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JACQUES
MARITAIN:
ACTUALIDAD
DE UN PENSAMIENTO*
Julio
Plaza**
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Permítanme iniciar esta humilde reflexión sobre la actualidad del
pensamiento de Maritain con dos observaciones previas. La primera: que en
el Instituto Maritain no creemos que el pensamiento de nuestro maestro sea una
panacea definitiva, ni hacemos de su lectura una escolástica atada a textos
inconmovibles. Todo lo contrario, queremos servir a la sociedad desde
y con Maritain, hacia más allá de Maritain, examinando
atentamente las realidades contemporáneas a la luz de sus reflexiones y de
las formuladas por los pensadores que continuaron su obra, y aún de los que
confrontaron con él, con el propósito de encontrar convergencias prácticas
para la construcción de una sociedad más humana. La segunda:
que este pensador -por su obra y por su compromiso de los
mayores del Siglo XX, precursor e inspirador del Concilio Vaticano II- que
mereció de Pablo VI, al entregarle el Mensaje a los Hombres del Pensamiento
y de la Ciencia el día de la clausura del Concilio, la expresión: “la
Iglesia os está agradecida por el trabajo de toda vuestra vida”, es quien
había escuchado en la última sesión al Papa saludar el advenimiento del
“nuevo humanismo”, el del “hombre verdadero”, del “hombre íntegro”, integral, por oposición al humanismo laico y profano cerrado a la
trascendencia de las cosas supremas; “la religión del Dios que se ha hecho
hombre, que se reencuentra (pues no son sino una sola) con la religión del
hombre que se había hecho Dios”, reconociendo el eco de sus ideas de Humanismo Integral, lo cual marcaba
la consagración por el magisterio de algunas de sus ideas e intuiciones
mayores, por cuyo reconocimiento se había batido durante toda su vida
(Carnet de Notas 8 y 10-12-65).
Este pensador, digo, a treinta y tres años de su muerte -en 1973- y
en el inicio del tercer milenio, es más actual que nunca, un resplandor
orientador en el siglo dificilísimo que se inicia. Y son variados los temas
propiamente maritainianos -¿porqué no conciliares?- que podemos traer hoy,
por cierto muy brevemente a la consideración de este coloquio: el centro,
siempre, es la idea de persona humana y su
libertad; otros: la libertad religiosa, el apostolado de los laicos,
las relaciones con las otras religiones, la sociedad política y la
democracia, el trabajo, el pluralismo, la educación, nombrados sólo como ejemplos, para mostrar cómo Maritain
nos interpela, y ciertamente no
desde el pasado, sino desde un futuro a realizar,
como un exigente desafío, que no es otro que el respeto a la verdad y a la
naturaleza de las cosas. No tendré la soberbia de intentar abordarlos a
todos, solo intentaré esbozar algunas ideas.
1. La persona
Es una paradoja, creo que necesaria, continuar con una cita que no
pertenece a Maritain, sino a quien con frecuencia discutiera ardientemente
sus pareceres: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por
una manera de subsistencia y de independencia en su ser; ella mantiene su
subsistencia por la adhesión a una jerarquía de valores libremente
adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una
constante conversión; ella unifica así toda su actividad en la libertad y
desarrolla por añadidura, a golpes de actos creadores, la singularidad de
su vocación” (Mounier, E., Manifiesto
al servicio del Personalismo). Ontología de subsistencia, referencia a
una jerarquía de valores, singularidad y creatividad coexisten en la
persona, y por ello Maritain nos interpela desde una noción de la sociedad
humana cuyo fin es integrar a los individuos, pero que encuentra su última
razón de ser en el desarrollo de las personas. Esta definición
personalista de la sociedad conlleva determinadas exigencias en cuanto a
sus estructuras y funciones que se resumen en cinco grandes propuestas: libertad,
igualdad, amistad, verdad y justicia (1).
