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LA MUERTE Y LA EXPERIENCIA DEL SENTIDO
Ramón Horcajada Núñez* |
La
primera cuestión que hemos de plantearnos es la siguiente:
¿Qué es lo que se quiere decir con el término sentido?
Sentido significa algo por lo que merece la pena que yo
exista, algo a lo que me puedo entregar y por lo que vale la
pena vivir (Thielicke); sentido de la vida y fin de la vida
designan lo mismo (Kolakowsky); quien se pregunta por el
sentido de la vida, a saber, pregunta para qué se vive (Schaff).
En resumen: el interrogante que nos ocupa versa sobre el
adónde y el para qué de una existencia cuya dirección y
finalidad preocupan lo suficiente como para poner en marcha
todo un apasionado proceso inquisitivo (1). La posible
inteligibilidad de la respuesta a dicha pregunta no puede
sino descansar sobre el misterio del amor, pilar y
fundamento de la realización de la existencia, la cual no
puede ser abordada desde una visión solipsista del ser
humano. Pero, ¿cuál es nuestro punto de partida?
“Cada
persona es una radical novedad, imposible de reducir a otra
realidad dada… la creación (ahora sin Dios) se impone como
manera adecuada de descripción del origen de realidades
personales. La persona como tal se deriva de la ‘nada’ de
toda otra realidad, ya que a ninguna de ellas puede
reducirse. Si no la vemos como ‘creada’, nos resulta
literalmente inexplicable o bien parece reducida a lo que
virtualmente no puede ser: una cosa. Así, llamaríamos
creación a la innovación de realidad” (2).
Cada
persona es una novedad radical irreductible a ninguna otra y
como tal se puede afirmar que procede de la ‘nada’, pero con
la misma fuerza se afirma que su horizonte también es la
nada. El descubrimiento de esa finitud le lleva a
preguntarse por el significado y el principio de todo lo
que hace, y esa pregunta se torna en una opción de sentido o
sinsentido que acabará cristalizando en proyectos concretos
de realización personal o en el descubrimiento de la
vacuidad de todo. Pero la búsqueda de un principio funda el
sentido y el comienzo es punto de partida inaugural de un
porvenir. Un autor como Cioran llegan a dejarnos perplejos
cuando afirma: “…desde las profundidades surgía una voz
ansiosa de existencia… Una lucha con el ‘no puedo más’” (3).
Y desde la más profunda rabia clama a su alma: “¡A tajos y
mandobles acabaré con tus celos, celosa del cielo!” (4)
El
punto de partida es la pregunta por esa búsqueda de
principio inevitable. O lo que es lo mismo, como tan
insistentemente se ha afirmado desde el personalismo, el
fondo último de la estructura existencial humana es la
credentidad, la capacidad de dar crédito a la realidad,
porque la realidad, en su fondo, es creíble, digna de
crédito. Es decir, que la formulación de la pregunta por el
sentido es ya de alguien credente y esperante. Un mundo de
sinsentido presupone un mundo consagrado al sentido. Por eso
la pregunta por el sentido es una de las que el ser humano
no puede excusarse de formular. Desde que el hombre se
instala en la racionalidad, quiere no sólo ser y obrar, sino
además saber para qué es y obra, hacia dónde se encamina,
cuál es el desenlace de la trama en que se ha visto
implicado por el simple hecho de existir. Filosofar, decía
Lacroix, es suponer que el mundo tiene un sentido, es creer
en un sentido y considerarlo a partir de aquí como un texto
que hay que descifrar, una especie de lenguaje que es
necesario comprender.
El
sentido es lo más humano que existe en el hombre y es lo que
distingue al hombre del animal. Sólo como reflexión segunda
el hombre acaba en el sinsentido, pero lo primero es el
encuentro con el significado de lo que acontece. Otra cosa
es que reconocer la inevitabilidad de la pregunta no es
garantizar el carácter positivo de la respuesta. Pero tal y
como hemos afirmado, el hombre tiende naturalmente a acoger
la realidad, a aceptarla. El hombre aprehende la realidad,
sea consciente de ello o no, cual realidad fundada. De ahí
su estructura de credentidad. Estos rasgos pueden ser
deformados pero no por ello dejan de ser la urdimbre sobre
la que se asienta la condición de posibilidad de toda
existencia. Es más, tras la respuesta negativa o pesimista
también se esconde, como último resorte de la apuesta, la
gratuidad metalógica del acto de fe.
