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SOBRE LA POCA FE
(A PROPÓSITO DE ALBERTO WAGNER DE REYNA)
Inés Riego de Moine*
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“El
escoger como sujeto de estas meditaciones la fe - concretamente la poca fe -, tema cuya importancia no puede
ser puesta en duda, no significa que me parezcan de poca monta otras
preocupaciones propias de la ‘situación espiritual de nuestro tiempo’, como
son la necesidad de la Redención por el sacrificio del Hijo de Dios (de
inagotable profundidad y permanente actualidad), y, en otro orden de cosas,
la miseria lacerante que viven muchos de nuestros contemporáneos
(responsabilidad que pesa sobre la humanidad entera), el sacrificio y
martirio de quienes se atreven a confesar su fe en determinadas regiones
del globo (que reclaman solidaridad más cálida y efectiva que la que
practicamos), el dolor y desamparo de hombres y mujeres que nada pueden
esperar de la vida - por vejez, enfermedad o marginalidad - (que no sabemos
sentir como propios y buscamos remediar por interpósita ‘caridad’), la
defensa de la vida humana en su integridad (urgentísima en la ética
vacilante de nuestros días), la hipocresía en materia de política
internacional de quienes se esfuerzan por vender armas y predican a los
compradores la paz y la austeridad, o quienes, en terreno jurídico,
proclaman los derechos humanos y en la práctica los conculcan por medios
directos o indirectos, y tantos otros problemas espirituales y materiales
que reclaman ser estudiados o resueltos, y hieren la conciencia cristiana
pues son vitalmente insoslayables y fundamentales en la complejidad
planetaria de hoy” (1).
Valgan
estas elocuentes palabras del cuño de Alberto Wagner de Reyna para mostrar de
un solo golpe la recia humanidad de este humilde pensador peruano cuya
memoria queremos honrar hoy tras haber partido de esta vida el pasado 9 de
agosto de 2006 en su casa de París. Fue este dilecto hijo de Iberoamérica
alguien que desde su intachable formación filosófica con los maestros
alemanes - incluido Martin Heidegger - no tuvo empacho en declararse
pensador cristiano, hondamente preocupado por los problemas que aquejan al
hombre contemporáneo pero también por ser testigo cualificado del singular combate
personal e histórico al que nos exponemos hoy cuantos, considerándonos
convocados al pensar, optamos por el sí a Dios. Una opción que pocos se
animan a pronunciar desde la tibia vereda que define al filósofo de
nuestros días, hoy más ocupado en mantener asegurado su métier que preocupado en
comprometerse con la humanidad y la verdad, y por ellas con la entera
realidad. Por el contrario, Wagner de Reyna aceptó el desafío del sí al
Dios del cristianismo exponiéndolo al desnudo en su obra escrita y en su
vida, sin escatimar la confrontación sólida y despojada con todo aquello
que se le mostraba conflictivo o antagónico a sus propias convicciones de
filósofo y a su fe de cristiano cabal. Fue ésta su “lucha con el Ángel y
con el logos” la que forjó su temple
de pensador excepcional, lanzado hacia la altura de la idea filosófica pero
abajado en la humildad del sabio que se sabe pobre y limitado en su razón,
y escucha lo que la poquedad de la fe le dicta. Las páginas sabrosas de La poca fe - escrita en 1993 - son testigos de ello: “Quienes las
lean vendrán a verme en mi covacha, visitarán a quien lucha por depurar y
afirmar lo que, gracias a Dios, cree en conciencia, mientras conserva los
pies asentados en el polvo movedizo del siglo, aunque el corazón (sede del
pensar clásico) se le salga, apremiado por nostalgias eternas, por la boca
y la pluma” (2). A esta invitación, entonces, responden las meditaciones
que a continuación nos ha sugerido su inquieta pluma.
