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MARITAIN-MOUNIER Y LA ACCIÓN POLÍTICA PERSONALISTA
José Luis Vázquez Borau*
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Frecuentemente, ante los avatares políticos, los
personalistas nos preguntamos cómo debe ser nuestra acción
política, y al no encontrar en el arco parlamentario una
representación y acción adecuada a nuestro ideario, surge la
reiterada pregunta: ¿No deberíamos generar un partido
personalista-comunitario? Para responder a esta pregunta
vamos acudir a dos personalidades que se han situado ante la
misma disyuntiva y ver que indicaciones nos ofrecen.
A modo
de recordatorio
Situamos ahora lo esencial de la biografía de estos dos
autores para, después, pasar al objeto de nuestra reflexión.
En primer lugar Jacques Maritain, (1882-1973), filósofo y
teólogo francés neoescolástico, y uno de los tomistas más
influyentes y conocidos del pasado siglo. Nació en París, en
el seno de una familia de tradición protestante liberal. En
sus años de estudiante conoció a Raissa Oumançoff, con la
que se casó posteriormente y que tuvo una gran influencia en
su vida. Se inició en los estudios de filosofía pero,
decepcionado por el cientifismo fenomenista de sus
profesores, estuvo a punto de dedicarse a la biología.
Conoció a Léon Bloy (Perigord 1846-Bourgla-Reime, Sena
1917), escritor convertido al cristianismo, que en sus
escritos apocalípticos y polémicos como Le désesperé (1899),
Le salut par les juifs (1892), Le sang du pauvre (1897), La
femme pauvre (1897), Jeanne d’Arc et l’Allemagne (1915) y
los ocho volúmenes de su Journal (1898-1917), expresa el
grito de un solitario ante el conformismo de la época, las
infidelidades de los cristianos y el poder del dinero. La
influencia de este encuentro le condujo a la conversión al
catolicismo, religión que abrazó junto con su mujer. Durante
algún tiempo defendió el socialismo revolucionario, pero la
condena eclesiástica de dicho movimiento le apartó del
mismo.
También conoció a Charles Péguy (1873-1914), poeta,
dramaturgo y ensayista francés, considerado uno de los
principales escritores católicos modernos. Fue el fundador
de Cahiers de la Quinzaine (1900-1914), una revista en la
que colaboraban muchos de los principales escritores de la
época. Entregado a la causa de la justicia social, fue un
firme defensor del oficial francés Alfred Dreyfus. Péguy
perdió la vida en la batalla del Marne, durante la I Guerra
Mundial. Entre sus obras destacan la obra teatral Juana de
Arco (1897), y los ensayos Marcel, primer diálogo de la
ciudad armoniosa (1898) y Un nuevo teólogo (1911). De su
poesía, que posee la fuerza de un canto religioso, cabe
destacar El misterio de la caridad de Juana de Arco (1910) y
Tapisserie de Notre Dame (1911). Gracias a esta relación
tuvo acceso a los cursos de Bergson que le impresionaron
profundamente. Henri Bergson (París 1859-1941), frente al
neokantismo, filosofía que renuncia a conocer la realidad en
profundidad, y el positivismo, que confía poder conocerla
con los métodos analíticos de la ciencia, concibe un
evolucionismo no mecanicista, según el cual el universo es
animado por un “impulso vital”, fuente originaria de vida y
de imprevisible novedad, que se despliega en un ritmo
continuo de tensión creadora de distensión materializante.
Así, el espíritu y la materia no son dos substancias, sino
dos momentos de un mismo movimiento de creación y de
recaída. La evolución biológica es el nacimiento espontáneo
de formas que recaen en especies fijas; la historia humana
es el impulso creador de los héroes, de los genios y de los
santos en la moral abierta y la religión dinámica, que recae
en las formas sociales de la moral cerrada y la religión
estática. Su método de trabajo es la “intuición metafísica”,
especie de simpatía intelectual que nos transporta al
interior de las cosas. Sus principales obras son: Essai sur
les dones inmediates de la conscience (1899), Matière ey
mèmoire (1896), L’evolution creatice (1907), Les deux
sources de la morale et de la religión (1913).