El
discurso de los profetas del desencanto es un discurso
también de fe, de que sea aceptado aquello en lo que ellos
creen. Tal y como afirma Carlos Díaz, el hombre se mueve en
la gramática del asentimiento (asentir/disentir es existir;
pretender sobrevolar las nubes de la sospecha o permanecer
en el piélago de la diselpidia no es una empresa
específicamente humana y por ende resulta imposible). El
hombre está hecho para la confianza, y el sesgo de esa
confianza es un hacia dónde. Confianza que descansa en la
capacidad racional del hombre ante la realidad (5).
Desde
el mundo de la psicología también esta búsqueda ha sido
subrayada por la logoterapia de Víktor Frankl, según el cual
‘la voluntad de sentido’, o la búsqueda por parte del hombre
del sentido de la vida, constituye una fuerza primaria y no
una racionalización secundaria de sus impulsos instintivos.
No sería un mecanismo de defensa. El hombre tiende
genuinamente a descubrir un sentido en su vida y a llenarlo
de contenido. Frente a Freud, Adler y K. Lorenz, Frankl
quiere destacar que lo que produce tanto la proliferación de
la libido sexual, como la voluntad de poder, así como la
agresividad, no es sino el vacío existencial. Lo más
propiamente humano es preguntarse por el sentido de la vida
y someter a crítica ese sentido. Y sólo cuando ese sentido
falta el hombre se ve arrastrado por el placer y la
agresividad (6). El ser humano estaría enraizado en el
esfuerzo por el mejor cumplimiento posible del sentido de su
existencia, la ‘voluntad de sentido’: “Nunca estaré
dispuesto a vivir por mis formas de reacción ni a morir por
mis mecanismos de defensa” (7).
Pero
demos un paso más. En la medida en que la significación
indica la dirección, implica el ideal y la esperanza, y
podemos dar el nombre de Porvenir a la significación; el
futuro es el sentido del presente. Es por esto, porque el
futuro es el sentido del presente, por lo que desde la
finitud descubrimos nuestra vida como realidad
‘semelfáctica’ (del latín “semel”, una vez, y “factive”,
posible, realizable. V. Jankélévitch recurre a este
neologismo para nombrar la originalidad de la existencia
singular, que es posible o realizable una sola vez) (8),
igual que la muerte. Sólo puede realizarse una vez. La
semelfacticidad de la muerte nos lleva a la semelfacticidad
de la vida. Deducimos de ahí que la irreversibilidad es
consustancial al proyecto, así es nuestro tiempo. Es la
imposibilidad de volverse atrás, la imposibilidad de vivir
esa experiencia del retorno temporal. Podemos volver a
lugares donde estuvimos, pero no a tiempos que ya fueron. No
podemos hacer con el tiempo lo que queramos, no es
manejable. El que deviene está atrapado en un proceso de
sentido único que es al mismo tiempo futurición y
preterición: no tiene elección. El tiempo nos impone un
sentido obligatorio.
Pero
la irreversibilidad expresa que cada instante es único, es a
la vez primero y último, expresa la novedad de cada
instante. El devenir es una perfecta continuación de
primeras-últimas veces cuyo punto final es la ‘primúltima’
(9) por excelencia, la muerte. Ella no tiene ningún sabor
anticipado, ya que es la gran desconocida, pero tampoco deja
ningún regusto, salvo por la experiencia de la muerte de
otro. De ahí que a lo irreversible se una lo irrevocable. El
hombre es libre de querer o no querer, pero una vez querido
algo, éste se inscribe en nuestra historia de forma
irrevocable. La muerte, es así, la condensación de lo
irrevocable-irreversible; es de la vida entera de lo que la
muerte nos separa.
