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ACOGER AL OTRO
Luis Rosa Invernón*
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1. Anhelar, esperar y actuar
“El Reino de Dios es lo mismo que si un hombre echara
la semilla en la tierra, y después ya duerma o esté despierto, de noche o
de día, la semilla brota y crece, sin saber él cómo” (Mc 4, 26-27).
El objetivo de este breve trabajo no es
otro que el de ser un medio más para la realización del Reino de Dios que
anunció e inauguró Jesús de Nazaret, y la forma en que pretende servir a
ese fin es la siguiente: trazar una visión honda del esfuerzo humano y
analizar dos actitudes típicas y tópicas que se pueden tomar ante dicho
esfuerzo.
En lo profundo de cada persona anida algo
indescriptible que la impulsa continuamente hacia delante, que la hace ser
a la vez que le exige que sea, que sea lo que está llamada a ser. Ese
hondón de la persona, profundamente dinámico, es como un punto de luz que
pide se anule toda opacidad para brillar en el mundo. Somos luz, como
afirma Domínguez Prieto, pero lo somos entre oscuridades. Todos estamos en
una situación ambigua: hemos sido atravesados por un anhelo de claridad
total, de diafanidad y transparencia, de iluminación, pero cada día vemos
la limitación de nuestra condición reflejada en el cristal opaco de
nuestras oscuridades. Que la luz venza a las tinieblas, ésa es nuestra
esperanza; y ésa es nuestra fe, pues la luz ya vino al mundo y las
tinieblas no la pudieron detener.
Entre la luz y las sombras estamos, esa es
la condición humana, ahí se juega la partida crucial de la vida. Somos para
la luz, y lo somos porque en lo profundo somos luz, más allá de nuestras oscuridades.
Pero nuestro vivir entre luces y sombras nos hace vivir anhelando, como
rotos por dentro reclamando una unidad que se siente como pérdida. Y el
anhelo, que es tensión hacia la luz, religación a lo originario, herida
religiosa, nos hace esperar. Somos esperanza que camina, pues esperar no es
estar parado sino moverse, comenzar a andar, salir al encuentro de aquello
que se espera, prepararse para ese anhelado encuentro. El esperar, como
dice Zambrano, es un trascender, un estar partiendo siempre en busca de
algo.
Ninguna acción humana escapa de esta
impronta metafísica, trascendental (en sentido kantiano). Toda acción
humana es posible porque somos esperanza de un futuro lúcido y translúcido,
en el que no exista opacidad, en el que no haya lugar para la
tergiversación, la opacidad y la mentira. Somos esperanza de verdad. De ahí
que el esfuerzo humano sea esfuerzo para la luz, esfuerzo hacia Dios que
encuentra su condición de posibilidad en Dios mismo. Podemos hacer porque anhelamos estar en Dios, que es la Luz verdadera, infinita y
absoluta.
Nuestro sentir más profundo, nuestro
sentir originario, es el sentir de esta necesidad, de esta situación: el
hombre es un animal menesteroso de plenitud, por eso su menesterosidad
nunca se apaga y siempre le impulsa a seguir hacia delante. Impulso, eso es
lo humano, impulso hacia Dios. Pero un impulso libre y débil, finito, capaz
de encontrar aquello que realmente anhela y capaz de confundir el objeto de
su anhelo buscando la plenitud de la luz en las sombras. Somos
inteligentes, y por eso podemos ser profundamente torpes. Podemos confundir
el sentido de nuestra acción, dirigir nuestros pasos hacia la niebla densa
de la mentira, y perder en el juego de la vida por falta de visibilidad.
Pero también podemos la luz. De hecho para eso hemos sido hechos para la
luz, para la plenitud de la transparencia, para el conocimiento pleno de la
Verdad, de Dios. No es algo que dependa de nosotros. Dios lo ha querido
así.
