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EL AMOR COMO ENERGÍA
ESENCIAL HUMANIZADORA
MANUEL CABADA, PERSONALISTA
COMUNITARIO
Carlos
Díaz*
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“Cuando hace casi ya tres décadas
iniciábamos los cursos de doctorado en la Facultad de Filosofía de la
Universidad de Munich, nuestras jóvenes simpatías se dirigían ya entonces
en varias direcciones, que considerábamos complementarias. No sólo,
naturalmente, hacia la denominada ‘asignatura principal’, la filosofía,
sino también hacia dos ‘secundarias’, teología y psicoanálisis, que poco
parecían tener que ver entre sí y no demasiado tampoco con la anterior. K.
Rahner había sido ya previamente en Innsbruck nuestro maestro en teología y
ahora, en Munich, lo era también, sólo que esta vez como docente de
filosofía, en la cátedra que llevaba el nombre de R. Guardini. Su amigo, A.
Görres, psicoanalista, llegaría también pronto a Munich para encargarse de
la docencia de la psicología. Tuvimos la suerte todavía de poder asistir
previamente al último curso de docencia, antes de su jubilación, del gran
psicólogo que fue Ph. Lersch, siempre interesado en relacionar la
psicología con la filosofía. En este contexto intelectual interdisciplinar
y amplio fue casi ya obvio que nuestra tesis doctoral fuera a versar sobre
un pensador como G. Siewerth, que se movía de manera ágil y competente en
varios campos del saber, concretamente en la filosofía, pero también en la
pedagogía y hasta en la teología”.
Este es el autorretrato intelectual del profesor Manuel Cabada que,
formado académicamente en varios países europeos de alta solvencia
reflexiva, también ha editado en esos países en sus idiomas originarios. Su
excelente nivel técnico, su conocimiento de los clásicos, medievales y
modernos, su elegancia literaria y su capacidad didáctica no voy a
descubrirlas yo ahora, simplemente rendirles un homenaje. Me siento muy
honrado por estar en la misma línea de pensamiento de Manuel Cabada, así
como por ser su amigo y ya también discípulo. De Manuel Cabada he leído su
obra completa casi totalmente, y he sentido gran simpatía metodológica y
doctrinal con ella y con sus claves reflexivas y axiológicas: Wahlverwandschaftenvoll.
Nada tiene, pues, de extraño que este artículo en homenaje al maestro y
compañero se haya abierto paso por sí mismo con la máxima connaturalidad.
Desde esa perspectiva no deseo citar cada uno de los textos que han servido
para este estudio, por la sencilla razón de que el texto entero es una cita
de citas, no sin embargo un palimpsesto.
1. ¿Amor
por compasión?
No es que Schopenhauer estuviera cerrado a la necesidad de una
previa autoestima para el ejercicio de la compasión, lo que ocurre es que para
él tal requisito carece de importancia ética, dado que es algo que se
identifica con la misma naturaleza del hombre. En la línea de Kant,
carecería de sentido la obligación de amarse a sí mismo, dado que esto
ocurre ya inevitablemente; sería absurdo formalizar la búsqueda de la
propia felicidad cuando toda persona tiende ya inevitablemente hacia ella.
Pero Schopenhauer estaba además lastrado por su propio sistema filosófico,
que tiene como principio básico la afirmación de la maldad del hombre causada
por su egoísmo, la actitud más opuesta a toda ética, contra lo cual objeta
Feuerbach que no puede ser sino débil una compasión que se base en una idea
tan empequeñecida y negativa del hombre. La ética de Schopenhauer va a
concentrarse en el esfuerzo por la disolución o negación de la propia
individualidad que, al quererse a sí misma, se cierra a los demás, por lo
cual el egoísmo es el principal enemigo de la moral y, consecuentemente, el
verdadero criterio de todo acto moral ha de ser su carencia de cualquier
tipo de motivación egoísta. Es imprescindible negarse a sí mismo, negar la voluntad
de vivir, pese a que ella constituya la esencia íntima de toda
realidad; en definitiva, ascetismo. La propia muerte no es en el fondo sino
una liberación, en cuanto que el yo sigue existiendo de algún modo, aunque
ya identificado con la voluntad general.
Lo contrario al egoísmo es una compasión ilimitada, la más
segura garantía de la moralidad; tal mirada compasiva no se funda en la dignidad
del otro (Kant), tampoco en su maldad o limitación, sino única y
exclusivamente en su sufrimiento, de donde brota espontáneamente en
uno mismo el sentimiento de compasión. Este proceso interior maravilloso
o misterioso, que es la experiencia de la compasión, se asienta en
Schopenhauer sobre una previa base cognoscitiva, a saber, una cierta
identificación del hombre con sus semejantes y con toda la realidad. De
este modo, el no-yo se ha convertido en cierta manera en yo, la
multiplicidad de las personas es sólo aparente, y la diferencia “yo-no yo” se diluye, no siendo los otros meros no-yo, sino yo
otra vez. Un amor no compasivo sería automáticamente egoísmo, pero el
amar, esto es, el dirigir la mirada hacia los dolores de toda la creación,
sirve para desviar la propia voluntad de vivir. El importante lugar que
ocupa la compasión en su sistema filosófico hace que Schopenhauer formule
una concreta regla moral basada en el ejercicio de la compasión amorosa y
no en cualquier otro imperativo moral que tenga como ingrediente interno la
idea, de talante kantiano, de la dignidad del hombre. Este es el contenido
literal de la regla moral schopenhaueriana: “Ante la presencia de cualquier
persona con la que uno entra en contacto no se ha de pretender una
apreciación objetiva de la misma, atendiendo a su valía o dignidad; no se
ha de tomar, pues, en consideración ni la maldad de su voluntad, ni la
limitación de su entendimiento o la absurdidad de sus conceptos, ya que lo
primero podría fácilmente suscitar odio contra ella y lo último desprecio;
sino que lo único que se ha de tomar en consideración son sus sufrimientos,
su necesidad, su angustia, sus dolores: entonces se sentirá uno siempre
unido a ella, simpatizará con ella y, en vez de odio o desprecio, sentirá
respecto de ella aquella compasión que es la única que se identifica con el
ágape, al que invita el evangelio. Para no permitir que surja contra ella
el odio o el desprecio, el único punto de vista apropiado y verdadero no es
la indagación sobre su pretendida dignidad, sino la compasión”. Amar sin
compasión no es amar, “todo amor (agape, caritas) es compasión”.
Nadie más opuesto a Schopenhauer que Nietzsche, el
anticompasivo: “¿Se me ha entendido? Dionisos contra el Crucificado”. “El
cristianismo quiere renunciar al mundo; prefiere sufrimiento y aflicción, y
levanta sospecha contra el bienestar; presupone la perversidad profunda de
todas las cosas y de los hombres. Si se pensara el cristianismo en toda su
fuerza, y se pensara también la inexistencia de energías contrarias, en
breve tiempo provocaría la ruina de la especie humana: les arrebata a los
hombres la salud, la alegría, la confianza, los propósitos para el futuro
del mundo, la actividad”. La moral de los señores afirma, la cristiana
niega, es desyoización, Entselbstung. El ideal ascético no conduce
al mejoramiento o sanación de los enfermos, sino a debilitarlos todavía más
y a enfermarlos más, pues “surge del instinto de protección y salvación de
una vida en proceso de degeneración, que con todos los medios intenta
mantenerse y lucha por su existencia”. La vida ascética es una
contradicción consigo misma, ya que intenta utilizar la fuerza para cegar
las fuentes de la fuerza y por ello es “el triunfo precisamente en la
postrera agonía. Crux, nux, lux; todo es en él una misma cosa”. Nietzsche
conecta así con la crítica que había realizado Feuerbach veinte años antes
contra la negación schopenhaueriana de la voluntad de vivir: “Si me quitas
el objeto de la voluntad, me quitas la voluntad misma; ya que [no] querer
nada y no querer es una misma cosa (denn Nichts wollen und nicht wollen
ist Eins)”. Según Nietzsche, “los que pueden alegrarse con nosotros son
más apreciados y están más cerca de nosotros que aquellos que nos
compadecen. La alegría compartida hace al amigo (den Mit-freuenden),
la compasión al compañero de dolor”. La compasión es “la verdadera
perversidad”; una compasión que se alimente exclusivamente de la
experiencia del dolor, y no de la alegría, corre el peligro de
autoaniquilarse: “La participación en los sentimientos (Mit-gefühl)
aumenta cuando su resultado predominante son sensaciones alegres; decrece,
cuando se siguen más dolores que alegría. Si se tiene a la vista
continuamente a los sufrientes, desciende la compasión (Mit-leid),
pero se hace uno más sensible respecto del dolor de los demás cuanta más
alegría (Mit-freude) se tenga con ellos. Las personas más compasivas
tienen mucha alegría interior, a ellas les produce dolor todo lo que les
contraría; las personas desdichadas y guerreras son insensibles”. Así pues,
“quiero enseñar lo que ahora tan pocos entienden, y menos que nadie
aquellos predicadores de la compasión: ¡la co-alegría!”
Zaratustra denuncia la contradicción entre el deseo de
los compasivos de liberarse de la vida y su intento de aferrar a la vida a
los demás: “Si fueran profundamente compasivos, habrían de despojar a sus
semejantes de las ganas de vivir. Ser malos, ésa sería su correcta bondad”,
y por ello “brindar compasión significa tanto como despreciar”. El
compadecido es el despreciable que no soporta el dolor; todo lo contrario
del orgulloso, valiente e inquebrantable, que no soporta la compasión: “El
hombre de las modernas ideas, este mono orgulloso, está
irrefrenablemente descontento consigo mismo: esto está claro. Padece: y su
vanidad le lleva a com-padecer... Si tengo que ser compasivo, no
quiero sin embargo llamarme así; y si lo soy, entonces mejor desde la
lejanía. Me lavo, por ello, la mano
que ayudó al sufriente, por eso me limpio incluso el alma. Pues me avergoncé,
por razón de su mismo pudor, de haber visto sufrir al sufriente; y, al
haberle ayudado, pequé fuertemente contra su orgullo. Yo soy, en cambio, un
donador: a gusto doy, como amigo, a los amigos. Los extraños y los pobres,
que cojan ellos mismos el fruto de mi árbol: así da menos vergüenza. ¡Pero
a los mendigos habría que abolirlos totalmente! La verdad es que es molesto
darles y es molesto no darles. Y si tienes a un amigo que sufre, sé para su
sufrimiento un lugar de descanso, pero en cierto modo cama dura, cama de
campaña: será la mejor manera de serle útil. “Todos los creadores son
duros”, como Zaratustra; sólo ayudan al que es capaz de servirse de ellos:
“Soy una barandilla a la vera del torrente: ¡que se agarre a mí quien me
pueda agarrar! Pero no soy vuestra muleta”. La compasión es un “gran
peligro para la humanidad”, una de las “dos peores epidemias”, contra las
que hay que protegerse: “¡Contra la gran repugnancia respecto del hombre!