Pero
¿qué pasa entonces con ella? La muerte evita que podamos
comprender la muerte, pero nos hace comprender la vida; el
instante de la muerte no habla más que de la vida vivida, de
la que extrae su sentido, explica lo que ha sido. Es luz
retrospectiva y, a pesar de la irreversibilidad, recapitula
lo que había sido al principio ininteligible, el camino por
recorrer. Esto puede provocar el deseo de salir de la rueda,
el deseo de romper con esta insoportable levedad del tiempo
y de las cosas, verse como un “infame jardinero de la nada”
(10). Pero también puede verse que lo irreversible y lo
irrevocable es una dura invitación a lo serio y a la
militancia. Cuando se acepta la persona como ser irrepetible
surge la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido
de su existencia. Un hombre convencido de su
responsabilidad, ante otro y ante sí mismo, no puede tirar
su vida por la borda sino que se ve como el ser que decide
lo que debe ser. Un individuo no puede ser reemplazado en su
función ni su vida puede repetirse. Su tarea es única como
única es la oportunidad de consumarla. La reflexión sobre el
sentido es una reflexión sobre el ‘deber ser’, reflexión
sobre la libertad y la responsabilidad.
El
hombre es cuestionado por la vida y, éste contesta de una
única manera: respondiendo con su propia vida, y esto sólo
es posible desde la responsabilidad personal, desde la
responsabilidad por la que uno se hace un ser respondente,
un ser de respuesta. Esta es la esencia de la existencia: la
capacidad del ser humano para responder responsablemente a
las demandas que la vida le plantea en cada situación
particular. No en vano, para Viktor Frankl el imperativo de
la logoterapia es: “Obra como si existieses por segunda vez
y la primera vez lo hubieras hecho tan desacertadamente como
estás a punto de hacerlo ahora” (11).
Y esto
nos lleva directamente al concepto de proyecto. El hombre,
desde el tiempo, es alguien llamado a la realización
personal, por eso su vida es proyecto. El ser humano es
alguien en tensión, la tensión existente entre lo que uno ha
logrado y lo que queda por conseguir, o la distancia entre
lo que uno es y lo que debería llegar a ser. Al elegir,
desde mi libertad y responsabilidad, esto o aquello me
elijo, cada vez, indirectamente a mí mismo, y me construyo
en la elección. Por eso insistimos en que la elección es
creadora. El mundo avanza y el hombre se forma.
Pero
en la perspectiva personalista, el movimiento que ejecuta la
persona no se cierra sobre ella (existencialismo) sino que
indica una trascendencia que habita en nosotros, una
trascendencia que se manifiesta en la actividad productora,
y ésta no es la soledad del hacerse. El ser humano no es un
sistema cerrado.
Los
actos más profundos surgen en mí como a pesar mío. Soy
aspirado hacia lo otro. Mi libertad misma me deviene como
dada, gustaba decir Mounier. La visión del hombre sin
sentido es la visión de un hombre cerrado en sí mismo, pero
la aspiración trascendente de la persona es la negación de
sí como mundo cerrado. La persona es movimiento del ser
hacia el ser, no es el ser, y sólo es consistente en el ser
que divisa. De ahí que Mounier hable de trascendencia y no
de impulso vital, porque éste no me lleva a nada distinto de
mí mismo. En Mounier el hombre es movimiento de ir siempre
más lejos.
Un
proyecto de sí mismo delante de sí mismo, por un ser sin
finalidad, carece de sentido para Mounier, no es una
verdadera trascendencia. Para él la trascendencia es
elevación, sobrepasarse. El hombre apunta siempre hacia algo
que no es él mismo. Por eso el hombre, propiamente hablando,
sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se
olvida de sí mismo. Y esa trascendencia no es objeto de
prueba ya que pertenece al mundo de la libertad. Su
certidumbre aparece en la plenitud de la vida.
No es
de extrañar entonces que para Mounier la persona sea una
conjugación de vocación, encarnación y comunicación. Existir
es constituir un cuadro de valores o abnegaciones respecto
del cual sabemos que la amenaza misma de la muerte no
prevalecerá con él (12), así como participar en un diálogo
comunicativo con mi prójimo, al cual accedemos desde la
libertad y, en la medida en que mi disponibilidad sea más
amplia, mi realización será más personal. El amor es el acto
por el que un ser se realiza a sí mismo, se crea a sí mismo,
en la disponibilidad absoluta. El sinsentido no sería otra
cosa sino renunciar a cierta creación que podría comenzar en
mí y de la que el otro sería el principal beneficiado. El
ser humano es realmente humano en la medida en que se
disuelve en el servicio a una causa o en el amor a otra
persona.
