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TRES
MIRADAS CRÍTICAS A EUROPA
Luis Ferreriro*
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Presentamos
aquí nuestro punto de vista sobre Europa que, si bien no representa
una posición común de los grupos personalistas españoles, sí
refleja el pensar y el sentir de muchos de ellos, probablemente
de una mayoría. Desde nuestro punto de vista Europa es una modalidad
cultural o espiritual de la humanidad, sin embargo, se insiste
en llamar construcción de Europa al proceso de construir otra
cosa: un gran supermercado. Hay que deshacer este malentendido,
el único proceso real que se ha dado hasta ahora y el único
plan de futuro es un mero proceso de integración económica,
en función del cual se ha reprimido el genio revolucionario
europeo.
Creemos que hay que superar
los pequeños estados y sus pequeñas políticas mediante la federación de
Europa, sin embargo no queremos cualquier Europa, queremos una Europa
grande en sus ideales, fuerte con los fuertes y generosa con la humanidad.
Para esa gran Europa reclamamos los grandes caminos de utopías y
denunciamos las grandes miopías. Creemos que Mounier también habría optado
por estas vías. Desde su inspiración lo primero es llamar a las cosas por
su nombre, acabar con la indefinición y plantear las cuestiones esenciales
e ineludibles: ¿Qué es Europa? ¿Qué Europa queremos construir? ¿Cómo
hacerlo?
1) Por un alma para Europa
Frente la indefinición
actual de Europa, tan amorfa en su geografía, en su historia y en su
cultura, y tan plástica a las influencias de los mercaderes y banqueros,
creemos que la identidad europea se debe definir nítidamente por la
herencia cristiana (1).
Sería fácil criticar esta
opción como sospechosa de intereses confesionales, sería fácil rechazarla
con la excusa de la tolerancia, por eso, y para dar que pensar, preferimos
citar al más grande, lúcido y sincero ateo que ha dado Europa, a F.
Nietzsche: “En una palabra, ¡esta
debe ser nuestra palabra de honor!, somos buenos europeos, los herederos de
Europa, los ricos, los colmados, pero también sobreabundantemente obligados
herederos de milenios de espíritu europeo; en cuanto tal procedemos del
cristianismo y estamos en contra del mismo, precisamente porque procedemos
de él, porque nuestros antepasados cristianos eran de una honradez del
cristianismo sin miramientos, que ha sacrificado voluntariamente sus
bienes, su sangre, su situación y su patria a su fe...” (2) Nietzsche
reconoce también la contribución de los judíos: “nosotros los artistas entre los espectadores y filósofos sentimos
por ello gratitud para los judíos” (3).
Este ateo reconocerá sin
problemas que: “es siempre una fe
metafísica aquella sobre la que descansa nuestra fe en la ciencia; también
en nosotros, hombres del conocimiento de hoy, nosotros ateos y
antimetafísicos, continuamos tomando también nuestro fuego del incendio que
ha encendido una fe milenaria, aquella fe cristiana que era también la fe
de Platón, por la que Dios es la verdad y la verdad es divina” (4).
Aquí se reconoce que la
identidad europea tiene sus orígenes en unos fundamentos claros que
simbolizamos en tres ciudades: Atenas, Jerusalén y Roma, es decir, sobre el
logos –razón y palabra–, la fe que declara al hombre interlocutor de Dios y
el derecho. Estos elementos básicos, a través del cristianismo, dieron
lugar a la civilización europea, cuyo dinamismo se ha manifestado en
renacimientos, reformas, ilustraciones y revoluciones, por los cuales
Europa ha madurado superándose constantemente a sí misma.
Partiendo de presupuestos
culturales y éticos, decimos, por tanto, ¡no a una Europa burguesa,
resultado de la fe en los pequeños dioses del beneficio y del bienestar!
No, a una Europa enferma, cuya radiografía en el Tratado para la
Constitución presenta el siguiente esqueleto: la palabra banco
aparece 176 veces, la palabra mercado 88 veces, la palabra comercio
38 veces, las palabras competencia o competitivo 29
veces, la palabra capitales 23 veces... la
expresión dignidad humana sólo
cinco veces. En resumen, el Tratado consagra la nueva fe de Europa: el
economicismo.
En cambio, decimos
sí a una Europa de la fe en los grandes valores que están por encima de
ella misma –fraternidad, igualdad, libertad, vida, verdad...– y que le
pueden exigir el sacrificio de bienes, sangre, situación y patrias.
¿Laicidad?, de acuerdo.
Pero también la laicidad, como en su tiempo la cristiandad, ha de elegir
entre Dios y el dinero. La laicidad no sirve a Dios, pase, pero ha elegido
servir al dinero y, por esa razón, también es parte del desorden
establecido. Mounier condenó la cristiandad y nosotros le damos la razón.
