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¿POR QUÉ ES POSIBLE, RAZONABLE Y ESPERABLE
EL SÍ A DIOS?*
Inés Riego de Moine**
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“Hay bastante luz para los que quieren ver,
bastante oscuridad para los que tienen una disposición
contraria.
Hay
bastante claridad para iluminar a los elegidos,
y
bastante oscuridad para humillarles.
Hay
bastante oscuridad para cegar a los réprobos,
y
bastante claridad para condenarles y hacerles inexcusables”.
(Blas Pascal, Pensamientos) (1)
Si los
millones de creyentes en Dios que habitan el planeta Tierra,
seguidores de las milenarias religiones monoteístas que
guarda la humanidad como tesoro y faro en sus vidas, dieran
crédito a los argumentos ‘casi seguros’ del científico
Richard Dawkins (2) sobre la ‘improbable hipótesis’ de un
Dios autor y rector del universo, grandes serían su
desilusión y sorpresa al comprobar que el rango ostentado
por el dios que denosta es equiparable al de “Thor, las
hadas, los duendes y el Monstruo Espagueti Volador”. Cuando
la esperable seriedad de la argumentación científica cae en
la liviandad de la burla grotesca y descalificadora, es
porque el ‘no’ a Dios del increyente tambalea en certeza y
credibilidad ante el ‘sí’ del creyente. De lo contrario,
¿por qué humillar tan burdamente la creencia del adversario?
Si las
muy respetables razones de quien opta en su corazón por el
no a Dios valen para ser escuchadas desde el amparo que la
credibilidad del discurso científico le presta, igual
respeto ameritan las razones por el sí, vengan ellas de
donde vengan. Pero, en ambos casos, tal valor se ve
incrementado ante nuestros ojos porque hay por detrás una
subjetividad que está avalando con su persona entera dicha
opción, opción que traspasa la vida de todo ser humano que
se sitúe con madurez ante la realidad y la propia
existencia. La opción entre el sí y el no a Dios se torna
ineludible en algún momento de la vida personal, más allá de
las diferentes condiciones culturales, sociales, económicas,
psicológicas, etc. ¿Quién ante las múltiples ‘situaciones
límite’ de la vida puede desoír esta disyuntiva fundamental
y quedar fuera de ella? Nadie que se diga humano, aún los
que se dicen indiferentes al problema de Dios; ellos también
optaron en su corazón, aunque su decir quede oculto en el
silencio, en el secreto de su intimidad.
Si las
preguntas últimas que se ha hecho la humanidad desde el
inicio de su larga y atormentada autoconciencia, aún
derrotado el auge del pensar mítico-religioso y ensalzado el
pensar científico-técnico, siguen inquietando las
conciencias ávidas de eternidad y las inteligencias deseosas
de abarcar al infinito la realidad, es lícito que afirmemos
desde el respetuoso pólemos que la actitud dialógica impone
que, en estos balbuceos del tercer milenio, es todavía
posible, razonable y esperable el sí a Dios. Un Dios al que
podemos pensar y sentir como posible, razonable y esperable,
aún contando con esta verdad que recorre como sobra de
muerte nuestro mundo globalizado: que desde hace tiempo
hemos desterrado a Dios del horizonte de nuestra cultura - y
por ende de la ciencia, la técnica y la filosofía - y, lo
que es peor, que muchos de nosotros lo hemos desterrado del
territorio de nuestras vidas, a pesar de lo cual es posible,
hoy más que nunca, darle el crédito que se merece sin ser
éste - vale remarcar aquí - mérito exclusivo del hombre:
“sólo porque Dios cree en el hombre puede éste creer en
Dios” (3).