Como nos decía Vittorio
Posenti, la exigencia de la libertad es absolutamente central en el
pensamiento de Maritain, ya que en ella se incluyen no solo la libertad
política del ciudadano, sino también la radical libertad del hombre frente
a sí mismo, a su propio destino, y a Dios; de cumplirse según su propia
línea ontológica o de negarse, de crecer en la verdad y el bien, u obrar el
mal. La raíz de la libertad personal se asienta sobre el carácter racional
de la persona y es la capacidad de escoger libre y voluntariamente, pero
ella es sólo una condición y no el fin, ni el contenido último de la
verdadera libertad. Si la libertad se limita al libre albedrío, la sociedad
política se reduce a una asociación o liga para la defensa del derecho de
cada socio a escoger sus conveniencias. El libre albedrío, es para los
hombres el medio de adquirir la libertad de elevarse a los valores
superiores de la existencia, que son el objetivo de la libertad auténtica.
Pero, con ser sólo un medio, el libre albedrío es indispensable, para que
el hombre pueda vencer las servidumbres que lo constriñen. Es un elemental e inicial dato de la
naturaleza del hombre (2).
Pero Maritain nos interpela aún a la conquista de la libertad mayor,
liberándonos de los condicionamientos biológicos y sociales. Somos personas
por naturaleza pero debemos convertirnos, por nuestro propio esfuerzo, en
dueños de nosotros mismos, ser
nosotros mismos un todo en la existencia y en la acción (3). Para esa persona debería estar construida
la sociedad.
2. Sociedad, política y
democracia
Esta interpelación se confronta, en nuestras sociedades, con
dificultades que traban desde lo más básico la posibilidad de desarrollo de
la libertad. Sólo como un ejemplo, Maritain señalaba hace ya 55 años, que
en cuanto al funcionamiento de la representación política y al medio
esencial y básico de ejercicio de la libertad que es el sufragio universal,
la participación activa y real del pueblo en la vida política era
insuficiente, y podemos asegurar que lo es aún más hoy. Mas aún, acudía al
viejo -pero siempre certero- Tocqueville para prevenir que esclavizar al
hombre en las cosas cotidianas es especialmente peligroso, porque en ellas
la libertad es más necesaria que en las grandes. Hoy, las cosas cotidianas,
son la empresa, el sindicato, la obra social, la organización alimentaria y
previsional, la salud familiar, la escuela y la televisión.
La falta de participación real en estas cuestiones, implica una
sujeción que va vejando a los hombres a cada instante, sutilmente, sin
provocarlos a resistir; incluso con falsas satisfacciones
distribucionistas, y limando su resistencia mediante el despotismo
administrativo, la dádiva, la corrupción, o la limosna.
Y sostenía Tocqueville que, al cabo de poco tiempo, concluirían por
ser incapaces de ejercer el privilegio grande y único de autogobernarse,
que es su derecho natural como sociedad. Es difícil concebir, decía, que
hombres que han hecho abandono de la costumbre de gobernarse a sí mismos,
puedan conseguir elegir adecuadamente..., que de un pueblo subordinado (o
corrompido por “generosidades oficiales u oficiosas”, la anotación es mía),
surja un gobierno liberal, donde liberal no significa individualista sino
libre de presiones y ambiciones desmesuradas, inteligente y enérgico... Y,
según el principio pluralista -volveremos
sobre esto- concluía Maritain en El
hombre y el Estado, que todo lo que pudiera lograrse en el cuerpo
político, merced a los órganos particulares y sociedades de grado inferior
al Estado, es decir de la libre iniciativa del pueblo, debiera ser librado
a esa inagotable energía; y que así, desde el fondo -a un nivel mucho más
profundo que el de los partidos políticos- naciera el programa de conductas
para gobernantes y gobernados, los intereses y libres iniciativas grupales,
desde la conciencia común de los grupos (locales, laborales, escolares,
solidarios, etc., etc.), empezando por los más pequeños hacia los más
grandes, y manteniéndose en constante renovación. Estas formas de lucha por
la libertad, las llama Maritain “edificación orgánica”, de crecimiento
espontáneo, que no tienen por qué
ser desordenadas, ni anárquicas; si las fomentáramos, tendrían una intensa
repercusión sobre los partidos políticos y fiscalizarían indirecta, pero
muy eficazmente, a los organismos públicos, pues instalarían potentes
corrientes de opinión y recias
tendencias de cambio que el gobierno no podría ignorar (4).