De ahí
que entendamos el sentido como una especie de luz que se
intuye. Con Mounier afirmamos que el sentido de la vida
es un impulso y una luz más que una dirección trazada (13).
El sentido nos lleva, nos conduce a algún lugar, es
direccional. Mi vida apunta a algo que no soy yo y a esto
debo ir descubriéndolo creativamente. Respuesta creativa a
una llamada. Vivir desde el sentido es testimoniar a una luz
que ilumina la existencia: “La vida es pasión en camino”
(14).
Nos
preguntamos por el sentido porque sentimos que vamos a
alguna parte. O lo que es lo mismo, el sentido no puede
darse, sino que tiene que descubrirse, tiene que
encontrarse, y es eso lo que testimoniamos con nuestra
‘creación’. La creación no es invención. Daríamos aquí una
segunda acepción al ‘sentido’ como ‘degustado’. Es decir, el
sentido ha de ser también ‘sentido’, saboreado, ‘sentido
sensitivo’, encontrarle un cierto sabor a la vida.
Por
eso la pregunta correcta no es si puedo dar un sentido a la
vida, como si lo que me encontrara fuera una masa deforme a
la que tengo que darle forma, sino que la pregunta correcta
es la del sentido de la vida, hacia dónde va mi vida,
sentido que descubro a cada paso respondiendo a la llamada:
llamada inmemorial que se hace presente en nuestra
respuesta, respuesta en la que se nos hace presente aquello
que nos llama. Y la llamada originaria sólo se oye en
nuestra respuesta creadora. Cuando uno responde es
consciente de quién y a qué llamaba.
El
sentido se encuentra respondiendo al susurro y los rumores
(15) que la realidad entreabierta deja escapar y que me hace
salir de mi tierra. Fuente sin fundamentación que brota de
algún lugar no asignable, sentido que espera ser menos
fundamentado que sentido y que es experiencia de una
verticalidad que nos sobrepasa y a la que nos sentimos
ligados (16). El sentido sólo está allí donde somos
atrapados, transportados fuera de nosotros mismos.
¿No es
algo fundamental del hombre la inquietud que le caracteriza
y que le lanza al Otro? ¿No es el enigma de la realidad
(Zubiri) sino el enigma de esa llamada que, como Carlos Díaz
afirma, no es sino gracia que convoca (vocatio)? El sentido
está ahí donde somos atrapados y transportados fuera de
nosotros mismos. La vida que tiene sentido es aquella que se
compromete con algo que la transciende. Inquietud: concepto
clave que resumiría muchos de nuestros interrogantes.
“La
inquietud es lo que mueve a crear un sistema con el fin de
aprehender lo real y sobrepasarlo sin cesar para volver a
constituirlo siempre. Una filosofía humana no puede ser una
filosofía de la conciencia feliz, ni una filosofía de la
conciencia desgraciada, sino una filosofía de la conciencia
inquieta. (…) El origen último de la inquietud es el
espíritu humano, el cual vive en el tiempo y a la vez lo
domina; no puede satisfacerse con nada temporal y, sin
embargo, tampoco puede escapar, en su devenir, a una cierta
temporalidad. Al comienzo de la inquietud existe una especie
de presentimiento de una Verdad eterna, que sólo puede
alcanzarse a través del tiempo: toda inquietud encubre una
alegría latente, del mismo modo que la verdadera duda
encubre una creencia más elevada. Si la inquietud constituye
el hecho más primitivo, más allá del cual no podemos
remontarnos, es que ella es el origen animador de todo
sistema. La inquietud revela el papel del espíritu que es el
de sobrepasar siempre a la razón, integrando, sin cesar, sus
adquisiciones. Pero si queremos comprender al hombre y
pensar en él no podemos prescindir de construcciones
racionales, de determinaciones objetivas: los sistemas son
los instrumentos de conocimiento necesarios que la inquietud
desprende de sí, a lo largo de su camino” (17).
La
inquietud constituye el hecho más primitivo más allá del
cual no podemos remontarnos. Y es que la existencia es
problemática, es realidad misteriosa, está siempre detrás de
mi pensamiento, detrás de mí como sujeto, por eso es un
misterio, por eso la última expresión sobre el ser humano es
impronunciable, porque él es también realidad misteriosa.