Cada acción de una persona es expresión de
Dios, pues en cada acción está Dios posibilitando la vida y la libertad a
la vez que haciendo de motor invisible de las acciones humanas, que no
podrían ser sin Dios, sin el anhelo religioso que las mueve. Lo primero, lo
que más hondamente caracteriza a lo humano, es el padecer esta condición
con respecto a Dios, esta necesidad que es, a la vez, una tremenda
vinculación: el hombre sólo puede ser entendido desde Dios. Lo primero es
el padecimiento de la condición, del vínculo, de la necesidad, y lo
inmediatamente siguiente es la acción, como respuesta a esta necesidad.
Hacer es buscar a Dios, más o menos ciegamente, más o menos acertadamente, hacer es, siempre y en todo lugar,
buscar a Dios.
Una buena mística de la acción nunca podrá
olvidar esto. Cuando miramos al mundo con sus tremendos desastres, con sus
guerras, con su oscuridad, solemos perder de vista esto. Es más, solemos
creer que el mundo, por estar como está, está lejos de Dios. Pero no hay
nada más próximo al mundo y a los hombres que en él habitan, que Dios. De
la misma manera que en el mundo no hay nada que no tenga que ver con Dios.
El hombre busca, torpemente, ser. A veces el dolor acumulado, la violencia
recibida, o la simple inclinación a la oscuridad, al pecado, hacen que los
hombres actúen en dirección totalmente opuesta a la que debieran. Pero esto
no quita que cada persona, en su interior, lleve inscrita esta llamada,
este sello, esta necesidad de luz que le hace actuar eléctricamente,
desarrollando en el mundo toda una gama de acciones mediante las que se
busca a sí misma, su verdad.
Lo que ocurre es que en el mundo no hay un
solo hombre, sino que somos, hemos sido y esperamos ser muchos. El esfuerzo
humano es esfuerzo personal y comunitario porque el anhelo humano de Dios
es un anhelo también personal y comunitario. Estamos llamados a vivir como
personas en una comunidad luminosa, armoniosa, buena. El esfuerzo por
alcanzar esta comunidad, este Reino de Dios que es el Mundo de la Luz y de
la Vida, es un esfuerzo comunitario.
El problema, que me parece muy urgente
porque afecta al día a día de cada persona, es la actitud que tomamos con
respecto a nuestro esfuerzo y, sobre todo, con respecto al esfuerzo de los
demás. Pues si es verdad que nos esforzamos gracias a Dios, será necesario
también que nos esforcemos como Dios quiere, que por otro lado es como
mejor nos viene, pues Dios nos llama a la plenitud, al reencuentro en su
luminosidad, en su seno. Y el caso es que, si es evidente que no siempre
dirigimos nuestro esfuerzo hacia la luz, es difícil precisar cuál es la
mejor forma de modificar esa oscura tendencia. Aquí propondremos una que
creemos muy efectiva, y que por otro lado no es nada novedosa: se trata de
pasar de la ley a la gracia en lo que se refiere a la acogida del esfuerzo
del otro.
2. El hombre ante el esfuerzo del otro: ley o gracia
Es verdad que el hombre es un animal
comprometido, pues está metido de lleno en la realidad, y no sólo
metido-insertado, sino también pro-metido,
es decir, metido en la realidad hacia
la Luz que origina e inunda todo. Esa es la situación vital de las
personas. Ahora bien, ante la limitación humana que nos hace tender al
pecado, a la oscuridad, a la negación de la vida, caben varias actitudes.
Aquí las he tipificado, de modo que aparezcan como dos modos de ser claramente
contrarios: actitudes de ley y actitudes de gracia.
a. Las actitudes de ley
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas,
que limpiáis lo de fuera del vaso y del
plato,
y por dentro estáis llenos de rapiñas y
codicias!”
(Mt 23, 25)
Las actitudes de ley se caracterizan por
no reconocer el esfuerzo por ser del otro, por no alcanzar a valorar su
realidad. Relacionarse con aquellos que me encuentro en mi vida bajo el
signo de la ley es colocarse en un punto de referencia impersonal-ideal
para, desde ese punto, juzgar a las personas. Lo característico de la ley
es el juicio. Juzgar es la acción básica de quien vive ejercitando
actitudes de ley. Los juicios sobre las personas, todos ellos, pueden
integrarse en dos grupos, que aquí llamaré juicios-sí y juicios-no.