Por
primera vez, según Maritain, experimentó la comprensión de
lo espiritual. Para exponer la esencia del bergsonismo
escribió La philosophie bergsonienne (1913), obra en la que,
no obstante, se desmarca de muchas tesis de Bergson ya que,
desde 1908, y bajo la influencia de un dominico, orientó su
pensamiento hacia el estudio de Tomás de Aquino. En 1914
accedió al puesto de profesor del Instituto Católico de
París. Durante la guerra escribió Eléments de philosophie
(1920-23). En 1922 publicó Art et scolastique. Durante esta
época desarrolla sus tesis neotomistas fundamentales que,
culminarán en su obra principal: Humanisme integral (1936),
obra en la que se opone a las formas de totalitarismo que
estaban extendiéndose por Europa, y en la que hace una
encendida defensa de la persona humana. Esta obra, junto con
Distinguer pour unir (1932), fue la más influyente donde se
pone de relieve un espíritu combativo cuya principal
finalidad es lograr que el tomismo sea mejor conocido y
aceptado entre las filosofías contemporáneas, y articular
una sociedad basada en los valores cristianos. No se trata
de hacer depender el poder político del religioso, sino de
forjar una sociedad que logre realizar los ideales del
humanismo integral. En 1933 fue profesor en la universidad
de Toronto, en 1941-42 en Princeton, y en 1942-44 en la
universidad de Columbia (Nueva York). Durante este período
escribió fundamentalmente sobre filosofía política y publicó
Droit de l’ homme et loi naturel (1942), Cristianisme et
democracie (1943) y La Philosophie dans la cité, que se
publicó en 1960. Durante la posguerra fue embajador de
Francia en el Vaticano. De regreso a Francia, y después de
la muerte de su esposa, al final de su longeva vida, hizo
profesión religiosa como Hermano de Jesús en la fraternidad
de estudios del padre Foucauld (Toulouse), ciudad en la que
murió el 28 de abril de 1973. Jacques Maritain marcó el
mundo de su tiempo apostando decididamente por el ser
humano. Su importante participación en la Declaración de los
Derechos Humanos de la ONU el año 1948, su aportación como
pensador de la democracia y su contribución a la renovación
de la Iglesia, entre otras cosas, lo hacen un testigo de
referencia (1).
En
cuanto a Emmanuel Mounier Mounier (1905-1950), filósofo
francés con el que nos identificamos, recibió la influencia
del pensamiento de Bergson y de Blondel, así como un sólido
conocimiento de Descartes y Pascal. Maurice Blondel
(1861-1949), además de ser considerado uno de los más
destacados pensadores de la filosofía católica en Francia
durante el s. XX, es también el autor más notable de la
filosofía de la acción, que se enmarca en la corriente
espiritualista europea de comienzos de siglo. Como discípulo
de Léon Ollé-Laprune (1830-1899), participa de las ideas de
John Henry Newman (1801-1890), según el cual en la fe cuenta
tanto la voluntad como el razonamiento. Su obra principal,
que es también su tesis doctoral, L'Action, publicada en
1893, trata del gran tema que plantea la pregunta con que se
inicia el libro: «¿Tiene sentido la vida humana?» Lo más
característico de la vida humana no es el razonamiento, sino
la acción, medio con que se expresa la voluntad y el destino
humano. El tema central de L'Action es, así, la acción
humana, que representan el despliegue del espíritu, voluntad
e inteligencia a un mismo tiempo, o su actividad, sobre lo
material. La actividad humana revela, porque se ve a sí
misma limitada y finita, la necesidad de la trascendencia;
se acerca de esta manera al método de la inmanencia que
repercutirá en la disputa del modernismo religioso de
comienzos de siglo. En La pensée (1934), recurre a posturas
menos voluntaristas, integrando más la reflexión y el
entendimiento con la acción.
Mounier obtuvo una plaza como profesor de instituto en
Neuilly. Posteriormente se trasladó al Liceo francés de
Bruselas y, finalmente, vivió en Lyon, después de numerosos
viajes, especialmente a África. Su actividad filosófica está
indisolublemente ligada a la corriente personalista
cristiana, de la que es el máximo exponente, y que le fuera
inspirada por las influencias del P. Pouget, J. Maritain, N.
