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RESPONSABILIDAD COMUNITARIA Y DERECHOS ESENCIALES:
UNA CUESTIÓN DE CIENCIA Y CONCIENCIA
Ana Cristina Pepe*
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“¿Cómo pesará el confort para los que gozan de él en la vida
moderna,
ante un eventual derretimiento de los casquetes glaciares?”
Castoriadis
Imaginemos una muestra donde se expusieran las obras
realizadas por nuestra civilización, no sólo las obras de
arte, sino también de filosofía, ciencia y tecnología, ética
y política, etc.; todo lo que surge de la cultura a lo largo
de más de 2000 años. Como en cualquier exposición
escucharíamos decir “depende desde dónde se mire”, para
legitimar una interpretación individual. Obviamente
recorrerla nos llevaría mucho tiempo, pero en este caso, nos
detenemos en las relaciones que surgen entre los hombres, en
especial cuando miramos las consecuencias que la tecnología
impone a la vida en sociedad en la época actual. Es pues una
invitación a vernos junto a ‘otros’, así la perspectiva deja
de ser, entonces, un punto espacial para convertirse en una
acción del espíritu. La mirada, tan original y única como es
nuestra vida, es doblemente ‘cristalina’ porque dice más de
nosotros, de lo que nosotros decimos ver y ese ‘desde
dónde’, no es ya un lugar físico, sino un sujeto.
Partimos de dos enunciados aristotélicos: zòon
politikon y zòon logon ekhon que Hannah Arendt los traduce
como “ser-político” y “ser vivo capaz de discurso” (1),
porque considera que la traducción clásica de hombre como
“ser racional”, no expresa la pluralidad de los hombres,
gracias a la cual se manifiesta esta capacidad plenamente
humana. Desde su interpretación queda claro que el hombre no
sólo posee esta capacidad para-sí, sino para un otro, con
quien entra en relación, entabla un diálogo. Lo que más
distingue al hombre aún entre los mismos hombres, según esta
autora, es su revelación mediante el discurso y la acción.
Continuando con la muestra, diríamos que el otro no es
paisaje inerte, sino movimiento, una libertad que cuestiona
mi libertad, y por ende vitalidad en-sí mismo. Entendemos
que si desde el inicio no se parte de la pluralidad y
diversidad de los hombres no se puede abordar el conflicto
que supone la existencia con otros. Pero el problema puede
ser desarrollado a través de un vasto abanico de
interpretaciones que van desde “la necesidad del otro para
crear mundo” (2) hasta “la desintegración de mi mundo a
partir de la mirada del otro” (3). Y en la mayoría de los
autores que tratan la cuestión se dan cita ambos planteos.
Sartre, por ejemplo, muestra cómo el otro está presupuesto
aún en el diálogo conmigo mismo, dice “el otro es el
mediador indispensable entre yo y yo mismo: tengo vergüenza
de mí, pero tal como aparezco ante el otro” (4).
Prosiguiendo con la muestra imaginaria, vemos que la
búsqueda de confort y de poder, o el desarrollo sin límites
que impone el progreso, anestesia muchas veces esta
intuición primera que nos hace ver a los otros, compartiendo
el mismo mundo. Y esto explica, entonces, por qué en un
mundo henchido de pluralidad, la ciencia y las tecnologías
se desarrollan en un doble sentido solipsista, desplazando
las necesidades de todos los hombres del centro de sus
cuestiones y siendo indiferentes a las consecuencias
devastadoras que produce la utilización indiscriminada de
los recursos naturales.
Juan Bautista Alberdi, uno de los hijos lejanos de
la Ilustración en Argentina, definía el Derecho, como la
“teoría de la vida de un pueblo”, y la libertad como la
condición de posibilidad gracias a la cual puede llevar a la
práctica esa teoría. No se trata de ser libre en la letra,
sino de articularla en la práctica, en la vida. Nos dice en
una de sus obras de juventud: “la libertad jamás falta a un
pueblo de una manera absoluta, y si le faltare
absolutamente, perecería, porque es vida” (5). Para él decir
‘teoría’ es decir ‘espíritu’, ‘razón’ o ‘ciencia de lo
general’, pero no desencarnada, ni ajena a la vida. Habla de
la libertad como un acto seguido de la inteligencia, y por
ello ve con dolor la realidad de su pueblo encadenado a la
razón de otros. Como moderno que es, cree en el progreso
indefinido, pero distingue en todo progreso dos momentos,
uno material y otro espiritual, que aún no llega. Para
alcanzar lo que él llama ‘lo propio’ tiene en cuenta lo
racional tanto como lo histórico. De allí que, no es sólo la
forma de gobierno lo que determina el progreso de un Estado,
sino el grado de desarrollo de la razón colectiva, en donde
se pone de manifiesto el reconocimiento de una historia
común, para dar, así, con un poder legítimo que lo
represente. De lo contrario, la democracia, aunque hasta hoy
puede resultarnos la mejor forma de gobierno, puede volverse
un disfraz, un instrumento que esconde intereses egoístas.
