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IBEROAMÉRICA,
CUANDO LA POBREZA ES FORTALEZA
Inés
Riego de Moine*
1. Identidad: donde
buscarse es hallarse
Desde
siempre y mucho en este tiempo América Latina o Iberoamérica -aunque sus
connotaciones no sean idénticas las usaremos aquí indistintamente - se
plantea el problema de su propia identidad, de saberse para poder ser en
autenticidad, de buscarse para hallarse,
en donde quien halla es el mismo que es hallado porque el
encontrarse no es sino el resultado de buscarse a sí mismo. Pero el quien
comunitario que nos identifica en una misma identidad, América Latina, se
funda en el quien personal de cada uno de los habitantes de estas tierras,
que no sólo vive haciendo y deshaciendo sus sueños en ellas sino que se
busca incansablemente en cada uno de las respuestas discursivas de muy
diverso enfoque y formato que pululan como 'corrientes de opinión',
haciendo, nos guste o no, la cultura nuestra de cada día. América Latina,
comunidad de comunidades, se asemeja mucho a un concierto de voces
convocadas a entonar en un mismo registro vital y cultural, aunque muchas
veces ese concierto se parezca más al desconcierto de millones de voces que
claman en el desierto.
Nos
buscamos, es cierto, quizás en demasía, pero la búsqueda meramente
especulativa no sirve de nada mientras nuestra realidad de latinoamericanos
nos golpea en el rostro pidiendo a gritos una respuesta. Buscamos en los
múltiples discursos la autenticidad, ese ser ideal con cuyo hallazgo poder
decir al unísono: ¡ésta es nuestra identidad, esto es lo igual, lo idem que
nos identifica como latinoamericanos, nuestra matriz común! Pero lo que
ahueca toda búsqueda vaciándola de sentido y contenido es la patética
autenticidad de los millones que buscan en este oasis de riquezas nada
menos que ese mínimo vital para poder vivir con dignidad, como seres
humanos. No en todos pero sí en muchos el convivir con el abismo de la
miseria es el pan de todos los días. Hoy en América Latina se cumple más
que nunca aquel presagio mortal con que Nietzsche hace poco más de un siglo
anunciaba la muerte de Dios y con ella la muerte del hombre. Hoy no sólo
muere el hombre-idea del discurso filosófico(1) sino el hombre real de
carne y hueso, el niño desnutrido o mal nutrido, el joven nutrido con el
mandato del 'resistiré', el hombre maduro que ve agotada sus esperanzas de
dar adecuada nutrición a sus hijos, la mujer de todas las edades que ya ni
siquiera puede ser hospitalidad,
consuelo, nutritio animi...
Su muerte es la peor de todas, muere mientras aún vive, vive anticipando su propia muerte, restándole
años a la esperanza.
Como
ha dicho con rigor Alberto Wagner de Reyna, una de las voces más
esclarecidas de nuestra América, "en el contexto socio-económico de
hoy no queda lugar para el hombre. Sobran los hombres: díganlo si no el
desempleo, los marginales, la miseria infrahumana, el esfuerzo por limitar
la población sobre la tierra. El ideal parece que todo fuera mecanizado,
des-humanizado, que talleres y oficinas, enseñanza y comunicación fueran
electrónicamente automáticas, que los robots hicieran todo y que se
entendieran entre sí, lo que eliminaría las contingencias sociales, las
huelgas, los seguros y la asistencia, de modo que se garantizara la salud
de la economía en expansión, fin último de nuestra sociedad racionalizada
del futuro, posmoderna y posindustrial"(2). Es que la
identidad-realidad Latinoamérica se escribe con la ironía de quien no puede
concebir que sea ésta finalmente la meta de esa racionalidad
paneconomicista proclamada a viva voz por los mentores del mandato de la
modernidad, donde la previsión, el cálculo, el orden y el progreso eran
proclamados como la panacea universal, ¡las luces de la diosa razón! ¿A qué
hombre va dirigido el 'desarrollo' promovido por políticos, sociólogos,
economistas, expertos en 'desarrollo humano'? ¿A quién se destina la
creciente producción de bienes y servicios, riqueza generada por manos
pobres? ¿A las hordas de desheredados que apenas subsisten desde la
asistencia-parche de la indigencia y la indignidad? ¿O a los pocos ricos, poderosos,
detentores o guardianes del poder y la opulencia de otros? ¿Qué sentido
tiene entonces hablar de desarrollo, progreso, identidad cultural, destino
de pueblo, etc.?(3) Y desde este estado de cosas ¿puede América Latina
hablar de un buscarse identitario si es la situación descripta la condición de su hallarse?