1- Un
sí posible
Afirmar la posibilidad de la idea de Dios y su existencia no
parece tan descabellado si nos paramos como meros
espectadores a mirar la historia desde los ojos atentos del
filósofo Martin Buber, que a mediados del pasado siglo
escribía: “Generaciones de hombres han depositado la carga
de sus vidas angustiadas sobre esta palabra - Dios - y la
han abatido hasta dar con ella por tierra: ahora yace en el
polvo y soporta todas esas cargas. Las razas humanas la han
despedazado con sus facciones religiosas; han matado por
ella y han muerto por ella, y ostenta las huellas de sus
dedos y de su sangre. ¡Dónde podría encontrar otra palabra
como ésta para describir lo más elevado! Si escogiera el
concepto más puro, más resplandeciente, del santuario más
resguardado de los filósofos, sólo podría captar con él un
producto del pensamiento, que no establece ligazón alguna.
No podría captar la presencia de Aquel a quien las
generaciones de hombres han honrado y degradado con su
pavoroso vivir y morir” (4).
Me
pregunto, ¿podría el hombre fantasear hasta cotas tan
elevadas que fuera capaz de matar y dar la vida, odiar y
amar, con vehemencia rayana tantas veces en la locura o el
martirio, por un Dios imposible, inconcebible y fatuo? ¿No
es la realidad prueba de la verdad - o cuanto menos su clave
de lectura - no sólo la macro y micro bio-cósmica sino
igualmente la humana? ¿Qué ha hecho el hombre con su
“pavoroso vivir y morir” sino demostrar con creces la
presencia de ese Dios en su vida, íntima e histórica, aún
cuando la vía fuera a menudo el absurdo del no-Dios, el
espejismo deformado del Dios verdadero?
La
atormentada historia del Dios de las grandes religiones
personalistas - judaísmo, islamismo y cristianismo -,
ensangrentada con sus incontables ‘guerras de religión’
donde incluyo los nefastos fundamentalismos actuales a ambos
lados del Atlántico, siempre se sostuvo en sutil contrapunto
con la historia de la racionalidad, es decir, el ámbito y
soporte de lo posible no contradictorio. Signo de ello
fueron las archiconocidas ‘pruebas de la existencia de
Dios’, desde las medievales de san Anselmo y santo Tomás de
Aquino hasta las modernas de Kant y Hegel, sin contar con
los más recientes desarrollos de la apologética cristiana ni
con los millones de discursos que la necesidad de su
demostración ha inspirado a tantas conciencias. Las pruebas
surgieron de la duda, de la razón atenta, por lo cual
afirmar la fe es también afirmar la posibilidad de la duda
que la vigilante racionalidad le impone. Esto no opaca ni
elimina la fe, sino que la fortalece al exponerla al combate
de la razón y también, por qué no, al estatuto de la no-fe.
Una fe sin dudas es una fe muerta, pensaba con verdad Miguel
de Unamuno: “Porque sólo los que dudan creen de verdad y los
que no dudan ni sienten tentaciones contra su fe, no creen
en verdad. La verdadera fe se mantiene de la duda; de dudas
que son su pábulo, se nutre y se conquista instante a
instante, lo mismo que la verdadera vida se mantiene de la
muerte y se renueva segundo a segundo, siendo una creación
continua” (5).
Al
igual que la vida, la fe se alimenta de su propia paradoja
racio-vital, pura paradoja humana encarnada y doliente, como
lo testifica el vocativo del creyente: “¡Creo, Señor, ayuda
a mi incredulidad!” (6) Más allá de la sana duda, aquí y en
los incontables asentimientos a la fe, la clave del sí a
Dios radica en la confianza: se confía o no se confía, se
espera o no se espera, ¿en qué?, ¿en quién? La respuesta es
sencilla aunque no fácil: en el que de la realidad, en el
quien del otro humano y en el Quien del Otro divino,
llámesele Dios, Innombrable, Amor, Alá, Jehová o los mil
nombres con que el hombre ha intentado nombrar a Aquél que
se autorreveló diciendo “Yo soy el que soy” (7).
