EMMANUEL MOUNIER Y EL PERSONALISMO

Publicado en la edición número Uno

Difícilmente se podría hablar de Mounier y del personalismo por él encarnado sin hacer referencia a su persona, a su génesis vital, a ese hombre que muere muy joven (1905-1950) pero que sin embargo ha legado para la humanidad no sólo unas ideas revolucionarias acuñadas bajo la impronta del personalismo comunitario sino un testimonio de vida, digno de ser conocido y seguido. Tímido y reservado en su actitud exterior, lleva sin embargo por dentro el fuego de los apasionados y de los místicos, aparentemente calmo por fuera pero vivo y atormentado en lo profundo, como el lago de montaña a cuya metáfora recurre para describirse a sí mismo: “ni una arruga en la superficie, una nitidez inhumana, pero el torrente ruge en el fondo y, si miráis bien, en esta superficie no hay metal ni espejo sino la fina piel de un ojo húmedo”(1).

Su vida fue un torrente de ideas y de acciones imbricadas de tal forma que sólo alguien que hiciera de la verdad su vida y de la vida su verdad, pudo haber gestado un movimiento filosófico y espiritual tan singular como fue la fundación de la Revista Esprit y el movimiento que a ella le siguió. Igualmente combatido por la derecha y la izquierda, así como por la misma Iglesia oficial en aquella inhumana Segunda Guerra Mundial, Mounier fue encarcelado en enero de 1942 acusado de liderar un importante movimiento clandestino en Lyon. Momento ante el cual reflexiona así: “Los agentes que nos arrestaron eran de la Seguridad General. Seguridad general sobre los egoísmos y los miedos; sobre los beneficios y los apaños, sobre la envidia y la pálida avaricia, seguridad personal, sofocamiento de todas las inquietudes personales. El cristiano se había instalado en la seguridad general. Era bueno lo que no perturbaba los ritos, malo lo que producía una pizca de inquietud, para mal o para bien. Cuando se han pasado diez años de la juventud corriendo sin gran riesgo por los caminos de la virtud de la inseguridad, ¿por qué habría de quejarse uno de recibir una visita un poco intempestiva de la seguridad general?”(2)  Así era el temple de Mounier: su espíritu no flaqueaba porque su ‘corazón estaba limpio y su conciencia recta’. Y desde la cárcel escribe: “Soy profundamente feliz por haber pasado por aquí. Un hombre necesita haber conocido la enfermedad, la desgracia o la prisión…” (3). Y como muchos grandes en la historia, aprovecha sus diez meses de cárcel para escribir su futuro Tratado del Carácter y también para discutir sobre Nietzsche con el médico del penal…

Sin querer hacer una semblanza hagiográfica de Mounier, sí hemos pretendido dibujar unos pincelazos de la persona que hubo detrás de su propuesta filosófica y vital, un lugar desde el cual podremos iluminar esta profunda relación entre el hombre y la filosofía, entre las actitudes personales y los valores que ellas detentan. Imposible una actitud de indiferencia ante Mounier que con estas palabras de su Revolución personalista y comunitaria nos compromete al desafío implicado en su apuesta personalista: “Nada en la relación del hombre personal y el mundo, evoca una armonía a lo Leibniz. La inseguridad, el cuidado, constituyen nuestra herencia. Nada deja prever que esta lucha pueda finalizar en un plazo determinado, nada nos induce a dudar que sea constitutiva de nuestra condición. La perfección del universo personal encarnado, supuesto esto, no es la perfección de un orden como lo quieren todas las filosofías (y todas las políticas) que piensan que el hombre pueda un día totalizar el mundo. Es, al contrario, la perfección de una libertad combativa y que combate duramente. Y así subsiste aún en las derrotas. Entre el optimismo impaciente de la ilusión liberal o revolucionaria y el pesimismo impaciente de los fascismos, el camino propio del hombre es ese optimismo trágico en el que encuentra su justa medida en un clima de grandeza y de lucha” (4).

Optimismo trágico y esperanza, actitudes y virtudes con que Mounier sabe instalarse en el difícil camino de la verdad hecha vida y acción, y que bien pueden ser pensadas como punto de partida existencial de toda su filosofía: “Partimos por una camino en el que sabemos que jamás estaremos desocupados, jamás desesperados: nuestra obra está más allá del éxito, nuestra esperanza más allá de las esperanzas. Nuestra acción no está dirigida esencialmente al éxito, sino al testimonio. Y, aunque estuviéramos seguros del fracaso, partiríamos de todas formas: porque el silencio ha llegado a ser intolerable. (…) El reino en que creemos existe desde este instante, si yo lo acepto, como un fulgor que me rodea. Es la esperanza una virtud presente, una sonrisa en las lágrimas, una brecha en la angustia” (5).