Bien
puede ocurrir que uno se encuentre en
un sitio pero que no se halle en él, porque allí no se siente a
gusto, como en su casa, en su mundo. El hallarse - que no necesariamente es
consecuencia del buscarse porque de hecho no elijo mis condiciones
históricas, sociales, genéticas o psicológicas - tiene no sólo unas
connotaciones geográficas o topológicas sino eminentemente afectivas,
existenciales, propias de las personas que son las que al hallarse toman
posesión de su lugar y por ende de su identidad, gustan de lo encontrado o,
ante el desencuentro, persisten en su búsqueda. Y así como en cada hombre,
también cada pueblo tiene un modo particular de hallarse, muchas veces
desde el formato del dolor, la miseria y la injusticia que lo obligan a
pisar el suelo de sus propios límites, otras tantas desde la misma
compasión - del sentir con otro - donde surge la urgencia del cuestionar y
el buscar respuestas sobre su origen, su sentido o su destino. No es la
excepción Latinoamérica, donde buscar y hallar se condicionan
recíprocamente en un círculo interminable de preguntas y respuestas cuya
dialéctica discursiva parece signada por el mismo acontecer de las cosas
humanas. ¿Acaso en la vida humana termina alguna vez el buscar y el
buscarse? ¿Acaso el que se halla puede considerar definitivo ese su
hallarse? Hombres y pueblos parecen padecer la misma enfermedad dialéctica
de este binomio generador del propio formato identitario.
Pero
buscarse en soledad sólo engendraría los monstruos de la locura, personal o
colectiva, como ya la historia lo ha demostrado con creces. Por algo los
pueblos, que son comunidad de comunidades, así como las comunidades
verdaderas, son - en el decir de Emmanuel Mounier - "realmente y no de
forma figurada, personas colectivas,
persona de personas. (...) Del mismo modo que la persona no
reside en el acuerdo o en la sensación, la comunidad no se fundamenta,
aunque se nutra, sobre sensibilidades, entusiasmos o actividades colectivas
o sobre el simple fluir de una vida
colectiva, ni sobre una voluntad común consciente de ella misma como
tal, sino sobre los valores que la sobrepasan y que ella encarna"(4).
Como en la persona, habitada por lo múltiple, diverso y legionario, y sin
embargo única e idéntica en su adhesión axiológica y en su contorno
ontológico, la América Ibérica es el reino de las diferencias y la
pluralidad hermanadas tras un ideal común, categoría prototípica y
quijotizada del ser y del valor. Difícilmente pudiera concebirse un pueblo
sin ideales y sin valores, mucho menos nuestra América gestada en gran
medida bajo el cuño del quijotismo español. Así también lo concibió Miguel
de Unamuno, el pensador hispánico por excelencia, a quien nos place traer a
la memoria en estas líneas salidas de su Vida de Don Quijote y Sancho:
"no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su
conciencia, no se lo representen como una misión histórica, con un ideal
propio que realizar en la tierra"(5).
Los
latinoamericanos no sabemos muy bien qué o quiénes somos, si tenemos o no
identidad definida, si reconocemos o no un ideal de pueblo, si de tanto
buscarnos nos hallamos en nuestra verdad o es que ella nos halla a nosotros
primero, al menos en esta incertidumbre se mueve su ideario colectivo. Pero
sí sabemos con qué contamos, porque la historia común nos identifica en
algún sentido - aunque discrepemos en su valoración - y porque de tanto
contarnos hemos construido una cierta identidad narrativa, cuyos capítulos
autobiográficos, verdadero cemento de nuestra insita heterogeneidad,
podrían enunciarse sintéticamente de este modo, siguiendo en su claridad al
peruano Wagner de Reyna:
-
"la lengua - español y portugués - que pese a matices de pronunciación,
vocabulario y flexión, y zonas aisladas de idioma aborigen, tenemos en
común con las antiguas metrópolis;
-
los usos y tradiciones que subsisten bajo el barniz paneconómico de un way
of life foráneo;
-
la religiosidad popular (un catolicismo con concesiones a prácticas
ancestrales) enraizado en la contra-reforma;
-
la conciencia de pertenecer a una región del globo unida por sus orígenes
culturales ibéricos y vernáculos"(6).
