|
 |
Editorial
CARRERA CONTRA LA VIDA
|
La
conciencia moral de los argentinos ha quedado lastimada por
estos días por un hecho que bien podrían calificarse de
macabro e inhumano aunque no a todos se les muestre de esta
manera: los familiares de una joven deficiente mental
oriunda de la provincia de Mendoza que queda embarazada tras
haber sido violada ha exigido que la justicia avale la
práctica abortiva en su hijo, siendo que en Argentina
todavía están en toda su vigencia las leyes que defienden el
pleno derecho a la vida del nascituro y en consecuencia
penalizan su conculcación mediante el aborto.
Pero
en este país de fuertes raíces humanistas y cristianas se
está cada vez más cerca de ganar la carrera contra la vida
pues el discurso político oficial - en donde incluyo a todos
los ‘formadores de opinión’ que se prestan a su juego
diletante y tramposo - opta claramente por inclinar el
consenso de la ciudadanía hacia la aceptación de medidas
pro-abortistas y contraceptivas mutiladoras que atentan, ya
sin fachada de inocencia, contra el derecho humano más
elemental que es el derecho a la vida que todo ser humano
tiene por el sólo hecho de ser persona, antes o después de
nacer. Hoy, con toda la información científica exhaustiva de
que disponemos, que incluye imágenes vivas de la vida
intrauterina y pese a todo tipo de chantajes pseudo
intelectuales y claramente ideológicos, nadie puede negar
que existe vida humana desde el momento primero de la
fecundación así como nadie podría negar que lo que el
abortista lleva a cabo es un crimen abominable sin atenuante
alguno, aún en los casos más extremos y de más difícil
aceptación cual el de la joven mendocina que nos ocupa.
¿Quién de entre nosotros, que estamos vivos porque se nos
respetó en su momento el derecho a nacer, podría reprochar a
su progenitora el hecho de haberle permitido el milagro de
la vida? Salvo deformaciones patológicas terribles, la
actitud sana de cualquier ser humano maduro que se pusiera
en el lugar del nascituro debería ser no sólo la de acoger
su nacimiento sino de cuidarlo y salvarlo tras él, pues
nadie que se diga ‘humano’ puede consentir para los demás lo
que no consienta para sí mismo, máxima universal de
elemental humanidad.
¿Cómo
no calificar de aberrante entonces la conjura entre el juez
y el abortero quienes, tras pocas objeciones legales y
ninguna objeción de conciencia, facilitaron la práctica
abortista en esta madre intrínsecamente desvalida en su
derecho a decidir por sí misma dada su insuficiencia
racional, pero plena de derechos desde el momento en que
participa de la dignidad de los hijos amados por Dios? El
peor caso, el más extremo, el más ‘justificable’ desde la
racionalidad ética sin Dios, es sin embargo el que expone
ante todos la manifiesta voluntad de muchos argentinos
proclive a dar vía libre a una ley que avale el aborto
ingresando lastimosamente al triste catálogo de países
asesinos de no natos, esos seres contra los que cargamos
toda nuestra maldad acusativa - nuestro intrínseco egoísmo
- negándoles la gracia de ser.
Así
las cosas y como imaginaréis sin mucho esfuerzo, los
argentinos que tenemos la osadía de definirnos
antiabortistas somos estigmatizados de retrógrados,
oscurantistas, intolerantes y, concediéndonos ya demasiado,
energúmenos rezagados en el carro de la historia por no
resignar espacios de legitimación a esta aberrante cultura
de la muerte cuya carrera contra la vida parece no tener
límite alguno. Como algún profeta anunciara, la inversión de
todos los valores y de todo sentido prevista hace tiempo
alzando la vista hacia el horizonte del nihilismo se cumple
hoy fielmente, incluso bajo la intachable fachada de los
derechos humanos bajo cuyo amparo se argumenta falazmente
que el derecho de la mujer al propio cuerpo legitima el
derecho a abortar, como si ese hijo que lleva en su seno
‘fuera su cuerpo’ y no ‘habitara en su cuerpo’.
Como
mujer no puedo menos que mostrarme estupefacta ante las
mujeres que deciden matar el fruto que llevan en su vientre
porque la maravilla de esa vida gestándose y nutriéndose de
la urdimbre relacional madre-hijo es la experiencia co-creativa
y amorosa capaz de plenificar y llenar de sentido hasta la
existencia más triste y agobiante. Las mujeres que, por obra
de la naturaleza, hemos perdido un niño en gestación sabemos
del vacío infinito, carnal y espiritual, que nos embarga por
mucho tiempo. Cuánto más compadezco a esas madres que
deciden abortar cargando no sólo con tal vacío desgarrador
sino con la conciencia atormentada de la acción cometida
aunque se propongan esconderla o silenciarla con el ruidoso
vértigo de una cotidianeidad mal entendida y peor vivida.
Pero
no sirve buscar culpables en una cultura caricaturesca y
absurda como la que vivimos, capaz de llenarse la boca con
el discurso de los derechos humanos y al mismo tiempo
incitar al crimen bajo el triste argumento de que los hijos
‘no deseados’ constituyen un ‘grave problema familiar y
social’ que se soluciona rápidamente legalizando tal crimen
en el plano legal-jurídico y lavando así la conciencia
social conspiradora de la violación del precepto humano
primario que cabe sintetizar en el bíblico ¡no matarás! ¿Se
lavará así también de todo rastro de sangre vital el corazón
de esas tristes mujeres que rechazan el don de la vida y la
maternidad abortando al hijo y abortándose ellas mismas como
madres? ¿Hasta qué meta infame los argentinos y la entera
humanidad continuaremos corriendo esta carrera contra la
vida sin pagar las consecuencias más caras, que van desde la
ya presente desertización de la especie humana hasta la
insana autodeterminación de negar y aniquilar lo más sagrado
que hemos recibido en herencia como hijos amados del
Altísimo? La carrera contra la vida es la carrera contra la
humanidad, aún de aquella ex futura a la que cercenamos su
vida y su derecho a ser porque jamás verá levantarse el sol
sobre el firmamento del mundo.
Inés Riego de Moine
Directora
|