 

Mounier filósofo, creyente, místico

Filosofía, fe cristiana y mística troquelaron a fuego a este francés que supo conciliar como pocos el rigor filosófico y espiritual con las necesidades y desafíos arraigados en el personalismo, los valores eternos cristianos con las soluciones históricas, el amor divino con el amor humano. Pero vayamos por partes.
La formación filosófica del joven Mounier va unida a grandes personalidades de la época: primero con Jacques Chevalier (1924-1927) bajo cuya dirección funda un círculo de estudios católicos y se deja seducir por la filosofía de Henri Bergson, amigo personal de su maestro. Luego vendrá ‘el otro Jacques’ -como le llamaba Chevalier a Maritain- a quien frecuenta en las reuniones dominicales en su casa entre 1928 y 1933, entrando allí en contacto con un grupo selecto de intelectuales, especialmente católicos. Maritain queda gratamente impresionado con Mounier por “la nobleza de corazón, la profunda fe sobrenatural, el celo ardiente por la pureza en la acción intelectual” (6). De esta fecunda relación surge la Revista Esprit, bajo la dirección de Mounier y el patronazgo más o menos oculto de Maritain, pero no será una revista católica sino un prodigio de ecumenismo exigente donde creyentes e increyentes conviven armónicamente y en igualdad, sin por ello perder los cristianos su primacía espiritual. Esprit cobijaba por igual a católicos, protestantes, judíos, socialistas, libertarios… ¡Y qué decir de la calidad de sus colaboradores! Alain, Raymond Aron, Karl Barth, Georges Bataille, Julien Benda, José Bergamín, Georges Bernanos, Camilo José Cela, Yves Congar, Jean Danielou, Edouard Dolléans, Mikel Dufrenne, Henry Duméry, Jacques Ellul, Etienne Gilson, Jean Guitton, Georges Gurvitch, Emmanuel Lévinas, Claude Lévi-Strauss, Henri de Lubac, Georg Lukacs, Gabriel Marcel, Jacques Maritain, Francois Mauriac, Edgar Morin, Maurice Nédoncelle, François Perroux, Denis de Rougemont, Pierre Teilhard de Chardin… fueron algunos de ellos.

El reto a que se enfrentaba Mounier y la gente deEsprit era el de ser católicos en pie de igualdad con los no católicos, promoviendo así una nueva civilización en donde los cristianos no embarquen a la Iglesia eterna hacia ninguna obra política transitoria, como el comunismo o el capitalismo sino hacia la ‘primacía de lo espiritual’ que implica de suyo una actitud revolucionaria, una transformación radical completa y necesaria, personal y social, económica y moral. “Revolución espiritual, decimos, no es revolución de escritores o impotentes. Sólo buscamos una mayor fuerza para conseguir una mayor eficacia” (7). El término revolución choca al espiritualista, resulta intranquilizador y provocativo, pero eso es precisamente lo que Mounier pretende: una revolución sin armas ni violencia que comprometa e impulse a la acción, y la acción nunca es pura, ya lo sabemos. “Querer obrar y no abandonar en nada de sus principios o no mancharse las manos es una contradicción en los términos: expresa un fariseísmo egocéntrico, más apegado a su propia imagen que al destino común de los hombres” (8).

Acción impura, revolución espiritual, creyentes con increyentes, ecumenismo en ciernes, no pasaron inadvertidos y ante la inminencia de una condena vaticana a Esprit,Mounier y Maritain escriben un extenso informe, del cual extractamos el siguiente texto: “Para sacar a nuestro cristianismo de esta especie de gueto en el que intentaban meterlo, y para reencarnarlo en los problemas de nuestro tiempo, nosotros, unos cuantos católicos, nos hemos agrupado en el equipo de Esprit… Pero Esprit no es una revista católica. (…) Los colaboradores católicos deEsprit, tratando de trabajar siempre como cristianos, nunca han presentado tal o cual solución en tanto que cristianos, ni dejado entrever que sus soluciones era las únicas a las que los católicos pudieran adherirse… Todo nuestro esfuerzo doctrinal se ha enderezado a liberar el sentido de la persona de los errores individualistas y el sentido de la comunión de los errores colectivistas” (9).