Berdiaev, G. Marcel y Ch. Peguy. En 1932 fundó la revista
Esprit, que aglutinó a distintos autores personalistas, como
J.Lacroix, J.M. Domenach, A. Béguim, P.L. Landsberg, P.A.
Touchard, etc. Dicha revista, que tuvo una gran influencia
hasta la Segunda Guerra Mundial, surgió inicialmente como
reacción en contra, según sus palabras, del capitalismo
materialista y del colectivismo despótico, y en el contexto
de la crisis política y económica de los años treinta y el
auge de los fascismos y totalitarismos. Ante la situación de
crisis, no sólo económica y política, sino de valores,
propone remedios espirituales. Partiendo de sus posiciones
católicas, rechazó tanto el materialismo capitalista como el
marxismo, representado en Francia especialmente por Sartre,
al que critica fundamentalmente por el rechazo de todo lo
espiritual.
Vinculado con las orientaciones existencialistas cristianas,
cuyas raíces se encuentran en la filosofía de Kierkegaard, y
autores como Jaspers, Berdiaev y Gabriel Marcel, propone
centrar toda reflexión filosófica en el valor único de la
persona, y en la inserción de ésta en la sociedad y en el
mundo. Mantuvo también estrechas relaciones con otros
filósofos cristianos, como los espiritualistas Louis Lavelle
y René Le Senne, aunque frente a la tradición meramente
espiritualista, Mounier defiende un realismo personalista.
En Maurice Nédoncelle, no obstante, encontró la
fundamentación metafísica al personalismo comunitario.
Para
Mounier, que se interesó especialmente en la caracterología,
la persona, que también es cuerpo y no solamente espíritu,
es esencialmente libertad y espontaneidad creadora; es
trascendencia, y se caracteriza también por el empeño en el
mundo, que evita el aislamiento de la pura espiritualidad
individual y conduce a la persona colectiva, inspirada en la
noción cristiana de la comunión de los santos. Para Mounier,
no obstante, el mayor peligro para la noción de persona se
encuentra en una tradición filosófica separada de las raíces
cristianas, como el mismo racionalismo, o el pensamiento
científico moderno.
Personalistas admirables pero de enfoques distintos
La
perspectiva de Maritain es buscar un humanismo integral que
pueda ir dando solución a los problemas concretos que se
vayan presentando en la sociedad. Su planteamiento es
neotomista, con la pretensión de proponer una nueva
cristiandad. Maritain es el representante de la
neoescolástica, con la firme intención de elaborar una
metafísica cristiana, ontológicamente fundamentada, en
oposición al idealismo moderno, que sirviese para las
cuestiones teóricas y prácticas. En su libro Humanismo
integral, examina la evolución del pensamiento moderno desde
la crisis de la Cristiandad medieval al individualismo
burgués del siglo XIX y al totalitarismo del siglo XX. En
esta evolución Maritain ve la tragedia del “humanismo
antropocéntrico”, como él lo llama, que se desarrolla a
partir del Renacimiento. Este Humanismo, que ha llevado a
una progresiva descristianización de Occidente es, según
Maritain, una metafísica de la “libertad sin la gracia”.
Con el Renacimiento, el hombre comienza a ver su propio
destino y su propia libertad desligados de los vínculos de
la “gracia”, es decir, del plano divino. Para el hombre, la
libertad es un privilegio que él pretende realizar por sí
solo.
Así,
para Maritain, el hombre moderno que surge en el
Renacimiento, lleva consigo este pecado de soberbia. Quiere
prescindir de Dios y se construye un saber científico de la
naturaleza que, a partir de Descartes, es considerada como
una gran máquina para ser estudiada según las leyes de la
geometría. Pero una concepción tal de la naturaleza sólo
puede llevar a una escisión entre hombre y mundo, y a un
determinismo mecanicista que arrolla al hombre mismo. En
efecto, a medida que la razón substituye a Dios y el saber
científico se extiende, la crisis interna del hombre se hace
más profunda. Pero esta soberbia de la razón, que primero
eliminó todos los valores tradicionales y trascendentes y
luego, con el idealismo, absorbió en sí la realidad
objetiva, ha generado ella misma su propia destrucción.