Lengua,
tradición, religión, autoconciencia soportan el modo del hallarse
latinoamericano, una identidad más presentida que sabida en donde el buscar
mismo es el hallarse pero donde la conciencia de la diferencia se sigue
escribiendo con letras de sangre y sentimientos de zozobra.
2.
Diferencia: donde lo diverso se hace universo
Ya
lo sabemos, no hay identidad sin diferencia así como no habría pobres sin
ricos, ni vida sin muerte. Así, tampoco entenderíamos lo latinoamericano
sino bajo el signo omnicomprensivo de sus diferencias. Obsta decirlo: el
fenómeno de la diversidad humana y
geográfica recorre con soltura cada uno de los países que componen la
América Latina y dentro de cada uno de ellos a sus propios componentes
heterogéneos. Ellos comportan el todo del macizo etnográfico: desde el
complejo simiente aborigen, que se compone tanto de las culturas más
desarrolladas (como la azteca e inca) cuanto de los pueblos más primitivos
como los de la Patagonia o la Amazonia, hasta el dominio de la cultura
ibérica importada desde la conquista y la colonización, que trajo consigo
además un importante contingente de
africanos que se asimila a las regiones tropicales. Fueron tres siglos - XVI,
XVII y XVIII - que sirvieron para estructurar y consolidar esa sutil trama
de formas y materiales que van amalgamando y confirmando en su paso a la
nueva cultura iberoamericana. Pero no en todos los países o regiones el
cuadro de su dominio es homogéneo ni tampoco el resultante étnico del
mestizaje corresponde a una análoga interacción entre sus correspondientes
elementos culturales. Luego vendrán los siglos XIX y XX con todo su caudal
inmigratorio, que ciertamente no sólo significó el aluvión europeo sino
también la afluencia árabe, judía, china, japonesa y en menor cuantía la de
la India y países vecinos. En suma, la América hispana y portuguesa se ha
ido haciendo camino en su identidad a partir de las diferencias reflejadas
en los aportes e influencias étnicas y culturales de los diversos grupos
humanos que han querido habitarla y que, a su vez, fueran acogidos por
ella. Hoy Iberoamérica constituye un universo transido de la riqueza siempre
conflictiva de la diversidad. ¿Habría acaso uni-verso (de versus unum, vuelto
hacia lo uno) sin lo di-verso (de diversus, vuelto hacia partes
diferentes u opuestas) que tiende a lo uno?
En
estos comienzos del siglo XXI la realidad conflictiva salta a la vista:
América Latina se ha convertido en una
especie de encrucijada mundial donde hasta la misma América del
Norte, que ha expandido hacia el sur su imperio económico global y que ha
penetrado en la cultura con su famoso
american way of life, se ve paradójicamente urgida a aclimatarse al gran fenómeno de
la latinidad que invade sus fronteras. Pero lo latino parece ser un estigma
de menosprecio y discriminación, tanto que la pregunta obligada es: ¿por qué
los Estados Unidos han llegado a convertirse en la primera potencia mundial
mientras que América del Sur y del Centro no logran salir del
subdesarrollo? ¡Precisamente porque son latinas! No es ésta una frase
elegida al azar, sino que "es el eco de algo así como un dogma
que nace a mediados del siglo pasado (por el siglo XIX), inspirado en
Darwin y Gobineau y confirmada por la construcción del imperio británico,
el auge de la filosofía y ciencias alemanas y la derrota de Napoleón III.