Para Mounier, así como la tiranía del dinero oprime al hombre en su vida material la tiranía de las ideas -las ideologías- sofocan su vida espiritual. En una época en que el imperio de las ideologías hacía sentir toda su fuerza, el personalismo “quiere ser una línea de pensamiento que, consciente de la extrema problematicidad y complejidad de lo real, evita construir sistemas limitándose a proporcionar indicaciones y orientaciones para la lectura de los problemas, coherentes con los problemas que le son peculiares” (10). El personalismo se propone, por tanto, desenmascarar sus unitaleralidades tratando de preservar el núcleo de verdad presente en cada una de ellas. Los totalitarismos de derecha -el fascismo y el nazismo- son para Mounier una degeneración del liberalismo burgués que privan a la persona del espacio necesario para el desarrollo de su libertad, transformándola en siervo de la estatolatría. Sus supuestos parten de una antropología pesimista que postula que las limitaciones y errores del individuo se suplen con la figura de un ‘capo’, un jefe que las remedie. Ellas representan la derivación del mito burgués del dinero en el mito del poder típico de las ideologías, que legitima el descontrol y el despliegue de todas las fuerzas irracionales y violentas del individuo.

Asimismo, aunque encuentra algunos elementos convergentes entre las tesis del joven Marx y las del humanismo personalista, no puede dejar de advertir que el marxismo presenta al hombre desde una visión demasiado estrecha, reduciendo sus criterios a variables económicas. El personalismo comunitario de Mounier acepta y legitima algunos resultados de la investigación económica e histórica del marxismo pero lo rechaza en tanto sistema totalizante de lectura de la realidad, y cuánto más de la realidad humana. Si se pudiera hablar de lazos comunes sería correcto afirmar que ellos están constituidos por la lucha común contra el mundo del dinero y su tensión por la justicia. Pero Mounier no puede aceptar ni el materialismo que troquela a fuego la teoría marxista, ni el ateísmo que supone una desacralización del universo humano en claro detrimento de la idea de trascendencia y de apertura a lo Otro eterno, tan cara al pensamiento personalista. “El materialismo, como había dicho Maritain, hace de la causalidad material la única forma de causalidad. Ninguna revolución material es fecunda si no se orienta según la causalidad ejemplar, es decir, si no se orienta espiritualmente” (11). Ni marxismo ni fascismo deben ser aceptados, sino más bien denunciados: la ‘aspiración totalitaria’ de la izquierda, y la ‘exasperación del nacionalismo’, el antisemitismo y la xenofobia de la derecha. Caras habría de pagar Mounier sus denuncias.

Pues bien, ante la ‘mítica’ propia de las ideologías Mounier nos ofrece la ‘mística’ entendida en el sentido que Charles Péguy le daba: ‘doctrina o movimiento de acción en la integridad de su inspiración o en el fervor de su juventud espiritual, viva en corazones vivos’. Así, a las improntas de Chevalier y Maritain, debemos sumarle la más fuerte de todas, la de Péguy, que consumará para Mounier la mística realmente vivida en compromiso con la realidad. La tesis doctoral sobre los místicos españoles podía esperar (nunca llegó a escribirla), pero no Péguy a quien conocerá profundamente y le dedicará en 1931 una de sus primeras obras, El pensamiento de Charles Péguy. Mounier se sentía plenamente identificado con él y también retratado por él cuando en Jeanne d’Arc Péguy se refiere a las personas hechas para creer, escribiendo sobre ello: “su actitud hacia el mundo no es la actitud crítica (la tienen, ciertamente, pero en el plano de la cultura, no en el corazón), sino la actitud edificante (¡en activo, en activo!): todo les resulta bueno para seguir construyendo el edificio y aumentando la luz interior, no para volver a poner en cuestión el conjunto a cada momento. Esta solidez interior, por muy sensible que sea, me produce una continuidad, una fidelidad interior en mi conversación con el mundo, que me ha preservado de los trastornos continuos y de las desesperaciones” (12).