Primero Darwin y después Freud asestaron los golpes mortales
a la visión optimista y progresista del humanismo
antropocéntrico. Con Darwin el hombre descubre que no existe
discontinuidad biológica entre él y el mono. Pero no sólo
esto: entre él y el mono ni siquiera existe una verdadera
discontinuidad metafísica, es decir, no hay una radical
diferencia de esencia, un verdadero salto cualitativo. Con
Freud, el hombre descubre que sus motivaciones más profundas
están dictadas en realidad por la libido sexual y el
instinto de muerte. Al final de este proceso dialéctico
destructivo, se abren las puertas a los totalitarismos
modernos, el fascismo y el estalinismo.
Ante esto, Maritain contrapone un humanismo
cristiano, que define como “integral o teocéntrico” y que
reconoce que Dios es el centro del hombre, asumiendo el
concepto cristiano del hombre pecador y redimido, y el
concepto cristiano de gracia y libertad. Así pues, la
concepción que Maritain tiene del hombre es la concepción
clásica de Aristóteles, "animal racional", interpretada en
clave cristiana por Santo Tomás. El hombre no es pura
naturaleza ni pura razón. Su esencia se define en la
relación con Dios y con su gracia. El hombre así entendido
es una “persona”.
Al
humanismo teocéntrico así entendido, Maritain le confía la
tarea de reconstruir una “nueva cristiandad” que sepa
reconducir la sociedad profana a los valores y al espíritu
del Evangelio. Pero esta renovada civilización cristiana
deberá evitar repetir los errores del Medioevo, y en
particular la pretensión de someter el poder político al
religioso. Deberá, en cambio, preocuparse por integrar los
dos tipos de aspiraciones humanas y amalgamar las
actividades profanas con el aspecto espiritual de la
existencia.
Mounier no mira al pasado para regresar a él, sino que mira
al futuro, asumiendo y criticando nuestra herencia, a la vez
que proponiendo nuevas alternativas dentro de un plano más
existencialista que esencialista. Mounier anuncia un nuevo
Renacimiento, después de cuatro siglos de decadencia
individualista. El primer renacimiento quiso salir del
funcionarismo feudal que asfixiaba lo espiritual, pero los
legalistas estropearon estas promesas. Hoy “rehacer el
Renacimiento” (2) significa trabajar en una doble dirección:
la personalista y la comunitaria. En palabras del mismo
Mounier: “Muchos, llevados por cuatro siglos de
individualismo han perdido la costumbre de pensar sus vidas
y sus actos bajo aspectos comunitarios. No de una comunidad
exterior, artificial, jurídica con la cual intercambiarían
relaciones abstractas de reciprocidad, sino de una comunidad
que impregnaría su espíritu y su carne, fuera de la cual
cada uno de nosotros sólo es un cadáver vivo, una comunidad
cuyos actos son nuestros actos, los pecados nuestros
pecados, el destino nuestro destino” (3).
Nuestras miras a la realización espiritual del ser humano
Vamos
a sintetizar aquí, en unos cuantos puntos, lo que nos
parece más esencial del pensamiento de E. Mounier sobre la
“acción política”:
1. Nuestra acción no consiste en combatir contra
una ciudad inconfortable, sino contra una ciudad malvada:
“No hay ninguna proporción entre la totalidad de nuestra
obra y sus coordenadas propiamente políticas. Lo político
puede ser urgente, pero está subordinado. El punto al que se
dirigen nuestras más amplias miras no es la felicidad, el
confort, la prosperidad de la ciudad, sino la realización
espiritual del hombre. Si perseguimos el bien político no es
por la ilusión que nos va a asegurar una vida sin riesgos,
sin sufrimientos y sin sed. El desorden nos choca menos que
la injusticia. Lo que nosotros combatimos no es una ciudad
inconfortable, sino una ciudad malvada. Pues todo pecado va
contra el espíritu, y todo mal viene de la libertad. Nuestra
acción política es pues el órgano de nuestra acción
espiritual, y no al revés” (4).