¡contra la gran compasión con el hombre!” La razón de esta calificación de
la compasión como “virtud de los decadentes” es su oposición a la voluntad
de poder. Nietzsche gira
alternativamente en torno a la necesidad de autoestima y la de amor al más
lejano, no al más cercano, al próximo: “Yo os digo: vuestro amor al
prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos. ¿Os aconsejo el amor al
prójimo? ¡Más bien os aconsejo la huida del prójimo (Nächsten-Flucht)
y el amor al más lejano (Fernsten-Liebe)! No os enseño al prójimo,
sino al amigo. Sea el amigo la fiesta de la tierra y un presentimiento del
superhombre. El futuro y lo más lejano sea para ti la causa de tu hoy: en
tu amigo has de amar al superhombre como tu causa. El más lejano, el
superhombre, exclama: “Mi gran amor al más lejano exige esto: ¡no respetes
a tu prójimo! El hombre es algo que debe ser superado”. El robustecimiento
del yo está en proporción inversa al decadente sentimiento de compasión o
amor projimal, atentatorio contra la vida, el máximo valor: “La moral de la
desyoización (Entselbstungs-Moral) es la moral de la decadencia por
excelencia, el hecho del yo perezco convertido en el imperativo todos
debéis perecer”. Por lo demás, “¿qué significa eso de que el bien del
prójimo deba tener para mí más alto valor que el mío propio?” En fin,
“hemos de temer a quien se odia a sí mismo, pues seremos las víctimas de su
rencor y de su venganza. ¡Veamos, pues, cómo le inducimos al amor de sí
mismo!” Más aún, el “amor es una exigencia de poder absoluto sobre una
persona”, un modo especial de la voluntad de poder, una de las maneras de
ejercer el maquiavelismo inconsciente, “un rodeo hacia el corazón del más
poderoso, para dominar sobre él”. “No somos humanitarios; nunca nos
atreveríamos a permitirnos hablar de nuestro amor a la humanidad ¡no
somos para ello suficientemente comediantes! ¡A la humanidad! ¿Ha existido
alguna vez una vieja más horrible entre todas las viejas? No, no amamos a
la humanidad”. Hay que elegir entre el pesimismo romántico -la filosofía de
Schopenhauer o la música de Wagner- y el pesimismo dionisíaco o clásico,
“el uno es el de los que padecen de exuberancia de la vida, que quieren un
arte dionisíaco y asimismo una visión trágica de la vida, y luego están los
que padecen de empobrecimiento de la vida, los que buscan descanso, paz,
mar tranquilo, redención de sí mismos por medio del arte y del
conocimiento, o bien el éxtasis, la convulsión, el aturdimiento, la locura.
A la doble necesidad de los últimos corresponde todo el romanticismo en las
artes y en los conocimientos”. Nietzsche se quiere representante principal
del pesimismo clásico o dionisíaco, “el pesimismo del futuro, ¡pues viene!
¡yo lo veo venir!”
Codicia y egoísmo se concitan en cualquiera de sus formas, desde el
amor a la verdad hasta el sexual, que no sería sino mutuo “deseo impetuoso
de propiedad: el amante ansía la posesión incondicional y exclusiva de la
persona por él deseada, quiere un poder incondicional tanto sobre su alma
como sobre su cuerpo, ser el único amado y habitar y dominar, como lo más
sublime y lo más apetecible, en el alma del otro, y por eso es precisamente
la expresión más espontánea del egoísmo”. El amor, en definitiva, es uno de
los modos disfrazados de la voluntad de poder. Muchos ecos de Nietzsche
resonarán en Freud: “Mi amor es para mí algo muy precioso, que no debo
derrochar de manera irresponsable. Si amo a alguien, es preciso que éste lo
merezca por algún título. Lo merece, si es en aspectos importantes tan
semejante a mí, que me pueda amar yo a mí mismo en él; lo merece, si él me
supera en tal grado en perfección a mí mismo, que pueda yo amar en él al
ideal de mi propia persona. Pero este extraño no sólo no es en general
digno de amor, sino que tiene más derecho a mi enemistad e incluso a mi
odio”. Por ello “en el fondo es lo mismo” (e igualmente rechazable) para
Freud decir ama a tu prójimo o decir ama a tus enemigos. Respecto del
precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo afirma taxativamente que
“no hay cosa más contraria a la primitiva naturaleza humana”, y que tal
precepto es, en definitiva, algo en sí mismo irrealizable. El amor
es una dotación biológica que no ha de malgastarse insensatamente, y no
aquel poder que moviliza de manera suave, libre y natural a la persona
hacia el otro conduciéndola a través de este aparente extravío, sin
embargo, al propio tiempo, a lo más interior de sí misma.
¿Quién está más cerca de la verdad, Schopenhauer o Nietzsche? ¿O
Feuerbach? En su Religión y arte se pregunta Wagner si hay otra razón que
explique “que toda nuestra civilización se vaya a pique si no es la carencia
del amor”, carencia que da rienda suelta al dolor de la humanidad,
proponiendo la inversión del orden clásico de las virtudes teologales,
colocando en primer lugar la caridad o el amor, y seguidamente la fe y la
esperanza. Por su parte también Feuerbach había visto en el amor una
energía esencial humanadora: “Yo soy yo únicamente a través de ti y
contigo. Soy consciente de mí mismo gracias a tenerte a ti visible y
palpablemente enfrente de mí, como otra persona; “donde no hay tú, no hay
yo; yo no existo sin ti; yo dependo del tú”. Desde el origen, el hombre
hunde las raíces de su propio yo en los otros tú, no siendo la
comunitariedad una relación aséptica y formalista, sino basada en el amor:
“¡Para conocer al hombre es necesario amarle!” El amor es incluso “el
vínculo de unión, el principio mediador entre lo perfecto y lo imperfecto,
entre el ser inocente y el pecador, entre lo general y lo individual, entre
la ley y el corazón, entre lo divino y lo humano. El amor es Dios mismo y
fuera de él no hay Dios ninguno. El amor hace al hombre Dios y a Dios lo
hace hombre. El amor fortalece lo débil y debilita lo fuerte, rebaja lo
alto y eleva lo bajo, idealiza la materia y materializa el espíritu. El
amor es la verdadera unidad de Dios y hombre, de espíritu y naturaleza”, de
ahí la necesaria disolución de la teología en antropología, “convirtiendo a
los hombres de teólogos en antropólogos, de teófilos en filántropos, de
candidatos del más allá en estudiosos del más acá, de ayudas de cámara
religiosos y políticos de la monarquía y aristocracia religiosa y terrena
en ciudadanos de la tierra libres y conscientes de sí mismos”. Sólo la
especie humana en su conjunto (pasado, presente y futuro) sería capaz de
soportar el vacío de la desaparición de la divinidad, por eso ahora la
antropología es pensada “en un sentido infinitamente superior y más
universal que en la filosofía anterior... tú
existes solamente si amas; el ser solamente es ser si es el ser del amor”.
El amor es la señal o el distintivo del ser: “A quien
no ama nada le es totalmente indiferente, el que algo exista a no. El amor
es, pues, la verdadera prueba ontológica de la existencia de un objeto
fuera de nuestra mente; no hay otra demostración del ser que el amor, el
sentimiento. Sólo es aquello cuyo ser te produce alegría o cuyo no-ser te
produce dolor”. Siendo más fundamental y primigenio que el pensamiento, la
verdad se funda en el amor: “Contra la vieja filosofía, que decía que lo
que no es pensado no es, afirma la nueva filosofía: lo que no es amado, lo
que no puede ser amado no es. El amor es, objetiva y subjetivamente, el
criterio del ser, de la verdad y de la realidad, donde no hay amor no hay
verdad. Cuanto más es uno, tanto más ama, y viceversa. El amor debe
preceder, en cierto sentido, al conocimiento con garantías de verdad, para
conocer al hombre, es necesario amarle..., pues es el vínculo de unión, el
principio mediador entre lo perfecto y lo imperfecto, entre el ser inocente
y el pecador, entre lo general y lo individual, entre la ley y el corazón,
entre lo divino y lo humano. El amor es Dios mismo y fuera de él no hay
Dios ninguno. El amor hace al hombre Dios y a Dios le hace hombre, fortalece lo débil y debilita lo fuerte,
rebaja lo alto y eleva lo bajo, idealiza la materia y materializa el
espíritu. El amor es la verdadera unidad de Dios y hombre, de espíritu y
naturaleza. En el amor la naturaleza ordinaria es espíritu, y la nobleza
del espíritu, naturaleza. Amar significa negarse a sí mismo”. Amar a Dios
sería, en definitiva, amar al hombre. Cuando Feuerbach habla de
egoísmo en el amor se refiere al “egoísmo sano, en conformidad con la
naturaleza, necesario, inevitable e idéntico con la vida”, por lo cual el
egoísmo no es unilateral, sino bilateral o mutuo. El egoísta respeta
y promueve el egoísmo de todos los otros yoes del género humano, enemigo
implacable de egoísmos particulares y exclusivistas. A la única motivación
moral lícita en Kant, el respeto por la ley, opone Feuerbach explícitamente
su ‘por respeto al otro’; y a la autonomía kantiana, “coerción de sí mismo,
violación propia, antinatural”, contrapone su heteronomía en cuanto
que apertura de la moralidad al otro distinto de uno mismo: “Heteronomía,
no autonomía; la heteronomía como autonomía del héteros, del otro,
es mi ley... La moral sólo puede deducirse de la unión entre la autonomía
kantiana y la heteronomía, entre la legislación por uno mismo y la
legislación por el otro, distinto de uno mismo. Y este otro, este
fundamento de la determinación del yo en orden al deber, es precisamente la
tendencia a la felicidad del tú”. La felicidad o el bienestar comunitario
es condición de posibilidad de la virtud, y no a la inversa; quien quiera
hacer mejores a los hombres, que los haga, sobre todo, más felices; si esto
no es posible, que renuncie a aquello.
La voz de la conciencia es -dice el Feuerbach antikantiano- un eco del grito de venganza de la
persona ofendida. Se ha creído descubrir en la conciencia un ser
suprahumano; pero este Deus ex machina ha hecho olvidar que -homo
homini Deus- el amor es Dios mismo, y fuera de él no hay Dios ninguno.
El amor hace al hombre Dios y a Dios lo hace hombre. El yo fuera de mí, el
tú sensible, es el origen de la conciencia suprasensible en mí. Mi
conciencia no es sino mi yo que se pone en el lugar del ofendido, no es
sino el representante de la felicidad de otro: “La conciencia es el alter
ego, el otro yo en el yo... la imagen del otro, que me aparta de
ocasionarle mal o me atormenta y persigue, si ya le he causado daño”. Para
Feuerbach, que hizo del tú el verdadero impulsor o desencadenante de la
conciencia moral, la voz de la conciencia moral sería, pues, el impacto en
el yo de las exigencias del tú: “La imagen del otro está tan íntimamente
entretejida con mi autoconciencia, con la imagen de mí mismo, que incluso
la expresión de lo más propio e íntimo, la con-ciencia, es expresión de la
comunitariedad; yo mismo no soy capaz de retirarme y esconderme en los
rincones más secretos de mi casa, de mi yo, sin dar al mismo tiempo
testimonio de la existencia del otro fuera de mí”. Que Feuerbach no haya
podido descubrir en la exigencia moral del otro respecto del yo nada más
que el hombre mismo, eso se debe sin duda a su general reducción de la
teología a antropología. Como dijera Scheler, el amor es lo que nos
despierta para conocer y querer; más aún, es la madre del espíritu y de la
razón misma: “Antes de ens cogitans o de ens volens es el
hombre un ens amans. La riqueza, las gradaciones, la fuerza de su
amor, circunscriben la riqueza, la especificación de funciones, la fuerza
de su posible espíritu y de su posible horizonte al contacto con el
universo”. El verdadero origen de la experiencia moral humana no radica en
principios morales abstractos, teorías, o doctrinas. También para Martin
Buber en la relación dialógica con el tú es donde aparece lo
Absoluto: “El hombre no puede hacerse enteramente hombre mediante su
relación consigo mismo, sino gracias a su relación con otro mismo.