Las instituciones europeas han de construirse sobre una laicidad
indispensable. Pero cuidado, si hoy la laicidad hace el papel que hizo la
cristiandad, parafraseando a Mounier, habría que hablar de la laicidad
difunta. Es decir, la laicidad cumplirá su papel ejerciendo la neutralidad
respecto a las creencias religiosas o irreligiosas y respecto a las
concepciones de Dios. Pero no hay neutralidad posible entre Dios e ídolos,
ni entre un mundo a medida de la persona y un mundo cosificado. Si la
laicidad, ignorando los fines más humanos, da la primacía a una mera
racionalidad instrumental que, en definitiva, está al servicio de los
objetivos de los poderes dominantes, entonces no es más que una ideología
encubridora.
2) Por una democracia real para Europa, como
etapa en el camino a la humanidad única
Estamos contra una Europa
burguesa, que se ha enriquecido y que no tiene más proyecto que seguir
enriqueciéndose. Contra una Europa donde el dinero, que es lo que más
importa, es soberano por encima de los pueblos, donde la mercancía está
llamada a ser libre y la persona a ser una función de la economía,
especialmente por el consumismo. Como había previsto Mounier el capitalismo
podía eliminar las necesidades humanas al precio de una estabulación de las
masas, a las que extendería el bienestar burgués y la falsa felicidad de la
posesión de una infinidad de cosas más o menos útiles. Al hablar de esta
felicidad, Mounier cita a Dovstoyeski: “...
‘Les daremos una felicidad silenciosa, humilde, la felicidad que conviene a
las criaturas débiles que ellos son... Ciertamente nosotros les haremos
trabajar, pero durante sus horas de ocio organizaremos su vida a la manera
de un juego de niños... les permitiremos incluso el pecado, sabiendo que
son débiles y desarmados... Serán librados de la gran preocupación y de las
terribles angustias actuales que consisten en elegir por sí mismos. Y todos
serán felices, millones y millones de criaturas’. Así habla el Gran
Inquisidor; ¿nos atreveríamos a decir que no escuchamos ya esta voz?” (5).
Pero hoy, además, esa
felicidad es sorda al clamor de los pueblos empobrecidos y cómplice de sus
sufrimientos, impuestos bajo una nueva forma de desorden que consiste en la
opresión del Norte geopolítico sobre el Sur. Los mejor intencionados de los
europeos creen que la entrada de Turquía en Europa es un bien para ese
país. En el fondo creen que en Europa está la salvación y se sienten
orgullosos de su propia tolerancia y generosidad dejando entrar a un país
que, de otro modo, permanecería en el caos del Tercer Mundo.
Este planteamiento ingenuo,
coincidente con los intereses de la ampliación del mercado único en unos
ochenta millones de consumidores más, no ayuda a desenmascarar la cruda
realidad de la exclusión del resto del Tercer Mundo, condenado por:
·
un sistema comercial proteccionista y
discriminatorio, que actúa a través de mecanismos perversos como las
barreras arancelarias, que suponen un coste de 100.000 millones de dólares
anuales a los países del Sur, o como las subvenciones a la exportación
agrícola (3.000 millones de euros al año), que permite a Europa competir
deslealmente en los mercados de los países pobres.
·
un sistema financiero usurero que hace
pagar 56 millones de dólares diarios a los 52 países más pobres del mundo,
o que en el África Subsahariana recauda 1,51 dólares de servicio de la
deuda por cada dólar de ayuda al desarrollo.
·
Un sistema político democrático hacia
el interior y autoritario e imperialista hacia el exterior.
Nuestras posiciones son
otras:
·
Europa debe luchar por la promoción
conjunta de todos los pueblos empobrecidos, de manera que no necesiten
integrarse a Europa bajo la presión de la pobreza como medio para salir de
ella.
·
Europa debe renunciar a un proceso de asimilación
que, alimentado por el motor económico, puede derivar en nuevas formas de
colonización.
·
Finalmente, una democracia real para
Europa deberá asumir el desafío de promover una democracia mundial, en la
que nuevos bloques de pueblos gestionen igualitariamente los asuntos de la
humanidad.
Para lograrlo Mounier nos
dirá que “un combate frontal debería
desencadenarse, mediante su propio resurgimiento interior, por las
democracias rejuvenecidas, revalorizadas, liberadas a la vez de la
plutocracia y de la demagogia; en definitiva, democracias orgánicamente
populares” (6). Es decir, se trata de volver al protagonismo político
de los ciudadanos, de manera que la democracia, liberada del poder de los
mercados, sea la instancia decisiva de la vida colectiva.