En el
texto anterior a la Revolución Francesa, Respuesta a la
pregunta:¿Qué es la Ilustración?, Kant pone de manifiesto
que la condición para llegar a la mayoría de edad es la
libertad y la entiende aquí como la más elemental: “la de
poder hacer uso públicamente de la propia razón en todas sus
partes” (6). Además, en La idea de una historia universal
desde el punto de vista cosmopolita cuestiona la finalidad
en la historia, ligada a la cuestión del presente. Si bien
es verdad que Hume lo despierta de su sueño dogmático,
también parece cierto que por encontrarse en una encrucijada
histórica, semejante a la de Descartes, siente la imperiosa
necesidad de refundar la validez de las ciencias, ya que
ahora cuenta con la irrefutable fisicomatemática newtoniana.
Si
consideramos que gran parte de la población actual está bajo
la tutela de otro y no por voluntad, es decir ni por “pereza
ni por cobardía”, que eran las causas expuestas por Kant,
para explicar por qué los hombres prefieren la minoridad,
sino porque los intereses económicos de algunos así lo
imponen... ¿No es acaso la tutela de la tecnología la
novedad que introduce nuestro momento presente? En tanto que
ya no es el hombre sobre el hombre, como lo describía Hegel,
sino que el hombre que llega a hacerse de la tecnología
puede también volverse esclavo de ella y esclavizar…
La necesidad moderna de dominar el mundo rechaza
cualquier límite, inclusive el que impone el equilibrio
ecológico, y aunque el discurso de la política que hoy
encarna esta pretensión, se dice plural y tolerante, es en
la administración, tanto de los recursos naturales como de
los avances científicos, donde muestra su rostro más
implacable. En general cuando hablamos de la ética nos
referimos a los asuntos humanos, sin embargo con la
secularización del mundo, operada a partir de este estado de
cosas, la ciencia y la técnica dispusieron de los recursos
naturales sin ningún tipo de control, ni ley, ni estatuto
moral. Esto ha llevado a pensar en la urgente necesidad de
crear un lazo entre las ciencias de la naturaleza y las
ciencias del hombre. Un claro ejemplo de esta preocupación y
que nos acerca al universalismo del imperativo categórico de
Kant, es el principio de responsabilidad de Jonas, que
agrega al principio de responsabilidad del hombre por el
hombre contemporáneo a él, la necesidad de prolongar esto
hacia los hombres que aún no han nacido, es decir hacia el
futuro, “preservar la permanente ambigüedad de la libertad
del hombre, que ningún cambio de circunstancia puede jamás
abolir; preservar la integridad de su mundo y de su esencia
frente a los abusos de su poder” (7).
Sin
embargo, sabemos que la ciencia hoy no juega un papel
inocente en la transformación de nuestro mundo. Por ejemplo
los avances de la Medicina están al alcance de pocos,
mientras que los medios de comunicación, que adecuan
nuestras vidas a las necesidades del mercado, son masivos.
El poder de la técnica nos hace ser de un determinado modo
con nosotros mismos, y también impacta en la forma en que
nos relacionamos con el otro. Arendt, retomando la imagen
que Kant desarrolló con la idea de “humanidad como único
resultado posible de la historia”, muestra cómo la
tecnología posibilitó esa unidad, a partir de producir esta
nueva realidad mundial, aunque lo común, lo que nos une, sea
muy diferente a lo que soñaba la Ilustración, porque no se
trata de una unidad en la diversidad, sino de masificación,
con un fin clarísimo, una sociedad de consumo. Así lo
expresa: “La humanidad no debe su existencia a los sueños de
los humanistas ni al razonamiento de los filósofos, ni
siquiera, al menos no originalmente, a los hechos políticos
sino casi exclusivamente al desarrollo técnico del mundo
occidental” (8).