Ya puede ser éste tan limitado y condicionado como él; en la convivencia se
experimenta lo ilimitado y lo incondicionado”. Si Buber depende de
Feuerbach, Lévinas admitirá, a su vez, un determinado influjo del propio
Buber sobre él mismo; a través de Buber se podría decir que Feuerbach está
todavía de algún modo presente en Lévinas, aunque éste intenta redescubrir
en el hombre la divinidad que Feuerbach había reducido a mera proyección
del mismo. Como también ocurría en Agustín, la entrega personal o la acción amorosa no proviene fundamentalmente
de uno mismo, del yo o del sujeto, pero -y en esto estriba la diferencia
básica de enfoque respecto de la visión agustiniana- tampoco de una
energía diferente o separada del otro, sino del rostro mismo del
otro. El rostro de la persona que se ofrece a mi mirada es la verdadera
categoría ontológica que hace que el yo salga de sí mismo hacia el exterior
y con ello destruye el moderno engreimiento de la subjetividad. Es más, la
propia subjetividad no sólo no está en condiciones de tomar posesión del
rostro del otro, sino que éste mismo viene a adueñarse de la persona que lo
contempla; lejos de ser el rostro mera realidad pasiva, se convierte
inesperadamente, pese a su debilidad, en activo aprehensor del yo que lo
mira: en este radical cambio de perspectiva aparece el inicio mismo de la exigencia
ética del amor. Y por todo eso sigue siendo inquietante la diagnosis final
de la obra de Herbert Marcuse, El arte de amar: “La gente capaz de
amar en el sistema actual constituye por fuerza la excepción; el amor es
inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental
contemporánea. No tanto porque las múltiples ocupaciones no permitan una
actitud amorosa, sino porque el espíritu de una sociedad ávida de artículos
de consumo es tal que sólo el inconformista puede defenderse de ella con éxito.
Los que se preocupan seriamente por el amor como única respuesta racional
al problema de la existencia humana deben, entonces, llegar a la conclusión
de que para que el amor se convierta en un fenómeno social y no en una
excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita
cambios importantes y radicales”.
2. La
urdimbre de la causalidad transaccional: amor diatrófico y confianza básica
Desde la otra orilla, también Agustín entendió al amor como lo único
que confiere categoría moral a los actos humanos: “Sólo tiene valor el
amor. Sólo él discierne, sólo él diferencia los hechos de los hombres. Los
actos de los hombres no se disciernen sino por la raíz del amor. Porque
muchas cosas pueden hacerse que tienen una apariencia buena, y no proceden
de la raíz del amor. Una vez por todas se te ordena, pues, este breve
precepto: Ama y haz lo que quieres. Si te callas, cállate por amor; si das
voces, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona
por amor: en lo íntimo está la raíz del amor; de esta raíz no puede surgir
sino el bien”. Para amar es necesario haber sido amado antes, por eso lo
pasivo y lo activo del amor se condicionan mutua y profundamente. Es tan
espontáneo, tan personal e individual el amor, que el amante puede llegar
a creer que la fuerza de su amor procede única y exclusivamente de él
mismo, de lo más propio e íntimo de su ser. Pero el amor, capacidad de
entrega al otro y de gozoso saber estar con él, es una acción que se inscribe
en un lento y largo proceso de contacto con otro ser personal que
previamente me ha amado, aceptado y querido. La capacidad del amor de
proporcionar activamente su calor procede del contacto con una anterior
energía del amor que la ha posibilitado. De este modo amar y ser amado es
en realidad un mismo proceso o movimiento, bien lo observó R. de Sabunde:
“El amar requiere, por su propia naturaleza, el ser amado, ni de otro modo
se satisface al amor sino por medio del amor”, y después J. Xirau: “Sólo el
amor promueve el amor. Amar, como don, es primariamente sentirse
amado”. No se ama porque se conoce,
sino porque en el amor se reconoce, vino a decir Unamuno: “Invirtiendo el nihil
volitum quin praecognitum, os dije que nihil praecognitum quin
volitum, que no se conoce nada que de un modo u otro no se haya antes
querido, y hasta cabe añadir que no se puede conocer bien nada que no se
ame, que no se compadezca”. Es siempre el amor lo que nos despierta para
conocer y querer. Si el amado se convierte en amante, es porque hubo
alguien que le amó a él primero. Lo primero en el hombre no es el
narcisismo, el cual sólo surge por defecto del dejarse amar. Según Maurice
Nédoncelle, este fenómeno no es unilineal o unidireccional, sino circular
o dialéctico, oponiéndose a la contraposición tradicional entre egoísmo
y altruismo: “Amar implica el deseo de ser amado; e incluso, en un cierto
sentido, amar implica siempre el hecho de ser amado”. En la reciprocidad
de las conciencias o circuito amoroso, este proceso no es
estático ni unilateral, sino que exige ‘un mínimo de reciprocidad’ por la
que ‘todo amante quiere ser amado, por eso mi amor hacia él debe comenzar
con una especie de acción de gracias’ ya que es respuesta a un amor
anterior que pudo no haberse dado. El amor de sí mismo no es fatalmente
egoísta, pues debe desembocar en la abnegación e implicarse en ella. Las
dos vías, aparentemente opuestas, son realmente complementarias e inseparables.
“El ser humano no aprende a amar en virtud de una serie de instrucciones,
sino en función de la ternura de que es objeto”. El informe de Itard sobre
el niño salvaje, V. de l'Aveyron, describe inicialmente su capacidad de
amar como bloqueada e inexistente debido a una prolongada ausencia de
relaciones humanas y afectivas. Sólo después de entrar en contacto, de
manera estable y permanente, con determinadas personas (con el propio Itard
y, especialmente, con su cuidadora Guérin) surge poco a poco en él la
capacidad de responder activamente al afecto que ellos le han ido proporcionando
en su solícito cuidado con él. Por su parte las experiencias de los Harlow
con monos rhesus recién nacidos que se adherían casi constantemente
al muñeco-felpa, a pesar de que nunca les proporcionaba alimento, mientras
que al muñeco-madre de alambre, que sí se lo proporcionaba, sólo se
dirigían cuando tenían hambre mostraron cómo las hembras que desde su
nacimiento no habían tenido una relación o contacto normal con sus madres
fracasaban posteriormente de manera llamativa en su función maternal,
tornándose displicentes y agresivas con sus propias crías. Otros etólogos
como I. Eibl-Eibesfeld, J. Bowbly, o H.R. Schaffer han demostrado que la
relación primera es una relación primordial buscada y deseada por sí misma,
no en función, por tanto, de la alimentación. El amor a la madre no es el amor
a la despensa, por eso para describir esta relación primordial también
humana es preferible utilizar la expresión apego, o vínculo afectivo
a la de dependencia, expresión que hace referencia a la hipótesis freudiana
que describía al amor como impulso secundario, frente a los impulsos
primarios. El amor, pues, es algo existencialmente apetecido en sí mismo y
por sí mismo; entre los humanos, el hijo y la madre dependen de la novedad
activa de su hijo, que al mismo tiempo la irá conformando a ella como madre
en su propia función maternal, por lo que G. Siewerth destacó el influjo
que fluye del niño hacia su madre y que la provoca activamente en lo más
profundo de su ser. En realidad, la profunda dependencia de la naciente
persona humana respecto de las adultas, que constituyen su primer
encuentro, no le convierten en un ser meramente pasivo e inerte, al
contrario, es justamente ese primer encuentro el que provoca en ella (y en
sus propios provocadores) un imprevisible proceso dinámico, pleno de vida y
de actividad, que se va fortaleciendo y robusteciendo en sí mismo y cada
vez se hace más unificador y gratificante. “No es el exceso de
libido, sino el miedo al amor la tara principal del ser humano”.
El hombre es -en expresión de Rof Carballo- un ser incompleto,
sietemesino, que depende absolutamente en su existencia toda del
cuidado y del amor de una persona, que a su vez haya recibido previamente
de otra anterior un comportamiento similar. La invalidez extrema y su
correspondencia -la ternura- se funden en este primordial fenómeno
hominizador, ternura que se manifiesta ya en la caricia y en el contacto
piel a piel, no sin razón afirmó Paul Valery que “la piel es lo más
profundo del hombre”. Qué contraste entre el apriorismo kantiano, tan
entusiasta del deber como alérgico al amor cuando criticaba explícitamente
el cariño y las caricias a los hijos proporcionados por los padres, gente vulgar
según decía, y las conclusiones obtenidas por A. Montagu poniendo de relieve
la necesidad de la caricia, la sonrisa y la mirada en las diversas
culturas: la visión del niño está enfocada precisamente a una distancia de
unas ocho pulgadas, es decir, la distancia existente entre los ojos del
niño y el rostro de la madre, hacia el que dirige el niño preferentemente
la mirada durante su toma del alimento. Por eso, en sentido contrario,
“quien recibe poca ternura ya no es capaz, en el resto de su vida, de dar a
su turno amor; en realidad, amar por mandato no es posible. Sólo por el
amor que el otro ha recibido es capaz, más tarde, de llevar a cabo, dentro
de él, este mandamiento del amor”. A esta conclusión final llega Montagu
desde su propio campo de trabajo: el único modo de aprender a amar es
siendo amado, no en virtud de supuestos impulsos o mecanismos del propio
yo. El hecho de ser amado implica una verdadera creación del yo amado por
parte del amante, la persona amada aparece ante sí misma como valiosa,
digna y merecedora de algo absolutamente gratuito y no estrictamente exigible,
el amor. Surge así ya en ella el poder y la capacidad activa de amar, a su
vez: “La persona que se siente segura del afecto logra mayor grado de
autoestima. Esta reafirmación le otorga valor y puede atreverse a amar:
para poder amar debe tenerse cierta confianza en uno mismo. Ser amada le
confirma a una persona que es digna, que merece que la amen. En este
sentido puede decirse que el sentimiento de ser amado es realmente un
milagro”. Ello hace que este proceso humanizador primario sea bilateral,
no unilateral. Este ambiente o atmósfera protectora -Rof
Carballo-, este entrambamiento de influjos, forma una urdimbre de
causalidad transaccional, que no es una mera relación interaccional
o de causa-efecto, sino de un ser que actúa (la madre) sobre el niño, y
recíprocamente. El amor maternal no es algo instintivo e independiente de
la actividad del infante y desligado de la experiencia filial, como tampoco
el amor filial hacia los padres es algo independiente de la cantidad y del
modo de los sentimientos placenteros experimentados en la relación filial
con ellos. Si, pese a ello, se habla de instinto maternal, habría
que añadir que tal fenómeno surge no de sí mismo, sino del encuentro con el
pequeño ser humano hacia el que se dirige: el niño es paradójicamente el creador
de su propia madre, el activo creador del amor materno. Sea como
fuere, es ésta una tarea aún por perfeccionar, pues, como dijera
irónicamente K. Lorenz, “el eslabón por tanto tiempo buscado entre el
animal y el hombre verdaderamente humano somos nosotros”; es
decir, nuestra época podría estar especialmente configurada por unos
hombres que, en su conjunto, no han accedido todavía a su verdadera
humanidad concreta. Y como el proceso humanador se encuentra en estrecha
relación con la energía amorosa, para pasar de la situación hominal a la
humana es necesario dar entrada al amor, único valor que puede -esencia del
hombre- hacer surgir la especie humana. La posibilidad de este amor humano
universal depende, en suma, de la paulatina toma de conciencia entre los
hombres de su aventura y destino comunes, según dijo P. Chauchard: “Llegará
un día en que la principal enseñanza impartida a los hombres será esta
ciencia del amor, esta agatología prospectiva al servicio del
verdadero progreso humano”.