Pero,
así como el creyente confía debiendo afirmar su fe - pistis
- contando permanentemente con las acechanzas de la falta de
fe - apistis - y de la poca fe - oligopistis -, el
increyente debe afirmar su falta de confianza en la
hipótesis de Dios, argumentativa y prácticamente, pues sabe
que también su apistis hunde sus raíces en otra forma de
confianza radical: la de la razón absoluta e ilimitada
expresada en las muy diversas teorías y creencias que,
sembradas en el horizonte de la sospecha moderna, han calado
hondo en la historia reciente. Bastaría echar una mirada al
pasado y recordar el eco increíble de estos nombres: Comte,
Feuerbach, Nietzsche, Marx, Freud, Sartre, Foucault… Si
pudiéramos emitir un juicio despojado veríamos con pavor
cuánta inconsistencia anida en el interior de las duras
contiendas entre el teísmo y el ateísmo, entre la teología y
la filosofía, entre la religión y la ciencia. Así lo
entiende sin tapujos el teólogo Hans Küng: “Ludwig Feuerbach
tenía toda la razón: la religión como forma de creer,
esperar y amar del hombre, encierra indudablemente un
momento de proyección. Pero con ello Feuerbach no demostró,
ni mucho menos, que la religión es mera proyección. También
puede ser relación con una realidad enteramente distinta.
También Karl Marx tenía toda la razón: la religión puede ser
un opio, un medio de tranquilización y consolación social,
de represión; y lo ha sido muchas veces. Puede serlo, pero
no tiene que serlo necesariamente. También puede ser un
medio de iluminación general y de liberación social. También
Sigmund Freud, en fin, tenía toda la razón: la religión
puede ser una ilusión, una expresión de inmadurez psíquica o
hasta de neurosis, de regresión, y lo ha sido con
frecuencia. Pero otra vez lo mismo de antes: no tiene que
serlo necesariamente. También puede ser expresión de
identidad personal y de madurez psíquica” (8).
En
fin, estas teorías no han podido demostrar que Dios es mera
proyección, opio o ilusión, pero su fuerza aún presente en
muchos discursos de la cultura, radica en que expresan una
parte de la verdad humana que debió desentrañarse en su
momento. Pero no toda la verdad, pues finalmente ellas
conducen a un reduccionismo del hecho religioso y de la
misma posibilidad de Dios, extrapolando hacia el futuro unas
prognosis que, con el correr de las últimas décadas, se
demuestran harto falsas: ni la religión ha sido ‘superada’
por el humanismo ateo (Feuerbach), aunque éste persista en
una amplia franja de pensadores y formadores-manipuladores
de opinión, ni ha sido ‘extinguida’ por el comunismo ateo
(Marx) derrotado tras la caída del muro de Berlín aunque
subsistan focos de esta ideología en el mundo, ni ha sido
‘disuelta’ por la ciencia atea (Freud), aunque posturas como
la de Dawkins sigan teniendo sus acólitos.
No
hace falta decirlo: todas estas falsas prognosis se resumen
en la gran prognosis precedente de la muerte de Dios
proclamada por Federico Nietzsche - y diseminada por los
cientos de zaratustras que no cesan de pulular -, ese
machacado nihilismo que tiñe de muerte cuanto toca, pero que
no alcanza a dar santa sepultura a la hipótesis de Dios que,
ciertamente no como hipótesis sino como verdad, sigue
ocupando un lugar central en la vida de tantos creyentes,
aunque de ello se hable bien poco. No obstante, concedemos
crédito a estas dos insoslayables verdades de nuestro
tiempo, dignas de ser dichas con todas las letras y de las
que somos responsables los mismos creyentes en gran medida:
- Que,
si hablamos de la mayor creencia de Occidente, el horizonte
de la fe cristiana está en crisis, enfermo, afectado de
poquedad - la ‘poca fe’ según el peruano Alberto Wagner de
Reyna -, de agonía - la ‘agonía del cristianismo’ según el
español Miguel de Unamuno -, y de muerte - la ‘cristiandad
difunta’, según el francés Emmanuel Mounier. Son variados y
dignos de estudiarse los matices entre cada uno pero los
tres respiran un mismo aroma común que a algunos puede
parecer la estocada final para la fe, pero a otros, el
aguijón necesario para despertar al cristianismo de su largo
letargo (9), traducido hoy a un especie de grave
indiferencia ambiental donde creyentes e increyentes parecen
no querer diferenciarse.