Lejos de esto, el Tratado
(I-47.4) sólo admite que “un grupo de
al menos un millón de ciudadanos de la Unión, que sean miembros de un
número significativo de Estados”
(no se dice si 2 ó 20) puedan, como mucho, “invitar a la Comisión... a que presente una propuesta adecuada”,
por tanto, no se garantiza en absoluto que la iniciativa popular llegue
hasta el final.
3) Por una Europa al servicio de la paz y contra todas las
hegemonías
Quien posee riquezas
necesitará armas para defenderlas, decía San Francisco de Asís.
Actualmente, Europa es una isla que acumula y ostenta una riqueza excesiva
y excluyente en medio del océano de pobreza de la mayor parte de la
humanidad que, automáticamente se convierte en enemiga potencial. Europa se
siente insegura porque se sabe rica y, por ello el Tratado para la
Constitución Europea (artículos 41 a 43) prepara un reforzamiento del
militarismo. Tenemos los ejércitos nacionales, un cuerpo europeo de defensa
y las fuerzas de la OTAN y, por desgracia, parecen pocos para la obsesión
de seguridad de Europa.
En el mismo Tratado
(III-131) se lleva al extremo la síntesis de mercantilismo y militarismo
subyacentes a su filosofía de fondo, cuando manifiesta que deben adoptarse
“las disposiciones necesarias para
evitar que el funcionamiento del mercado interior se vea afectado por las
medidas que un Estado miembro pueda verse obligado a adoptar en caso de
graves disturbios internos que alteren el orden público, en caso de guerra,
o de grave tensión internacional...”.
Es decir, lo primero y más importante es garantizar el mercado por encima
de cualquier tragedia.
Frente a este militarismo
obsesivo y a este mercantilismo fanático, apelamos a la capacidad de
creatividad y superación que ha caracterizado al genio europeo y
propugnamos que Europa haga una apuesta por la organización de una defensa
basada en la no violencia y por el servicio a favor de la paz mundial,
basada en la justicia y en el desarme internacional. Esto requiere la
renuncia voluntaria a su propia hegemonía.
Mounier vio en las
hegemonías internas que trataron de imponerse en el espacio europeo una enfermedad
crónica de la que Europa tenía suficiente experiencia como para estar
vacunada contra cualquier clase de hegemonía. Así, veía aparecer un peligro
igual en las hegemonías exteriores enemigas de los Estados Unidos y la
Unión Soviética, que pretendían proteger a Europa de las amenazas de su
contraria. Europa sigue admitiendo la presencia norteamericana en su
territorio y su liderazgo mundial. Por el contrario, la oposición de
Mounier a la OTAN y a toda tutela externa fue explícita y su posición sigue
siendo actual: resistir a toda hegemonía, incluso a la suya propia.
Dicho con sus palabras: “Rechazamos de nuestros designios sobre
Europa toda clase de hegemonía, aunque nos fuera favorable, y con ella
rechazamos la política de armamentos, las tácticas de cerco y la psicosis
de creerse cercados, la hipocresía de las ‘amistades’ y las ‘protecciones’,
la estandarización del odio y la concentración de poder” (7). Más aún,
Mounier afirma que “el problema no es
(…) levantar a Europa a un nivel hegemónico en que pudiera alcanzar en su
terreno al poderío americano y al poderío soviético. Europa ha acabado con
las tentaciones hegemónicas en su seno. Se ha agotado en ellas. En adelante
sólo sobrevivirá situándose a la cabeza de una cruzada contra la
hegemonía... deberá aleccionar a las nuevas potencias, con su propio
ejemplo, sobre la incitación ruinosa de los imperialismos” (8).
Por ello, entendemos que Europa debe ser
valiente y enfrentarse a la actual hegemonía Americana y a las que, sin
duda, el futuro nos traerá.
Conclusión
La construcción
de Europa se encuentra actualmente en tensión a causa de la
escisión en dos movimientos que siguen ritmos diferentes, el
de la economía y el de la cultura, mientras la política es un
apéndice del primero. La economía se mueve a una velocidad de
vértigo obsesionada por la extensión, la cultura se encuentra
paralizada y confusa, incapaz de alcanzar profundidad. Mientras
el pensamiento y el sentimiento no alcancen el protagonismo,
Europa será un fantasma sin identidad ni voluntad, impotente
víctima de su propia superficialidad y objeto de los intereses
materiales, pero no de un entusiasmo generoso, para los pueblos
que la integran.
El cambio de marcha
requiere otra política decidida a imponerse a los intereses económicos y
subordinarlos a la construcción de una verdadera comunidad humana. Por
desgracia, entre los políticos actuales no hay personalidades de talla
suficiente para protagonizar ese giro revolucionario.
* Presidente del Instituto Emmanuel Mounier España
(período actual y anterior 95-98), Ex Director de la Revista Acontecimiento, Licenciado en Ciencias Químicas. Reside en
Sevilla, España.
Notas:
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