2. Un trabajo continuo de perfeccionamiento:
“Luchar contra todos los obstáculos venidos de la
individualidad que paralizan, desvían y falsean la obra de
personalización: ídolos y exageraciones del lenguaje,
pseudosinceridades, personajes, buena conciencia, adhesiones
superficiales, ilusiones de entusiasmo, resistencias del
instinto, persistencias de la costumbre” (5).
3. La persona se prueba por una serie e
compromisos: “Un compromiso no es un carnet de partido:
medio excelente para liberar la conciencia, para huir de la
carga del pensamiento y de la acción verdaderos. Ni siquiera
es una pasión militante activa: hay hombres a los que les
gusta moverse o alimentar un cierto calor sentimental que
ellos tienen... El deber de compromiso se desdobla, con
respecto a las realidades a las que se consagra la persona,
con un deber de fidelidad” (6).
4. Un servicio permanente en favor de la verdad:
“El trabajo de denuncia y de solidarización que intentamos
hacer aquí cada uno puede seguirlo en sus relaciones
cotidianas... siendo la nota discordante” (7).
5. Centrar la acción en el testimonio y no en el
éxito: “No digo que los que dirigen su acción hacia el
testimonio y no al éxito, no deseen también, en un cierto
sentido, el éxito, es decir, lo que para ellos constituye
una victoria sobre el mal. Pero saben que ella no será nunca
más que una victoria incipiente y siempre cuestionada... Los
que buscan el éxito se preocupan en hacer antes que ser, los
segundos intentan ser para poder hacer, o para que sea
hecho, con o sin ellos” (8).
6. Testimoniar nuestra ruptura con el desorden
establecido: “Denuncia y difusión pública, por todos los
medios que estén a nuestra disposición, del desorden
combatido, no participando, absteniéndonos (9), con la
desobediencia pasiva (10); o el sabotaje, el boicot” (11).
7. Al mundo le hacen falta personas responsables y
maduras: “Un hombre que forma a otro hombre en la línea de
su vocación y lo arranca de la dispersión o de los refugios
en que se guarece, para que él se revele ante sí mismo y
confiera su vida el sentido que ésta exige, hace más por la
revolución espiritual que cien conferencias públicas” (12).
¿El
personalismo-comunitario se debe concretar en un partido
político?
La
inteligencia y el saber tienen una razón y justificación más
alta que la política como incentivo de masas. Sin embargo
una antropología personalista tiene incidencias profundas en
la política entendida ésta como convivencia de la comunidad
humana. A diferencia del saber, lo político se sitúa más
bien en el ámbito de la irracionalidad al tener una serie de
capas impermeables a la razón, dominadas por fuerzas que nos
escapan. El homo politicus es, en el fondo, como una
marioneta que piensa que tiene poder cuando en realidad es
baqueteado de un lado para otro por fuerzas extrañas de la
naturaleza. Además, con demasiada frecuencia la política se
convierte en una grave despersonalización de la persona en
manos del grupo-masa, que no es comunidad ni mucho menos
comunicación y comunión de conciencias. Desgraciadamente en
los grupos es difícil lograr relaciones interpersonales, a
no ser propiamente las de amistad, relación donde
únicamente la conciencia llega a ser verdaderamente
recíproca. Pero el que sea difícil no quiere decir que no se
haya de luchar para conseguir una comunidad de personas
donde cada una se vuelva amorosamente hacia las otras como
si no fuesen más que una, recibiendo de ellas una atención
igual y simultánea.
El
personalismo nos exige el respeto y el primado de las
personas. Nos podemos inspirar en Platón, que exigía ante
todo la justicia en la ciudad, que es en definitiva una
equidad en el juego de las funciones. Sin esta justicia el
equilibrio político está en peligro. Platón no es un
antepasado de los teóricos del Estado totalitario; para él
las personas no están hechas para las funciones, sino que
las funciones están hechas para desarrollar la capacidad de
los que las desempeñan, es decir, de todos los ciudadanos.