Una fe en crisis
No
es ninguna novedad que la crisis de la fe se ha instalado definitivamente
en el horizonte de Occidente. Ni tampoco se hace necesario apelar a
estadísticas ni censos para darnos por enterados de que la práctica
religiosa cristiana ha retrocedido a pasos de gigante en los últimos sesenta
años - por decir una cifra de tiempo, siempre incierta y movible -, aunque
las diversas regiones y ambientes de nuestra aldea global matizan las
magnitudes de este fenómeno y acotan su generalización. Pero la mirada
filosófica que busca la buena síntesis hermenéutica en la verdad no puede
dejar de reiterar la causa más raigal de esta crisis, harto conocida por
todos: desde que el hombre de la modernidad ensalzara a la razón como su
deidad favorita provocando, entre otras graves consecuencias, el ascenso
del nihilismo en el último siglo seguido de un previsible y vertiginoso
descenso de la creencia religiosa heredera de Cristo, ya no más se pudo
concebir la centralidad de lo humano - que afecta a la centralidad de la
cultura occidental, por cierto ya más global que hemisférica - en el Dios
Persona y Amor revelado en la gran tradición judeo-cristiana.
Como
afirma sin titubeos nuestro pensador: está claro que el hombre de Occidente
asiste a una especie de fatiga de la
fe, como forma de agotamiento cultural que lo traspasa integralmente y
lo define en su constitutiva temporalidad e historicidad. “Esta realidad,
comprobada día a día, aquí y allá, humanamente sentida, no se refiere
solamente a la concurrencia de los fieles a la iglesia y otros actos tangibles
y externos de comprometimiento confesional, sino señala una evolución más
honda. En muchos casos observamos un apartamiento de la religión misma, en
otros una respetuosa frialdad frente a ella, a veces una aceptación
selectiva de creencias y deberes, que deja de lado dogmas y preceptos que
se antojan anacrónicos o por demás rigurosos, para admitir únicamente
aquellos que ‘corresponden’ a la época. ¡Cuán lejos estamos de aquellos
tiempos de las primeras centurias del cristianismo, en que hubo que condenar
al montanismo, que predicaba la búsqueda del martirio, testimonio
sangriento de la fe!” (3)
Se
habla de la era post-cristiana, a la que se accede desde la modernidad
(también hoy declarada ‘post’), desde que ella decretara la autonomía de la
razón, la auto-fundamentación de un sujeto desvinculado de sus fuentes, el
nihilismo teológico, metafísico y moral y, por ende, el desarraigo y la
des-religación del hombre. Cabe ahora preguntarnos: ¿asistimos también a
una era post-religiosa? Sin duda las respuestas que demos como occidentales
no valen para Oriente, ni menos para Oriente Medio donde el factor
religioso encaramado en el político cobra cada día más vehemencia y
conflictividad, aunque ello revele a todas luces una religiosidad mal
entendida y peor vivida, donde fundamentalismo, ortodoxia y fidelidad se
confunden pasmosamente. Tampoco ignoraremos los reductos de religiosidad
viva de numerosas comunidades occidentales, sobre todo iberoamericanas,
señaladas por Wagner de Reyna como “el reservorio espiritual de Occidente”
(4), mostrando en ello el pulso de optimismo esperanzado para con
Iberoamérica que caracterizara su discurso (5).
Reconociendo
este cuadro de situación cuyo escenario paradojal parece incontrovertible,
cabe hacernos la pregunta central: ¿en qué consiste esta fe en crisis o esta crisis de la fe? Por empezar digamos
que crisis de fe no significa ausencia de fe, pues sólo puede estar en
crisis lo presente, lo vivo, dando ello asimismo lugar a considerarla en su
raíz etimológica - kri - que
comparte el mismo origen de juzgar y crecer. Todo crecimiento denota
crisis, aunque no necesariamente toda crisis conlleve crecimiento, porque
justamente el estado de la fe en crisis nos induce a inferir su mengua o su
tergiversación. En este sentido, nos advierte Wagner que la crisis de la fe
adviene a Occidente desde dos fenómenos puntuales de muy antigua data,
ambos reconocidos por la historia de la filosofía aunque no lo
suficientemente recalcados hoy: por un lado, la desvalorización del pensar
mítico-religioso ampliamente difundida en los discursos masivos y
culturales, explícita o subliminalmente; y de otro, la radicalización del
racionalismo cuyo máximo exponente es el discurso cientificista sin macro
referentes y sin fundamento trascendente alguno alcanzando su meta práxica
y axiológica en el paneconomicismo reinante, valor de valores en las
actuales sociedades consumistas. Obsta inferir que ambos fenómenos
conjuntados produjeron un giro copernicano en la mentalidad, valores y
fines del hombre occidental, originariamente aunados en su raíz religiosa y
mística (6) como lo atestigua la misma historia del pensar, incluida la
historia de la autoconciencia recognoscitiva humana. Tesis original del
filósofo peruano sobre la que vale la pena insistir estudiándola en
profundidad, de modo que sus delicadas aristas viertan algo de luz en la
terca opacidad reinante.