- Que
el problema del nihilismo y el ateísmo se ha de tomar con la
mayor seriedad, respeto y gravedad, tanto en sus desarrollos
teóricos cuanto en sus consecuencias prácticas,
especialmente las que competen a las grandes decisiones
éticas que atañen a la humanidad y al sentido existencial de
las personas involucradas, pues de ello dependerá en gran
medida el futuro del ser humano - pobre o rico, justo o
injusto, creyente o ateo - en este bello y maltratado
planeta.
Si el
sí a Dios es posible desde la poderosa conclusividad del
factum histórico-religioso que hemos señalado
brevísimamente, hasta las agoreras prognosis de su muerte,
sustitución y superación, ¿es dable aún verificar que ese sí
posible es asimismo un sí razonable?
2- Un
sí razonable
“Ab
esse ad posse valet illatio, non autem viceversa” (de la
realidad puede concluirse la posibilidad, pero no viceversa)
reza una antigua proposición de la lógica; con lo cual, si
afirmamos la posibilidad de Dios, no de ella se infiere su
realidad o su existencia, aunque el filósofo Leibniz opinara
lo contrario cuando reformuló el famoso ‘argumento
ontológico’ de san Anselmo diciendo que si Dios, el Ser
perfecto, es posible, entonces existe necesariamente (10).
Este argumento a priori se aplicaría sólo al ser posible de
Dios y de ninguna manera a los otros posibles, pero tal tipo
de inferencia dista hoy de nuestro modo habitual de pensar
no atado a categorías metafísicas, aunque sí lo esté al
sentido común que trasunta mejor el primer aserto, propio de
la lógica cotidiana connatural a creyentes e increyentes.
¿Qué dirá ella respecto a un sí a Dios que podamos calificar
de ‘razonable’? Y la otra gran pregunta: ¿hay que limitarse
a ella?
Si nos
constreñimos a los cánones estrictos de la lógica dictados
por la razón fría, única razón de que se vale la ciencia y
un amplio sector de la filosofía genuflexa ante su imperio,
diremos que no hay pruebas contundentes positivas sobre la
imposibilidad del no a Dios - no hay mejor muestra que el
artículo al que aludimos y que el mismo autor titula con
reservas: “Por qué es prácticamente seguro que Dios no
existe” - así como tampoco las hay respecto al carácter
posible y razonable del sí a Dios. Pero si nos atrevemos a
dar el salto hacia la razón cálida, agapeizada y cordial
(11) que extiende las fronteras de su influencia y decisión
hacia los ámbitos que abrazan la totalidad racio-cordial en
que consiste el ser humano - ser de inteligencia sentiente
cuyo signo sobresaliente no es el ‘ego cogito’ cartesiano
sino el ‘ego amor’ o ‘ego diligor’ expresado en el
personalista ‘soy amado luego existo’ (12) -, estaremos
ampliamente capacitados para justificar nuestro sí a Dios,
legitimando sin miedos ni falsos prejuicios su triple
carácter de posible, razonable y esperable.
Si
profetas, místicos, filósofos y hombres de ciencia dieron su
sí a Dios, es porque se atrevieron a consumar ese salto -
aún sin hacerlo necesariamente explícito o consciente -
hacia una racionalidad cuyo acto fundamental es una acto de
confianza. He aquí el nudo gordiano de todo lo que venimos
diciendo: el estatuto de Dios para el hombre es,
definitivamente, una cuestión de confianza. ¿Podría el
hombre vivir sin confiar, sin creencia alguna, al margen de
toda confianza, de todo tabú? Imposible pensarnos sin un
sistema de creencias que garanticen nuestra supervivencia en
comunidades, imposible concebirnos como meros sujetos
lógicos para los que los verbos ‘creer’ y ‘confiar’
estuvieran erradicados de su estructura lingüística. Aún
admitiendo el agudo diagnóstico de Max Weber de un mundo
desencantado, desmitologizado y secularizado tras el paso
inmisericorde de la modernidad (13), ningún tribunal de la
sospecha pudo erradicar esta certeza fundamental que nos
ampara: que, cuanto menos, nos sostenemos en el umbral de la
confianza mínima, aquella que nos permite creer ¡hasta en la
mismísima razón! Olvidamos, entre tantas cosas, que los
geniales griegos, creadores de la racionalidad occidental,
también en su momento decidieron creer en el logos tanto
como creyeron en el mythos.