Por eso afirmaba que la "República" no es sólo un conjunto
de relaciones armoniosas, sino también una amistad de
sabios. Sin estas dos cosas: la justicia-equidad por un lado
y la amistad por otro, todo es inútil, la ciudad no estará
nunca en orden. Por eso la tarea del personalismo político
en una sociedad donde la política se ha desentendido de la
persona, de la amistad, de la reciprocidad de las
conciencias, para convertirse en una lucha por el poder en
contra de todos los demás, es construir fraternidad y
comunidad, categorías perjudiciales para la política que se
guía sólo por el dominio y la supresión de los adversarios.
El personalismo debe estimular la conciencia comunitaria de
la humanidad. Por eso más que ser un partido, tiene que ser
un movimiento, suscitando un espíritu de equipo entre las
personas que pertenecen a círculos diferentes de un mismo
organismo económico o social. En una palabra ir tejiendo
redes de amistad y comunidad.
La
familia es el nombre de la institución para la relación
personal. Viene después la relación yo-nosotros, es decir,
el grupo. Ahí tiene lugar un descenso de la relación
personal y un aumento de la relación institución, hasta tal
punto que la relación yo-grupo en vez de ser relación
yo-comunidad, yo-nosotros, se convierte en relación
yo-ellos, sumida en el anonimato. Relación indirecta,
jurídica, formal, institucional sin contenido personal. Esta
es la relación que se deteriora con la civilización moderna,
una sociedad del anonimato. Las sociedades y los grupos
modernos se convierten, con frecuencia, en demoledores de la
persona singular y en destructores de su significación. No
se dan cuenta que su función y legitimación consiste en
administrar el todo existente a favor y en provecho de cada
persona y esto incumbe a todos los miembros del grupo y no
sólo a sus líderes o representantes. El amor, como lazo de
unión entre el yo y el nosotros, se ve paulatinamente
desplazado por la institución y la norma, que en vez de unir
a las personas, las separa y las mediatiza.
Hoy la
sociedad está demasiado obsesionada por la comunidad como
técnica, la sociedad como conjunto de instituciones,
mientras que lo que el personalismo propugna es una
sociología de la reciprocidad de conciencias. El concepto de
"comunidad espiritual" de las personas en virtud de algo que
une, desaparece para dar paso a los fines y medios
exteriores a la persona. Son comunidad de intereses, de
compromisos comerciales, de objetivos que proyectan o
encarnan la desaparición de la persona como único objeto y
proyecto de las comunidades de pueblos y naciones. Lo que el
personalismo político debería proponer es una federación de
los espíritus que sirva de espíritu a las generaciones; es
una comunidad de conciencias cuya base y resultado sea una
conciencia de comunidad y que posibilite la vida de las
comunidades en cuanto unidades de conciencia personal. Todo
lo demás es técnica política que puede llegar a ser incluso
antipersonal.
Pero,
el apolitismo no es sólo un error, es un delito. No hay una
acción inocua: todo afecta a todo el mundo y cualquier
acción es política aunque algunos nieguen el término. Así
pues, la acción de cada ciudadano y ciudadana, en cada
minuto, en cada instante, debe ser responsable, para con el
agua, con el aire, con la contaminación, con la energía, con
la pobreza, con las relaciones personales, con las artes,
con las ciencias. De manera que combatir la pobreza y la
desgracia, velar para que los recursos naturales sean
respetados y trabajar por un mundo sostenible no concierne
tan sólo a los políticos de profesión, nos concierne a todos
y a cada uno de nosotros. Ello forma parte de nuestra
responsabilidad ciudadana. Y la vertiente política del
personalismo debe ayudar a tomar conciencia de esto a las
personas en un trabajo socio-cultural o movimiento político,
trabajando por construir una “democracia personalista”.
La
democracia nunca va a solas. Solemos hablar de “democracia
liberal” para referirnos a lo que normalmente se entiende
como un sinónimo de “democracia secular”. En Europa hay
partidos que defienden una “democracia cristiana”.