Juzgar a la persona es pasarla por el filtro de la ley. Si tras pasar por
ese filtro la persona resulta inocente, podemos decir que ése es un juicio-sí; en cambio, cuando la
persona se ve condenada por el juicio realizado, entonces el juicio es un juicio-no, pues supone una negación
con respecto a la validez de la persona. Ahora bien, esta distinción es
profundamente engañosa, pues no sólo los juicios-no son perjudiciales para las personas, también lo son
los juicios-sí, que además inducen
al engaño. El problema es el siguiente: en ambos casos se valora a la
persona desde una instancia objetiva e ideal con la que la persona nunca
puede coincidir plenamente. El juicio con respecto a la ley hace ver a las
personas que nunca serán buenas con respecto a ese juicio, que nunca podrán
cumplir esa ley, que nunca darán la talla. El juicio tiene como
consecuencia segura la condenación del juzgado por parte de quienes juzgan.
Además, quien obra por cumplir la ley no obra desde una motivación interior,
sino desde la motivación que promueve la sanción que va asociada a toda
norma. El incumplimiento de la ley tiene unas consecuencias negativas para
el hombre, que sufre sanciones cuando actúa infringiendo las normas. La ley
es, por tanto, un no inflexible
sobre el esfuerzo por ser de las personas, un fuerte pisotón a su impulso
vital, un no a la vida y a la
libertad.
La ley es dureza: ojo por ojo y diente por
diente. La ley es exigencia. Quien mide a los otros continuamente desde
esta ley está continuamente exigiendo, reclamando, juzgando e
inevitablemente condenando. Asumimos estas actitudes cuando no paramos de
decir al otro lo que tiene que hacer o lo que debería haber hecho y no
hizo. Nos convertimos en jueces imparciales, implacables, en caballeros
defensores de la ley, a la que damos muchos nombres: responsabilidad,
madurez, humanidad, amor. Disfrazamos la ley con estos nombres para
aparentar cordialidad, cuando en realidad juzgamos desde un corazón frío
incapaz de sentir el sentir originario ajeno, inoperante a la hora de ver
en el esfuerzo del otro una auténtica aventura trágica en la que se está
jugando la vocación, y en ella la vida. Cuando vivimos desde actitudes de
ley solemos juzgar con frecuencia a los demás: “eres un irresponsable”,
“nunca haces nada bien”, “no hiciste lo que te dije”, “siempre me haces lo
mismo”, “no estás pendiente de nada”, “te lo dije”, “si me hubieras hecho
caso”... Todos estos juicios son, en su estructura oculta e interna, del
tipo “tienes que ser...”, juicios que critican el ser del otro y no su
actuar.
Por eso cuando juzgamos lo hacemos sobre
la persona, no sobre sus acciones, transmitiendo la negación de su dignidad
y de su valor; nuestra actitud le dice al otro que es alguien incapaz de
realizarse como persona. Le recordamos lo malo, nunca vemos lo bueno. Un
gramo de imperfección es capaz de ocultar una tonelada de entrega, de amor,
de esfuerzo, porque la persona que juzga continuamente está oscurecida por
dentro. No transmite la luz que le arde en lo más hondo de su realidad, la
tiene como apagada. Pero siempre podemos confiar en la fuerza de la luz,
que vencerá a las tinieblas siempre que creamos en ella, que la dejemos
pasar, que le abramos una ventanita. La casa de nuestro yo tiene muchas
ventanas para que nuestra luz y la luz de los otros puedan iluminar la
oscuridad del mundo. Pero es necesario que abramos esas ventanas y dejemos
salir y entrar la luz, que pueda también correr el aire. De lo contrario el
aire se enrarece y nos comienza a costar respirar.