¿Qué
es la religión sino la expresión de la confianza suprema en
algo o alguien divinos, transpersonal o personal? ¿Qué son
la ciencia, la técnica y la filosofía sino el testimonio
histórico, discursivo y práctico, de la confianza elemental
en la racionalidad humana? Hubo magisterio de la sospecha,
porque el ministerio de la confianza habitó siempre entre
nosotros, aunque la modernidad pretendiera su muerte
definitiva. Falsa muerte, la confianza no puede morir
mientras el ser humano viva. Pero verdad es que perdimos la
huella de su presencia, olvidamos que la razón se recostaba
bajo su cielo estrellado y que creer en Dios era razonable,
como respirar y amar.
Instalados en este horizonte de confianza, es razonable
acordar con quienes han dado su sí a un Quien absoluto desde
el presentimiento de un Deus absconditus, ya presente en los
profetas como Isaías (14), en los místicos como Dionisio
Areopagita (15) y en los filósofos modernos como Pascal
(también científico) que no dudó en dejarnos este fuerte
texto: “Dios ha querido rescatar a los hombres y abrir las
puertas de la salvación a aquellos que le buscan. (…) Si Él
hubiera querido vencer la obstinación de los más
endurecidos, habría podido hacerlo con sólo descubrirse tan
manifiestamente a ellos que no hubiesen podido dudar de la
verdad de su esencia (…). No es así, sino dulcemente, como
ha querido aparecer en su advenimiento de dulzura; y ya que
tantos hombres se hacen indignos de su clemencia, Él ha
querido dejarles en la privación del bien que no perciben.
(…) Y así, queriendo aparecer descubierto a los que le
buscan de todo corazón, y oculto a los que le huyen de todo
corazón, templa su conocimiento, de manera que ha dado
señales visibles a los que le buscan y oscuras a los que no
le buscan” (16).
¡Cuánta lección de humildad deberíamos aprender quienes
pretendemos hacer de Dios un mero objeto de la razón o de la
verificabilidad científica! Desde estas ‘razones del corazón
que la razón no entiende’ pero sí entiende quien busca
despojadamente a Dios, y desde la insuficiencia de tanta
argumentación ensoberbecida que empalidece ante su misterio,
nuestro sí razonable, afirmado pero no demostrado, debería
inscribirse en el gran libro de la humildad que refrenda
toda epistemología falibilista - todo saber humano, en
definitiva - que sabe contar con las frustraciones de la
razón aunque ello no implique en modo alguno renunciar a la
legítima exigencia de verdad (17). La verdad, de la que
somos custodios y en la que somos, nos movemos y existimos,
nos hace libres y señores, y por ello mismo más democráticos
y abiertos al diálogo de las diferencias, sin abandono de
las propias convicciones razonables que seguramente aportan
un plus de inteligibilidad a la pluralidad de credos,
discursos y razones que la soberana libertad pone en juego,
por dulcificar el duro juicio pascaliano asestado a “la
obstinación de los más endurecidos”. Libertad y gracia,
razones y humildad nos asisten en nuestro sí a Dios, posible
y razonable, un sí que naufragaría sin el sostén gratuito de
la esperanza.
3- Un
sí esperable
Porque
hay razones para la esperanza hay voluntad de esperanza,
valiendo asimismo la inversión de los términos que la razón
cálida nos sugiere: porque hay voluntad de esperanza hay
razones para ella. Esperamos en la vida, en la realidad, en
el sentido, en el amor que profesamos y que nos profesan, en
que la inmortalidad nos espera tras la muerte y tantas más
formas de esperar… Pero, ante todo, esperamos en Dios, por
eso también le damos nuestro sí, queremos que Él exista, lo
convertimos en ‘esperable’ porque si Él existiera…
- El
enigma del universo y su realidad autoevolutiva tendrían un
sentido, una meta en un Dios creador, alguien que fuera alfa
y omega del gran ser bio- cósmico que nos cobija, tornando
quizás obsoletas las contiendas entre finalistas y
evolucionistas, entre creacionistas y darwinistas, pues ¿qué
le impide a esta realidad autosustentante, evolutiva y
creadora, admitir a su vez un principio divino que sea su
soporte providente y su inteligibilidad suprema?