“Esta
desvalorización - aclara nuestro pensador - alcanza a la religión,
considerada únicamente como fenómeno que se produce en el horizonte mítico,
olvidando que constituye precisamente su sublimación y superación. (…)
Aunque pudiera parecer lo contrario si sólo se toma en cuenta,
superficialmente, el hecho del apartamiento de las multitudes de la fe y la
práctica cristianas en Occidente, la crisis de la fe constituye un fenómeno
que se encuentra en las antípodas de nuestra sociedad actual, consumista y
cientificista. Es diametralmente diferente, pero por ello mismo ubicada en
la misma línea que pasa por el centro - el corazón - de nuestro tiempo.
Ambas crisis radican en el logos,
que en su forma primigenia y unidad positiva y fundante, abarca lo
conceptual y lo mítico, pero que se escinde en dos ramas que se apartan una
de la otra, hasta extremarse en una diferenciación antagónica” (7). Es la
crisis del logos mismo - una
archipalabra proscripta hoy tras una larga y atormentada historia cuyo
despejo no nos corresponde elaborar aquí - que ha estigmatizado y
cualificado la crisis de la persona cuyo status nascendi tiene como arista fundamental el magno fenómeno
contemporáneo de la poca fe.
En
suma, para entender cabalmente el porqué esencial de la crisis de fe es
necesario retrotraerse a las raíces ocultas de la crisis del logos, mostrada magistralmente por
Wagner en toda su complejidad aunque, en este corto escrito sólo las
indiquemos, crisis que va desplegando cual matriz generadora las más
recientes - situadas a comienzos del siglo XX - crisis de la conciencia y
crisis del humanismo vertidas a su vez en la crisis integral de la persona
y de la idea misma de hombre que manejan las diversas disciplinas
antropológicas, incluida la de su negación y muerte en el discurso casi
lineal que va de Friederich Nietzsche a Michel Foucault (8). Si la crisis
de la fe halla su contrapunto en la crisis del logos, es porque éste es la esencia y cualidad específica del
hombre, entendida ella desde la hermenéutica viva y cordial del Logos agapeizado. ¿Cómo habrá de
comportarse un hombre escindido de sí mismo, descuartizado en su interior,
confundido entre tantos cantos de sirena prometedores de felicidad y
verdad?
Una
vez más, la respuesta wagneriana anida en la misma fe sacando de ella más
esperanza que abismo desolador, más confianza que aporía irresoluble: “En
Cristo culmina la revelación - es decir la verdad -; en él habrá de regenerarse
el logos, esto es: generar de
nuevo su unidad positiva, unidad que humaniza, y por ello antídoto de la
deshumanización que nos aqueja. Se puede decir que la crisis de hoy - de la
razón y de la fe - es una crisis lógica, pero no en el sentido de la lógica
abstracta de las escuelas, sino de aquella que constituye la esencia y
verdad honda de lo humano, aquella que lo vincula al Logos increado del Creador. Por allí va la senda que pueda
sacarnos de la encrucijada, de la aporía, del abismo. Pero el más difícil
de los caminos, como lo fue el de Damasco, es el escarpado, angosto y
doloroso camino de la verdad” (9).