Mientras tanto, en la dimensión psicológica de la experiencia
amorosa primigenia se filtra un componente trascendente, que se manifiesta
como confianza básica y que constituye el núcleo de la fe en que el mundo
es algo lleno de orden, y eso es para Rof el barrunto básico que hace
posible la fe religiosa. Desde la vivencia infantil de este orden,
“si el mundo tiene un orden, obedece a un principio, forzosamente se abrirá
ante nosotros la realidad consoladora de un Ser supremo que es, a la vez,
amor previsor y orden de la existencia... Tras ese apoyo y seguridad
físicas de la ternura existe la confianza básica, que no es sólo
confianza en el Otro, en otro ser, sino, de manera mucho más definitiva y
honda, confianza en ese supremo orden del mundo que se abre ante nuestros
ojos todas las mañanas, con la reaparición de la luz, y ante el niño con el
retorno constante de la sonrisa materna y, a través de los cuales, luz del
día y sonrisa de la madre, se le presenta al hombre un orden superior que
le trasciende, en la renovación constante del misterio de la creación”. La
experiencia de sentido, orden y coherencia de la realidad nos viene, pues,
dada originariamente en la vivencia de un amor que confiere seguridad y
confianza. No sólo los cuerpos físicos son conducidos por su propio peso a
su propio lugar, también los humanos; como dijera Agustín, mi amor es mi
peso; por él soy llevado a dondequiera que soy llevado. El amor es el
“pie del alma”, ya que ésta “es movida por el amor hacia el lugar al que se
dirige”, lo cual significa que el acto amoroso humano presupone un previo
haber sido amado el hombre por Dios. Desde esta fe religiosa en su sentido
amplio, que incluye esperanza y amor, se propicia una conexión íntima y
profunda de lo estrictamente teológico de las denominadas ‘virtudes
teologales’ con la experiencia antropológica: “Si a este amor primario
añadimos ahora la confianza y la esperanza básica, nos encontramos con las
virtudes teologales”, expresión biológica de una realidad trascendente
y encuentro con la divinidad: “En el fondo, la actitud filosófica y
religiosa, así como la pasión por el arte, nacen todas, por curioso que
parezca, de algo que no está demasiado lejos de ese osito de trapo que el
niño aprieta contra sí para no sentirse demasiado solo antes de conciliar
el sueño”. La universalidad de la experiencia de la divinidad, Amor básico
creador, está allende las concreciones explícitas particulares de tipo
confesional: todo amor es, de alguna forma, eros diatrófico o tutelar,
eros creador, y “supone como trasfondo existencial, aunque quien lo
practique sea un incrédulo o un agnóstico, esa confianza trascendente en
una realidad que, en su última instancia, es amor y que nos da fe y
esperanza”.
Yo despierto a la autoconciencia por la llamada de un tú amante, diligor
ergo sum (soy amado luego existo). Como dijera Rahner, “la
originaria objetividad de la experiencia de sí mismo ocurre necesariamente
en la subjetividad del encuentro confiado y amoroso con las otras personas;
se experimenta uno a sí mismo al experimentar al otro, no lo otro.
Tal autoexperiencia acontece en la unidad con la experiencia de los otros;
quien no encuentra al prójimo tampoco a sí mismo, no es capaz de
identificarse consigo mismo. De este modo la autorrealización depende indisolublemente
de la manera como un sujeto realiza su encuentro con el otro”. El niño se
estima a sí mismo porque es estimado; se acepta a sí mismo porque es
aceptado; descubre el porvenir como acción suya, vida suya. “Mi insistencia
-escribe Rof Carballo- en el fenómeno de la urdimbre ha ocultado a
muchos de mis lectores mi otro punto de vista, de que tan fundamental en
esta urdimbre como el troquelado o la transmisión de pautas perceptivas es
la tendencia del individuo a liberarse de ellas, a rebelarse contra el
mundo que se le transmite, tratando a su vez de configurarlo a su manera.
Para tener libertad de modificar esas pautas transmitidas es preciso que la
urdimbre primera haya permitido el desarrollo de la inteligencia, es
decir, que hayamos sido acogidos y no rechazados, amados y no odiados por
el mundo de los mayores. Para ser plenamente libre es preciso haber sido
tutelado con amor en la infancia, pues toda ausencia de amor en el período
constitutivo del hombre se paga más tarde con una esclavitud”. En la toma de autoconciencia el tú
precede a la afirmación del yo; de no ser así, la persona experimentará
una angustia básica: privada de un ámbito acogedor, verá al mundo
entero como un lugar peligroso y terrible y se encontrará sola y desarmada
en medio de él, siendo la esquizofrenia una de las graves derivaciones
originadas por esa inseguridad ontológica. Por la confianza originaria
o básica se desarrolla ese estado de confianza primaria en la realidad
que se adquiere en los albores de la vida, al tiempo que se sienta la base
para sentirse aceptable siendo uno mismo: “La urdimbre proporciona o
no, según haya sido tejida en los primeros meses de la existencia, una
esperanza fundamental o sustrato biológico de la esperanza. Cuando ella
falla, no sólo se convierte el mundo en algo absurdo, caótico e
inexplicable, sino que además alguien tiene que ser responsable de todo
ello”. Y este alguien resulta ser, casi inesperadamente, el propio yo carente
de confianza básica. Surge así un primigenio sentimiento de culpa, el cual
viene a obedecer a este singular razonamiento inconsciente: “Si no me aman
es porque no soy digno de ser amado, es decir, porque soy despreciable”.
3. Lo
“trascendental” del amor: ser punto de encuentro con el Absoluto
La
afirmación del propio yo no sólo está posibilitada por la relación con
unas personas percibidas como donadoras de amor y protección
incondicionales (y que en este sentido se muestran como absolutas o
divinas) sino que posibilita la representación positiva de un Dios
aceptante. Contra Feuerbach en este sentido, a la positividad del hombre
corresponde la de la divinidad, no su negación, pues según habíamos visto
con Rof Carballo la vivencia religiosa tiene su base en el acceso a sí
mismo, que a su vez está en íntima conexión con la originaria experiencia
infantil, de ahí la singular trascendencia de este protoamor al prójimo:
“En su faz última esa presencia puede ser la presencia de Dios. ¡Enorme
responsabilidad para el hombre la que esto trae consigo, puesto que, en
virtud de ello, el mandamiento del amor al prójimo nos desvela una de sus
profundidades al no poder ya ser considerado como mera consigna individual
que atañe a la propia perfección! De este amor al prójimo ha dependido
nuestra consistencia como individuos, lo más secreto de nuestro destino,
nuestra salud física y mental, y también, allá en lo más hondo, nuestra fe.
De él van a depender también destino, salud y creencia de los próximos a
nuestra esfera de acción”: entonces el propio yo, en el interior de sí
mismo, sentirá la tendencia a la entrega de sí, una actividad que se
percibe como espontánea o natural y, al mismo tiempo, poderosa, llena de
plenitud, en cierto modo como inagotable. No es posible amar sin haber sido
amado, soy amado luego existo.
Rahner
concedió -y es un pilar de su pensamiento- una importancia trascendental,
en el sentido técnico de esta expresión, a la acción amorosa, tanto que es
en ese acto originario del amor projimal donde se da la experiencia de Dios
de manera radical o fundamental: “El amor categorial explícito al prójimo
es el acto primario del amor a Dios, si se tiene en cuenta que tal amor a
Dios está ya implícitamente presente en el primero. En el amor al prójimo
se hace, pues, una experiencia inmediata de Dios”. El mismo acto explícito
de la relación con Dios, o el acto explícito religioso en cuanto tal,
tiene un carácter secundario respecto del amor al prójimo, dado que ya en
el mismo acto primario y fundamental del amor al prójimo se dan y se
aceptan implícitamente las condiciones de posibilidad de tal acto, siendo
la divinidad condición básica de posibilidad de dicho acto. La persona sólo
accede a sí misma en la medida en que de manera radical se entrega al otro
y está de hecho en contacto (explícito o implícito) con aquello que se
significa con la palabra Dios en cuanto horizonte, garantía y
radicalidad de tal amor. La experiencia de Dios es “la profundidad y
radicalidad definitivas de toda experiencia intelectual-personal,
entre otras el amor”. Rahner ha puesto directamente en conexión la
experiencia del encuentro con el prójimo, la experiencia de sí mismo, y la
experiencia de Dios, todas las cuales forman una unidad con tres
aspectos, que mutuamente se condicionan. Las relaciones, pues, de la
persona consigo misma, con Dios y con el otro no son meramente paralelas o
adyacentes, sino en el fondo una misma relación, aunque no siempre se
tenga conciencia explícita de su interpertenencia. Al sostener Rahner la
presencia de la dimensión teológica de lo absoluto o divino en el acto
amoroso, considera a éste en sus características de orden absoluto:
radicalidad, incondicionalidad, etc. J. Rof Carballo asegura que no es el
exceso de libido, sino el miedo al amor la tara principal del ser humano.
Mas
¿cómo es posible que el ser humano finito se plantee siquiera la cuestión
del Dios infinito? Porque -responde José Manzana- “no es posible para el
hombre un saber de Dios más allá de la vida humana, si la expresión más
allá es tomada rigurosamente. Dios, si tiene que ser real para el
hombre, deberá aparecer en la vida misma del hombre”. Por ello no cabe
hablar de una estricta demostración de la realidad de la divinidad
si se la supone como surgiendo de una finitud humana desconectada de toda
relación con el Infinito, pues de tal modo se pretendería inútilmente
“deducir a Dios de unos datos o premisas en los que no estuviese realmente
precontenido y fundamentalmente percibido”. Tal intento estaría desde el
principio condenado al fracaso, pues “Dios no puede ser extraído de donde
no está realmente presente-actuante e intencionalmente sabido, no se puede
llegar a Dios, infinito y transmundano, desde unos contenidos finitos y
humano-mundanos. En otros términos: el hombre sólo puede superar la mundana
subjetividad finita si existe ya constitutivamente -por razón misma de su
ser y vivir humanos- superando lo finito-mundano y, por así decirlo, más
allá de su misma subjetividad mundana. El hombre sólo puede afirmar a Dios
si, en cuanto hombre, vive ya afirmado por Dios, de modo que en esta
afirmación aparezca o acontezca, realmente y en verdad, Dios en la vida
del hombre”.
