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PRÓLOGO AL DIÁLOGO
Carlos Luis Alvear*
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Este
no es un prólogo en el sentido tradicional que se utiliza
para un libro, en que siendo la primera palabra en leerse,
suele ser la última en escribirse y, según Emmanuel Levinás
“el primer desdecir”, en el que se realizan una serie de
consideraciones sobre la obra ya elaborada, o
rectificaciones sobre lo que se dijo y se quería decir,
provocando el intercambio de opiniones con uno mismo que se
convierte, en ese momento, en el primer otro con quien el
autor dialoga. Este es, más bien, una reflexión sobre las
condiciones que han de cumplirse para que exista el diálogo;
sobre la disposición para el encuentro humano; la palabra
anterior al entrecruzamiento de palabras, pues el diálogo es
únicamente factible cuando se logran ciertas condiciones que
deberemos analizar, en primer término, a partir de la
comprensión de lo que es el diálogo mismo. No nos
conformaremos con la simple noción de conversación de ida y
vuelta entre dos individuos. Aunque, efectivamente, según su
sentido etimológico, es la palabra dicha entre dos o más
sujetos.
Diálogo, palabra mutua. Lenguaje común, palabra que puede
intercambiarse porque es moneda de curso corriente, palabra
que es código de factible interpretación. El lenguaje es
patrimonio de una comunidad y, al propio tiempo, es tesoro
particular con el que cada sujeto puede expresar su sentir
más íntimo, su pensar original, gracias a la herencia
recibida, pero ante la cual ha podido hacer su
interpretación del mundo. Lenguaje que es motivo y medio
para lograr la unidad y sello distintivo para reconocer la
unicidad. Es el primer fundamento para establecer la
identidad cultural y personal. Un grupo que decide cerrar su
diálogo sólo a ciertos miembros establece un dialecto
distintivo y único.
Podríamos decir que la palabra es mucho más que el código
para señalar un objeto o expresar una idea o sentimiento, es
la plataforma en la que se desarrolla todo el quehacer
cultural, es el marco en el que se desenvuelve la actividad
de cualquier persona, y es sustento que permite la herencia
histórica y la apertura de posibilidades para el porvenir.
“Hay
que tener presente que todo sistema lingüístico es una
realidad comunal, abstracta, mostrenca, mientras mi decir
pugna por ser individual, concreto, propio. En este
desajuste estriba lo que en el lenguaje existe de frustrado.
Aun así, estamos comprometidos a manifestarnos
auténticamente, a ser fieles a nuestra vocación
(comunitaria). ¿Acaso no es el lenguaje, en este sentido, un
instrumento de perfección y de salvación humana? La
existencia propiamente humana de los hombres que evocan el
ser de los otros comienza con el lenguaje” (1). La palabra
es el principal logro de la humanidad y el tesoro más
entrañable para el individuo. Y la palabra, como promesa, es
cofre en el que se deposita la honra y su cumplimiento es
garantía para establecer confianza. El diálogo, entendido
pues, como palabra mutua, es principio de igualdad, de
entendimiento de igualdad, más precisamente, porque es
siempre intencionado. Se emite la palabra con un sentido que
se sabe será entendido y asimilado de manera consciente por
el otro y se aguarda la respuesta apropiada, inteligente y
libre; y si no es así, no existe el diálogo. Hay, entonces,
un reconocimiento tácito de que el otro es libre, es
inteligente, es persona capaz de relacionarse, capaz de
aportar una opinión, un punto de vista particular, una
aproximación a la verdad; y si no es así, no existe el
diálogo. Hay un grado - aunque sea mínimo - de fe, no se
dialoga con quien sabemos que nos miente; hay un grado -
aunque sea mínimo - de esperanza, dialogaremos únicamente si
sabemos que seremos escuchados; hay un grado - aunque sea
mínimo - de amor, sólo en el diálogo podremos acogernos.
