hoy nuestro
discurso personalista. ¿Podríamos acaso hablar de la persona como don y
relación, del amor como su esencia y mandato, de su libertad como destino y
gracia, de su vocación de eternidad y comunidad, más un largo etcétera, sin
el paradigma inmortal del nazareno? Asimismo, y desde la literatura hecha
icono de pensamiento y vida, nos mira con su paternidad hispanizadora la
figura del Quijote que supo dialogar con la modernidad naciente encarnando
la lucha apasionada por el ideal y el valor, por la razón cálida y cordial,
apuntalando un renovado formato de humanidad de la que el personalismo es
heredero fiel, tanto en ideas como en compromiso y vitalidad. Me pregunto
si habría personalismo que hablara español sin su estandarte de sueños esparcido
por el cielo de la
Iberoamérica pensante.
Siguiendo
esta línea reflexiva, me he preguntado también si estaríamos hoy hablando
de personalismo en lengua castellana sin la siembra silenciosa de sus
pioneros como lo han sido y lo son los profesores Pedro Laín Entralgo y
Alfonso López Quintás, quienes supieron adaptar creativamente en estilo
filosófico español lo esencial del pensamiento dialógico alemán y francés,
tal como lo acunaron sus principales progenitores, Martin Buber, Ferdinand
Ebner, Franz Rosenzweig, Emmil Brunner, Gabriel Marcel, Romano Guardini,
Jean Lacroix y Maurice Nédoncelle, “cuyo rasgo decisivo - en palabras de
López Quintás - viene dado por su voluntad de ajustar el estilo de pensar
al modo peculiar de realidad que ostentan las realidades personales. Ese
ajuste - que implica una verdadera metanoia
o conversión - intentaron
realizarlo mediante el cambio del esquema mental ‘yo-ello’ por el esquema
‘yo-tú’” (“La intimidad personal. Qué significa y cómo es posible”,
artículo que publicamos en este número de Persona). Imposible sin ellos nuestra pretensión de cultores
del personalismo iberoamericano. Por tanto aporte clarificador y por tanta
savia dialógica, pedagógica y creadora plasmada en su obra, va mi
agradecimiento especial, en nombre de todos, al profesor López Quintás que
honra nuestra Revista con su palabra.
Si la
historia del personalismo se remonta al escenario de aquel ‘logos hebreo’ simbolizado en la hesed we’emet - amor
y fidelidad - con que el Dios único se revelaba como amigo del hombre
inaugurando el camino del diálogo y el encuentro interpersonal, si tras
estas centurias el logos agapeizado
cristiano continúa insuflando vida y sentido al pensar personalista, no
cabe duda que ese mismo amor y esa misma fidelidad se proyecta hoy a la
investigación contemporánea confiriendo su unidad en la verdad a la legión
de voces diferentes que aportan su cuota de comprensión y hondura personal,
por pequeña que sea, a la identidad nunca clausa del movimiento
personalista. Hay que pensar que la revolución del corazón querida por
Emmanuel Mounier supone también concebir al personalismo como acogida de
voces cuya eufonía dependerá en buena medida del diálogo en altura y
apertura que sepamos construir.
Vayan
estas palabras editoriales en amistosa respuesta a un querido hermano
personalista que con su crítica inquieta y su vocación al diálogo me
impulsara a pensar estas cuestiones de lesa identidad. Ser o no ser
personalista cabal es cosa que sólo el fuero íntimo sabe, pero sí sabemos
con certeza que de nuestra acogida vigilante de hoy a cada identidad que
busca expresarse desde esta impronta, penderán las voces nuevas que
alimentarán el personalismo futuro o, valga la inversión gramatical, el
futuro del personalismo.
Inés
Riego de Moine
Directora
|