El mero preguntar por Dios supone ya, por
ende, en sí mismo que la realidad cuestionada acontece o se hace presente
de algún modo en el mismo preguntar; “si no supiéramos de Dios no
preguntaríamos por Él. Si no estuviéramos en contacto con la infinitud, no
nos extrañaría la finitud. La pregunta por Dios está, por lo tanto, real y
cognitivamente posibilitada por un auténtico presaber de Dios”.
Desde el platonismo hasta Eckhart o Nicolás de Cusa, “no se trata de hacer
que Dios esté en las cosas, sino de que las cosas estén en Dios, no de
colocar a Dios en el hombre, sino al hombre en Dios, no de buscar lo
Incondicionado en lo condicionado, sino lo condicionado en lo
Incondicionado. Las cosas están en Dios; Él las engloba y sostiene”. En tiempos recientes Zubiri intentaría
conectar con esta tradición pensante al indicar que en la religación el
hombre “no está con Dios, está más bien en Dios”. El ser
humano, como el conjunto de toda la materia, participa así con ella de la
misteriosidad de su origen. K. Rahner lo había formulado: “Antes era el
mundo exterior en su orden y armonía el lugar en el que surgía la
experiencia humana de lo trascendente; ahora lo es la profundidad abismal
de la propia existencia humana” Se trata, pues, de asomarse a la
interioridad del ser humano, intentando de este modo poner de manifiesto
tanto las estructuras interiores de su existencia, de su vivir y de su
actuar, como las condiciones de posibilidad de las mismas. Quizá sea
posible descubrir en tales estructuras rasgos divinos, es decir,
modos de ser o de comportarse el ser humano que no se compaginan
adecuadamente con una supuesta clausura del hombre en la finitud que, por
otra parte, lo constituye. Con ello, además y al mismo tiempo, se habrá
accedido al conocimiento de unas características o cualidades que afectan
también, de una o de otra forma, a la realidad material en cuanto tal y que
no pueden, por lo tanto, estricta y radicalmente, considerarse exclusivas
del hombre, toda vez que éste sólo es comprensible desde su inserción en la
dinámica evolutiva de toda la realidad cósmica.
Cuando
el ser humano piensa, es decir, admira, duda, pregunta, etc., está ejerciendo
un tipo de actividad que no se identifica meramente y sin más con la
subjetividad humana que la produce. De no ser así, no se explicarían de
manera cabal y adecuada características esenciales e irrenunciables del
pensar humano, como su inacabada e indefinida búsqueda inquisitiva,
su querencia de explicación absoluta y definitiva (no parcial o
relativa), sus subyacentes presupuestos absolutos (formalmente
expresados o formulados, por ejemplo, como primeros principios), etc.
El humano, desde la experiencia personal de su propia racionalidad, vive en
íntima conexión con una realidad que absolutamente lo desborda, a la que
san Agustín denomina verdad, fuego mismo de la razón, fundamento
primero y base segura, común y absoluta del razonar humano. La
verdad es ley que atrae imperiosamente al conocer: es la presencia
misma de la sabiduría en nuestra mente la que hace que “si a
cualquiera de nosotros se nos pregunta por nuestra voluntad de sabiduría,
sin ninguna sombra de duda responderá que la quiere”. Agustín intuyó antes
que Descartes que quien duda, “si duda, entiende que duda; si duda, quiere
estar en lo cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda,
juzga que no debe dar su asentimiento a la ligera”, etc. La
estructura misma inconmutable de la verdad fundamentante de
cualquier modo de conocimiento humano es claro signo o huella de la
divinidad, de su absolutez e infinitud. El hombre no está iluminado en su
conocimiento por sí mismo, sino por su participación en la verdad sempiterna,
por la sabiduría de Dios, verdadero sol interior de la mente. Es en
la infinitud misma donde el conocimiento humano se inserta; el conocimiento
humano de lo infinito (de la divinidad) sólo es posible desde la previa
presencia o experiencia del infinito mismo en el conocimiento, dado que lo
infinito no puede en modo alguno ser deducido de lo finito. Habla
Descartes: “Aunque exista en mí la idea de sustancia por el hecho mismo de
ser yo sustancia, no existiría en mí, sin embargo, la idea de sustancia
infinita, siendo yo finito, si ella no procediese de alguna sustancia que
fuese realmente infinita... tenemos en nosotros la idea de Dios, es decir,
del ser supremo”. La subjetividad no podría a fuerza de pensar (cogitando)
extender hasta el infinito unas perfecciones que son en sí mismas
finitas, si ella misma no tuviese previamente conciencia o conocimiento de
la infinitud: “¿Dónde puede tener su origen la capacidad de ampliar todas
las perfecciones creadas, es decir, de concebir algo más amplio o mayor que
las mismas sino en el hecho de que esté en nosotros la idea de una realidad
mayor, es decir, la realidad de Dios?” Contra cierta manera
habitual de entender la sistemática cartesiana como anclada en la
subjetividad del yo pienso, la afirmada prioridad del infinito sobre
lo finito conduce precisamente a Descartes a la afirmación de la
subordinación del sujeto pensante a la realidad de la divinidad, que
trasciende en cuanto infinita toda subjetividad. En suma,
Descartes fundamenta la prioridad de la percepción de la infinitud o
divinidad respecto de la propia subjetividad: “¿Debido a qué razón
entendería yo que dudo, que deseo, es decir, que carezco de algo y que no
soy totalmente perfecto, si no existiese en mí la idea de un ser más
perfecto, en comparación con el cual conozco mis deficiencias?”
Fue Hegel quien, en línea con esta posición cartesiana, se esforzó
por desvelar la íntima relación entre lo finito y lo infinito, es decir,
entre el ser humano y lo que absolutamente le trasciende, al poner de
relieve la imposibilidad cognoscitiva de pensar lo finito en cuanto finito
desde el mero ámbito finito. Aquí el infinito es la condición misma de
posibilidad de lo finito al no poder ser pensado aquél como un más allá de
éste, lo que significaría una contradicción del infinito consigo mismo. El
infinito hegeliano es el verdadero infinito, que se diferencia de la
mala infinitud, ya que ésta no es en realidad sino un infinito
finitizado. El verdadero infinito no puede, en cambio, ser pensado
como si lo finito estuviese fuera, o debajo de él, o frente a él, ya que de
ese modo acabaría convirtiéndose en un infinito finito, desinfinitizándose
al tener así su propia frontera en lo finito. Según Hegel, ni lo finito
puede ser una dimensión extraña a la infinitud o divinidad, en la que ésta
encuentre su límite, ni el ser humano puede estar, en consecuencia,
apartado o desconectado del ámbito infinito, que es justamente el que
posibilita su misma realidad.
La finitud humana, precisamente para poder afirmarse a sí misma como
tal, necesita situarse “fuera” de ella misma, es decir, en el ámbito de lo
infinito en el que de hecho está ya desde siempre. O -según la feliz
formulación que desde Bernardo de Claraval pasa por Pascal y llega hasta
Scheler o Blondel- el encuentro con la divinidad precede en cierto modo a
su búsqueda. La adecuada atención a esta subyacente estructura cognoscitiva
humana es la que paradójicamente podría convertir la misma experiencia del
absurdo y de la, en ésta implícita, búsqueda de sentido desveladora de una
oculta presencia de lo divino en cuanto realidad plena de sentido
definitivo y absoluto, como instancia que hace posible el deseo incesante
de felicidad: “Todos, bien lo sé, -constata Agustín- queréis ser felices”.
Este poderosísimo deseo es el que está en la base de toda apetencia
concreta. Y como “nadie puede amar -añade- aquello que desconoce
completamente en cuanto a su esencia o a su cualidad”, la felicidad apunta
a la presencia de una divinidad que ejerce su poderoso influjo sobre la
interioridad que anhela una felicidad absoluta y que sólo puede apaciguarse
con el infinito de la divinidad, posibilitado por una excitación
divina que hace que el ser más profundo del hombre (el corazón) sea
algo esencialmente dinámico hacia la divinidad, de la que procede o de la
que es hechura. “Eres tú el que pones en movimiento: porque nos
hiciste en dinámica hacia ti y está inquieto nuestro corazón hasta que
descanse en ti”. Por eso la
divinidad no es meramente la meta feliz a alcanzar, sino, sobre todo, el
principio, origen o desencadenante de tan extraño deseo de felicidad
absoluta. Es la relación previa del hombre con la divinidad la que
explica su deseo de la misma. Dicho con la paradójica expresión de Agustín,
es el saboreamiento de la divinidad el que hace surgir el hambre
y la sed de la misma: “Llamaste y gritaste y rompiste mi sordera.
Brillaste, resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu
fragancia, te respiré y anhelo por ti. Te saboreé y tengo hambre y sed de
ti. Me tocaste y ardí hacia tu paz”. La persona se percibe así desbordada
por una realidad que no se identifica con la mera subjetividad volente, lo
que Blondel denomina contradicción primitiva: “El hombre quiere;
pero él no ha querido querer”. De aquí que no esté en el dominio
de la voluntad humana el poder limitarse a sí misma, sino en la presencia
misteriosa de una realidad no limitada, es decir, divina, que actúa sobre
la dinámica del querer.
Pero
además el humano volente y cognoscente se experimenta como libre, por lo
cual -igual que en el caso del conocer y del querer- también es preciso
aquí ahondar hacia la raíz misma de la “inmutabilidad de la libertad de la
voluntad, por la que todos queremos ser felices y no podemos no quererlo”.
Como la libertad se inserta en la necesidad
misma de aspirar a la felicidad, libertad no se opone a sujeción: si
la voluntad (y su libertad) está esencial y estructuralmente relacionada
con aquello que es su misma razón de ser, la felicidad, entonces en modo
alguno dejará ella de ser lo que es cuando se encuentre definitivamente
anclada en la plena felicidad. Lejos de presentarse la libertad como una particular
cualidad, como algo que el hombre posee, es el ser entero del hombre
el que -espontánea y, al mismo tiempo, necesariamente- quiere su plena
realización, su felicidad. La libertad humana no se erige en
contrincante de la divinidad, sino que es ésta -la divinidad- la secreta
garantía de una radical comprensión del humano ser libre. De aquí que, muy
agustinianamente, K. Rahner diga que son la divinidad y la profunda o
implícita experiencia de la misma por parte del espíritu humano las que
“posibilitan la libre distancia respecto del objeto concreto de elección y
crean así el ámbito propiamente dicho de la libertad”. La humana libertad
deviene verdadera réplica de la libertad misma de la divinidad, pudiendo
llegar a ser denominados los portadores finitos de esta libertad, en cierto
sentido, como dioses. Semejanza, pues, del hombre con la divinidad,
no estática o meramente pasiva, sino estrictamente activa, es decir,
engendradora de libertad. Es lo que el aquinate formula de manera neta y
programática definiendo al hombre como imagen de Dios, “él mismo principio
de sus obras y poseedor de libre albedrío y poder sobre sus obras”. A
mayor grandeza o independencia de la divinidad, mayor grandeza,
independencia y libertad en el hombre, de ahí el explícito interés de Tomás
en no devaluar la perfección del hombre en relación con su propia
capacidad de acción, en aras de una presunta mayor valoración de la
divinidad. También para Descartes lo que caracteriza más específica e
íntimamente la libertad es su relación con la infinitud, y en este sentido
con la divinidad (que Descartes define siempre como infinitud). La libertad
humana, identificada con la voluntad, es ella misma infinita, calificación
que Descartes atribuye específicamente a la libertad, no a la inteligencia,
la memoria o la imaginación humanas, siempre limitadas en sí mismas. El ser
humano experimenta, en cambio, su libertad como no circunscrita por límite
alguno. De ahí que se haga entroncar directamente la libertad en la
divinidad: “Únicamente la voluntad o libertad es experimentada por mí en
tal grado de magnitud que no me es posible concebir otra mayor; de tal manera
que a ella se debe principalmente el que yo sea semejanza e imagen, en
cierto modo, de Dios”. Se
comprenderá por qué según Descartes la voluntad humana no tiene límites
y es infinita: es precisamente la misma cercanía a la divinidad la
causante de que nos sintamos en cierto modo exentos de estar sometidos a
ella, llegando a considerar la libertad humana como una de las tres
grandes maravillas realizadas por Dios junto a la creación de la nada y la Encarnación.