Y
podemos todavía entender el diálogo de una manera nueva, dar
una nueva definición a partir del mismo vocablo. Logos es
palabra, pero también ha sido entendido como sentido, de tal
forma que podemos dar al diálogo un nuevo alcance como
sentido del encuentro, como correspondencia de sentidos para
fundar comunidad, donde hay dos que no sólo se miran
mutuamente sino que son capaces de compartir un mismo
horizonte vital. El diálogo entendido así, sí es fundamento
de la transformación social y de la democracia, ya no sólo
como un ejercicio para ponerse de acuerdo, sino como una
práctica en la que se busca, en concordia, los objetos que
se aman mutuamente. Entendido en esta dimensión, el diálogo
es sinónimo del amor de concurrencia, del amor por el cual
los que se aman buscan juntos un destino común para
trascender, un bien superior al cual servir; es la respuesta
a la vocación compartida. “Con demasiada frecuencia
olvidamos que el querer-a es vano y efímero si no crece a la
par el querer-con que lo robustece, porque el amar a alguien
necesariamente supone que se amen con él aquellas cosas que
ambos ven como propias, y en virtud de las cuales existe una
comunidad de fines. Precisamente el amor de concurrencia lo
encontramos expresado en las palabras con que el poeta
español Miguel Hernández introduce a su primera Elegía
compuesta en memoria de un amigo entrañable: ‘En Orihuela,
su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón
Sijé, con quien tanto quería’.” (2).
Hay
comunión de sentido, comunicación de sentido, únicamente
entre personas libres que desean hacer comunidad. El sentido
de vida, como lo entiende Víctor Frankl en su logoterapia,
responde a la unicidad de cada persona, pero no está nunca
dentro de la propia persona sino fuera de ella, en el
encuentro. El sentido es propio y exclusivo de cada
individuo, porque depende del cúmulo de circunstancias que
lo rodean, de las características que lo distinguen, de su
experiencia vital, de su insondable misterio personal, de
esa combinación única que lo diferencia de las personas que
existen, han existido y existirán. Razones que llevan a
afirmar al psiquiatra vienés que el sentido de vida es un
descubrimiento y no una decisión. La libertad, sin embargo,
juega un papel indiscutible, pues aunque la persona no
decide su sentido, sí está en ella la determinación por
seguirlo y la forma particular en la que ha de hacerlo,
saliendo en pos de él. Esta resolución y la manera
característica en que adquiere forma es lo que define
finalmente a la persona, como un ser eminentemente moral,
que siempre decide lo que es, sabiendo que en su naturaleza
existe la posibilidad de construir cámaras de gas, o de
entrar en ellas con el rostro digno y musitando una oración
(3). Pues es precisamente en ese movimiento extrínseco libre
y responsablemente asumido, donde es factible comprender el
diálogo como sentido mutuo; donde el Yo y Tú de Martin Buber
se convierte en el Yo para ti de Emmanuel Levinas y aun en
el más complejo Yo para ti y Tú para mí para que ambos
seamos para alguien más, de la solidaridad compartida.
Cuando
Václav Havel recibió el premio Erasmo de Rótterdam, habló
durante su discurso sobre el destino común de los europeos
y, si bien sus reflexiones se centraron en esta parte del
planeta, podría entenderlas igual cualquier miembro del
género humano, se encuentre donde se encuentre: “Parece que
los de Europa Occidental, dijo Havel, empiezan a darse
cuenta de que no pueden solucionar sus propios problemas sin
solucionar los problemas de Europa Oriental (…). Como si
entendieran con cada vez mayor fuerza cuán ambigua sería su
suerte occidental si tuviese que ser pagada para siempre con
la desgracia oriental (…). Nuestro destino es realmente
indivisible; cuanto mayor es el número de armas modernas que
nos sitian, tanto más evidente es su indivisibilidad;
nuestras respectivas libertades son cada vez más
evidentemente las libertades de todos; la amenaza de unos
significa siempre la amenaza de los otros (…); el ataque
contra la dignidad y los derechos humanos (…) va dirigido -
por quien quiera y dondequiera que sea llevado a cabo -
contra todos” (4).
En el
diálogo vital, hay un grado - y no mínimo - de fe, no se
dialoga con quien sabemos que no podemos soñar; hay un grado
- y no mínimo - de esperanza, dialogaremos únicamente si
sabemos que podremos escuchar; hay un grado - y no mínimo -
de amor, sólo en el diálogo podremos darnos y por eso el
diálogo nos impulsará a perdonarnos con generosidad.
Este
diálogo no es compatible con el de la simple tolerancia
entendida ahora como valor máximo del individualismo,
permisivo e indiferente. Pues en la lógica de la tolerancia
absoluta el paradigma es la autonomía y no el compromiso. Y
el diálogo se desdibuja incluso en su primer significado
pues se comparten monólogos para alcanzar un consenso, pero
nunca se persigue la verdad. Por ello, aunque ahora se hable
mucho de diálogo, éste se ve más como una utopía que como
una realidad posible y deseable. Y si el primer significado
de diálogo está truncado, resulta imposible el segundo mucho
más exigente.