Quien juzga se asfixia, vive en angustia
continua. Porque no sólo juzga a los otros; el juicio de su mente
implacable e inflexible (como la ley a la que entrega su vida y la de los
otros) recae también sobre sí mismo. Entonces siente lo que hace sentir a
los demás: se siente oprimido por el juicio de la ley, siente sobre sí la
condena de la exigencia a la que nunca podrá responder. Y lo sabe. Se sabe
incapaz y por eso desespera. Y en su desesperanza trata de huir de sí mismo
volviendo el juicio otra vez más sobre los otros. Quien vive desde las
actitudes de ley vive angustiado, es decir, vive un infierno. Se siente
dividido, pues no acepta ser quien es: no cumple con lo que tiene que
cumplir, esa ley implacable, objetiva, divina, y por eso no puede alcanzar
a amarse. No acepta, claro está, tampoco a los demás, pues no conoce a
nadie que coincida con la ley; y se siente continuamente juzgado por los
demás: «no juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7, 1).
Cuando vivimos desde actitudes de juicio
en sumisión a la ley idolatrada que creemos divina, estamos profundamente
pre-ocupados por agradar a los demás siendo lo que creemos que ellos
quieren que seamos, no siendo lo que realmente somos. La ley es juicio y
condenación. Es exigencia y frustración en el esfuerzo por alcanzar a
realizar la propia vocación. Quien juzga se encarga de mostrar siempre lo
negativo desde un pesimismo desesperanzado. Las actitudes de juicio
aplastan, desde su exigencia farisaica, el esfuerzo humano por ser. Son,
por tanto, inhumanas de raíz, en su mismo fundamento. Son farisaicas porque
exigen a los demás aquello que quien exige no es capaz de realizar, e
hipócritas porque son la realización de la mentira por la ocultación de lo
que se es. Quien juzga oculta lo que es porque no es capaz de aceptarlo, de
amarlo, y busca aparentar ser lo que no es, ser de acuerdo a la ley a la
que presta culto.
b. Las actitudes de gracia
“Bienaventurados los misericordiosos,
porque de ellos se tendrá misericordia”
(Mt 5, 7)
Ante el esfuerzo humano por realizarse, ante
ese impulso infinito de la vida que busca su lugar en el seno de Dios,
torpe o ágilmente, cabe una actitud diversa a la del juicio. Esta actitud
se caracteriza por estar más allá de la ley, que queda desbancada de su
trono divino y pasa a ser relativa a la persona. Son las actitudes de
gracia, que ponen en el centro a la persona, y subordinan a su valor y
desarrollo vocacional las demás realidades, por muy importantes que éstas
puedan ser.
Si las actitudes de juicio se caracterizaban
por rechazar al otro recordándole sus imperfecciones, su diferencia con
respecto a lo ideal-verdadero que era la ley, lo característico de las
actitudes de gracia es la acogida incondicional del esfuerzo del otro y en
la acogida de este esfuerzo por ser, la acogida de su propia realidad.
Acoger significa amar en lo que se es,
abrazar una realidad, valorarla en su dignidad. Acoger incondicionalmente
es llevar esta acogida al nivel máximo de profundidad, superando las
dificultades que a esta acogida pone toda imperfección humana. La acogida
incondicional es una respuesta plenamente opuesta al juicio condenatorio, y
además representa la respuesta adecuada y demandada por el esfuerzo humano
por ser. El impulso de la vida requiere de esta acogida para progresar,
para superarse y orientarse vocacionalmente. Por eso quien vive desde la
gracia sobre todo confía en la persona, en las personas, confía en que
puedan superar las dificultades que las agobian y angustian, el dolor y el
sufrimiento. Quien vive desde la gracia es un hombre de la luz, un hombre
que ya ha tenido experiencia de la victoria de la vida sobre la muerte y
que, desde esa experiencia, sabe que lo muerto es pasajero y superable, que
sólo la Vida permanecerá. Confía porque conoce que en lo profundo, y a
pesar de todas las actitudes de juicio y daño que se puedan tomar en la
vida, en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio,
como dice Carlos Díaz. Confía y por
eso es capaz de esperar, por eso vive esperanzado. Y esto es ser optimista
incluso en la tragedia de la vida, incluso en el núcleo mismo del
sufrimiento: ver lo bueno, resaltarlo y potenciarlo. No dejar que las
oscuridades nos impidan ver la luz que cada persona está llamada a ser, y
en ella a la Luz eterna; no permitir que los dones que Dios regala en cada
persona sean desperdiciados en el único lugar en el que pueden serlo: la
libertad que elige la oscuridad.