La acción humana, dice Agustín, es en sí misma demasiado débil para
poder producir un efecto que la desborda, por lo que necesita recurrir a la
instancia superior del amor, aquello por lo que amamos,
no la acción concreta que de él surge, el peso (pondus) o energía impulsora
del acto concreto amoroso que es la divinidad misma, la cual invita y al
mismo tiempo posibilita al hombre para salir de sí mismo hacia el otro en
tal acto. La divinidad aparece, pues, como el trasfondo último o el núcleo
interior más íntimo de esa fuerza o energía que lleva al hombre a amar.
Quien ama conoce también y ve a Dios, puesto que en el interior del amor
habita la divinidad. La razón definitiva de que toda acción amorosa -aun no
entendiéndose como directamente referida también de algún modo a la divinidad-
implique conocimiento y amor de la divinidad estriba en que la persona
amante, aun dirigiéndose explícitamente hacia la persona concreta amada,
ama y conoce todavía más primordialmente -aunque ello ocurra de manera
implícita e inconsciente- lo que es raíz y causa posibilitadora de tal
acción, es decir, al amor en cuanto fuerza y peso del hombre, algo
sobrehumano, perteneciente, por tanto, a la dimensión misma de la
divinidad, el amor: “Quien ama al hermano, ¿ama también a Dios? Inevitablemente
ama a Dios, necesariamente ama al mismo amor. ¿Acaso puede amar al hermano
y no amar al amor? Necesariamente ama al amor. ¿Por amar al amor ama, por
tanto, a Dios? Así es. Amando al amor, ama a Dios. Si Dios es amor, quien
ama al amor ama a Dios. Ama, por tanto, al hermano y no tengas la menor
duda. No puedes decir: amo al hermano, pero no amo a Dios. De la misma
manera que mentirías si dijeses amo a Dios no amando al hermano, así
también te equivocarías si dijeses amo al hermano pensando que no
amas a Dios. Inevitablemente amas al mismo amor, amando al hermano; y el
amor es Dios; en consecuencia, ama necesariamente a Dios quien ama al
hermano”. Porque el amor no sólo viene de Dios, sino que también es Dios,
decir que se ama al hermano en virtud del amor es lo mismo que decir
que se le ama en virtud de Dios y actuar contra el amor es actuar contra
Dios. No hay separación entre relación con Dios y relación con el
prójimo, o entre verticalismo y horizontalismo.
También en la actualidad se han elaborado lúcidos intentos
-similares en la intención al de Agustín, pero diferentes en su
estructuración sistemática- de relacionar, más o menos explícitamente, con
la divinidad la experiencia humana del amor o de la responsabilidad ética
respecto del otro. Quizá para poder explicar ese especial modo de ser de la
“dependencia” del hombre respecto de lo infinito -que bajo ningún concepto
destruye o aminora la autonomía humana-, recurrió E. Lévinas a la
distinción entre deseo (désir) y necesidad (besoin). La
relación verdadera y profunda del hombre con la divinidad estaría
caracterizada por el deseo, el cual es un deseo en un ser ya feliz,
y no por la indigencia de la necesidad ni por la experiencia de la
‘privación’ de lo que constitutivamente pertenece al hombre. El rostro del
otro es débil y fuerte, no hace fuerza físicamente y, sin embargo, obliga y
provoca. La entrega personal al otro, o la acción amorosa, no proviene
fundamentalmente de uno mismo, del yo o del sujeto, pero -y en esto radica
la diferencia básica del enfoque levinasiano respecto al agustiniano-
tampoco de una energía diferente o separada del otro. Surge del rostro
mismo del otro, el cual viene, en cierto modo, a adueñarse de quien lo
contempla. Lejos de ser, pues, el rostro mera realidad pasiva, se convierte
inesperadamente, pese a su debilidad, en activo aprehendedor del yo que lo
mira, estableciéndose así las bases mismas de la exigencia ética y del
amor. No es difícil percibir en la categoría de rostro el peso y la
primigeneidad de la infinitud cartesiana. Lévinas ha puesto en
conexión infinitud y alteridad u otreidad, adquiriendo esta última idéntica
función que la infinitud. “La conciencia de mi injusticia se produce cuando
yo me inclino no ante el hecho, sino ante el otro. El otro me aparece en su
rostro no como un obstáculo, ni como amenaza que yo evalúo, sino como
aquello que me mide. Para sentirme injusto es necesario que yo me mida con
el infinito. Es necesario tener la idea de lo infinito, que es también la
idea de lo perfecto, para conocer mi propia imperfección”. El rostro del
otro adquiere así una profundidad inusitada, al actuar ante mí como
presencia o manifestación de la infinitud, o sea, de la divinidad. Lévinas
ha puesto así las bases para una vía de acceso a la divinidad desde la
ética, es decir, desde la actitud de la persona ante el rostro del otro.
Esta intuición fue desarrollada en España en directa conexión con la
problemática de la divinidad por Manzana Martínez de Marañón, el cual pone
de relieve que en la relación interpersonal ocurre un modo de afirmación
del otro que excluye cualquier tipo de utilización o cosificación del mismo
al servicio de los propios intereses, de cualquier género que sean. Tal
conciencia ética “es, por sí misma y esencialmente, absoluta; esto
es, implica una afirmación del otro por sí mismo (no por algo
distinto de él) por encima de toda circunstancialidad situacional”.
Se trata, pues, de un absoluto deber. Ahora bien, la
desnuda realidad fáctica del otro no es razón proporcionada o
suficiente para explicar la absolutez de tal deber: “En su realidad
fáctica -indica Manzana- el otro no es más que un complejo de carne,
huesos y de actualidades anímico-espirituales; entre él y yo sólo se
establece un sistema funcional de acción-reacción, que, en cuanto conjunto
funcional, no es portador de ninguna sujeción absoluta por encima de la
funcionalidad”. El hecho es, sin embargo, que mi deber absoluto
para con él me impide considerarlo como mera realidad fáctica. Dicho de
otra manera: una simple facticidad nunca puede aparecer como algo
absolutamente valioso-convincente, por eso “tiene que admitirse que en la
afirmación humana interpersonal acontece y se hace patente -precisamente
como fundamento sustentador de la afirmación recíproca humana- una
afirmación absoluta del hombre proveniente de arriba. Esta
afirmación del hombre es la que me sale al encuentro y me convence en mi
afirmación del otro, la cual -en cuanto absoluta- sólo puede tener como
principio al Absoluto mismo. En la vida humana interpersonal
irrumpe, por lo tanto, el Absoluto, pero no como patencia de sí mismo, sino
como afirmación absoluta del hombre. Tal Absoluto no es, sin
embargo, algo neutro o impersonal, puesto que es justamente la condición
misma de posibilidad de la vivencia interpersonal: el Dios del teísmo
filosófico no es un Dios sin rostro, aunque el único rostro que él me
muestra es el rostro del hombre concreto que está ante mí. El rostro del
tú humano es el rostro manifestado de Dios, principio sustentador de toda
personalización”. De este modo el Absoluto o la divinidad no
está lejos, en una imaginada o presunta región exterior, sino que en
la relación ética con el otro lo transmundano se hace intramundano: “La
presencia del otro, en su resistencia moral a mi subjetividad dominadora,
es experiencia de lo transmundano, en la cual me sale al encuentro lo
absoluto... El rostro del otro no funciona aquí como trampolín para saltar
a lo ab-soluto (separado de él), sino que él mismo (en la mismidad de su
mirada) es la presencia de lo absoluto”. No es difícil advertir
similitudes y diferencias entre el planteamiento agustiniano y el
últimamente mencionado en relación con la experiencia del amor humano o la
responsabilidad ética. Mientras que en el primero se accede reflexivamente
a una fuerza o energía, identificada con la divinidad, que actúa sobre el
amante para que éste pueda ejercer sobre el amado la acción amorosa,
convirtiéndose en cierto modo así el amado en mera meta o término de tal acción,
en Lévinas o en Manzana la divinidad -sin dejar de ser a la postre la
fuerza secreta que posibilita el amor- se hace presente y se transparenta en
el otro mismo, en el amado. Al propio tiempo esta fuerza se manifiesta
paradójicamente como debilidad; por así decirlo, la divinidad viene a hacer
acto de presencia en el otro no estrictamente como poder imperioso, sino
como bondad que, con no menor eficacia, provoca y atrae, cabiendo sostener
la posibilidad de desvelar la presencia misteriosa de aquello que se
denomina divinidad como condición interna o razón explicativa última del
modo mismo de ser del hombre, tal como se manifiesta en su conocer, en su
querer, en su ser libre, en su amar, etc. El ser humano es como es, en su
diferencia específica respecto de cuanto no ha accedido a la dimensión
humana, por ser aquella realidad que está de manera misteriosa en contacto
con lo que absolutamente lo supera. Es esto lo que lo convierte en un ser
al que cabe aplicar, de algún modo, características divinas. En
este sentido denominó Nicolás de Cusa a la realidad creada como infinitud
finita, Dios creado, o Dios sensible, para calificar atrevidamente
asimismo al hombre como un Dios humanizado o un Dios segundo.
En cualquier caso, es tarea decisiva
desarrollar y profundizar en esta visión divinizante del ser
humano, de cada ser humano, y ello no sólo por razones estrictamente
filosóficas o religiosas, sino también para poder ofrecerle al discurso
moderno sobre la dignidad humana y el respeto a los derechos del hombre,
más allá de la diversidad de ideologías o de creencias, una base que pueda
objetivamente ser considerada firme y absoluta. Sólo así podrá el humano
ser tenido, en realidad y de verdad, como fin y no como medio.
La relación finitud-infinitud sólo es pensable
si el ser humano se entiende como tal desde la experiencia de su inmersión
simultánea en una y otra dimensión, pero aceptando la precedencia de la idea de infinito sobre la de
finito. Es la idea misma de la infinitud la que por sí misma -no en virtud
de los esfuerzos pensantes de la mente- se ha introducido en ésta.
