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PERFIL PARA UN ACADÉMICO CATÓLICO
EN LA
UNIVERSIDAD DEL SIGLO XXI*
Xosé Manuel Domínguez Prieto**
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1. ¿Cómo
caracteriza usted al joven universitario del siglo XXI (aspectos positivos
y negativos)?
El
universitario del siglo XXI suele
ser siempre el más privilegiado de los
jóvenes en cada sociedad al tener acceso al nivel superior de enseñanza y,
desde ahí, a los estratos laborales más elevados en su sociedad. Por ello,
suele por ósmosis ser reflejo de los valores propios de las clases sociales
más privilegiadas.
Comenzando
por los aspectos positivos, y con el temor de que lo que digo pueda
resultar una generalización excesiva, podemos decir que el universitario
actual es, en general, una persona que busca y alcanza una gran competencia
profesional, sensible a la situación ecológica del planeta y a las
injusticias sociales. Sin embargo, esto no le suele conducir a compromisos
concretos. En la práctica, salvo grupos pequeños especialmente militantes,
suele haber en los jóvenes universitarios una gran distancia entre lo que
piensan y lo que viven. Por otra parte, suelen ser de una pasividad grande,
incluso escépticos, en el ámbito de la política.
Muchos
son los que, durante su vida universitaria, defienden ciertos ideales, la
justicia, los derechos humanos, la necesidad de un mundo más solidario,
etc. Sin embargo, su formación académica no la orientan tanto a poder más
tarde trabajar por estos ideales sino a poder insertarse del modo más
ventajoso posible en el mercado de trabajo. Los ideales y valores humanos,
en la mayor parte de los casos, ceden a los valores neoliberales de
productividad, competitividad y consumo, que se asumen dogmática y
acríticamente. Sólo aquellos insertos en comunidades que viven algún estilo
e ideal de vida son capaces de ‘sobrevivir’ a esta imposición de los
valores neoliberales y economicistas. En conclusión, surgen dos tipos de
universitarios: los que se orientan en la práctica a poder ocupar un puesto
preeminente en la sociedad de consumo y en la economía de mercado, y los
que se orientan con su saber a poder servir a otros (lo que no significa
que sean menos competentes. Al contrario, suelen tener un motivo mayor para
ser los más formados y eficaces). Siempre hay que elegir quién se quiere ser y cómo se quiere
vivir.
2. ¿Por
qué se ha llegado a esto?
Sin
duda, el siglo XX trajo consigo un proceso de ‘desencantamiento’, de
escepticismo y pérdida de los grandes ideales. No sólo cayeron las grandes
ideologías (marxismo, anarquismo) sino también las grandes creencias,
especialmente las religiosas. No es que no haya creyentes, sino que la
secularización social ha sido tan intensa que incluso los creyentes creen
poco y orientan su vida práctica no tanto por sus creencias como por otras
nuevas, proporcionadas por el pensamiento que se ha impuesto en el mundo
como dogma único: el neoliberalismo economicista.
Bajo
esa perspectiva ha crecido el individualismo: cada uno vela por sus
intereses, desentendiéndose del bien común. El otro interesa en la medida
en que sirve a los propios intereses. Por otra parte, el liberalismo, que
inicialmente consistía en la defensa de las libertades individuales, se
convirtió, de la mano del capitalismo, en el instrumento de defensa de los
intereses de los más poderosos. De este modo, lo que se propone como ideal
de vida no es el bien común o la verdad, sino el bienestar: ésta es la base
del Estado de Bienestar como ideal de vida. Pero este ideal, que sólo
algunos alcanzan a costa de los más pobres, ha barrido cualquier otro ideal
de vida. Por ello, el universitario, en general, tiende a entenderse a sí
mismo como un aspirante a la ‘buena vida’ en el sentido de confort y alto
nivel de consumo.
3. ¿Qué
opina usted sobre la comercialización de las universidades en general y de
las humanidades en particular, en términos de ‘formación integral’,
‘excelencia educativa’ y ‘competitividad’?
Coherentemente
con lo anterior, la mayor parte de las universidades, incluso algunas que
se llaman de ‘inspiración católica’ (que más bien lo son de ‘expiración
católica’), se han convertido en eficacísimos instrumentos al servicio de
la economía de mercado. Todos sus esfuerzos están puestos en la promoción
de individuos competitivos que buscan poder insertarse eficazmente en el
mercado de trabajo. No promocionan personas sino piezas productivas para
poder rendir al servicio de la productividad empresarial. Por consiguiente,
estas universidades han renunciado a una de sus funciones capitales: la de
la promoción integral de las personas y la de formarlos para procurar un
mundo más justo y humano. Y, lo más grave, han reducido a las personas a
cosas, a elementos productivos.