El hombre de fe
De
rostro bifronte, caudal y sequía, la fe verdadera no es algo sobreañadido a
la existencia, algo que se asume como un ‘valor’ más, como tantos otros que
se toman o se dejan durante el tembloroso itinerar humano. Ser una persona
de fe implica cualificar integralmente la propia existencia; habla de una
adhesión y un compromiso que involucra a todas las demás decisiones humanas
exigiendo la regla de oro de la coherencia que condena la hipocresía, la
tibieza, las máscaras de ocasión, en definitiva, el divorcio entre obras y
fe. La fe nunca puede ser adjetiva, tangencial, sino absolutamente
sustantiva, constitutiva de la persona, pues ella define su ser más íntimo,
su hondón o centro al decir de los místicos, siendo Dios mismo su
fundamento y morada. “Al conferirle una nueva vida - la vida sobrenatural
-, al proyectarlo en una nueva dimensión - la dimensión de la gracia -, la fe
anida en la esencia misma del hombre, como semilla de perfección” (10). Y a
su cualidad de no-adjetiva se la añade la de no-individual, pues la persona
es esencialmente relacional, “consustancial ser-para-otro”, que sólo puede
plenificarse en la comunidad de personas que se consuma en la comunidad del
cuerpo místico de Cristo, misteriosa realidad de la Iglesia que funde en un
mismo abrazo religante a todos los creyentes en la anagógica filiación
divina. Como aquí, la veta personalista de Wagner sale a relucir no pocas
veces en sus escritos, aunque su regia impronta antropológica heideggeriana
se interponga en ella cual obstáculo prejuicioso en su discursividad
filosófica, no así al abordar los temas inherentes a la fe donde enlaza con
maestría y arrojo la descripción fenomenológica con la hermenéutica
iluminada por la razón cálida y cordial de aquel logos originario que
cobra en él plena vigencia.
Pero hablar de la fe impone un doble
señalamiento: el del ideal a que ella aspira y el de su caída, aquello que
todo creyente sabe por el sólo hecho de vivir como puede su fe, desde su
constitutiva finitud y poquedad. El hombre de fe vive en amenaza permanente
por obra paradójica de su bien habida libertad, nuestro más preciado don:
el polo de su abismo tira infinitamente del polo de su altura, la creatura
caída y débil que hay en cada uno nos tira fatalmente hacia la atracción
del pecado con rostro de bien, la tentación de la infidelidad que viola el
amor de quien nos ama, la nostalgia de un libertinaje en que creemos ver
reflejada la libertad de hijos de la luz, y tantas otras formas de ruptura
con el amor que van subrepticiamente corroyendo la fe hasta - ¡cuántas
veces! - producir su derrumbe. Así, hombre y humanidad se hacen solidarios
del mal malempleando la libertad hasta la degeneración inhumanizadora del
propio género humano. Mil ejemplos nefandos hieren de muerte su conciencia
perezosa, al tiempo que habilitan su feliz redención, misterio de la fe
cristiana difícil de comprender con las solas luces de la ratio: el pecado original de la
culpa genérica y el pecado social de la injusticia es compensada por la
comunión de los santos y por el sacrificio expiatorio de Jesús en la cruz.
He aquí el misterio insondable del mal enaltecido y redimido por el “amor
loco de Dios” (11) hacia el hombre, amor de un Dios que, aún ante el
rechazo humano, no dubita en ofrecer la vida del Hijo amado para salvarlo y
acogerlo en su seno.
El
pecado aparece así como opacidad resistente tanto a la obra convocante del amor
cuanto a la luminosidad decisiva del logos,
opacidad que muestra como pocas la tensión antropológica y existencial,
psicológica y moral que atraviesa por entero la vida del hombre. “Por la fe el hombre es y no es, en
trance de permanente ambigüedad: es más que él mismo - gracias a Cristo - y
sin embargo, por lo expuesto de su situación, no alcanza a salir de su
contingencia, de su trato familiar con la oscuridad. Por la fe el creyente
trasciende su mundo, de entrecruzadas e inesenciales solicitaciones, y se
abre a las verdades y bienes eternos, se coloca en la mano, a la sombra - y
a la luz - de Dios; de otro lado (aunque parezca paradoja de la ratio) se trasciende a sí mismo,
llega a la base de su propia intimidad: donde, al ser sí mismo, es de Aquel
gracias al cual y por el cual es; se abre, en la chispa que enciende el
alma, al Dios trascendente. En la profundidad de su corazón, donde Logos y Amor se identifican,
descubre que trascendencia e inmanencia son como lo cóncavo y lo convexo,
cuya unidad bifronte sólo se capta en la experiencia del propio sentido de
su ser” (12).