Si la mente humana es capaz de pensar lo que al parecer debiera estar más
allá de los límites o fronteras de su propio pensar, ello sólo puede explicarse
porque el infinito mismo ha roto tales fronteras haciéndose presente por
sí mismo a la mente. Esto explica por qué el supuesto subjetivismo de la
filosofía cartesiana, derivada de la relevancia que en ella adquiere el sujeto
pensante o dubitante, queda drásticamente mermada por la prioridad
concedida a la percepción de la infinitud frente a la dinámica de la
persona. La humana experiencia de la duda, del deseo, de la imperfección,
está posibilitada por una previa y fundamentante experiencia (idea,
en la terminología cartesiana) de una perfección infinita que actúa en
cierto modo como medida o punto de comparación de la propia deficiencia o
imperfección. Es así cómo la infinitud actúa a modo de paradójico sostén
de la experiencia humana de las fronteras o límites cognoscitivos. El
maestro Eckhart hace notar una esencial diferencia entre los dos modos de
deseo de felicidad. El uno es el deseo tendente a algo finito (sed)
y el otro totalmente opuesto es el de aquellas cuyo término es infinito,
las cuales siempre comen y siempre beben, y cuanto más comen, tanto más
ardiente y ávidamente lo hacen. Semejante estructura o interno modo de
comportarse del deseo no puede encontrar explicación adecuada al margen del
“término infinito” deseante. Este análisis trascendental del deseo formulado
por Eckhart es en el fondo el mismo de Blondel: “El hombre quiere; pero él
no ha querido querer”. De aquí que no esté en el dominio de la voluntad
humana el poder “limitarse a sí misma”, es decir, el ser capaz de asignarle
fronteras a su propia dinámica interna. Hablamos, por otra parte, con
frecuencia del denominado instinto de conservación por el que los
seres vivientes y, de manera especialmente consciente y explícita, los
seres humanos nos aferramos denodadamente a la existencia. En cierto modo,
el instinto de conservación es la natural y espontánea negación o repulsa
de cualquiera frontera que se oponga a nuestro existir, lo que no deja de
ser una manifestación más, conjunta y global, del innato e indefinido deseo
de felicidad. Para Spinoza “el deseo de vivir felizmente es la esencia
misma del hombre”, y tal deseo se identifica con el esfuerzo que cada uno
realiza por conservar su ser: “Nadie puede desear ser feliz, obrar bien y
vivir bien, si no desea al mismo tiempo ser, obrar, y vivir, esto es,
existir en acto”; sólo la dependencia, participación o unidad de los
‘modos’ de la realidad respecto de la única sustancia infinita divina
puede explicar este talante divino de las cosas, que se manifiesta en su
pretensión indefinida de ser: “Todas las cosas singulares son modos
por los cuales los atributos de Dios expresan de cierta y determinada
manera la potencia de Dios, por la cual Dios es y obra”. Ésta es, en
definitiva, la razón por la que cada cosa “se opone a todo aquello que
pueda privarle de su existencia, y, de este modo, se esfuerza, en cuanto
puede y está a su alcance, por perseverar en su ser”.
En la misma línea, la unamuniana ansia de inmortalidad se expresa
así: “¡Ser, ser siempre, ser sin término!
¡Sed de ser, sed de ser más! ¡Hambre de Dios! ¡Sed de amor eternizante y
eterno! ¡Ser siempre! ¡Ser Dios!” De ahí el horror a la muerte: “No quiero
morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre,
siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí,
y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía
propia”. Unamuno parte del irrefrenable quererse para intentar encontrar
desde ahí una explicación adecuada de tan extraño modo de ser. La divinidad
deviene así en él, no la meta lejana y exterior de un simple y periférico
deseo humano, sino la razón explicativa misma o condición interna de
posibilidad de la ‘divinidad’ que todo humano quiere ser: “El secreto de la
vida humana del que todos los demás brotan, es el ansia de más vida, es el
furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros
mismos, de adueñarnos del universo entero sin que el universo se adueñe de
nosotros y nos absorba; es el deseo de ser otro sin dejar de ser yo, y
seguir siendo yo siendo a la vez otro; es, en una palabra, el apetito de
divinidad, el hambre de Dios”. Ahora bien, este irrefrenable apetito de
ser, de ser siempre, de ser todo, de ser Dios no puede enmarcarse en
el ámbito de la mera finitud humana, “porque creer en Dios es, en cierto modo, crearle, aunque Él nos
cree antes. Es Él quien en nosotros se crea de continuo a sí mismo... La fe
crea, en cierto modo, su objeto. Y la fe en Dios consiste en crear a Dios,
y como es Dios el que nos da la fe en Él, es Dios el que se está creando a
sí mismo de continuo en nosotros. El poder de crear un Dios a nuestra
imagen y semejanza, de personalizar el Universo, no significa otra cosa
sino que llevamos a Dios dentro, como sustancia de lo que esperamos, y que
Dios nos está de continuo creando a su imagen y semejanza. Y se crea a
Dios, es decir, se crea Dios a sí mismo en nosotros”. Para Unamuno, pues,
la ideación humana de la divinidad, del Infinito, es el efecto mismo del
previo haberse presentado la divinidad en el ser humano, “Dios, proyección
de mi yo al infinito, o más bien yo proyección de Dios a lo finito”. Nuestro
estatuto fronterizo no está clausurado, dada su apertura entitativa y
cognoscitiva al infinito o, desde el punto de vista de éste, dada la
irrupción fáctica del mismo en la dimensión de lo finito.
Rahner afirma no sólo que “en todo acto de
libertad está Dios implícitamente presente como fundamento sustentador y
meta última”, sino también que la aceptación de sí mismo como ser libre y de
cuanto de hecho hace posible esta libertad es en realidad al mismo tiempo
aceptación de Dios. Dicho esto, se comprende que Rahner -como Tomás de
Aquino- pueda decir que la libertad humana se fortalece con el
acrecentamiento de su dependencia de la divinidad. “Si una persona se
acepta de manera radical en su libertad a sí misma, tal como es, es decir,
con los internos e inevitables -aunque implícitos- presupuestos de su
propio ser, entonces acepta a Dios... La dependencia radical de Dios crece
no en proporción inversa, sino directa con la verdadera subsistencia ante
él”. La acción amorosa experimenta la presencia en ella de la divinidad
“cuando se hace la experiencia de amor y encuentro personales y se advierte
de repente con sorpresa gratificante cómo uno mismo es aceptado en el amor
de manera absoluta e incondicional, aun cuando desde la propia finitud y
contingencia... la relación con el prójimo y la relación con lo que
denominamos Dios se condicionan mutuamente, horizontalismo y verticalismo
son mutuamente dependientes”. El amor al prójimo dice así: “Ama al prójimo;
ámale más allá del ámbito de tu entorno privado, siempre sospechoso de
egoísmo; ámale aun cuando esto en sus últimas consecuencias te pueda
parecer como un abandono mortal de ti mismo, y entonces poco a poco irás
comprendiendo lo que se quiere decir con Dios y con el amor a él, si tú te
entregas confiadamente y sin reservas a este impulso o movimiento de tu
existencia”. Si en San Agustín la divinidad aparece, en cierta manera,
desligada del amado, aunque ella sea amada de modo prioritario, en el mismo
acto de amar al amado, en cuanto interna condición de posibilidad de tal
acto, y de ahí la insistencia en la inevitable mutua implicación entre amor
al prójimo y amor a Dios (el amado es, sobre todo, la meta o término de la
acción amorosa a la que el amante se siente impulsado por una energía
superior, que le posibilita tan difícil y desmesurada acción: el amado, en
sí mismo o en cuanto tal, no es -estrictamente hablando- el desencadenador
inmediato de la acción amorosa), en cambio, según Rahner, la divinidad, sin
dejar de ser la fuerza secreta que posibilita el amor, se hace presente y
se transparenta en el otro mismo, en el amado. Al mismo tiempo tal fuerza
se manifiesta paradójicamente como debilidad; por así decirlo, la divinidad
actuaría en el otro no estrictamente como poder imperioso, sino como bondad
que, con no menor eficacia sobre el amante, provoca y atrae. El otro puede
resultar así, en cambio, más reforzado en su función directa e inmediatamente
actuante sobre el amante, para convertirse en el extraño portador de una
misteriosa realidad, que provoca y obliga, que no deja indiferente a quien
se le acerca.
El
rostro de la persona que se ofrece a mi mirada es la verdadera categoría
ontológica que hace que el yo salga de sí mismo hacia el exterior y con
ello destruye el moderno engreimiento de la subjetividad. Es más, la
propia subjetividad no sólo no está en condiciones de tomar posesión del
rostro del otro, sino que éste mismo viene a adueñarse de la persona que lo
contempla; lejos de ser el rostro mera realidad pasiva, se convierte
inesperadamente, pese a su debilidad, en activo aprehendedor del yo que lo
mira: en este radical cambio de perspectiva aparece el inicio mismo de la exigencia
ética del amor. Lévinas ha sabido valorar la visión cartesiana de la
infinitud como categoría primaria de la subjetividad cognoscente, en cuanto
que a través de ella el hombre accede al conocimiento de su propia conciencia,
de su propia finitud. La conciencia de la infinitud constituye, por una
parte, la propia interioridad del hombre y es la infinitud, por otra, la
“exterioridad” misma del hombre, que no se deja controlar por éste. Pero
Lévinas ha puesto, además, en conexión infinitud y otreidad. La conciencia
de mi injusticia se produce “cuando yo me inclino no ante el hecho, sino
ante el Otro, el cual me aparece en su rostro no como un obstáculo, ni como
amenaza que yo evalúo, sino como aquello que me mide. Para sentirme
injusto es necesario que yo me mida con el infinito. Es necesario
tener la idea de lo infinito, que es también la idea de lo perfecto, había
dicho Descartes, para conocer mi propia imperfección”. El rostro del otro
adquiere así una profundidad inusitada, al actuar ante mí como presencia o
huella de la infinitud, o sea, de la divinidad. Es ésa en realidad la única
manera de explicar el poder omnímodo que sobre mí tiene el rostro del otro,
por el que me llego a convertir en su rehén. De este modo Lévinas ha hecho
de la ética, es decir, de la actitud de la persona ante el rostro del otro,
la privilegiada vía de acceso a la divinidad.