Desde esta “inquietud misteriosa” el hombre se tensiona y
sale de sí, rompe los límites de su naturaleza y se
extiende, tanto hacia dentro (en su intimidad) como hacia
fuera (en su realización y en el encuentro personal). Sólo
entonces llega la plenitud. Cuando uno se compromete por
completo a aquello a lo que sirve. Cuando se consagra
garantiza la autenticidad de su creatividad, y con ella la
autenticidad del sentido que realizo en mi vida.
El
sentido cristaliza en una adhesión y sólo es un valor
relacionado con la pureza y la profundidad de esta adhesión.
Desde la visión de sentido cada instante brindado es una
oportunidad para la realización, realización que es llamada
de un misterio fundamentado en el amor y en la fidelidad a
ese amor. Cada instante se convierte en un acontecimiento.
Lo que acontece se torna en cifra de ese algo que te lleva.
La filosofía supone un dato, y ese dato es el
acontecimiento, del cual emana un sentido y una orientación.
La realización es más una llamada que otra cosa. Así el
sentido se torna en puente que une limitación y plenitud de
ser.
Quien
ha descubierto esa llamada y su consiguiente fidelidad y
consagración puede saborear lo que es el amor: aquello que
te hace ser lo que por ti mismo jamás habrías llegado a ser.
Sólo una llamada amorosa hace que el amado ose ser lo que él
solo jamás habría osado ser (18).
La
respuesta, si está constituida en el amor, pone en juego la
totalidad de nuestro ser y nuestro devenir. Y quien se niega
a escuchar la llamada y a comprometerse en la experiencia de
la vida personal, pierde el sentido de ella, como se pierde
la sensibilidad de un órgano que no funciona (19). Se
convierte, como el mismo Cioran se define, en el
inutilizable por excelencia (20).
La
muerte da sentido a la vida porque la hace finita, y sólo en
la finitud nuestras opciones pueden ser radicales. Una vida
que se prolongara indefinidamente no tendría sentido. Sólo
desde la muerte la vida puede encontrar un sentido, y sólo
desde la vida puede encontrar sentido la muerte, ella “puede
ser el compromiso último que corona los compromisos
anteriores” (21).
¿Pesimismo? ¿Optimismo? Nos adherimos profundamente al
‘optimismo trágico’ de Mounier y a la ‘ternura herida’ de
Péguy.
“¿Es
el ser, es la nada, es el mal, es el bien, el que finalmente
ha de dominar? Una suerte de confianza gozosa unida a una
expansión de la experiencia personal inclina a la respuesta
optimista. Pero ni la experiencia ni la razón pueden
decidir. Los que lo hacen, cristianos o no, sólo lo hacen
guiados por una fe que desborda toda experiencia” (22).
Un
amor demasiado delicado se cierra en sí mismo porque no está
preparado para la parte trágica de la vida. La alegría que
se desprende de ambas expresiones no es la ‘felicidad
tranquila’ de la que tanto habla Mounier. Es una alegría en
las lágrimas.
No
podemos quitar ni un ápice a la fuerza destructora de la
muerte. La debilidad y el dolor están insertados en el
corazón del humanismo personalista, y la muerte con ellos.
Por eso el filósofo personalista camina por la vida ‘a
tientas’, guiado por esa luz o fe que desborda toda
experiencia, a la que acabamos de ver que hacía referencia
Mounier. Destino desgarrado y trágico.
El
amor da sentido a la vida pero la asunción del sufrimiento
es posible también desde la ‘voluntad de sentido’. En la
preocupación del hombre por el sentido de su existencia el
hombre es capaz de asumir el sufrimiento como ocasión de
cumplir el más profundo de los sentidos. Del modo de
soportar un padecimiento necesario depende que se esconda en
él un posible sentido. El sufrimiento puede ser ennoblecido.
Mientras que el homo faber se preocupa por el éxito o
fracaso, el homo patiens se mueve en las categorías del
cumplimiento o desesperación. Así este hombre puede
realizarse también en el fracaso. Cuando asumo un
sufrimiento, cuando lo hago mío, crezco, siento un
incremento de fuerza. Hay una especie de metabolismo, como
comentaba V. Frankl (23). Sufrir también es obrar y, por
tanto, crecer, madurar hacia su mismidad y, por tanto,
madurar en la verdad.