Pero
no sólo el mal y el pecado corroen la intensidad y vivencia de la fe.
También la duda aparece en su
esfera como arma de dos filos: positiva, porque mueve al meditar de las
razones buscando su carácter razonable y fortaleciendo muchas veces la
adhesión cordial a la Palabra; pero negativa, cuando, en lugar de
afianzarla, la balanza se inclina tanto hacia los múltiples argumentos y
motivaciones que termina paralizando la voluntad de fe, elemento capital de
la misma. Si la duda acaba en esta parálisis, no hay sí posible a Dios, no
hay voluntad que desfallezca ante la propuesta gratuita de su amor. Por
algo, el camino de la duda moderna sembrado por Descartes ha confirmado al
afamado homo cogitans en triste homo dubitans y con él al imperio soberano de la
crítica y la sospecha, donde no sólo Dios es sospechado sino toda forma de
confianza, todo habitar en la presencia del ser donado al hombre por
estricta gratuidad. Precisamente, la actitud contraria del hombre que se
entrega a la confianza vocativa del Quien supremo, en sutil equilibrio
entre libertad y gracia, haciendo de la fe ‘virtud teologal’. Es la virtud
que abraza al hombre in totum
cuando, en palabras de Wagner, “su fuerza humana es promovida, inspirada y
encendida por la fuerza divina del don. En la fe se embarca el hombre
entero, en un compromiso y unión con Dios, que no es otra cosa la gracia”
(13).
Finalmente,
existe también una duda lacerante y agónica que pone a prueba al hombre de
gran fe y apasionada vivencia, testigo cualificado de lo cual fuera el
español Miguel de Unamuno quien sostuvo que la fe verdadera y viva es la
que suplica, como en aquel pasaje del Evangelio según san Marcos, “¡Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad!” (14).
Ésta era para él la auténtica fe, la única que le fue concedido vivir, “fe
que se alimenta de dudas. Porque sólo los que dudan creen de verdad y los
que no dudan ni sienten tentaciones contra su fe, no creen en verdad. La
verdadera fe se mantiene de la duda; de dudas que son su pábulo, se nutre y
se conquista instante a instante, lo mismo que la verdadera vida se
mantiene de la muerte y se renueva segundo a segundo, siendo una creación
continua” (15). Fue la de Unamuno
una experiencia singular que no disminuye de suyo la intensidad de la
creencia pero que, no cabe duda, la torna agónica y desestabilizadora. Tal
clase de duda obtendrá su personalísimo perfil y alcance de cada hombre en
que se presente la dialéctica ‘duda-fe’, pues no es ella un fenómeno
fácilmente universalizable, pero sí un movimiento de la compleja
interioridad humana que, en definitiva, afirma y expresa la eviterna y
siempre conflictiva dialéctica ‘razón-fe’.
El
hombre de fe, en suma, es aquel en el que toda antinomia y todo antagonismo
se resuelven, pues, por obra de la misma fe, su libertad llega a
identificarse con la voluntad de Dios; por la fe ambas libertades, humana y
divina, se confunden en un sí infinito; “de allí aquella libertad
resplandeciente que se observa en los siervos del Señor, en los hijos de la
Luz. La verdad os hará libres: ésa es obra de la fe, que nos lleva a Dios y
que lo aprisiona en nosotros”(16) De allí también la estricta
personalización implicada en la fe: “Como virtud teologal no se reduce a
algo abstracto, a un concepto, sino que se implanta como realidad; ella es
asumida a modo de quien la recibe, adopta y confiesa” (17). Han sido precisamente los excesos de la ratio emancipada del logos, el pretender entender la fe
exclusivamente desde su arista pensante y argumentativa, lo que ha
provocado el corto circuito moderno que ha desvirtuado deformando su
percepción como virtud teologal. Razón que, reitera Wagner de Reyna, se
yergue como impedimento formal y real para que la fe pueda ser entendida y
asumida desde ella misma, sin falsos condicionamientos: como don
sobrenatural con fundamento en Dios, como realidad histórica probada en
hechos y como vivencia comunitaria en tanto perteneciente al cuerpo místico
de Cristo. Por ende, si como creyentes comprometidos con el pensar queremos
recuperar la fe de su poquedad y tergiversación, “urge desmontar los
mecanismos tiránicos de tal rutina conceptual, restaurar otros, enmohecidos
por el desuso, pero subsistentes en la mente del hombre, que conducen a una
más plena realización de su sentido, y abrir las vías de liberación hacia
más vastos horizontes” (18). Urge volver a la Palabra que le da sustento y
sentido.