Estamos
en tiempos de mucho profesor y poco maestro, de mucha aula pero poca
universalidad académica, de mucha información pero poca formación humana,
de mucho dato pero poca sabiduría, de mucha palabra y poco concepto, mucha
metodología y poca educación. Y es que se ha olvidado que, como dijo Edith
Stein, la educación es, ante todo, una cuestión antropológica. Si la
educación universitaria no está al servicio de la persona, no sirve.
4. ¿Cuáles
son las funciones que la Universidad no debe abandonar hoy menos que nunca?
La
promoción integral de la persona del alumno, la promoción integral de la
persona del profesor, estar al servicio del más necesitado y la presencia social
para promocionar una sociedad y un país más justo. No se estudia en la
universidad para provecho propio sino para que revierta esta sabiduría en
el bien común y la justicia social.
5. ¿Cómo
caracteriza usted el entorno académico de la universidad secular en el
siglo XXI respecto al cultivo de las humanidades?
Aunque
generalmente se distinguen ciencias de la naturaleza y ciencias del
espíritu, es decir, ciencias y humanidades, en realidad el saber y la
verdad no admiten divisiones. Sin embargo, el cientificismo que trajo
consigo el positivismo del siglo XIX impuso como dogma que sólo era saber
racional aquel empíricamente comprobable y matemáticamente expresable. De
esta manera, el saber humanístico (filosofía, teología, psicología, etc.)
eran relegados y catalogados como un saber de segundo orden, como
pseudociencias e, incluso, como falsos saberes. Esta concepción, aunque ya
superada por la epistemología, ha pervivido en la práctica. Y ha sido así
porque las ciencias y tecnologías tienen una ‘ventaja’ respecto de las
humanidades: su rentabilidad económica. En este tiempo de economicismo
ciego no se ve más allá y, por ello, incluso en universidades católicas, la
ausencia de cursos de filosofía y de teología en sus planes de estudio son
clamorosos. Se prefiere invertir en estudios informáticos, económicos,
administrativos o tecnológicos. Sin embargo, sin estudios humanísticos, es
la misma cultura la que se resiente. La ausencia de las humanidades ha
llevado a esta cultura cientificista a la más grave y profunda de las
barbaries. Y esta barbarie radica en que la ciencia y la técnica, sin su
referente humanístico, pierden su sentido, su fin, su norte, y se
convierten en saberes que se cierran sobre sí, dando lugar, en última
instancia, a un nuevo Leviatán, que devora a la humanidad en provecho
propio.
6. Cuáles
son las características que se requieren del académico cristiano para
incidir en esa realidad
En
el profesor cristiano la fe se hace cultura. Y esto es tanto como decir que
su saber, su hacer y su querer se ponen al servicio de las personas. Si la
persona, especialmente el pobre, es el alfa y omega del quehacer
intelectual del profesor cristiano, si la misión del profesor cristiano es
la promoción integral de las personas y de una sociedad más justa, no puede
ser su tarea un mero ejercicio académico o teórico. Ha de bajar de su
Olimpo para ejercer una diaconía, un servicio. Y este servicio, que es una
misión, es siempre humanístico. Aún más: personalista. Aunque sea profesor
de ciencias o de tecnología, de economía o de gestión de empresa, nunca
puede perder de vista que todo saber humano, si quiere ser humanizante,
libertador, instaurador de la justicia, sólo puede tener un norte: la
promoción de las personas.
Pero
esto, que juzgamos válido para todo profesor, lo es con más razón para el
creyente, pues la Iglesia y sus miembros sólo tienen sentido para la misión
evangelizadora.
Para
que el profesor cristiano pueda incidir en la realidad universitaria ha de ser fiel a su misión. Y esto
significa que ha de vivir su docencia no como un puro trabajo, sino como
una vocación. Una vocación que tiene como sentido profundo las personas a
las que sirve. Y, para ello, ha de vivir desde el silencio, desde la toma
de conciencia en el silencio orante de su misión, recordando una y otra vez
el para qué de su actividad. En
segundo lugar, esto no será posible si lo vive en soledad: vivir en
comunidad es esencial para el intelectual cristiano. Por último, aunque es
lo más importante, sólo será posible esta presencia testimonial y fecunda
desde la unión con Aquel que es la luz, desde la experiencia continua del
Acontecimiento de Cristo en su vida.
*
Entrevista al Dr. Xosé Manuel Domínguez Prieto para la Revista Signos
de los tiempos de México, editada por IMDOSOC.
** Doctor
en Filosofía, Director de la Colección Persona (Fundación Mounier),
Profesor de Instituto, Presidente
del Instituto Emmanuel Mounier de Galicia. Reside en Ourense, España.
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