“El
que no aprueba alguna vez la dimensión terrible de la vida,
en una opción definitiva, el que no la acoge con júbilo,
nunca gozará de los inefables poderes de nuestra existencia,
quedará marginado y, a la hora de la verdad, no habrá sido
ni vivo ni muerto” (24).
La
aceptación del sufrimiento trascendido ‘en una opción
definitiva’, por algo o por alguien, no es masoquismo y
puede tener sentido. Es el sufrimiento convertido en
sacrificio. Se convierte en obra humana. De nuevo la
grandeza de la entrega, del salir de sí.
Por
otra parte, el fracaso puede ser la fuente más frecuente
para poder recuperar a la persona. El verdadero sentido del
fracaso está en que nos esforcemos en recobrar
incesantemente el dominio sobre nosotros mismos, en
reconquistarnos, es decir, en regresar cada vez más a la
causalidad originaria y engendradora cuya certidumbre es
consustancial a nuestra existencia misma. El ser humano es
un ser de tentativas y ahí radica la posibilidad del fracaso
(25).
Pero
la tensión trágica y la alegría existencial nos hacen seres
de respuesta, seres responsables. La fidelidad y el
compromiso, el ‘adsum’, convertirán esto en esperanza, el
tiempo encarnado adquiere su sentido definitivo en el tiempo
moral. Una filosofía del compromiso será inseparable del
absoluto y de la trascendencia del modelo humano. Esperanza
y ética caminan unidas en la pregunta por el sentido.
*
Licenciado en Estudios Eclesiásticos, Profesor de Filosofía
en Educación Secundaria y miembro del Instituto Emmanuel
Mounier de España. (Ver más en nuestro link de Autores)
Notas:
1) Ruiz de la Peña, J. L., El último sentido, Marova,
Madrid 1980, p. 17.
2) Marías, J., Antropología metafísica, Alianza,
Madrid 1988, p. 39.
3) Cioran, E. M., La desgarradura, Tusquets, Barcelona
2004, p. 91.
4) Ibíd., p. 99.
5) Díaz, C., Preguntarse por Dios es razonable. Ensayo
de Teodicea, Encuentro, Madrid 1989, p. 394.
6) Frankl, V., Ante el vacío existencial, Herder,
Barcelona 2003, pp. 9-38.
7) Frankl, V., El hombre doliente, Herder, Barcelona
2003, p. 16.
8) Jankélévitch, J., La muerte, Pre- Textos, Valencia
2002, p. 79.
9) Ibíd., p. 286.
10) Cioran, E. M., op. cit., p. 120.
11) Frankl, V., El hombre en busca de sentido, Herder,
Barcelona 2004, p. 131.
12) Mounier, E., El personalismo, Obras Completas III,
Sígueme, Salamanca1990, pp. 511-512.
13) Mounier, E., carta del 10 de agosto del 28, en
Correspondencia, Obras Completas IV, Sígueme, Salamanca
1988, p. 493.
14) Chrétien, J. L., La llamada y la respuesta,
Caparrós, Madrid 1997, p. 41.
15) Díaz, C., op. cit., p. 395.
16) Grondin, J., El sentido de la vida, Herder,
Barcelona 2005, p. 122.
17) Lacroix, J., Marxismo, Existencialismo,
Personalismo, Fontanella, Barcelona 1962, pp. 91-92.
18) Von Balthasar, H. U., Teológica I: Verdad del mundo,
Encuentro, Madrid 1997, p. 115.
19) Mounier, E., El personalismo, op. cit., p. 453.
20) Cioran, E. M., La caída en el tiempo, Tusquets,
Barcelona 2003, p. 83.
21) Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria,
Obras Completas I, Sígueme, Salamanca 1992, p. 379.
22) Mounier, E., El personalismo, op. cit., p. 519.
23) Frankl,V., El hombre doliente, op. cit., p. 253.
24) Carta de Rilke a la condesa de Sizzo, en Frankl, V.,
El hombre doliente, p. 257.
25) Lacroix, J., El fracaso, Nova Terra, Barcelona 1967,
pp. 71-89.
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