“Hombre de poca fe ¿por qué
dudaste?”
“Enseguida,
obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaron antes que él a la
otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después subió a la montaña
a orar a solas. Y al atardecer, todavía estaban muy lejos de la costa,
sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada Jesús
fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar
sobre el mar, se asustaron. ‘Es un fantasma’, dijeron, y llenos de temor se
pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: ‘Tranquilícense, soy yo, no teman’.
Entonces Pedro respondió: ‘Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro
sobre el agua’. ‘Ven’, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó
a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero al ver la violencia del
viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: ‘Sálvame, Señor’. En
seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: ‘Hombre
de poca fe ¿por qué dudaste?’ En cuanto subieron a la barca, el viento se
calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él diciendo:
‘Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios’” (19).
El
texto evangélico de san Mateo le sirve a nuestro autor para dar un cierre
adecuado a la problemática de la poca
fe, desde la propia palabra revelada que usa para su meditación
posicionándose no como mero espectador sino como actor, dentro de ella,
desde la actitud de abandonada confianza a lo que su propia fe le inspira,
sin por ello disminuir un ápice la gravedad de su discurso. No hay novedad
alguna en su exégesis: los hombres de fe hemos de enfrentarnos a lo largo
de la vida a la prueba de las olas de un mar embravecido, donde mar y mal
se confunden, olas que intentan nuestro naufragio en lo atinente a la fe,
hasta que en el momento de máxima crisis - ‘Sálvame, Señor’ - el auxilio
divino acude a sostener nuestra fragilidad. Cristo camina sobre las aguas
para demostrar su señorío sobre el mar-mal cumpliendo así las palabras del
salmista: “tú dominas la soberbia del mar” (20). Pero ello no implica
pasividad por parte del hombre, sino una actitud emprendedora y
comprometida, un afrontamiento, término que Emmanuel Mounier gustaba
emplear para referirse al modo auténtico del ser cristiano (21). Cuando
Jesús pide confianza - ‘Tened confianza. Soy yo. No temáis’ - emplea la
palabra griega tharseíte que la
Vulgata traduce por fiducia y que
apunta hacia el ‘coraje’, la ‘audacia’ implicada en quien confía. Él no
pide simple entrega, ni aceptación sumisa de la fe, sino empuje,
agresividad encauzada al fortalecimiento de la misma que traerá consigo una
vida digna de llamarse cristiana.
Pedro
asume tal actitud de confianza y arrojo al lanzarse al mar y caminar un
buen trecho sobre él, aunque finalmente su fe flaquea y se hunde en el
oleaje de la desesperanza. Jesús le extiende su mano y le reprocha: ‘Hombre
de poca fe, ¿por qué has dudado?’ Es de advertir que no le llama incrédulo
- apistós - sino escaso o corto
de fe - oligopistós -, pero ¿es
justa tal calificación, se pregunta Wagner, siendo que tuvo mucha fe al
saltar de la barca y también al gritar al Señor que lo salve? La clave
estriba en la versatilidad de su fe, por momentos alta, por momentos baja,
ante lo cual cabe aún preguntarnos, ¿no somos también los creyentes
actuales pasmosamente inestables en nuestra fe?, ¿cuántas veces vamos y
venimos de ella según nuestras caprichosas fluctuaciones anímicas y las
conveniencias dictadas por el imperio de las circunstancias? Sin duda, la
aventura de la barca es un icono ejemplar de la aventura del hombre -
cuanto más del contemporáneo desarraigado de la gran mansión cósmica
habitada otrora por el rey Dios - en el camino de la fe, en la soledad de
sus tinieblas, en la lucha contra el embate del mal y el rigor de sus
probaciones; la poca fe nos succiona con la fuerza del embudo centrífugo
del nihilismo y la desesperanza contemporáneos, pero hay cura para ello.