Como vemos, éste es un aspecto en que el pensamiento de Maritain ha
mantenido su actualidad y su condición de programa de futuro. Él fue el
único -quizás con Sturzo- intelectual católico que pensó a la democracia
del siglo XX en relación con el cristianismo. En Cristianismo y Democracia -nótese el título- se afirma una
relación, diríamos “natural”, entre ambos: “El ímpetu democrático ha surgido en la historia humana como una
manifestación temporal de la
esperanza evangélica”. En nuestra hora, en que la democracia parece
imponerse en todas partes, pero se revela al mismo tiempo inquietantemente
frágil e incierta en sus fundamentos, debemos volver a las fuentes del
filósofo que se dijo tomista y no “neo-tomista”. ¿Cómo repensar los lazos entre cristianismo y democracia, es
más, entre religión y sociedad civil, en la hora de la mundialización?
¿Cómo conjurar el peligro de una democracia relativista a la deriva? ¿Cómo
conciliar el servicio a la libertad y a los valores morales de ella
derivados, con el respeto a la libertad de elección democrática? Estos
desafíos se asemejan a los que Maritain asumió al intentar iluminar la
realidad de un tiempo enteramente nuevo -infestado de totalitarismos y
guerras- con los grandes principios de la tradición tomista, y generar la
utopía de la “nueva cristiandad” que marcó profundamente a más de una
generación de católicos. Hoy también “debemos conjugar -sin sacrificar
ninguno- el movimiento vertical hacia la vida eterna (que ha comenzado aquí
abajo) con el movimiento horizontal mediante el cual se revelan progresivamente
la sustancia y las fuerzas creadoras del hombre en la historia” (Obras
Completas, XVI, p.110).
Recuperar las raíces cristianas de la democracia, reapropiarse para
los cristianos del ideal democrático, recordar el grito bergsoniano: “la
democracia es de esencia evangélica”; dicho en claro, el cristianismo es
necesario a la democracia. ¿Acaso el hombre del tercer milenio ha ya
agotado la reflexión sobre los fundamentos cristianos de la democracia y
sobre la contribución necesaria que los cristianos deben aportarle? ¿Cuál
es el compromiso democrático del cristiano del tercer milenio?
3. Persona, sociedad y
pluralidad
Para aceptar estas reflexiones, hay que asumir una nueva
interpelación de Maritain, aparente paradoja y también hoy vigente: que el
hombre sólo puede triunfar sobre las leyes de hierro de la naturaleza
inerte y de la biología, del inconsciente, de las tendencias aparentemente
deterministas de la vida social, sometiéndose a otra ley, que tampoco
escribió él, pero que lo convoca a identificarse -dejándose divinizar- con
el amor que lo convoca desde detrás de sí mismo, desde lo más profundo de
su propio Yo, para liberarlo de las leyes de la necesidad (del hambre, la
enfermedad innecesaria, la injusticia, la exclusión, la desocupación, la
limosna) y de la historia (fatalismos de toda clase), pero al precio -eso
sí- de respetar y amar también él al mundo que le ha sido dado y a los
demás hombres, que ya no son más entonces sus socios contractuales ni sus
enemigos, sino sus hermanos iguales en dignidad y derechos. Este triunfo es
una libertad de conquista, cuyo dinamismo debe atravesar de lado a lado y
de arriba abajo la sociedad política, para que su organización y su
funcionamiento no obstaculicen la personalización del hombre, sino que
promuevan su encuentro con todos sus conciudadanos en la amistad
constructiva de la ciudad y articulen las jerarquías legítimas, pero
limitadas, necesarias para la ordenación y coordinación del conjunto, cuyo
fin es la libertad final del hombre, en la medida posible en este mundo
(5). Una sociedad de hombres libres exige la adhesión a algunos dogmas
básicos que constituyen la médula de su existencia, y debe ser consciente
de sí y de esos principios, un credo humano y de libertad, que son la vía y
los medios para que cada hombre pueda luchar por su libertad final: la
carta democrática, dice Maritain (6).
