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Carrera contra la vida.

Publicado en la edición número Cuatro

La conciencia moral de los argentinos ha quedado lastimada por estos días por un hecho que bien podrían calificarse de macabro e inhumano aunque no a todos se les muestre de esta manera: los familiares de una joven deficiente mental oriunda de la provincia de Mendoza que queda embarazada tras haber sido violada ha exigido que la justicia avale la práctica abortiva en su hijo, siendo que en Argentina todavía están en toda su vigencia las leyes que defienden el pleno derecho a la vida del nascituro y en consecuencia penalizan su conculcación mediante el aborto.

Pero en este país de fuertes raíces humanistas y cristianas se está cada vez más cerca de ganar la carrera contra la vida pues el discurso político oficial - en donde incluyo a todos los ‘formadores de opinión’ que se prestan a su juego diletante y tramposo - opta claramente por inclinar el consenso de la ciudadanía hacia la aceptación de medidas pro-abortistas y contraceptivas mutiladoras que atentan, ya sin fachada de inocencia, contra el derecho humano más elemental que es el derecho a la vida que todo ser humano tiene por el sólo hecho de ser persona, antes o después de nacer. Hoy, con toda la información científica exhaustiva de que disponemos, que incluye imágenes vivas de la vida intrauterina y pese a todo tipo de chantajes pseudo intelectuales y claramente ideológicos, nadie puede negar que existe vida humana desde el momento primero de la fecundación así como nadie podría negar que lo que el abortista lleva a cabo es un crimen abominable sin atenuante alguno, aún en los casos más extremos y de más difícil aceptación cual el de la joven mendocina que nos ocupa. ¿Quién de entre nosotros, que estamos vivos porque se nos respetó en su momento el derecho a nacer, podría reprochar a su progenitora el hecho de haberle permitido el milagro de la vida? Salvo deformaciones patológicas terribles, la actitud sana de cualquier ser humano maduro que se pusiera en el lugar del nascituro debería ser no sólo la de acoger su nacimiento sino de cuidarlo y salvarlo tras él, pues nadie que se diga ‘humano’ puede consentir para los demás lo que no consienta para sí mismo, máxima universal de elemental humanidad.

¿Cómo no calificar de aberrante entonces la conjura entre el juez y el abortero quienes, tras pocas objeciones legales y ninguna objeción de conciencia, facilitaron la práctica abortista en esta madre intrínsecamente desvalida en su derecho a decidir por sí misma dada su insuficiencia racional, pero plena de derechos desde el momento en que participa de la dignidad de los hijos amados por Dios? El peor caso, el más extremo, el más ‘justificable’ desde la racionalidad ética sin Dios, es sin embargo el que expone ante todos la manifiesta voluntad de muchos argentinos proclive a dar vía libre a una ley que avale el aborto ingresando lastimosamente al triste catálogo de países asesinos de no natos, esos seres contra los que cargamos toda nuestra maldad acusativa - nuestro intrínseco egoísmo -  negándoles la gracia de ser.

Así las cosas y como imaginaréis sin mucho esfuerzo, los argentinos que tenemos la osadía de definirnos antiabortistas somos estigmatizados de retrógrados, oscurantistas, intolerantes y, concediéndonos ya demasiado, energúmenos rezagados en el carro de la historia por no resignar espacios de legitimación a esta aberrante cultura de la muerte cuya carrera contra la vida parece no tener límite alguno. Como algún profeta anunciara, la inversión de todos los valores y de todo sentido prevista hace tiempo alzando la vista hacia el horizonte del nihilismo se cumple hoy fielmente, incluso bajo la intachable fachada de los derechos humanos bajo cuyo amparo se argumenta falazmente que el derecho de la mujer al propio cuerpo legitima el derecho a abortar, como si ese hijo que lleva en su seno ‘fuera su cuerpo’ y no ‘habitara en su cuerpo’.

Como mujer no puedo menos que mostrarme estupefacta ante las mujeres que deciden matar el fruto que llevan en su vientre porque la maravilla de esa vida gestándose y nutriéndose de la urdimbre relacional madre-hijo es la experiencia co-creativa y amorosa capaz de plenificar y llenar de sentido hasta la existencia más triste y agobiante. Las mujeres que, por obra de la naturaleza, hemos perdido un niño en gestación sabemos del vacío infinito, carnal y espiritual, que nos embarga por mucho tiempo. Cuánto más compadezco a esas madres que deciden abortar cargando no sólo con tal vacío desgarrador sino con la conciencia atormentada de la acción cometida aunque se propongan esconderla o silenciarla con el ruidoso vértigo de una cotidianeidad mal entendida y peor vivida.

Pero no sirve buscar culpables en una cultura caricaturesca y absurda como la que vivimos, capaz de llenarse la boca con el discurso de los derechos humanos y al mismo tiempo  incitar al crimen bajo el triste argumento de que los hijos ‘no deseados’ constituyen un ‘grave problema familiar y social’ que se soluciona rápidamente legalizando tal crimen en el plano legal-jurídico y lavando así la conciencia social conspiradora de la violación del precepto humano primario que cabe sintetizar en el bíblico ¡no matarás! ¿Se lavará así también de todo rastro de sangre vital el corazón de esas tristes mujeres que rechazan el don de la vida y la maternidad abortando al hijo y abortándose ellas mismas como madres? ¿Hasta qué meta infame los argentinos y la entera humanidad continuaremos corriendo esta carrera contra la vida sin pagar las consecuencias más caras, que van desde la ya presente desertización de la especie humana hasta la insana autodeterminación de negar y aniquilar lo más sagrado que hemos recibido en herencia como hijos amados del Altísimo? La carrera contra la vida es la carrera contra la humanidad, aún de aquella ex futura a la que cercenamos su vida y su derecho a ser porque jamás verá levantarse el sol sobre el firmamento del mundo.