- El
planteo nihilista no tendría razones suficientes para ser y
el horizonte de la nada de sentido (no hay verdad) y de la
nada de valor (no hay bien) estaría derrotado desde su raíz.
Por lo cual a la pregunta de Leibniz que ha recorrido la
historia del pensar moderno “Pourquoi il a plutôt quelque
chose que rien?” (¿Por qué existe algo, en lugar de nada?)
responderíamos con convicción que la inanidad de la realidad
es sólo una sospecha fundada en la desesperanza que conlleva
la falta de Dios, diseminada como reguero de pólvora en
nuestra época por una angustia nacida del sentimiento de
finitud radical (Heidegger) no suficientemente compensado
por la esperanza en un Quien infinito.
- Mi
existencia, amenazada de continuo por el vacío, el
sinsentido y la despersonalización enajenadora de una
sociedad esclava del hedonismo y el paneconomicismo,
encontraría una trascendencia liberadora del ‘hombre
unidimensional’ (Marcuse) y creadora de nuevos ámbitos de
encuentro con la realidad y los demás hombres (López
Quintás). Entonces este ser inquieto y eternamente
insatisfecho que me constituye y cuyo deseo infinito me
lanza hacia todo lo que no soy y quiero ser - “el hombre
sobrepasa infinitamente al hombre” (18) decía Pascal -, no
sería vano, ni absurda ‘pasión inútil’ (Sartre), ni ‘ansia
de lo imposible’ (Camus), ni ‘insoportable levedad’
(Kundera), ni ‘idea muerta’ (Foucault), como los maestros
del pesimismo contemporáneo han pretendido hacernos creer.
- Mi
sufrimiento inevitable ante el infortunio, la enfermedad, la
vejez, la muerte, el dolor del otro y las mil formas en que
mi condición de homo infirmis - no firme, de ahí enfermo -
se manifiesta en mi existencia, ya no serían definitivos
sino destinados a encontrar su sentido en el gran télos
salvífico que me aguardaría al amparo de la mirada
misericordiosa de un Dios que me amara infinitamente. Así,
las varias definiciones de lo humano en cuanto deficiente,
débil y pasajero - homo dolens (Kierkegaard), homo patiens
(Frankl), homo viator (Marcel), homo infirmis malusque
(Díaz) - sólo se entenderían desde la afirmación de un Dios
fiador de tanta dolorosa finitud e infinitamente
esperanzador, no sólo esperable. Yo quisiera un Dios que me
consolara por la poquedad de mi vida tanto como por la
abundancia de maldad de una humanidad capaz de generar
muerte, dolor y hambre en el desvalido rostro del prójimo
burlando la inviolabilidad del mandato universal al amor,
aunque el misterio del mal en el mundo me enterrara antes de
poder descifrar su sombrío designio.
- Mi
sí a Dios, posible y razonable, estaría últimamente fundado
en la esperanza pues sería una respuesta de todo mi ser a un
Tú absoluto, a un Dios personal, cuya existencia
personalísima descubriría en mi interior por el sólo hecho
de ser, de esperar, de dar crédito a la realidad y al rostro
del otro humano. Y, ciertamente, mi mejor esperanza
consistiría en la relación personal con esa persona divina
de la cual nunca podría desesperar, como nunca podría
desesperar de la persona que amo. Si esperar en Dios fuera,
de alguna forma misteriosa, saltar sobre las murallas del
tiempo en busca de lo que adolezco y deseo, de quien me
funda y me ama eternamente, la actitud contraria, el
desesperar de Dios, sería mi condenación, una traición a mi
propia esencia finita. Si esperara en Dios, tendría razón
Gabriel Marcel al afirmar que “desde el momento en que de
algún modo me abismo ante el Tú absoluto que, en su
condescendencia infinita, me ha hecho salir de la nada,
parece que para siempre me prohíbo desesperar” (19).