Este es el fundamento del pluralismo y su programa para este
milenio.
Porque el pluralismo es un constitutivo esencial del espíritu y de
la sociedad democrática. En el orden temporal, en el plano de lo político y
de la sociedad civil, es posible y necesaria la colaboración directa, la
amistad cívica que conduce a tener objetivos comunes de pensamiento
práctico sin que sea necesaria una identidad doctrinal. “Basta que en los
principios y en las doctrinas tengamos entre nosotros una comunidad de
similitudes y proporciones (para Maritain: analogías) respecto a un fin
práctico determinado, el cual -de por sí- por referirse al bien común, es
un fin superior de orden natural”. Cuando los que pertenecen a familias
religiosas o filosóficas diferentes permiten entrar en sí el espíritu del
amor, las implicaciones del amor fraterno crean en los principios de la
razón práctica y en las acciones de confrontación dentro de la ciudad
temporal, una comunidad de similitud y analogía que se corresponde -por una
parte- a la unidad fundamental de
nuestra naturaleza -y por la
otra- no tanto a puntos mínimos de doctrina compartidos, cuanto a una serie
de nociones prácticas y de principios de acción de cada uno… Y sigue el
programa para el tercer milenio:
Hay que evitar dos errores opuestos, ambos fatales: el dogmatismo y
el escepticismo… la democracia no puede fundarse en el relativismo ni en la
negación de la verdad, sino solamente en la comprensión recíproca, en una
convicción práctica común reconocida como verdadera… los autoritarios y
totalitarios quieren imponer la verdad como obligatoria; y los relativistas
son teóricos que hacen de la ignorancia y la duda la condición necesaria
para la recíproca tolerancia entre los sujetos y, así, privan al hombre y
al intelecto humano de aquel acto en el cual consiste precisamente -y a un
tiempo- la dignidad del hombre y su razón de vivir… No debemos confundir el
plano de los sujetos humanos -que deben ser respetados también cuando están
en el error, porque tienen derecho a la libertad- con el plano del objeto de la verdad, que
tiene derecho a ser reconocida, desde
que ha sido conocida por los hombres. No es la duda, sino la verdad, la
que nos vuelve humildes y respetuosos de los otros hombres, reconociendo
juntos la validez y también las limitaciones de nuestro conocimiento. ¿Y cómo serán las instituciones
(partidos políticos, parlamentos, medios de comunicación social,
sindicatos, empresas escuelas, universidades) y los hábitos sociales en que
ese pluralismo tenga lugar? ¿Y cómo
extenderemos el pluralismo a lo económico y social en el tercer milenio, en
procura de un gran esfuerzo de inclusión social aún pendiente?