Pero también del bolsillo pletórico de los místicos españoles había tomado prestadas ciertas ideas, vitales para la conformación de su pensamiento. Ideas tan caras a la mística de todos los tiempos como vacío, nada, abandono, adquieren en Mounier un cariz especialísimo que, vertido en moldes antropológicos se transforman en las categorías de debilidad, pobreza, compromiso, disponibilidad, que pasarán a conformar el andamiaje de su lectura personalista del ser humano. “Para venir a serlo todo no quieras ser algo en nada”13 había dicho con belleza singular el místico Juan de la Cruz, instando al hombre a anonadarse, a entrar en el misterio de su propia nada para así dejar lugar a ese todo de humanidad trascendida que no ha lugar sin el previo vacío de sí, sin la previa pobreza. Y esto es así porque la persona es esencialmente respuesta, presencia, afirmación, pero no afirmación de sí, presencia en sí, sino abandono y esperanza. Porque el abandono y la esperanza son los dones de sí a un Dios trascendente y bueno en respuesta a su previa donación al hombre, implicando ellas el ‘desarme’ de la persona: la voluntad se relaja para abrirse al Abandono y sus proyectos son desaprobados para lanzarla a la Esperanza, decía Mounier. ¡Cuán distintas a las categorías de autonomía y autosuficiencia del desfondado y egocéntrico hombre moderno! Mounier incorpora las categorías del místico a las del filósofo que busca la comprensión profunda de la vida personal, hace mística desde la realidad más cruda, sin mistificar ni mitificar. Vale como expresión de ello esta larga cita: “Cierta religión de personas distinguidas tiende a evacuar de la memoria cristiana la soledad irrevocable, la presencia continua de la angustia y de la muerte (que, por el contrario exasperaba a la mentalidad medieval), el mordisco del sufrimiento y la lucha, que está en el corazón, no sólo de toda vida sino de todo amor. Por su teología, por su sensibilidad, el catolicismo es la antítesis misma de tal reblandecimiento del sentido religioso. La aspereza de su clima, tan próxima a su ternura, nutre también una ética de la lucha, del afrontamiento. En él el hombre bordea el vértigo de una nada real, y no ya mítica; la anulación de todo ser ante el infinito, que es la sustancia profética del mensaje de San Juan de la Cruz. (…) Nada, nada, nada, nada, san Juan de la Cruz repite rabiosamente esta palabra, como si rompiese un ídolo. Lanza a este fuego devorador del amor no solamente las ligaduras sensibles del alma extraviada, sino los gozos y las apropiaciones espirituales del alma que busca en los bienes del cielo unas satisfacciones de creatura, para que ella se encuentre, al salir de esa agonía infernal, enteramente purificada del pecado de apropiación” (14).

Es que para entender a Mounier es necesario adentrarse al sentido profundo de este desposeerse para ser-se, de esta expropiación total de sí mismo para apropiar-se en el Tú divino: “ser disuelto hasta los huesos y luego ser” (15). Unión absoluta de dos amores, el humano y el divino: esencia de la mística cristiana y casi de toda mística.

 

Mounier personalista

Pero Mounier no se quedaba en la desposesión teórica sino que la vivía encarnadamente desde su propia pobreza material que eligió como forma de vida. Predicar la pobreza y apostar por la pobreza fueron sus únicas armas, yo diría las más poderosas, las que le permitieron llevar la palabra al pobre, que sólo se haría posible desde la condición que la propia palabra se haga pobre. Valga esta paradoja: la riqueza de la palabra sólo alcanzará al humillado y al oprimido haciéndose pobre ella misma. Por eso no es posible entender esta apuesta sin las categorías del ‘compromiso’ (engagement) y ‘abandono’ (abandonnement) llevadas del plano de la mística al de la comprensión y la acción. Toda auténtica audacia se cimienta en el abandono y el personalismo está hecho para los audaces, para los que se arriesgan a abismarse a su propia nada, sin seguridades de ninguna índole pero con la confianza absoluta de los que se sienten pisando el terreno firme de la verdad. En palabras de Jean Marie Domenach: “En la base de la acción y del pensamiento deMounier está ese misterio de la pobreza, un misterio primeramente vivido, incorporado, antes de ser alargado en una visión general del hombre y la ciudad. Y es esta paradoja evangélica de la humildad glorificada, de la desposesión, la que introduce en el Reino, la que contiene un fermento revolucionario” (16).

Decir pobreza es también reconocer su contracara: riqueza, opulencia, avaricia. Es la dialéctica necesaria y eterna entre el desposeído y el que todo lo posee o quiere poseer. Es el reconocimiento inevitable de que la contraparte del pobre es el burgués, contra cuyo cáncer disolvente y parasitante es necesario luchar, denodada y testimonialmente, como lo hiciera Mounier. Es que esta enfermedad maligna se expande en el corazón del hombre, impidiéndole su cambio, su metanoia, su transformación profunda: el paso del individualismo al personalismo comunitario. “El burgués es capaz de todo con tal de que su Ego nadie se lo limite; está dispuesto a blindarse, y, si hace falta, a partirse en dos, sus cuentas con el diablo, su espiritualidad con Dios…” (17).