“Se
dice: la unidad del ser, a toda hora, consistiría
simplemente en el hecho de que los hombres se comprenden, en
la penetrabilidad de las culturas, los unos a los otros;
pero esta penetrabilidad no podría realizarse por mediación
de una lengua común que tradujera, independientemente de las
culturas, las articulaciones propias e ideales de las
significaciones y que volviera, en suma, inútiles esas
lenguas particulares. En toda esta concepción, la
penetración se efectuaría, según la expresión de
Merleau-Ponty, lateralmente. Es posible para un francés, en
efecto, aprender chino y pasar así de una cultura a otra,
sin la mediación de un esperanto que falsearía las dos
lenguas mediatizadas. Lo que queda fuera de consideración,
sin embargo, en esta eventualidad, es que es necesaria una
orientación que conduzca precisamente al francés a aprender
chino en lugar de declararlo bárbaro” (5).
La
reflexión de Emmanuel Lévinas, nos invita a romper el
círculo. ¿Por qué el francés renunciaría a hablar en su
lengua para aprender la del otro? No es una cuestión
meramente pragmática, no plantea la simple tolerancia tan
sobrevalorada en nuestros días. La tolerancia no hace
democracia, no ayuda a la conformación de una comunidad, no
hace más que acentuar los límites de cada opinión o cultura
y pedir que no se sobrepasen. La tolerancia vista como
neutralidad no aporta en realidad propuesta alguna, es una
tregua, algo apenas superior a un armisticio que
difícilmente soportará momentos de verdadero conflicto. “El
espíritu democrático no podría contentarse (...) con una
forma de tolerancia minimalista que consistiera únicamente
en avenirse a la alteridad. Esa actitud que pretende ser
simplemente neutra está a merced de las circunstancias, que
pueden invalidarla cuando la coyuntura económica o
sociológica vuelve especialmente conflictiva la cohabitación
de varias culturas. Por consiguiente, conviene superar la
simple noción de tolerancia y basar la enseñanza del
pluralismo en el respeto y aprecio de las otras culturas”
(6).
Y como
es la segunda acepción que le hemos dado al diálogo, la que
permite el surgimiento de una comunidad con posibilidades de
proyectarse en el tiempo, se están perdiendo los valores
vitales de los pueblos y se privilegia el uniformismo
global, muy distanciado este último, de la fraternidad
humana que rebasa fronteras pero no elimina las identidades,
ni mira las tradiciones como simple folklore. La tolerancia,
sin más, es, si no contraria, sí ajena al diálogo, pues sólo
supone el soportar, el sobrellevar una carga y, si ahora se
privilegia tanto es para establecer un límite al
involucramiento de una persona con su prójimo. Y el diálogo,
sobre todo entendido como sentido mutuo, exige un grado de
compromiso que sería fácilmente interpretado de intromisión.
La tolerancia indiscriminada que se alza como estandarte de
las democracias postmodernas, aísla a las personas; prohíbe
la misericordia porque la tacha de soberbia, prohíbe la
solidaridad porque la tacha de intrusión, prohíbe el perdón
porque lo tacha de lástima, prohíbe la búsqueda de la verdad
porque la tacha de dogmatismo, y prohíbe la defensa de la
vida porque la tacha de atentatoria contra el derecho a la
muerte.
Por
eso hay que defender el diálogo que permite comprendernos
para alcanzar el diálogo que permite amarnos.
La
sociedad postmoderna es una sociedad hastiada que no cree en
la posibilidad de la comunicación, pero le llama así a lo
que es información y entretenimiento para masas. Pero la
verdadera comunicación, que es otro nombre del diálogo, es
siempre personal y comunitaria. La diferencia central radica
en la idea que se tiene del ser humano. Si se parte de que
el hombre es un ser de relación, un ser para y por el
encuentro, entonces se entiende la comunicación de ideas y
de bienes e incluso se comprende que las almas tienen un
grado de comunicabilidad que posibilita la intimidad. De
esta manera, el sentido de vida característico y propio en
cada persona - única e irrepetible -, tiene la posibilidad
de complementarse con el sentido vital de otra persona, en
el ámbito de encuentro creado por los dos sujetos.
Precisamente porque el sentido es siempre salida de sí. Y lo
que en el diálogo, como intercambio de la palabra, es
respuesta; en el diálogo, como sentido compartido, es
responsabilidad.
Ambas,
respuesta y responsabilidad, piden la apertura al llamado, a
la vocación. Y así como las personas, las comunidades tienen
una vocación definida, pues el sentido vital de sus miembros
se entreteje y se nutre con el sentido vital de quienes se
han marchado ya - pero dejando su aportación en la historia
y en las tradiciones - y así la comunidad se proyecta al
futuro.