4. Trabajo y propiedad
He aquí otro tema en el cual
las propuestas de Maritain conservan plena vigencia. Comenzando con su
severa crítica que advertía el impacto del industrialismo -hoy
informatización, tecnocratismo y mundialización de la economía- sobre las
unidades económicas organizadas en sistemas integrados, en la actualidad a
escala planetaria, de modo que la propiedad privada llegó a transformarse
en un medio de dominación no solo económica sino también política. Esto es,
la integración y expansión de los medios de producción dio origen a
concentraciones de poder cuya índole política no puede ser negada, porque
son focos desde los cuales se asignan autoritariamente valores a las
sociedades (como dicen los politólogos positivistas), usando muchas veces a los estados como meras
herramientas de las empresas y/o de otros estados más poderosos; dominación
tan autocrática y desaprensiva como si se tratara del dominio de simples
cosas y no del destino de hombres y pueblos a los que asiste el derecho
a un gobierno participativo y responsable, reconocido por la
conciencia social civilizada fruto del fermento en la historia de las
creencias y valores aportados por el cristianismo. Para colmo, a la
dirección de esos gigantes la ejercen entidades impersonales, anónimas y
mutantes, y a los vastos contingentes de trabajadores se les niega toda
participación en la vida de las empresas. El instrumento de trabajo no
tiene relación con quien lo utiliza; todo tal
cual al mundo concentracionario de los totalitarismos. Maritain quería
-quiere- conceder a cada uno, de un modo adaptado a cada actividad, las ventajas
y garantías que la propiedad privada aporta al ejercicio de la personalidad;
que en las grandes empresas también el régimen de propiedad sustituya todo
lo posible al del asalariado y que la servidumbre de las máquinas -reales y
virtuales- sea compensada en la persona humana por la participación de la
inteligencia laboral en la administración y dirección -economía
comunitaria: participación y responsabilidad, análogamente a la vida política-
para transformar desde adentro el puro interés privado, en comunión y
amistad fraterna, la sociedad de capitales en sociedad de personas; la copropiedad
de algunos bienes (medios de producción), garantizaría lo humanamente
importante, el “título” del trabajo y en el futuro un
patrimonio común. Allí
se re-unen la persona del trabajador y el instrumento
de trabajo, y el primero trabaja con
seguridad y libertad, por motivación económica e incentivo moral, con
participación y autoridad.
Esta propuesta de Maritain, una forma comunitaria de propiedad que
esté efectivamente al servicio de hombre y no caiga en el vicio común a
la propiedad de capitalistas y
comunistas de ser un modo despersonalizado y deshumanizado de poseer, no es
sólo actual, sino revolucionaria: esta copropiedad de los medios de
producción debería servir de base material a una posesión ejercida como
personas no sobre cosas en el espacio, sino sobre funciones y formas de
actividad en el tiempo, a la posesión de un cargo o título de trabajo que
asegure al hombre un empleo propiamente suyo, ligado a su persona por un
vínculo jurídico, título y garantía social de la valorización de lo que
fundamental e inalienablemente es propiedad del trabajador, sus fuerzas
personales, su inteligencia, sus
brazos.
5.
Ni pesimismo ni optimismo. Realismo y educación
Pero Maritain nos formula otra interpelación, aun más exigente. La
persona que libra esta lucha por su libertad, está atravesada por una dignidad
superlativa y, por su facultad de conocer y amar; puede ser concebida como
un universo en sí mismo, que puede
contener en sí al universo todo, y también hacerse don de vida a sus
semejantes. Por su naturaleza se trasciende a sí misma, y por mucho que
depende de los más mínimos accidentes de la materia, que su salud es frágil
y su inteligencia turbia, desde la existencia de su alma domina el tiempo y
la muerte, pues la raíz de la personalidad es el espíritu. Y esta
interpelación no es una concesión a ningún optimismo ingenuo sobre la
naturaleza del hombre. Maritain es pesimista: sabe que los hombres salimos
de la nada y tendemos a ella, pero no es inmovilista, conservador, ni
reaccionario. La personalidad es una totalidad independiente, por indigente
y atropellada, por humillada por estructuras injustas e ineficaces que
puedan existir, es un todo y subsistirá siempre de manera independiente, no
como siervo. Un minúsculo fragmento de materia y, al mismo tiempo, un
universo en comunicación con lo absoluto, una carne mortal cuyo valor es
eterno. Ése es el hombre que exige una sociedad en la que pueda vivir
dentro de la ley (7).