Es el dogma laico de la decadencia de los países latinos y del ascenso y
superioridad de los sajones"(7). Es la decadencia de la latinidad y
con ella de las raíces mismas de la occidentalidad, un condicionante europeo
que sin embargo se suma a su propia
investidura latinoamericana. La admiración por lo sajón y la subestima de
lo latino constituye una de esas sutiles urdimbres de prejuicios e
inseguridades que se vierten en el inconsciente colectivo de un pueblo,
pero sobre todo de su clase intelectual, como tan bien lo sugirió el
español Ortega y Gasset cuando describió al intelectual argentino como un
'hombre a la defensiva'(8), siempre disponiendo sus energías hacia las
fronteras de sí mismo, nunca exponiendo su intimidad frente al otro, quizás
porque en muchos casos se ve desde más allá de sus propias fronteras
iberoamericanas añorando lo otro de sí.
Hoy
el discurso global habla de multiculturalismo cuando quiere aludir a estos
fuertes fenómenos inmigratorios cuyo resultante es la coexistencia en un
mismo territorio de grupos étnicos con distintas tradiciones culturales y
religiosas, lo cual suele traer como lógica consecuencia conflictos de
intolerancia, discriminación y convivencia(9). Pero difícilmente este
fenómeno, típico de los países ricos del norte que se ven invadidos por
gente que huye de su país o región pobre acuciados por el hambre, tenga su
réplica al sur del planeta donde el África o la América Latina son claros
exponentes de la pobreza globalizada. Esta última, en su paradójica
riqueza, también ha generado
tolerancia y otros hábitos de supremacía moral y espiritual, como de
hecho lo fue el mestizaje entre el nativo y el europeo, hecho único de la
América hispana no reproducido en las colonias norteamericanas. El criollo
es por eso el símbolo del occidentalismo iberoamericano, en quien lo típico
y lo tradicional no excluyen lo occidental, porque en él las diversidades
se hacen universales. No en vano había dicho Miguel de Unamuno que mientras
más de su tiempo y de su pueblo fuera un hombre más universal sería, razón por la cual "nada hay
menos universal que lo llamado cosmopolita o mundial, como ahora han dado
en decir; nada menos eterno que lo que pretendemos poner fuera del
tiempo"(10). ¡Quién osaría hoy hablar de 'universalidad' y mucho menos
de 'universal' tras la muerte del discurso metafísico!
Y
sin embargo... lo criollo es nuestra forma de ser occidentales y por ende
universales, aunque la modernidad nos diga lo contrario porque sólo ella se
apropia el derecho de salvar al Occidente y a sus nuevos valores
enarbolados tras los estandartes de la racionalidad instrumental y el paneconomicismo. ¿Por
qué América Latina se atrasa, por qué no se sube al carro del progreso, por
qué no imperan en ella los valores del pragmatismo y su supremo ideal de
transformar lo que toca en riqueza y poderío? Porque ella aún ofrece resistencias
al juego seductor de la modernidad, porque todavía es ella el reservorio de
los valores esenciales de la cultura de Occidente, greco-judeo-cristiana,
lo cual no significa que la moderna sociedad desarrollada y globalizada los
haya olvidado del todo, "que cuando es oportuno son sacados del desván
de los recuerdos y sirven de decorado para acicalar la casa. Amor,
justicia, belleza, equidad, conciencia moral, humanidad, desprendimiento,
moderación, hasta Dios, son colocados al lado de las ya nombradas libertad
e igualdad en el Olimpo capitalista, que de pronto adquiere cierta
connotación ética"(11). Frente a este estado de cosas surge el
discurso de la posmodernidad que descree de tanta hipocresía y tanta
racionalidad y se vuelca al relativo estar del pensamiento débil y único,
afianzado en el pseudo valor del esteticismo y el hedonismo donde no hay
lugar para el compromiso fuerte ni con lo humano, ni con la verdad, ni con
la trascendencia. Con matices, el latinoamericano es un pueblo que aún cree
en Dios, donde la fe cristiana - preponderantemente católica - sigue viva
resistiendo al paso arrollador de la increencia e indiferencia nihilista
aliada de la posmodernidad.