El
diálogo, como sentido compartido, tiene características que
lo distinguen de la primera dimensión, como palabra mutua.
Elementos que, a la vez que lo distinguen, marcan su
exigencia.
La
Apertura, que guarda elementos comunes por los dos niveles
del diálogo (pues ambos son dos dimensiones de la energía
centrífuga de la vida), que implica escuchar y esperar sin
irrumpir, ni invadir, aguardando, primeramente, para donarse
en el momento justo. La apertura debe suponer la práctica
del silencio, cada vez menos frecuente en nuestra sociedad,
para construir nuestro mundo interior y confrontarlo
continuamente con la realidad externa. La apertura
permitirá, ante el otro, la simpatía, como facultad para
comprender, (sympatheia) padecer junto con y apasionarse
junto con; insistiendo en el amor de concurrencia, por el
cual no sólo sentimos pasión por el otro, sino con el otro.
La
Comunicación mutua, es decir, el diálogo en su primera
dimensión. Ser veraz y confiable, constante en la
comunicación, para construir y mantener el principal
andamiaje para la relación verdadera y desinteresada.
Implica siempre y como condición previa, la apertura
mencionada anteriormente. La comunicación se convierte así,
en uno de los principales valores de la vida comunitaria y
democrática.
La
Aspiración a la Belleza, porque la vida estética, a pesar de
experimentarla de manera entrañablemente íntima, el ser
humano la localiza en el exterior como juego de relaciones
armónicas y ordenadas que parten de la apertura por medio de
la cual aprecia y percibe, puede leer la realidad e
interpretarla, crea ámbitos de relación, crea símbolos, y
levanta el edificio cultural que se constituye en uno de sus
más característicos rasgos; especialmente por medio del arte
que responde a la inútil necesidad de comunicar el espíritu
y de transformar la realidad.
La
Voluntad de Sentido, mediante la cual, la persona se explica
a sí misma y da razón de su presencia en el mundo. La
voluntad de sentido, es respuesta responsable ante las
grandes interrogantes humanas: ¿quién soy? ¿por qué yo, aquí
y ahora? ¿qué sentido tiene mi existencia? Y, finalmente y
dado que el sentido se descubre ante la presencia reveladora
del otro, la respuesta a la pregunta del Génesis: Caín,
¿dónde está tu hermano?
La
Generosidad: que implica dar, a tal punto, que se genere en
el otro y con el otro, una nueva realidad que, en unidad,
propicie una vida más plena, donde se comparte lo que se es
y lo que se puede ser; es la generosidad en su posibilidad
creadora, la que permite compartir los sueños y fabricar el
futuro común, característico de la segunda dimensión del
diálogo.
La
Fidelidad, como la proyección de nuestra libertad, de
perfeccionar el libre albedrío de tal forma que trasciende
las barreras del tiempo. Por ello decía Chesterton: No hay
libertad que aprecie más, que aquella que me permite
comprometerme. Y la fidelidad entendida también como la
confianza, fruto de la verdad y la transparencia, que debe
prevalecer entre quienes se relacionan, para emprender
proyectos comunes y mantenerse unidos con lealtad.
El
Sentido de Justicia, pues no hay futuro común, sin un trato
equitativo, sin el convencimiento de la igualdad humana, en
virtud de la dignidad personal. La justicia debe iluminar
también la disposición de trabajar al servicio del otro,
porque es persona y sus derechos son mis obligaciones y mi
primer derecho y privilegio está en tenerle como hermano del
cual debo responder.
El
Sentido Histórico, mediante el cual, la comunidad adquiere
identidad y sentido de pertenencia de un modo trascendente,
pues entiende que se ha convertido en el futuro de las
generaciones pasadas y será el pasado de las generaciones
futuras. La historia es la casa común del tiempo de los
hombres.
La
Cordialidad, entendida como hacer las cosas con el corazón,
nos permite hacernos amables, dignos del amor. Al entablar
la relación personal, el otro pasa de ser un simple otro a
ser un tú. Yo y Tú, relación en la que Yo, debo también
preocuparme en ser un Tú adecuado, un Tú digno ante los ojos
del otro.
La
Concordia entendida como la unión de corazones es un modo
muy elevado y rico de ámbito de encuentro, y es de tal
manera importante para la justicia y la democracia, que es
el factor imprescindible que determina a una sociedad, según
la definición de San Agustín: El pueblo es una congregación
de una multitud racional, unida por compartir en concordia
los objetos que ama (7).