La función de la ley es
fundamental para la conservación, el acrecentamiento y el ejercicio diario de la libertad. La libertad
irrestricta y neutral frente a la verdad, la del liberalismo, se autodestruye por
incapacidad de incardinarse a los valores del bien común y resta sólo como
coartada para la persecución de cualquier interés individual o de grupo. Al
contrario, la ley debería interpelarnos desde los valores básicos
imprescindibles para el bien común, que cobrarían en ella forma
prescriptiva -programa que nos convoca desde el modelo de futuro- y le
devolverían su oficio de pedagoga de la libertad, en el sentido de que esos
valores son sagrados para el cuerpo político -porque queremos realizarlos
para vivir mejor- y ante ellos deben ceder nuestros egoísmos y corruptelas,
sin excepciones, porque
ellos resguardan la vocación de la persona por su realización espiritual y
el logro de la auténtica libertad. Esta
ley humana ordenada al bien común temporal tiene que regular y
medir, prohibir y sancionar, eficazmente, los modos de realizar ese bien
en la ciudad y en la civilización, constituyéndose como el marco social
-vital, no sólo formal- de referencia ético-valorativa para el ejercicio de
la libertad personal. En ella y por ella se conjuga la tensión entre las
exigencias del bien común y los requerimientos de nuestra libertad (8).
Porque en el programa de Maritan, la búsqueda del bien común es oficio de
todos en la sociedad (teólogos y bolsoneros, poetas y usureros).
Esa noción de ley es nueva, distinta de la ley contractual de los
liberales y de la ley opresiva de los autoritarios, es una ley viva y
palpitante, que convida a participar,
que nos interpela, decía, desde el pensamiento de Maritain, y cobra
aquel sentido ético-valorativo no de la voluntad irrestricta del gobierno,
ni de la sociedad política autoproclamados soberanos sin serlo,
sino de la ley natural. Y es a partir de la ley natural que resulta posible
una fundamentación adecuada de los derechos de las personas, máxime cuando
el todavía precario desarrollo de la conciencia moral de la humanidad sólo
nos permite encontrar algunas coincidencias prácticas entre las plurales
ideas de los hombres. Todo al contrario de lo esperado por los creyentes en
la perfección de la naturaleza y en la infalibilidad de la razón, porque el
endiosamiento del sujeto y la ilusoria absolutización de sus derechos son
los responsables de la desilusión
ante lo imposible y del escepticismo ante lo posible -pero difícil, y muy
difícil-, que es la tentación mas crítica de nuestra
civilización, expresada hoy en un relativismo sin fronteras.
Para Maritain, la idea auténtica del derecho natural es una herencia
del pensamiento griego y cristiano, y su axioma básico la existencia de una
naturaleza humana racional y libre; el hombre está dotado de una estructura
ontológica que constituye un centro de
necesidades inteligibles y fines que se les corresponden y se
expresan en un orden que la razón es capaz de descubrir para iluminar los
fines y enderezar hacia ellos la voluntad. Es una ley moral que puede ser
seguida o rechazada libremente por el hombre; un orden ideal regulativo de
las acciones humanas que depende de la esencia humana y de sus necesidades
inmutables, pero que no predetermina
su existencia. El conocimiento de este derecho se abre ante los hombres
como parte de la aventura de lucha por su libertad: el bien debe ser
buscado y el mal evitado, pero ¿qué cosas se deben o no hacer de manera
necesaria? La posibilidad de que se registren toda clase de errores y
desviaciones en la determinación de tales deberes muestra que nuestra
percepción es débil, que es tosco nuestro entendimiento y que nos corrompen
fácilmente los accidentes, los mentirosos y los malintencionados… El
conocimiento del derecho natural ha sido gradual, desparejo, con retrocesos
y nunca -a mi parecer- será del todo develado en este mundo. Santo Tomás
dice que la razón humana descubre las normas del derecho natural, guiándose
por las inclinaciones de la propia naturaleza del hombre. De modo oscuro,
asistemático y vital, obtenido de modo connatural o congénito, y en la vida
concreta de las sociedades humanas,
debe ser pensado más que como algo dado, estructurado y establecido
originalmente en la conciencia moral de la humanidad, como esquemas o
propuestas variables, crecientes, históricas y existenciales (9). Pero esta
doctrina -con resultar fresca y pujante hoy mismo- no es la más actual
propuesta de nuestro pensador sobre el derecho natural.