También
en José Manzana se plantea la cuestión de la posibilidad de que Dios acontezca
para el hombre en la dimensión de la interpersonalidad, respondiendo de
manera positiva a ello desde una reflexión sobre las implicaciones
filosóficas del encuentro personal. En efecto, Manzana indica que en la
relación interpersonal cada uno de nosotros puede afirmar al otro como
auténtico otro-yo o tú. Tal afirmación excluye cualquier tipo de utilización
o cosificación del otro al servicio de los propios intereses, personales o
ideológicos, de cualquier género que sean y, por tanto, “esta conciencia
ética es, por sí misma y esencialmente, absoluta, pues implica una
afirmación del otro por sí mismo (no por algo distinto de él) por encima de
toda circunstancialidad situacional”. Se trata, pues, de un “absoluto
debe, que lleva en sí mismo su verdad y garantía propias, que se
justifica en su propia luz y por sí mismo”. La desnuda realidad fáctica del
otro no es razón proporcionada o suficiente para explicar la absolutez de
tal deber. Porque ¿qué es el otro desde la exclusividad de su mera realidad
fáctica? En su realidad fáctica -indica Manzana-el otro no es más que un
complejo de carne, huesos y actualidades anímico-espirituales; entre él y
yo sólo se establece un sistema funcional de acción-reacción, que, en cuanto
conjunto funcional, no es portador de ninguna sujeción absoluta por encima
de la funcionalidad. El hecho es, sin embargo, que mi deber absoluto para
con él me impide considerarlo como mera realidad fáctica: “Una simple
facticidad nunca puede aparecer como algo absolutamente valioso; puede
forzarme o constreñirme, pero nunca obligarme o convencerme”. Es aquí
justamente donde Manzana se ve impelido a la obligada afirmación de la
presencia en el otro (en cuanto causa de mi absoluto deber) de algo que con
razón puede ser denominado como Absoluto y, en definitiva, como divino:
“Tiene, por tanto, que admitirse que en la afirmación humana interpersonal
acontece y se hace patente -precisamente como fundamento sustentador de la
afirmación recíproca humana- una afirmación absoluta del hombre proveniente
‘de arriba’. Esta afirmación del hombre -en cuanto absoluta- sólo puede tener
como principio al Absoluto mismo. En la vida humana interpersonal irrumpe,
por lo tanto, el Absoluto, pero no como manifestación y patencia de sí
mismo, sino simplemente como afirmación absoluta del hombre”. Tal Absoluto
no es, sin embargo, algo neutro o impersonal, puesto que es justamente la
condición misma de posibilidad de la vivencia interpersonal. De ahí que
Manzana afirme: “El Dios del teísmo filosófico no es un Dios sin rostro,
aunque el único rostro que él me torna es el rostro del hombre concreto que
está ante mí. El rostro del tú humano es el rostro manifestado de Dios,
principio sustentador de toda personalización”. El otro como realidad
personal, imperiosa y débil a un tiempo, que apela a la subjetividad del
yo, abre al hombre a la divinidad. “El rostro indigente que me interpela y
sólo puede contraponerme la fragilidad de su mirada, que me dice no
matarás, es para el salvajismo de mi yo resistencia insuperable y
derrota definitiva. Frente a esta mirada sólo me es posible aceptarla y
afirmarla, apartarme de ella o borrarla y aniquilarla en el asesinato psíquico
o físico. La mirada indigente del otro no es de este mundo. La presencia
del otro, en su resistencia moral a mi subjetividad dominadora, es
experiencia de lo transmundano. En ella me sale al encuentro con lo
absoluto”. Tal encuentro o presencia no es algo metafórico o abstracto,
sino estrictamente concreto y real: “El rostro del otro no funciona aquí
como trampolín para saltar a lo absoluto (separado de él), sino que él
mismo (en la mismidad de su mirada) es la presencia de lo absoluto”.
En el planteamiento de Karl Rahner el infinito
es siempre base del conocimiento de lo finito: “La afirmación de la limitación
real de una realidad tiene como condición de sí misma la previa relación
cognoscitiva con el ser, en la que se afirma simultáneamente un ser
absoluto. Este ser absoluto es el mismo infinito, que actúa como inevitable
punto de referencia de la conciencia de la finitud, y el límite es
experimentado como tal en cuanto que es él experimentado como obstáculo de
una tendencia cognoscitiva a ir más
allá de él”. Un ser que, en cuanto infinito, supera toda comprensión y que,
por tanto, debe ser denominado misterio (posiblemente el nombre
de Dios más grato a Rahner), no por ello deja de ser presupuesto
cognoscitivo implícito, pero bien real, de nuestra conciencia de finitud.
El hombre rahneriano es así ese extraño ser que conoce y actúa en el mundo
finito, pero siempre con el indestructible, no siempre explícitamente
asumido, telón de fondo del misterio, infinito, de la divinidad. La noción
cartesiana de la idea del infinito designa una relación con un ser que
conserva su exterioridad total con respecto a quien lo piensa”. Precisamente
por ello es capaz el infinito de provocar el “Deseo del infinito que el
deseante suscita en vez de satisfacerlo”. He aquí la desubjetivización del
sujeto en su relación con el infinito: “Recibir del Otro más allá de la capacidad
del yo, eso es lo que significa exactamente tener la idea del infinito”.
También Scheler había asegurado que la divinidad, a diferencia de otras
entidades diferentes de ella, no puede ser construida: “Ni Dios mismo ni
la idea de Dios pueden ser construidos”; por eso el encuentro con Dios
precede siempre a su búsqueda: “Enseñar a encontrar a Dios es algo
fundamentalmente diferente y más elevado que demostrar su existencia. Sólo
aquel que ha encontrado a Dios puede sentir la necesidad de una prueba de
su existencia. También la lógica del encuentro es diferente de la lógica de
la demostración. Ninguna de las denominadas pruebas de la realidad divina y
ningún tipo de postulado racional conduce a la aceptación de esta realidad,
si no se presupone ya secretamente una autorrevelación de Dios, en la que
éste -en correspondencia con su esencia como persona- libre y
espontáneamente se da a conocer a sí mismo”.
El
talante tal vez más opuesto a esta valoración filosófica del otro por parte
de los pensadores de signo personalista es, sin duda, el de la filosofía
heideggeriana, para quien la referencia de la existencia humana es el ser,
no el hombre, no el otro. A Heidegger no le ha resultado empresa fácil
acceder cognoscitivamente a la divinidad y ha preferido permanecer
simplemente a la espera de un posible signo. En este sentido indicará
Marcel que lo sagrado permanece en Heidegger, al fin y al cabo, demasiado
abstracto o neutro y, en cualquier caso, excesivamente alejado de la
vivencia personal concreta. Heidegger constata la ausencia de huellas de la
divinidad en el mundo moderno, una ausencia caracterizada por su no
visibilidad, ausencia que convierte en fracaso cualquier intento de acceso
cognoscitivo a la divinidad. Únicamente el advenimiento de Dios puede hacer
posible el reencuentro cognoscitivo del hombre con la divinidad: “Sólo un
Dios puede salvarnos... Una prueba de la existencia de Dios puede estar
construida con todos los medios de la lógica formal más rigurosa; no
obstante, no prueba nada, ya que un Dios que necesita que se le demuestre
la existencia, acaba por ser un Dios muy poco divino y a lo más que llega
la demostración de su existencia es a convertirse en una blasfemia”,
escribe Heidegger contra la posibilidad de acceso a la divinidad lejana, a
la cual no nos uniría ningún lazo esencial y con respecto a la cual yo no
haría sino tomar nota de la misma como un hecho exterior. Esta previa
presencia de la divinidad en el espíritu humano que Heidegger cuestiona es
sin embargo justamente su idea, en el sentido establecido por
Descartes o Malebranche: “Previa a todos nuestros conceptos, aunque
objetivamente no captable fuera de ellos, y anterior a todos nuestros
razonamientos, aunque lógicamente injustificable sin ellos, inspiradora,
movilizadora y justificadora de los unos y de los otros, la idea de Dios
está en nosotros, misteriosamente, desde el origen”. Para Rahner la
“experiencia de Dios” es también el ámbito que sostiene las denominadas
pruebas de la existencia de Dios, que han de ser concebidas como un modo de
‘objetivación ulterior, conceptual’ de aquélla, y no a la manera de una mera
indoctrinación intelectual sobre un hecho extrínseco, que nada tuviera
que ver con la experiencia íntima del hombre. En esta dimensión profunda la
experiencia de Dios, dice Rahner, “se da en todo hombre (de manera refleja
o no, reprimida o aceptada, correcta o incorrectamente interpretada o como
ello fuere)”. Es una experiencia enraizada en la misma experiencia humana
del conocimiento y de la libertad, que el hombre solamente deberá descubrir y objetivar conceptualmente, en la que
también Zubiri se mueve: “Al estar religado el hombre, no está con Dios,
está más bien en Dios. Tampoco va hacia Dios, sino que está viniendo desde
Dios. Por esto, todo ulterior ir hacia Dios es un ser llevado por Él. El
hombre no necesita llegar a Dios. El hombre consiste en estar viniendo de
Dios, y, por tanto, siendo en Él”. Con ello se acerca Zubiri a pensadores
anteriores que consideraron la labor ‘demostrativa’, por necesaria que ella
sea, como una actividad posterior y dependiente de un ‘encuentro’,
‘visión’, ‘experiencia’, o como a tal previo hecho lo quiera denominar:
“Sólo en el poder de lo real y por él es como el hombre puede realizarse
como persona. La forzosidad con que el poder de lo real me domina y me
mueve inexorablemente a realizarme como persona es lo que llamo apoderamiento.
El hombre sólo puede realizarse apoderado por el poder de lo real. Y a este
apoderamiento es a lo que he llamado religación. En cuanto persona, pues,
el hombre está constitutivamente enfrentado con el poder de lo real, esto
es, con la ultimidad de lo real”.
Quien
en España ha orientado más decididamente en la dirección que venimos apuntando
es J. Manzana Martínez de Marañón. Su familiaridad con el modo de pensar
trascendental, y de manera especial su conocimiento de Descartes, le
acercaron a la idea de la necesaria precedencia de un determinado modo de
experiencia de la divinidad para poder acceder cognoscitivamente a ella. La
cartesiana precedencia del Infinito sobre lo finito implica lógicamente que
el espíritu humano se vea como invadido por el infinito de la divinidad.
Este es el verdadero sentido del sobrecogimiento metafísico o religioso
humano. “La posición del Infinito -escribe Manzana- en la indigencia de la
cogitación libera a ésta de su finitud, no porque ella capte al Infinito,
sino porque ella es sobre-cogida por el Infinito. La palabra sobrecogimiento
expresa del modo más acertado lo peculiar de esta intuición que se pone o
se afirma en y por sí mismo en el espíritu que queda sobrecogido: toda
demostración de la realidad de Dios presupone en la persona humana una
previa intelección de su realidad. La prueba es sólo la fundamentación de
esta intelección, y de lo en ella inteligido: es hacer de esta intelección
una intelección demostrativa”.
También
Gabriel Marcel, lejos de presentar una ‘prueba’ para afirmar la existencia
de Dios, pretendió mostrar el modo de comulgar con el Tú Absoluto,
conducirnos hasta el umbral del encuentro con Dios, para esa
comunión personal donde cada uno es transparente al otro, donde la
‘intimidad’ personal cerrada desaparece ante la continua penetración mutua.
Cuando Marcel pregunta por el contenido de sí mismo es como si golpeara a
la puerta de su ser: ¿estoy en condiciones de responder a esta pregunta
sobre mí mismo? Para que mi pregunta, y por ende mi posición en el ser,
tengan sentido deben suponer como condición de posibilidad un absoluto
afirmado en la misma pregunta absoluta, un absoluto que debe ser un
otro (un no-yo) para que pueda formularle la pregunta, pero un no-yo que,
sin embargo, pueda dar razón total de mí, lo cual significa que de alguna
manera esté en mí hasta participar de la conciencia que tengo de mí mismo;
más aún, que todo mi ser le sea patente. El Otro Absoluto, en mí y más allá
de mí. Al participar de mi ser por el amor, el tú entra en el ámbito del
misterio que no se puede objetivar so pena de negarle su realidad esencial.
Si el objeto es lo despersonalizado, lo desubjetivizado, el tú sin embargo
se constituye como alguien con quien mantengo estricta interdependencia
entitativa, intersubjetividad y comunión. El ser es el nosotros:
el yo y el tú, como aspectos o participaciones, no existen sino
recíprocamente en cuanto términos de una relación existencial. El misterio
del ser es el nosotros que precede y funda el tú y el yo; si la pregunta
busca la afirmación absoluta, el amor que la funda reclama un compromiso,
un engagement absoluto porque ambos están enraizados en lo
incondicionado del ser. Y como la realidad radical de la pregunta es agápica,
porque en el amor se realiza la afirmación absoluta del ser, el amor es |