Pero la dualidad es malsana, nadie puede servir a dos verdades ni a dos señores, más bien una verdad dividida en dos no hace dos verdades sino dos errores. Y entonces el hombre se vacía de todo misterio y de todo sentido para entregarse a una seguridad y a una felicidad barnizadas con capas de educación, de poder y de dinero. El burgués es “el hombre que ha perdido el amor y que hace gravitar el universo de las virtudes alrededor de un pequeño sistema de tranquilidad psicológica y social: felicidad, salud, sentido común, placer de vivir, confort. El confort es para el mundo burgués lo que el heroísmo era para el Renacimiento y la santidad para la cristiandad medieval: el valor ultimo, móvil de la acción. A él se subordina la consideración y la reivindicación” (18). Ser personalista es, en suma, hacer de la pobreza la verdadera riqueza del corazón, heroísmo y santidad aliados desde la suma desposesión de sí, donde saber y querer se funden en la conversión que lleva a la salvación personal y comunitaria. Porque así se escribe la historia humana, aunque no siempre la historia de las ideas la haya reflejado plenamente. ¿Qué otra cosa ha pretendido el hombre en su milenaria marcha que querer saber para saber querer y con ello lograr convertir(se) para salver(se)?

Y el personalismo lo sabe, por ello no es una moda ni un sistema cerrado y abroquelado, sino un gran árbol con raíces que se hunden en la tierra y con ramas que se elevan al cielo y que siguen creciendo sin nada que las detenga. De la tierra, de la realidad, del ‘humus’ de lo humano, saca los nutrientes esenciales de siglos y siglos de tradición personalista en que el universo del ser personal se va haciendo carne y conciencia histórica. Del cielo, del horizonte de posibilidades de apertura y trascendencia, del ser infinitamente convocados a humanizar lo humano, extrae la savia necesaria para expandirse en los diversos modos de la comprensión personal en respeto absoluto a la libertad creadora, que dice verdades en la Verdad sin creerse dueña absoluta de ella. Es por eso que el árbol del personalismo es tan amplio y frondoso, gustando más a Mounier hablar de ‘personalismos’ que de ‘personalismo’, respetando sus distintas andaduras y sabores. “Nada ganarían con buscar caminos intermedios. Sin embargo se recortan sobre ciertas esferas de pensamiento, sobre ciertas afirmaciones fundamentales y sobre ciertas conductas prácticas, en el orden individual o en el colectivo”19. Quizás uno de los mayores méritos de Mounier haya sido el de ser un personalista cabal en su vida y original en su pensamiento, siempre concibiendo a su personalismo abierto a los personalismos, en clara actitud de respeto y amplitud de miras, sin aceptar dogmatismos cerrados pero tampoco relativismos sin verdad.

 

La realidad personal

No hace falta decirlo: los personalismos tienen en común a la persona, que nunca puede ser objeto ni tratada como objeto, y por lo tanto indefinible de suyo. La maravilla de la persona consiste en ser la única realidad que al mismo tiempo que podemos conocer la vamos haciendo desde dentro, no es ni una sustancia oculta ni un principio abstracto de realizaciones concretas, sino un despertar permanente que nos va liberando de la inercia del sueño vegetativo que nos ahoga y embota. En palabras de Mounier, la persona es “una actividad vivida de autocreación, de comunicación y de adhesión, que se aprehende y se conoce en su acto como movimiento de personalización”20. La vida del hombre es paradoja viva: la existencia personal es un llamado a ser persona, a ser conquistada incesantemente, pero al mismo tiempo un despertar a la conciencia de lo que ya se es. No en vano el ‘conócete a ti mismo’ socrático es la primera gran revolución personalista que conocemos en la historia. “La historia de la persona será, pues, paralela a la historia del personalismo. No se desarrollará solamente sobre el plano de la conciencia, sino, en toda su amplitud, sobre el esfuerzo humano por humanizar la humanidad” (21).