“La poca fe se cura con fe. Parece ello una perogrullada y a la vez una
contradicción, pues, ¿de dónde va a sacar fe para curar su escasez quien la
tiene exigua? El recurso es Cristo, que rompe este círculo vicioso. Es la
voluntad salvífica del Señor quien puede darla, y aún hacer algo más:
alargar la mano, gesto de perdón, gesto de auxilio” (22).
Bastó
la poca fe de Pedro para que su mano extendida y suplicante se uniera a la
mano salvadora de Cristo, de modo que ambos gestos, el humano y el divino,
se hacen uno en este mano a mano de la fe. He aquí su poderoso misterio
relacional: ni Dios ni el hombre podrían aspirar al mutuo amor si ella no
los entrelazara sublimando la debilidad humana (temor, duda, desesperanza)
en grandeza divina (confianza, salvación, amor). Tal es la esencia de la
fe: “un don que viene de la mano de Dios” (23). La poquedad de la fe, su
estar no establecido, comportan desgracia, sufrimiento, pero a la par, la
alegría del poder implorar reconociendo la propia flaqueza. Dios no
desampara a quienes tienen poca fe (24), pues teniéndola en mengua aún se
puede implorar por ella siendo la persona de Cristo el polo imantado que
atrae hacia sí y centraliza la fe; la conversión a Él que conlleva la fe
produce una cierta ‘inmunidad’ contra las tentaciones del mundo pero ella
nunca es total ni perenne: desaparece en cuanto el oligopistós triunfa sobre el pistós, en una oscilación del corazón que no siempre ve su fin.
Ni los grandes místicos cristianos se han salvado de la ‘noche oscura’ del alma,
un estado de sequía espiritual agónica análoga en gran medida a las
tinieblas de la poca fe, aunque los matices pueden ser abismales.
Nuevamente
la duda sube a escena: ‘¿Por qué dudaste?’ Por la indecisión comienza Pedro
a hundirse en las aguas del mal; también por la gran indecisión de la ratio divorciada del logos, la duda metódica cartesiana y
todos los hijos por ella engendrados han arrastrado a la humanidad - ¡y no
tan sólo a los filósofos! - a la situación actual de apístis generalizada. “La poca fe es esa mezcla de duda y fe
que caracteriza al medio cristiano y al cristiano medio actuales. Estamos
en la época en que la oligopístis
(escasez de fe), desvalida como es, ha de defenderse de la apístis (ausencia de fe) poderosa y
soberbia que la rodea, carcome y, hasta a ratos, se enfrenta con ella. ¿Hay
aquí un lugar para la esperanza? O por lo contrario ¿no es éste el lugar
privilegiado de la esperanza?” (25)
Entre
la poquedad y la inmensidad parece correr el río de la fe, como la misma
historia de la Iglesia lo atestigua. Desde las herejías fruto de las
desviaciones teológicas tributarias de la ratio y las apostasías arrancadas al correr de las
circunstancias, hasta las grandes conversiones icónicas de nuestro tiempo -
baste recordar a Paul Claudel o Edith Stein
-, la fe no deja de sorprendernos poniendo al desnudo las miserias y
grandezas del hombre. Aunque hoy, más que miseria o grandeza, la
mediocridad gana la partida y el creyente de nuestros días tiene una vaga
pero persistente conciencia de que el status
quo de la fe contemporánea se parece más a la costumbre de la poquedad
que a la verdadera virtus sembrada
por Cristo en el corazón humano. Como ya Miguel de Unamuno - ‘la agonía del
cristianismo’ - y Emmanuel Mounier - ‘la cristiandad difunta’ - lo
anticiparan sin ser demasiado escuchados, cual dignos profetas de su
tiempo, Alberto Wagner de Reyna ha alertado nuevamente a nuestra aletargada
conciencia, con su obra tan poco reconocida por la intelectualidad de hoy,
clarificando el sentimiento de que ‘la poca fe’ se ha instalado entre
nosotros, gracias a las causas descriptas pero prevaleciendo la rutina de
una cultura laicizada inserta en una sociedad contaminada de la
indiferencia ambiental, por decir lo menos. “Esa fe aburguesada y apoltronada,
detenida en los diversos escalones de la piedad y la devoción (o de la
impiedad y la indiferencia) se escuda en el respeto por la intimidad
espiritual y la tolerancia. ¡Bienvenido el terremoto que sacuda los
fundamentos humanos de esa construcción, y que abra heridas que clamen al
Cielo! El Cielo nunca deja de escuchar: la dinámica de la salvación las
identifica con las llagas de Cristo” (26).