Modernidad
y posmodernidad se las arreglan muy bien en esto de respetar las reglas de
juego del mundo globalizado teniendo especial cuidado en que su discurso no
olvide los viejos paradigmas de libertad, igualdad, democracia y otros
conceptos dignos de aprecio, aunque en sus prácticas no discursivas
promuevan la legalidad económica como único mandato fundamental para la
vida de los hombres y de los pueblos. ¿Es acaso otro el panorama de nuestro
mundo globalizado en que el dios paneconómico, nuestro moderno becerro de
oro, decide sobre la paz y la guerra, la bonanza y la miseria, el éxito y
el fracaso, el placer y el dolor? Y nuestra América no puede eludir este
enclave mundial, aunque ella sea la
más agraciada para resistir el embrujo de su influjo y para advertir con
dolor que la lógica de la racionalidad económica no es la lógica humana que
se rige por las coordenadas raciocordiales de los valores eternos, hechos
carne en las virtudes y vigorizados hasta el infinito de su plenitud cuando
de la nada y la pobreza hay que sacar aún fortaleza para resistir la misma
muerte. Veamos, pues, en qué consiste la paradójica gracia de la pobreza
vista desde la encrucijada iberoamericana.
3. Pobreza: debilidad que deviene fortaleza
Todas
las diferencias hacen a la identidad, convergen en ella, pero la
realidad diferencial más palpable en
toda Latinoamérica sigue siendo el vergonzoso hiato entre los que tienen
demasiado y los que tienen demasiado poco, análoga aunque no homóloga a la
africana cuyas letales políticas económicas la han llevado a una situación
insostenible, al punto que el G-8 ha conformado recientemente un equipo
autotitulado "Hacer que la pobreza se convierta en algo del
pasado", título en verdad alentador, pero ¿podremos tener fe en que
los ricos estados petroleros de la región salvarán al África, tal como se
propone? ¿Qué tipo de racionalidad será ésta que, según declaraciones del
World Bank 2003 Global Development Finance, hace del Africa sub-sahariana
el lugar más pobre del planeta y al
mismo tiempo el más rentable para
las inversiones extranjeras directas en cualquier región del mundo?(12)
¿Habremos de confiar en que finalmente la lógica humana se imponga sobre la
lógica económica inhumana y sobre la misma depauperada condición humana? El
caso también sirve para retratarnos porque según el último informe del PNUD(13)
(Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) para América Latina y
el Caribe las tasas de pobreza vienen aumentando desde hace tres décadas y
sigue siendo cada vez más alarmante la relación desigualdad-pobreza. Y
aunque la nuestra sea la más rica de todas las regiones de países en vías
de desarrollo, también es la que presenta la brecha más vergonzosa entre
ricos y pobres. Pero, a escuchar bien, lo que más preocupa al PNUD es que
estas divisiones puedan ser 'fuentes de inestabilidad' en la región por lo
cual será prioritaria su ayuda para 'fortalecer la gobernabilidad democrática y la participación'. Fuera de
toda ironía, ¿cómo se salva el ser humano si para las mismas políticas
globales destinadas al desarrollo (¡humano!) el bienestar del hombre se
mide en patrones de incidencia sobre la misma lógica económica que ilegitima lo humano?
Los
números son elocuentes para comenzar a decir: 222 millones de
latinoamericanos viven en la pobreza, de los cuales, 96 millones, es decir
un 18,6 % de la población total de América Latina y el Caribe vive en la
indigencia (conforme al Informe del CEPAL(14) del 15 de junio de 2005),
pero esto amerita hacer una clara distinción entre indigencia, miseria y
pobreza. La indigencia "es algo que se encuentra debajo del
cero en el termómetro de la vida. Su valor es negativo; su existencia, un
escándalo, un crimen social"(15). Pero mientras que la indigencia
puede ocultarse, disfrazarse o negarse, la miseria no, "pues la
conmiseración implica que alguien la advierte; y esa persona ha de ser
movida por un sentimiento de pena y solidaridad, lo que en sí es un valor
positivo frente al valor negativo de la miseria misma"(16). En cambio,
la pobreza, en sentido estricto, es sin duda estrechez económica
pero no implica ausencia de lo necesario para el sustento humano, ella es
"sólo limitación, limitación a los requerimientos vitales, una
ausencia de lo superfluo y aún a veces de lo deseable. Esta pobreza
específica lleva a la frugalidad, que constituye sin duda alguna un valor;
es la austeridad, la moderación"(17). La pregunta es inevitable:
¿acaso para el que la vive no es la pobreza un mal, aunque la suya no
llegue al bajo cero de la indigencia? Todo depende del ojo humano, de la
particular actitud que cada cual asuma frente a la misma. Pero más allá de
esta inevitable e inestable subjetividad de las cosas humanas, lo cierto es
que la pobreza es un valor, no sólo porque ella se inscriba en la jerarquía
axiológica de la tradición cristiana, sino porque se necesita valor para
vivir la pobreza que es uno de los bordes más ásperos de la finitud humana:
valor para aceptarla, valor para luchar, valor para sucumbir, valor para
mostrarse débil, valor para vivir la desposesión en alegría, lo cual no es
poco valor.
