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“Amarás al forastero como a ti mismo”

Publicado en la edición número Dos

Nuevamente una estocada del horror humano al corazón herido del hombre. Ya no sólo la renovación de la guerra absurda en Medio Oriente, sino la matanza indiscriminada de civiles inocentes en el Líbano de manos de Israel, nos obliga a reiterar un acto reflexivo - que pretende ser más que una simple lectura hermenéutica de la realidad - sobre el lugar de inhumanidad al que seguimos cayendo lastimosamente frente a nuestro estatuto de seres civilizados del siglo XXI que se piensan morales, que firman protocolos internacionales sobre derechos humanos, que vetan leyes a favor de la utilización de células troncales, aduciendo con ‘tranquilidad de conciencia’ que ‘no (se) soporta que se elimine una vida inocente’. ¿Hasta dónde llegaremos en cada nueva escalada de violencia y criminalidad de la mano de la hipocresía de los jeques del poder mundial, hipocresía convertida en acciones genocidas perpetradas con indiferencia fríamente calculada?

Cinco años han pasado desde que aquel fatídico 11-S pretendió justificar con sucesivas guerras la lucha contra el terrorismo, en una mascarada de la más cruenta escenificación mundial de la siempre vigente ‘ley del Talión’, que ciertamente no parece ser privativa de los herederos del pueblo de Moisés. Y las preguntas que nos hacemos parecen estar de más porque las respuestas saltan a la vista de todos: ¿acaso mejoró la situación en Medio Oriente tras cinco décadas de guerra casi ininterrumpida?, ¿terminó o disminuyó la escalada terrorista de grupos como Hizbollah o Hamas tras la bien acogida ‘cruzada contra el eje del mal’?, ¿se puede justificar el guiño de complacencia de las grandes potencias para con este nuevo atentado contra la paz? E incluso ¿se puede hoy tan siquiera esgrimir la palabra ‘paz’ sin blasfemar indignamente contra ella?

Mientras cada día se suman a la lista de cientos, más víctimas inocentes que mueren de la forma más atroz - habría evidencias de uso de armas químicas -, más civiles heridos y gente desplazada de sus hogares, el resto de la comunidad internacional no parece conmocionarse demasiado frente a este nuevo escenario dantesco de flagrante violación del derecho a la vida y a la paz, al menos no evidencia ni la alteración ni la emoción que se vivió durante el pasado mundial de fútbol que encendía la sangre de millones de personas cuando nada importante estaba en juego. Por cierto, dice la ‘actitud racional’, esta es la guerra de los otros y el odio de los otros, no es de nuestra incumbencia ni nos compete involucrarnos. Pero, ¿es ésta la racionalidad de la que nos vanagloriamos como occidente globalizado?, ¿qué tipo de racionalidad hemos construido que infernaliza todo aquello que no cuadra a sus fines, incluido el mismo ser humano?, ¿hasta cuándo percibiremos al otro, al forastero, lejano en el espacio y en el corazón, como ‘aquel cuya presencia me molesta’ y por ende ‘medio desechable’ para fines inenarrables?, ¿habremos, finalmente, de dar la razón a aquel ser privado de amor que fue Jean Paul Sartre cuando afirmaba que ‘el infierno son los otros’?

Si todavía, hermanos lectores de Persona, podemos retener en nuestra retina de lectores de utopía y en nuestro corazón que se resiste a convertirse en ‘corazón duro’, aquella ‘paz perpetua’ con la que Manuel Kant soñaba, postulando como imperativo moral universal el “obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como fin, nunca simplemente como medio” (Fundamentación de la metafísica de las costumbres), es hora de combatir, desde el lugar que le toca a cada cual, por una racionalidad política - discursiva y ejecutiva - sin fisuras ni dobleces, sin concesiones de inhumanidad, sin silenciosos permisos para matar, sin  ominosas hipocresías del más fuerte frente al débil incapaz de defensa, porque nunca ningún fin podrá esgrimirse como justificación ante los medios elegidos  cuando esos medios tienen rostro y corazón humano, y cuando el amor al forastero es el primer principio de humanidad.

¿Acaso el mandato de amar al prójimo (Lev 19, 33-34) no atraviesa tácita o explícitamente la conciencia moral de la humanidad desde la antigüedad veterotestamentaria, conciencia precisamente forjada a partir de la presencia del forastero en la comunidad judía así como de la memoria de su esclavitud en Egipto? Al respecto, ha escrito el filósofo judío Hermann Cohen estas palabras que nos eximen de comentario alguno: “El forastero es la causa de que haya surgido el mandamiento del amor. El ser humano fue descubierto en el forastero. El motivo primordial del amor es el amor al forastero. (…) Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente también de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano. Y esta exigencia es mayor cuando en este rostro no brillan ni lucen de preferencia los rasgos de la propia tribu. Mientras tanto, la problemática política se ha convertido en tribulación y, así lo esperamos confiadamente, también en la renovación de la historia universal. Pero el enemigo, incluso en la guerra debe ser respetado como prójimo. (…) Esto es el amor genuino, operante: simpatía hacia el extraño, que en cuanto tal ¡no me molesta sino cautiva mi atención! Pero, si la sensibilidad estética no es capaz de protegerme suficientemente contra la inhumanidad, entonces debe hacerlo la religión: amarás al forastero como a ti mismo” (El prójimo).