Si bien la historia del personalismo hunde sus raíces en el cristianismo y en la mística cristiana, es imposible desconocer la fuerte impronta del pensamiento judío, sobre todo en el siglo XX, representado fundamentalmente de la mano de Franz Rosenzweig, Martin Buber, y Emmanuel Lévinas. Muchos siglos de marchas y contramarchas debió sufrir la doctrina de la persona, para finalmente resurgir en el pasado siglo de la mano de pensadores de tan variada extracción como Buber, Scheler, Berdiaev, Péguy, Blondel, Jaspers, Marcel, Landsberg, Maritain, Stein,Nédoncelle, Nabert, Lacroix, Lévinas, Zubiri y el recientemente fallecidoRicoeur. Son sólo algunos de los nombres que integran el árbol del personalismo y en el cual Mounier merece un lugar central por haber arrimado el pensamiento personalista al compromiso comunitario y a la acción revolucionaria que esto conlleva. Si la persona es el eje del personalismo, no queda más que ir tras ella porque ella es en definitiva el centro de reorientación del universo objetivo; “nos falta hacer girar el análisis alrededor del universo edificado por ella, a fin de iluminar sus estructuras sobre diversos planos, sin olvidar jamás que no son sino aspectos diferentes de una misma realidad. Cada uno tiene su verdad unido a todos los demás” (22).

La realidad personal puede ser captada por muchos, aunque no por todos porque así como hay ciegos para la pintura, también hay ciegos para las personas con la diferencia que en cada una de estas formas de ceguera difiere el nivel de responsabilidad (23). A pesar que Mounier rehuye definir la persona, no por ello ha dejado de proponer una extensa e intensa descripción de la realidad personal que bien podría sintetizarse en esta especie de definición que él mismo hiciera: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser; mantiene esa subsistencia e independencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación” (24). Veamos qué quiere significar Mounier con estas afirmaciones:

- ser espiritual, significa que la persona es irreductible a lo puramente material, su realidad es transmaterial y su vocación es la eternidad. Pero así como el hombre es espíritu también está inmerso en la naturaleza que está llamada asimismo a humanizarse. La persona “es totalmente ‘cuerpo’ y totalmente ‘espíritu’ “ (25). Ni espiritualismo ni idealismo ni materialismo se llevan bien con el personalismo, ni unos ni otros dan respuestas realistas a la complejidad de la realidad personal: la persona es una existencia encarnada cuyo cuerpo es un factor esencial de su estar en el mundo, y su pesadez la lanza a tomar conciencia tanto de su finitud como de su servidumbre. “No puedo pensar sin ser, ni ser sin mi cuerpo: yo estoy expuesto por él, a mí mismo, al mundo, a los otros; por él escapo de la soledad de un pensamiento que no sería más que pensamiento de mi pensamiento. Al impedirme ser totalmente transparente a mí mismo, me arroja sin cesar fuera de mí, a la problemática del mundo y a las luchas del hombre” (26).

- ser subsistente e independiente adhiriéndose a una escala de valores, explica no sólo el carácter ontológico de la persona sino también su carácter axiológico. Nos adherimos libremente a una escala de valores y a partir de esta elección configuramos nuestra vida desde el compromiso conmigo mismo y con los demás. Una escala de valores es en palabras de Mounier: “primacía de lo vital sobre lo material, de los valores de la cultura sobre los valores vitales; pero primacía sobre todos ellos de esos valores accesibles a todos en la alegría, en el sufrimiento, en el amor de cada día, valores a los que, de acuerdo con los vocabularios, llamaremos, dando a las palabras una fuerza que las redimirá del desvaimiento, valores de amor, de bondad, de caridad. Esta escala se unirá intrínsecamente, para algunos de nosotros, a la existencia de un Dios trascendente y a valores cristianos, sin que nuestros restantes compañeros la consideren cerrada por la parte superior” (27).

- vivida en compromiso y en libertad responsable, lo cual no hace más que rediseñar el cómo de la vida personal, impensable de otro modo si la escala de valores que la sustenta se decide en libertad, lo cual obviamente no deja de recriminar la habitual ruptura humana entre el decir y el hacer, el pensar y el vivir. No se vive inercial o mecánicamente sino desde una libertad responsable y comprometida. “El compromiso -según expresiones de Carlos Díaz- es una vivencia comunitaria (con), en favor de un mundo nuevo (pro), hacia el que nos sentimos enviados (missio), y sólo es responsable cuando la palabra se convierte es respuesta (diálogo), y ésta a su vez únicamente cuando se traduce en responsabilidad por el otro. No es palabra si no responde a las exigencias reales, y no meramente verbales, de otra persona, de un tú, pues la palabra no es monológica sino dialógica. (…) Las palabras que no son respuesta y la respuesta que no es responsabilidad no es palabra humana, sino mera palabrería” (28).