La
vida entera del hombre puede mirarse desde
la resistencia a mostrarse mísero, finito, desnudo, que ha sido y
seguirá siendo uno de los primeros resortes de acción del ser humano. Ya en
el relato del Génesis(18) se cuenta que Adán, tras haber pecado, conoció su
desnudez y se reconoció pobre y se escondió de Dios por temor a verse y que
le vean desnudo. "¡Oh pobreza, pobreza! antes que confesarte
preferimos pasar por bellacos, por duros de corazón, por falsos, por malos
amigos y hasta por viles. Inventamos miserables embustes para rehusar lo
que no podemos dar por carecer nosotros de ello"(19). La pobreza es
algo así como el sello de la finitud humana, aquella debilidad que
certifica nuestra indigencia más profunda que es a la vez riqueza y
fortaleza, añorando serlo todo y poseerlo todo pero sabiendo que somos nada
sólo redimida por una mirada que nos ama. Por algo, mirando a la humanidad
que amaba, el místico e hispánico Juan de la Cruz escribió estos célebres
consejos que respiran olor a
eternidad:
“Para venir a gustarlo
todo,
no quieras tener gusto
en nada.
Para venir a poseerlo
todo,
no quieras poseer algo
en nada.
Para venir a serlo
todo,
no quieras ser algo en
nada
..................................................
Para venir a lo que no
posees,
has de ir por donde no
posees.
Para venir a lo que no
eres,
has de ir por donde no
eres”(20).
Aprendamos del místico que insta al hombre a anonadarse, a entrar en el misterio de su propia nada
para así dejar lugar a ese todo de humanidad trascendida que no ha lugar
sin el previo vacío de sí, sin la previa pobreza. ¿Dónde habrá un lugarcito
para Dios en mi alma si mi ego henchido de mí mismo y mis deseos de poder y
poseer no se vacía un poco para que él pueda entrar y habitarme? Soy
respuesta, pero ella no se hace auténtica y plena sin mi previo desarme:
como ha dicho Emmanuel Mounier, la voluntad se relaja para abrirse al
Abandono y sus proyectos son desaprobados para lanzarla a la Esperanza(21).
¡Cuán distintas a las categorías de autonomía y autosuficiencia del
desfondado y desvinculado hombre moderno! Casi sin quererlo, el bolsillo pletórico de los místicos
españoles se vacía un poco para que el personalismo rescate y recree el
sentido profundo de la pobreza evangélica y con él nos ayude a iluminar los derroteros de lo humano. Vacío, nada, abandono son
las vivencias-ideas del místico que, vertidas en moldes antropológicos, se
transforman en las sumisas categorías de debilidad, pobreza, disponibilidad
que pasan a configurar uno de los andamiajes conceptuales de mayor hondura
rescatado para siempre por el decir personalista. Ellos también nos sirven
para recobrar el sentido de la pobreza creadora y redentora, cuando ella es
vivida en el lenguaje del amor. Porque "sólo en el amor y en la
esperanza es soportable la tensión pauperística. Entonces la misma aliedad
finita y pobre queda transfigurada en adaliedad liberadora coram nobis porque el sencillo buen Dios nos dice: siéntate y cúbrete, ¿qué te
pasa?"(22).