El
trabajo más delicado de la educación es éste: conseguir que
cada persona descubra y asuma su particular sentido y pueda
establecer el diálogo vital con los miembros de su
comunidad. La pedagogía moderna insiste en que la educación
ha de estar centrada en el alumno, pero éste es un error del
mismo género que desea evitar, erradicando la instrucción
que suponía centrada en el maestro. Mas, si la educación es
verdaderamente dialógica, en los dos niveles que hemos
mencionado, estará siempre centrada en el encuentro.
El
trabajo más delicado de la política es éste: hacer de un
pueblo una comunidad de fines, en la que cada ciudadano se
pueda encontrar en el bien común y pueda amar en concordia,
y más allá del tiempo presente, objetivos comunes. Teniendo
en cuenta que el término utilizado por el obispo de Hipona
para definir los objetos que se aman, es el latino diligere
que es el verbo que también da origen a la palabra
diligente; es decir, este amor que congrega, sólo puede
entenderse desde la acción participativa. La congregación
humana así concebida, es consciente de sí como comunidad,
por ser racional, se entiende en un momento histórico, con
una herencia cultural y un porvenir que depende de ella
misma, en virtud de su libertad, ejercida en unidad de
concordia por fines superiores a la suma de los egoísmos de
sus miembros.
Y hay
todavía dos significados del logos, que vale la pena
considerar para redondear la idea que deseamos darle al
diálogo. En primer lugar, el logos de los estoicos, como
principio vital de todo cuanto existe y en segundo lugar, el
Logos hecho carne que pone su morada entre nosotros.
Con
frecuencia se les ha relacionado, mas la diferencia esencial
estriba en que mientras el logos helénico es un orden
inasible e incomprensible para los hombres, el Logos de San
Juan es Palabra viva que sin necesitar al hombre, lo hace
libremente necesario para compartir con él su experiencia de
amor personal, divinizando a la creatura y sacralizando la
historia. El diálogo con este Logos es la comunión de Dios
con los hombres. Esta dimensión es de vital importancia,
incluso para ser considerada por quienes no comparten la
idea de un Dios personal. Los valores absolutos son
indispensables (aun aceptando la hipótesis de que no
existieran) para poder establecer un parámetro ético en cada
persona. Del mismo modo, asumir que la vida humana tiene una
dignidad sacra, es fundamento para el desarrollo de la
comunidad, para el respeto y para el reconocimiento de los
derechos humanos.
Tenemos, pues, tres dimensiones para el diálogo que definen
ónticamente a la persona: la del lenguaje que permite el
entendimiento humano; la del sentido vital que permite el
compromiso, y la de la hierofanía, que permite trascendernos
y amarnos radicalmente.
Mucho
más entendible es para alguien que ha vivido la experiencia
de amor de Dios y por ella se desborda hacia los demás en
una alegre gratitud. “Ha sido tu voluntad hacerme infinito,
decía Tagoré, porque derramas eternamente tu gracia inefable
en mis pequeñas manos y sin embargo nunca se llenan” (8).
Extender esas manos hacia el otro y, entrelazadas, buscar el
bien de un tercero es fruto del diálogo de Dios. Y para
ello, nuevamente, la primera condición es la apertura; para
recibir la Palabra, es necesario el silencio.
*
Humanista mexicano, enamorado de su familia, de su país y
filósofo en el más estricto sentido del término, como mero
pretendiente de doña Sofía. (Ver más en nuestro link de
Autores).
Notas:
Basave Fernández del Valle, Agustín: Vocación y estilo de
México. Ed. Noriega-Limusa. México 1990. Pag. 419
2
Llano, Carlos: Los fantasmas de la sociedad contemporánea.
Ed. Trillas. México 1995 Pag. 69
3
Víctor Frankl reflexiona, con palabras muy similares, sobre
las posibilidades éticas de la persona al referirse al
sacrificio del sacerdote católico Maximiliano Kolbe, que
solicitó ser ejecutado para salvar la vida de otro preso en
un campo de concentración nazi. El ejemplo lo utiliza en
varias ocasiones, pero es especialmente explícito al
referirlo en El hombre en busca de sentido y en El hombre
doliente, ambos de editorial Herder.
4
Havel, Václav: La responsabilidad como destino. FCE. México
1991. Pp. 149-151.
5
Lévinas, Emmanuel: Humanismo del otro hombre. Siglo
veintiuno editores. México 1993. Pp. 43 y 44.
6
Delors, Jacques y otros: La educación encierra un tesoro.
Ed. UNESCO, 1997. Pp. 58 y 59.
7 San
Agustín: Civitas Dei, XIX, 24
8 Cfr.
Tagore, Rabrindanath: Ofrenda lírica en Obras selectas.
Edimat Libros. España, 2001. Pag. 70
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