- en una constante conversión unificada en una vocación, donde la palabra conversión designa el movimiento que debe ejercer la persona para superar su ley gravitacional opuesta, que ha sido recogida en diversos contextos y formatos por los filósofos: la diversión (Pascal), el estadío estético (Kierkegaard), la vida inauténtica (Heidegger), la mala fe (Sartre), la alienación (Marx). Es el hombre confundido en el tumulto de la alteridad sin rostro, de la vida inmediata sin proyecto y sin memoria, que lo lleva a la plena exterioridad deshumanizante, desplegada pero no conquistada. “La vida personal comienza con la capacidad de romper el contacto con el medio, de recobrarse, de recuperarse, con miras a recogerse en un centro, a unificarse” (29). Este recogerse implica la conquista activa de uno mismo que no se confía de la ingenua espontaneidad, pero tampoco se fía de encontrarse allí con un algo personal definible o inventariable. El misterio de la libertad nos expone al combate al descubierto sin falsas seguridades ni cómodas conciliaciones. Ni mi más íntimo secreto ni mi vida privada ni mi pudor agotan la verdadera conversión que envuelve superando la reflexión en mí y la proyección desde mí, pues ella es la respuesta intencional al llamado singular de mi vocación, en que yo mismo me hago respuesta para otros. Seres de paradoja, nos centramos, nos conquistamos, desplegándonos en lo otro y en los otros, pero también perdiéndonos para encontrarnos porque la condición del despliegue de la persona es el desposeerse permanente donde el ego se despolariza destruyendo el egocentrismo y construyendo la alteridad del encuentro personal y comunitario. “Recogiéndose para encontrarse, luego exponiéndose para enriquecerse y volverse a encontrar, recogiéndose de nuevo en la desposesión, la vida personal, sístole, diástole, es la búsqueda proseguida hasta la muerte, de una unidad presentida, deseada y jamás realizada. Soy un ser singular, tengo un nombre propio” (30).

Dicho todo lo dicho no podríamos cerrar este cortísimo preámbulo de la realidad personal, sin abordar brevemente lo que Mounier y los personalismos en su generalidad consideran el centro de la comprensión del universo personal, esto es, afirmar primaria y primordialmente a la persona como realidad relacional. ‘En el principio fue la relación’, dice el personalismo, queriendo significar con ello que la persona “no existe sino hacia los otros, no se conoce sino por los otros, no se encuentra sino en los otros” (31). La realidad radical es la persona con la persona, el hecho humano primario es relacional. Ni el filósofo que se encierra en el pensamiento ni el hombre que se encierra en el ‘yo’ hallarán nunca el camino hacia los otros. Son las otras personas las que me fundan, y esto desde la más tierna infancia donde el niño se descubre en la mirada de los otros, pero ya previa a esta mirada, el otro -siempre una mujer- me acogió en su seno y me hizo ser. Soy una presencia dirigida hacia el mundo y hacia las otras personas, de modo que ni me nutro por autodigestión, ni poseo sino lo que doy, ni me salvo en soledad, ni soy ‘yo’ sin el ‘tú’. Por eso el primer acto de la persona consiste en suscitar en otros una sociedad de personas, una comunidad que es ‘persona de personas’, donde costumbres, sentimientos e instituciones lleven el sello indeleble de la naturaleza personal.

El personalismo cree en la persona, por encima de todo, y aún cuando sabe de su miseria y de su capacidad para las peores aberraciones, sigue sosteniendo que en todo ser humano hay más cosas dignas de admiración que de desprecio, porque el indigno vale más que sus indignidades y porque quien lo ame lo rescata de su indignidad aún sin merecerlo (32).

Tratando de simplificar lo de suyo complejo y bello,Mounier resume los actos originales que fundan a la persona en estos significativos verbos, que describen pero también proponen:

- Salir de sí: “La persona es una existencia capaz de separarse de sí misma, de desposeerse, de descentrarse para llegar a ser disponible para otros; (…) sólo libera a los otros o al mundo aquel que primero se ha liberado a sí mismo” (33).

- Comprender: “Dejar de colocarme en mi propio punto de vista para situarme en el punto de vista del otro, (…) abrazar su singularidad con mi singularidad, en un acto de acogimiento y un esfuerzo de concentración. Ser todo para todos sin dejar de ser, y de ser yo…” (34).