Los derechos humanos -nos propone- sólo pueden fundarse
vinculándolos a un orden moralmente inviolable y requerido
inevitablemente desde la esencia
de las cosas, -no son un simple arreglo entre partes- porque
la naturaleza humana es un orden por el cual determinadas cosas (la vida,
el trabajo, la alimentación, la educación, la participación en el gobierno
de su sociedad, en su sindicato o partido, la información, etc.) se le deben a la persona por su
carácter espiritual, libertad y dignidad. Este orden no está consumado y
adquirido; es un proyecto que se
impone a nuestras mentes y conciencias, que nos requiere su cumplimiento
desde la esencia de las cosas, porque ellas participan en un orden ideal que trasciende a su
existencia y se inscribe en un orden absoluto y eterno. Tal el fundamento último de los derechos
humanos: se inscriben en el nivel axiológico de la ley natural y no pueden
sostenerse en sistemas de pensamiento que no acepten valores objetivamente ciertos; pues, si
no se pueden afirmar valores intrínsecos y si la dignidad humana carece de
sentido, tampoco lo tienen los derechos del hombre (10). Y es porque olvidamos
esto: que los derechos humanos siguen
incumplidos, provisorios, sobre todo en lo escondido: en el hambre y la enfermedad secretas, en las
desigualdades justificadas por las mismas leyes, en la prostitución
aceptada y encubierta cuando es bien retribuida, en la “tinelización” y
“susanización” de nuestros jóvenes, en la educación despersonalizada y
laicista (como si ser laicista fuera ser imparcial), en la tolerancia
oficial explícita al delito de los supuestos “reclamantes justos”. ¿Acaso
no es actual este reclamo por el derecho humano a no ser engañado, ni
tomado por tonto? Pero no es todo.
Resta aún, por último, en el
marco de la existencia social concreta, la interpelación de Maritain sobre
el derecho positivo: el cuerpo de normas jurídicas vigentes en una
determinada sociedad. A este derecho,
lo tratamos con frecuencia con una desaprensión escandalosa, dispuestos a
crearlo, reformarlo, olvidarlo, suspenderlo, reinstalarlo, manosearlo,
hasta convertirlo en un formalismo en el que nadie cree; hemos perdido en
algún recodo de nuestras readecuaciones políticas, jurídicas y hasta
metafísicas, la significación de las expresiones “no hay derecho a…”,
“tenemos o no, derecho a…” El programa de Maritain es que este
derecho sólo puede recoger su animación del derecho natural, a través del
derecho de gentes, pero de una manera contingente, existencializada,
histórica, paulatina, respetuosa de cada cultura y pueblo. Sin esta
inspiración carece de fuerza moral, es pura fuerza, o es apariencia o peor,
cinismo, porque hay un dinamismo que impulsa a las leyes naturales -no
escritas- a convertirse en leyes humanas, haciéndolas más perfectas y
justas en el tiempo, en el propio
campo de sus determinaciones contingentes. Así es como los derechos de la
persona adquieren encarnadura en
la sociedad política, constituyéndose
en el esqueleto del proyecto de orden, de la escala de valores y del
conjunto estructurado de criterios que deben marcar los límites y los modos
en que los derechos humanos se implicarán en la totalidad social (11). Un programa, vemos, para restituir al
derecho su carácter de valor eminente, supremo, para obligarnos a
“hincarnos” ante él.