Ser desde la gracia es ser para la luz, y
serlo iluminando. Es encontrarse en una situación difícil y no mirar atrás
para reprochar los errores, sino poner la propia inteligencia y fuerza en
marcha para resolver el problema que se presenta. Quien vive desde la ley
vive para reprochar y recordar lo mal que se hizo o que se hace. Quien, en
cambio, vive desde la gracia, lo hace para ponerse al servicio del Reino de
Dios, cosa que se concreta en resolver los problemas humanos lo más posible
y lo más velozmente posible. Da igual cómo ese problema haya llegado a
formarse; no es necesario estar siempre buscando al culpable, pues no se
puede culpar únicamente a una persona de nada de lo malo que ocurre en el
mundo. De alguna forma el mal nos pesa a todos, y nos podemos ver a su
servicio en cualquier momento. Culpar a alguien desde una posición
farisaica de superioridad moral puede ser un grave error, pues ignoramos
qué experiencias y motivos han llevado a esa persona a actuar así. Y no
quiero con esto vaciar la responsabilidad personal que carga cada acción
humana. Pero esa responsabilidad es comunitaria además de personal, como
comunitario además de personal es también el pecado. Se trata de
convertirse en punto de reconciliación dentro de la red social, apagando el
mal que nos llega y transformándolo en bien que alumbre nuevas
posibilidades de humanización.
Si la actitud que corresponde a la vida
desde la ley es el juicio, la que corresponde a la vida desde la gracia es
el amor. Un amor que es compromiso con la luz, acogida del otro en su
esfuerzo por ser, de la fuerza más íntima de su realidad que lo lanza en
una búsqueda de Dios fundamental. Quien ama da antes de solicitar, antes de
exigir se entrega, y lo que recibe, por poco que sea, lo recibe con
agradecimiento; quien vive desde la ley sólo exige y nunca encuentra
suficiente.
Vivir desde la gracia es admirase ante la
vida, admirarse ante la realidad del otro que me encuentro en mi vida como
don, acogerlo como don, potenciarlo, amarlo. Es sentirse afortunado por
haber recibido la posibilidad de vivir, por encontrarse con los otros, por
ser capaz de amistad, de ternura, de superación, de entrega.
La gloria de Dios es que el hombre viva
desde las actitudes de gracia: agradecimiento, confianza, amor, esperanza
activa, servicio, alegría. Acoger el esfuerzo del otro en esta tarea de
gratificación de la vida es lo que nos corresponde si queremos que el Reino
de Dios vaya inundando desde dentro la realidad. Para que su agua brote de
la Fuente son necesarias nuestras manos. Para que su luz ilumine el mundo
son necesarias nuestras luces: «Vosotros sois la sal de la tierra; si la
sal se desvirtúa, ¿con qué recobrará el sabor? Para nada vale ya, sino para
que, arrojada fuera, la pisen los hombres. Vosotros sois la luz del mundo.
No puede esconderse una ciudad edificada sobre un monte; ni encienden una
lámpara para ponerla debajo del celemín, sino en el candelero, y alumbra a
todos los que están en casa. Así brille vuestra luz ante los hombres, de
modo que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en
los cielos» (Mt 5, 13-16).
* Licenciado en Filosofía y Diplomado en
Teología, Miembro del Instituto Emmanuel Mounier de España, grupo de
Málaga.
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