- Tomar sobre sí: “asumir el destino, la pena, la alegría, la tarea de los otros, ’sentir dolor en el pecho’ “ (35).

- Dar: generosidad y gratuidad son las fuerzas vivas del impulso personal. “La economía de la persona es la economía de don y no de compensación o cálculo. La generosidad disuelve la opacidad y anula la soledad del sujeto, incluso cuando no reciba respuesta; (…) de ahí el poder liberador del perdón, de la confianza” (36).

- Ser fiel: “La aventura de la persona es una aventura continua desde el nacimiento hasta a muerte. Así pues, la consagración a la persona, el amor, la amistad, sólo son perfectos en la continuidad” (37).

Aún queda mucho por decir, sin duda, porque el personalismo no se agota en lo dicho y porque es mucho más que una filosofía, que una posición teórica frente a la realidad, porque lleva en sí mismo el germen necesario para ayudar al hombre a ser más hombre y con ello a humanizar la humanidad. El personalismo sabe que no hay saber divorciado del amar, porque el amar y el ser amados son las certidumbres más fuertes del hombre, y al sabernos amados, nos salvamos y salvamos al que amamos. Por eso decir ‘persona’ es decir ‘amor’ porque su mutua sustentación, aún en los tiempos de mayor oscuridad y huida, es la recreación continua de esta insuperable definición que supo esculpir en moldes eternos la palabra de Tomás de Aquino: “amor est nomen personae” (38). Si del amor venimos y hacia el amor vamos, ése es el horizonte de la luz que nos aguarda.

1 MOUNIER, E.: Carnets de 1933, Obras IV, p.463.

2 MOUNIER, E.: Febrero de 1945, IV, p.826.

3 MOUNIER, E.: 2 de febrero de 1942, IV, p.830-831.

4 MOUNIER, E.: Revolución personalista y comunitaria. (en adelante RPC) in Obras, Sígueme, Salamanca 1992.

5 Ibid.

6 PETIT, J.: Maritain/Mounier, 1929-1939. “Les grandes correspondences”. Ed. Desclée de Brouwer, Paris 1973.

7 MOUNIER, E.: RPC, p.353.

8 MOUNIER, E.: Qué es el personalismo, (en adelante QP) p.210.

9 El informe sobre Esprit a monseñor Courbe y al arzobispado de París puede leerse en Obras, IV, pp.665-678.

10 BOMBAZI, N.: Emmanuel Mounier: una vida, un testimonio. Fundación Emmanuel Mounier. Madrid, 2002. p.106.

11 DÍAZ, C.: Emmanuel Mounier (Un testimonio luminoso). Ed. Palabra. Madrid, 2000. p.82.

12 MOUNIER, E.: Obras, IV, p.481.

13 SAN JUAN DE LA CRUZ: Subida al Monte Carmelo. I, 13. 11.

14 MOUNIER, E.: Personalismo y cristianismo, in El personalismo. Antología esencial. Ed. Sígueme. Salamanca 2002. pp.558-559.

15 Ibid., p.560.

16 DOMENACH, J.M.: Emmanuel Mounier. Ed. du Seuil. Paris 1972. pp.22-23.

17 DÍAZ, C.: “Pobreza viva contra miseria y riqueza” in Imágenes de la fe, Nº 392. Ed. PPC. Madrid 2005, p.7.

18 MOUNIER, E.: Manifiesto al servicio del personalismo.

19 MOUNIER, E.: El personalismo, in El personalismo. Antología esencial. p.676.

20 Ibid., p.677.

21 Ibid., p.678.

22 Ibid., p.684.

23 Cfr. DÍAZ, C.: Op. cit., p.248-249.

24 MOUNIER, E.: Manifiesto al servicio del personalismo en El personalismo. Antología esencial. Ed. Sígueme. Salamanca 2002. p.409.

25 MOUNIER, E.: El personalismo. p.687.

26 Ibid., p.693.

27 MOUNIER, E.: RPC, p.113.

28 DÍAZ, C.: Op. cit., pp.250-251.

29 MOUNIER, E.: El personalismo. p.709.

30 Ibid., p.714.

31 Ibid., p.699.

32 Cfr. DÍAZ, C.: Op. cit., p.252.

33 MOUNIER, E.: El personalismo. p.700.

34 Ibid.

35 Ibid.

36 Ibid.

37 Ibid.

38 “El amor es el nombre de la persona”.