Pero la verdadera propuesta
revolucionaria de Maritain, es que la sociedad tiene el deber de
enseñar, proponer, persuadir, convencer,
a todos los hombres de este programa. Por eso nos asegura que si la
humanidad llegara a sobreponerse de estas amenazas deshumanizantes -no son
distintas hoy de las que él combatió- y de las esclavitudes materiales,
mediáticas, políticas, que venimos de señalar, sentirá una sed urgente de
un nuevo humanismo y grandes ansias de
redescubrir la integridad del hombre, al hombre integral y al hombre
integrado con sus semejantes, con la naturaleza y con Dios, y por ello
deberá promoverse una educación
integral que conecte vitalmente al hombre con el medio social, el
trabajo común y el bien común, en lo que fracasaron los individualismos y
los totalitarismos. Educación para una civilización personalista y
comunitaria fundada sobre los derechos humanos y que dé satisfacción a las
necesidades sociales del hombre, sin discordias con sus exigencias
individuales; desarrollando a la vez el sentido de la libertad y el de la
responsabilidad, de los derechos y obligaciones humanas, del valor de que se
ha de revestir ante el peligro y en el ejercicio de la libertad en aras del
bien general, y al mismo tiempo el respeto de la humanidad de cada persona
individual. La educación de mañana debe terminar con la separación entre la
inspiración religiosa y las actividades seculares en el hombre, ya que el
humanismo integral debe incluir entre sus principales rasgos un impulso de
santificación del ser profano y temporal. Y deberá acabar también con el
divorcio entre el trabajo o actividad útil y la floración de vida
espiritual y gozo desinteresado que proceden del conocimiento y de la
belleza. Y este es el programa: una educación auténticamente democrática.
Todos debemos trabajar y aceptar nuestra parte de la carga de la comunidad
humana, según la capacidad de cada cual. Pero el trabajo no es un fin en sí
mismo, debe procurar espacio y tiempo para la alegría, la expansión y la
delectación del espíritu. El programa de Maritain para el tercer milenio
propone una educación inspirada por una filosofía
de los valores auténticamente cristiana, pluralista, pero no falsamente
imparcial, como la de los laicistas, que no haga de la duda un paradigma
del alma. Porque la duda es una actitud altamente civilizada en lo que
concierne a las infinitas posibilidades y a las futuras
conquistas de la ciencia al descifrar los fenómenos. Pero vivir en un
estado de duda en lo que concierne, no a los fenómenos, sino a las últimas
realidades cuyo conocimiento es una posibilidad natural, un privilegio y un
deber para la humana inteligencia, es vivir más miserablemente que los
animales que tienden, al menos con seguridad instintiva, sólida y confiada,
hacia los objetivos de su efímera vida (12).
* Intervención
del Dr. Julio Plaza en el Coloquio
Maritaniano organizado en la Universidad Católica de Salta por la filial
del Instituto Maritain de esa provincia el 2 de junio de 2006.
** Abogado, Presidente del Instituto Jacques Maritain de la República
Argentina, Profesor de Derecho Político en las Universidades Nacionales de
Tucumán y Catamarca (Argentina).
NOTAS:
La inspiración general de
esta intervención, y muchos de sus
párrafos provienen de la infinidad de textos escritos por nuestro
inspirador, Arturo Ponsati.
(1) PECES-BARBA, G.: “Persona, sociedad y estado”. Madrid 1972, p.149.
(2) POSENTI, V.: “Persona, progetto de liberazione e filosofía in
Maritain e in Marx”, en A.A.V.V.: Maritain
y Marx. Milano 1978, ps.56 y sgtes.
(3) MARITAIN, J.: “Du regime temporal et de la liberté”. París, 1933.
p.35 y sgtes.
(4) MARITAIN, J.: “El hombre y el estado”. Bs.As., 1984. ps.82 y sgtes.
(5) PECES BARBA, G.: op.cit., p.152.
(6) MARITAIN, J.: “El hombre y el estado”, ed.cit. p.129 y sgtes.
(7) MARITAIN, J.: “Humanismo integral”. Bs.As., 1966. p. 51 y sgtes.
(8) Idem, ps.139 y sgtes.
(9) MARITAIN, J: “El hombre y el estado”, ed.cit. ps.93 y sgtes.
(10)Idem.
(11)Idem.
(12)
Cfr., MARITAIN, J.: “La educación en este momento crucial”. Ed. Desclée de
Brouwer. Bs.As., 1965. ps.109 y 139.
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