Todo
lo dicho en tiempo potencial advendría al presente de
nuestras vidas y operaría con eficacia en ellas si pasáramos
de estos sí discursivos a un sí encarnado y real, tan
encarnado y real como el Dios que me ha suscitado estas
líneas. Hasta aquí nuestro cometido porque ahora sube a
escena la soberana libertad de cada cual, don supremo si lo
hay, que ningún discurso podrá sortear ni ningún argumento
amedrentar. La decisión es de ustedes, a nosotros nos queda
el orar y el esperar, pues, como ha dicho Marcel, “la zona
de la esperanza es también la zona de la plegaria” (20).
*
Artículo publicado en el Portal del Instituto Argentino de
Desarrollo Económico (IADE) el 02/02/2007, ( www.iade.org.ar
).
**
Presidente del Instituto Emmanuel Mounier Argentina,
Licenciada en Filosofía. (Ver más en nuestro link de
Autores).
Notas:
(1)
PASCAL, B.: Pensamientos sobre la religión y otros asuntos.
Ed. Iberia. Barcelona, 1962. p.70.
(2)
DAWKINS, R.: “Por qué es prácticamente seguro que Dios no
existe”, aparecido en el portal de IADE (Instituto Argentino
para el Desarrollo Económico), www.iade.org.ar , el
27/12/2006.
(3)
DÍAZ, C.: Preguntarse por Dios es razonable. Ed. Encuentro.
Madrid, 1989. p.30.
(4)
BUBER, M.: Eclipse de Dios. Estudio sobre las relaciones
entre religión y filosofía. Ed. Fondo de Cultura Económica.
México, 1993, 2ª. Edic. p.33.
(5)
UNAMUNO, MIGUEL DE: Vida de Don Quijote y Sancho. Ed. Espasa
Calpe. Madrid, 1966. p.124.
(6) Mc
9, 24.
(7) Ex
3, 14.
(8)
KÜNG, H.: 24 tesis sobre Dios. Ed. Cristiandad. Madrid,
1981. pp.56-57.
(9)
Véase nuestro artículo “Sobre la poca fe. A propósito de
Alberto Wagner de Reyna” en Persona. Revista Iberoamericana
de Personalismo Comunitario. Año I, nº 3, diciembre de 2006.
Edición digital: www.personalismo.net
(10)
“Sólo Dios, o el ser necesario, posee el privilegio de que
basta que sea posible para que tenga que existir. Y como
nada puede oponerse a la posibilidad de lo que no tiene
límites, ni negación, ni, por consiguiente, contradicción,
esto es suficiente para que conozcamos a priori la
existencia de Dios”. LEIBNIZ, G.: Monadología, 45.
(11)
Cfr., DÍAZ, C.: Filosofía de la razón cálida (Ed. Emmanuel
Mounier Argentina, Córdoba 2005), y De la razón dialógica a
la razón profética (Ed. Madre Tierra, Mónteles 1991).
(12)
Cfr., DÍAZ, C.: Soy amado luego existo. Ed. Desclée de
Brouwer. Bilbao 1999. Vol.I. p.104.
(13)
Cfr., WEBER, M.: Ensayos sobre sociología de la religión. Ed.
Taurus. Madrid 1998, 3 tomos.
(14)
“Verdaderamente Tú eres un Dios escondido”. Is 45, 15.
(15)
Cfr., Los nombres de Dios, VII, 1. Obras Completas del
Pseudo Dionisio Areopagita. Ed. BAC. Madrid, 1990.
(16)
Pensamientos, pp.69-70.
(17)
Cfr., DÍAZ, C.: Preguntarse por Dios es razonable. p.35.
(18)
Pensamientos, p.163.
(19)
MARCEL, G. Homo viator. París, 1944. p.63.
(20)
MARCEL, G.: Être et Avoir. París, 1935. p.108.
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