Iberoamérica es pobre, gran parte de su
población lo es, y en ello estriba su debilidad que es
aliento de fortaleza y grandeza. Ella es la oportunidad para probar en
obras la verdad de lo dicho, porque la vida es la prueba de la verdad. Ella
es la persistencia del auténtico espíritu de Occidente, del humanismo y del
personalismo, aunque cada vez más amenazado y debilitado, no lo vamos a
negar. Pero hay asimismo en ella
ciertos indicios elocuentes de esta realidad que hemos tratado de bosquejar
en esta reflexión, con los cuales contamos para contarnos, buscándonos para
hallarnos, y desde donde podemos arriesgar una opinión: que nuestra
aparente decadencia y debilidad escenificada ante los ojos del mundo por la
cruda desnudez de la pobreza es en verdad nuestra fortaleza y nuestra
esperanza, porque el nuestro, el de la América pobre, es un modo de ser que sabe relativizar las
urgencias banales y efímeras frente a las exigencias absolutas y
verdaderas, que sabe porque saborea del tiempo y de las cosas su lectura
eterna, que puede todavía transformar el dolor en sentido y esperanza, que
puede encarnar el mandato del Padre eterno que llama a los pobres del mundo
a construir su Reino, el Reino del pueblo de Dios.
"He aquí mi siervo a quien yo sostengo,
mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él:
dictará ley a las naciones.
No vociferará ni alzará el tono,
y no hará oír en las calles su voz.
Caña quebrada no partirá,
y mecha mortecina no apagará.
Lealmente hará justicia;
no desmayará ni se quebrará
hasta implantar en la tierra el derecho,
............................................................
y te he destinado a ser alianza del pueblo
y luz de las gentes,
para abrir los ojos ciegos,
para sacar del calabozo al preso,
y de la cárcel a los que viven en
tinieblas"(23).
* Presidente
del Instituto Emmanuel Mounier Argentina, Licenciada en Filosofía. Reside
en Córdoba, Argentina.
Notas
(1) Cfr. RIEGO DE MOINE, I.: "Un reto filosófico para el
siglo XXI: ¿ha muerto la idea del hombre?" in Argentina hoy desde
nuestra América. Ed. Alejandro Korn. Col. Perpectivas, tomo VIII.
Córdoba (Argentina) 2002. pp.395-403.
(2) WAGNER DE REYNA, A.: "Apostilla a un viejo libro" in
La filosofía desde América. Ed. Alejandro Korn. Col. Perspectivas,
tomo VI. Córdoba (Argentina) 2000. pp.23-24.
(3) Cfr. Ibid., p.24.
(4) MOUNIER, E.: Revolución personalista y comunitaria. Ed.
Sígueme. Salamanca 2002. p.91
(5) UNAMUNO, M.: Vida de Don quijote y Sancho. Ed. Espasa
Calpe. Madrid 1966. p.204.
(6) WAGNER DE REYNA, A.: "América Latina en busca de sí
misma" in El puesto del hombre en el siglo XXI desde América. Ed.
Alejandro Korn. Col. Perspectivas, tomo VII. Córdoba (Argentina) 2001.
p.105.
(7) Ibid., p.104.
(8) Cfr. ORTEGA Y GASSET, J.: "El hombre a la defensiva"
in Meditación del pueblo joven y otros ensayos sobre América. Ed.
Revista de Occidente. Madrid 1981. pp.116-146.
(9) Cfr. DÍAZ, C.: El desafío intercultural. Ed. Mounier.
Salamanca 2003. pp.28-29.
(10) UNAMUNO, M.: Op. cit., p.166.
(11) WAGNER DE REYNA, A.: El privilegio de ser latinoamericano.
Ed. Alejandro Korn. Córdoba (Argentina) 2002. pp.104-105.
(13) Cfr. Informe sobre Desarrollo Humano 2004 del PNUD en
www.unpd.org.
(14) Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Cfr. Ibid.
(15) WAGNER DE REYNA, A.: El privilegio de ser latinoamericano.
p.116.
(16) Ibid., pp.116-117.
(17) Ibid., p.117.
(18) Gn 3, 7-10.
(19) UNAMUNO, M.: Op. cit., p.160.
(21) Cfr. MOUNIER, E.: Personalismo y cristianismo, in El
personalismo. Antología esencial. Ed. Sígueme.
Salamanca 2002. p.557.
(22) DÍAZ, C.: Al Sur. Ed. Ayuntamiento de Agüimes y Santa
Lucía. Canarias 1988. p.120.
(23) Is 42, 1-6.
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