Últimamente ha habido interés en la posibilidad de una
“democracia islámica”. Esto no se refiere simplemente a cómo
pueda ser constituida la democracia, sino a la visión moral
a la que la democracia se considera que sirve. Nuestra
democracia secular favorece principalmente a una concepción
consumista, egoísta y hedonista de la vida. Ejemplos de
deshumanización que la sociedad actual fomenta los tenemos
en la degradación indiscriminada del medio ambiente, la
carrera de armamentos, la tala sistemática de árboles, la
contaminación de ríos y mares, la lluvia ácida, las pruebas
atómicas, la conversión del espacio en basurero atómico, la
disminución de la capa de ozono, la guerra interesada, el
racismo, la xenofobia, el hambre, la pobreza, la
drogadicción, la pornografía, la prostitución, etc. La
democracia no es un bien en sí mismo. Para nosotros, “el
valor de la democracia está en los valores que incorpora y
promueve”. Su valor es instrumental y depende de la visión a
la que sirve. Y la alarma surge al constatar que cuando en
la vida pública hay personas que se oponen a situaciones
injustas surge la amenaza y la persecución, lo que indica
que son un peligro para la democracia secular. La
alternativa a esto es el “la democracia personalista”, que
no significa otra cosa que fundar la democracia sobre la
dignidad trascendente de la persona humana. La trascendencia
nos conduce a nuestra dependencia de los demás y a nuestra
dependencia de Dios. Y la dependencia es la forma en que
conocemos la realidad de la trascendencia. No hay nada de
indemocrático en el traer esta verdad a nuestras reflexiones
sobre el quehacer político. Fundar la democracia sobre esta
base no significa teocracia. Refundar la democracia en
nuestra necesidad de los demás, y en nuestra necesidad de
ser un don de nosotros mismos para ellos, es dar a luz una
forma totalmente nueva de democracia. El movimiento
personalista que trabaja por una democracia personalista, es
decir, por instaurar los valores personalistas, es quizás
la última alternativa todavía posible a la democracia
secular dentro de la cultura occidental como se configura
actualmente. El siglo pasado proporcionó bastantes ejemplos
de cómo el vacío dentro de la democracia secular puede
llenarse con oscurantismo por los sustitutivos políticos a
la religión. El personalismo político aporta la posibilidad
de que no se requiera que la democracia acabe consigo misma.
Trabajar a favor de la “la democracia personalista” no
significa conseguir el poder para perseguir un proyecto de
transformación del mundo, sino el ensanchamiento de la
imaginación de la cultura democrática de manera que pueda
redescubrir la esperanza, y re-establecer la libertad en la
verdad y el bien común. Es un trabajo de persuasión
socio-cultural más que de activismo político. Su prioridad
es la cultura más que la política, y la transformación de la
política a través de revivificar la cultura.
El
personalismo político es la valoración de la persona en sí y
por sí dentro de la comunidad. Todo esto supone una
metafísica del nosotros, incluso de Dios, que entra así a
formar parte de la sociedad yo-tú-El. La comunidad no se
entiende si no es desde Él, que nos une y nos capacita para
sentirnos conciencias originadas y participantes de una
primera conciencia que es Él.
Escala
de participación política del militante personalista:
1.
Como miembro de la sociedad:
a) viviendo en comunión fraterna y solidaria con los
más pobres de la tierra
b) participando y comprometiéndose activamente en la
realidad donde se vive.
c) implicándose, si procede, en la militancia
sindical y política existente
2.
Como miembro de una asociación personalista:
a) Creando lazos de amistad entre sus miembros
d) Dando “orientación intelectual”, como entidad
socio-política, ante las diversas circunstancias que se
vayan presentando, siempre dando primacía a la persona en su
camino hacia la realización total de la comunidad
personalista.
*
Presidente del Instituto Emmanuel Mounier Catalunya. Doctor
en Filosofía y Licenciado en Teología Moral. (Ver más en
nuestro link de Autores).
Notas:
(1) J.
M. BURGOS, Para comprender a Jacques Maritain. Un ensayo
histórico-crítico, Colección Persona Nº 14, Fundación
Mounier, Madrid 2006.
(2)
Cfr. E. MOUNIER, Rehacer el Renacimiento, Obras completas I,
Salamanca 1992, 169-209.
(3)
Ibid., 370.
(4)
Ibid., 173.
(5)
Ibid., 377.
(6)
Ibid., 379.
(7)
Ibid., 380.
(8)
Ibid., 380-381.
(9)
Ibid., 393.
(10)
Ibid., 395.
(11)
Ibid., 396.
(12)
Ibid., 398.
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