Pero
la denuncia se abre a la esperanza, como no podían concluir de otra manera
las páginas apasionantes y apasionadas de La poca fe, que nos han sabido conducir, por el pulso recio y
tembloroso del filósofo Wagner de Reyna entreverado al confiado del
creyente Don Alberto, hacia el torrente cálido y verdadero de la fe: “Hemos
terminado la última meditación; discurrido más allá de la undécima, la hora
en que el Señor enganchó a los operarios que habrían de ser los primeros en
recibir su paga: los menos dignos, y sin embargo, quienes gozaron en mayor
grado de su misericordia y justicia. ¿Será la duodécima demasiado tarde
para acudir a la fuente de fe en el desierto del mundo? Para el Amor nada
es imposible: engloba la eternidad y no hay hora que no sea la suya. Laus
Deo” (27).
* Licenciada en Filosofía, Presidente del
Instituto Emmanuel Mounier Argentina.
Notas:
(1)
WAGNER DE REYNA, A.: La poca fe. Ed. Ispec.
Lima, 1993. pp.18-19.
(2) Ibid.,
p.18.
(3) Ibid., p.32.
(4) WAGNER DE REYNA, A.: El privilegio de ser latinoamericano. Fe, dignidad en la pobreza y
cultura. Ed. Alejandro Korn. Córdoba, 2002. p.159.
(5) Véase nuestro artículo “Iberoamérica,
cuando la pobreza es fortaleza”. In Persona.
Revista Iberoamericana de Personalismo Comunitario, Nº 2, agosto 2006, www.personalismo.net
(6)
Tema que hemos abordado específicamente en los siguientes artículos:
“Fundamentalismo de la fe versus fundamentalismo de la razón, ¿retratos del
siglo XXI?” (aparecido en Revista Acontecimiento, Nº 77, 2005/4, Año
XXI, pp.24-28. Ed. Instituto Emmanuel Mounier. Madrid, 2005) y “Un reto filosófico para el siglo XXI: ¿Ha muerto la idea del
hombre?” (publicado en Argentina hoy desde nuestra América. Colección
Perspectivas, Tomo VIII. Ed. Alejandro Korn. pp.395-403. Córdoba, 2002).
(7) La poca fe, pp.72-73.
(8)
Véase nuestro artículo “Un reto filosófico para el siglo XXI: ¿Ha muerto de
idea del hombre?”. Loc. cit.
(9) La poca fe, p.73.
(10)
Ibid., p.163.
(11)
Cfr., EVDOKIMOV, P.: El amor loco de
Dios. Ed. Narcea. Madrid, 1990.
(12)
La poca fe, p.167.
(13)
Ibid., p.165.
(15)
UNAMUNO, M. DE: Vida de Don Quijote y
Sancho. Ed. Espasa-Calpe. Madrid, 1966. p.124.
(16)
La poca fe, p.167.
(17)
Ibid.
(18)
Ibid., p.168.
(19)
Mt, 14, 22-33. Texto bíblico que
cita Wagner de Reyna siguiendo la traducción argentina aprobada por la Conferencia Episcopal.
(20)
Sal 89, 10.
(21)
Cfr., MOUNIER, E.: El
personalismo. Ed. Sígueme.
Salamanca, 2002.
(22)
La poca fe, p.159.
(23)
Ibid.
(24) Cfr., Mt
6, 30. “Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se hecha al horno,
Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombre de poca fe?”
(25)
La poca fe, p.160.
(26) Ibid., p.172.
(27)
Ibid., p.173.
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