Si es
la técnica y no la política, ni la comunión de ideas o
sentimientos, ni la convergencia de un suelo y una historia
común, lo que produce un estado semejante al que
proféticamente describió Jaspers cuando enumera las
consecuencias que impone “ser ciudadano del mundo”, ante la
posibilidad de la existencia de un “imperio mundial” (9),
¿no estamos asistiendo desde hace décadas, a lo que,
siguiendo a su maestro, Arendt llamó “el fin de la
ciudadanía”? Los conceptos de pluralidad y tolerancia están
basados también en un principio moderno, el de la igualdad
de todos los hombres. A partir de las políticas vigentes
este supuesto, expresado ya en 1789 (10), es objeto de
distintas interpretaciones, a tal punto que, por ejemplo el
acceso a la salud, que resulta ser uno de los derechos clave
que evidencia la indivisibilidad de los Derechos Humanos, no
parece estar basado en él. Sabemos que las políticas de
salud, administran de diferente forma aún los mismos
recursos, y es allí donde se prueba que las estadísticas y
leyes económicas se alejan muchas veces de la realidad, o
están por encima de cualquier derecho, como es en este caso.
Y, si no, cómo se explica que nos aseguren que el Mal de
Chagas ha sido erradicado de la Argentina, cuando en Lucio
V. Mansilla (provincia de Córdoba) sigue siendo una de las
principales causas de muerte. A menos que se trate de una
profecía autocumplidora no todos los hombres gozan del
privilegio que otorga la ciudadanía.
Cuando
Hannah Arendt habla del pensamiento dice que es una
actividad que se realiza separada del mundo, pero que no
puede quedar aislada, ya que es la experiencia lo que
pensamos. Es más, llega a decir que “siempre que se separa
el conocimiento de la acción, se pierde el espacio para la
libertad” (11). Y aclara que el pensar no es un privilegio
de los metafísicos, sino una capacidad inherente a cada
individuo particular. Debemos reconocer que para nuestra
mirada impregnada de un utilitarismo casi absoluto, lo
‘provisional’ y ‘experimental’ de un pensamiento como el que
ella propone puede confundirse con falta de seriedad. Pero
en realidad si no fuera así no podríamos hablar de
responsabilidad. Según lo que vemos expuesto en Sartre,
Alberdi, Kant, Jonas y la misma Arendt, aunque sus
perspectivas, volviendo a la muestra, partan de muy
diferentes lugares, todos pretenden rescatar ese espacio de
libertad que posibilita seguir pensando en términos de
responsabilidad (12). Aun cuando se trata de volver a la
vida contemplativa, “la cuestión que se imponía era la
siguiente: la actividad de pensar en sí misma, el hábito de
examinar y de reflexionar acerca de todo lo que acontezca o
llame la atención, al margen de su contenido específico o de
sus resultados, ¿puede ser una actividad de tal naturaleza
que se encuentre entre las condiciones que llevan a los
seres humanos a evitar el mal o, incluso, los ‘condicionan’
frente a él? (13)
Ahora bien, podemos encontrar también en esas
políticas que no parecen involucrarnos, una buena
justificación para nuestra falta de compromiso. Sin embargo,
¿no nos cabe una reflexión sobre la responsabilidad que nos
atañe en la administración del saber científico en
Argentina, en particular, y en los países del planeta, en
general?
En el
tema de la libertad se dan cita tanto los procesos
históricos como las infinitas posibilidades de
construcciones futuras, capacidad que cobija el imprevisible
accionar humano. Si la ‘alteridad’ se mantiene, no sólo como
posibilidad para el diálogo entre los hombres, sino como
lazo, diálogo entre disciplinas, estaremos alentado un
pensamiento capaz de seguir preguntando, formulando
respuestas o ensayando consensos. Y la clave para saber que
sí estamos a la altura de una responsabilidad con las
generaciones futuras, parece estar más asociada a abrir
estas cuestiones, que a buscar respuestas solipsistas, como
la indiferencia, cómplice perfecta de muchos males que nos
aquejan.
Si
hasta aquí podemos afirmar algo, es precisamente la riqueza
que guardan las tensiones, y el futuro promisorio que queda
para la filosofía si arriesga el salto de mantener un
diálogo explícito con todas las ciencias, aunque se
encuentren más preguntas e incertidumbres que respuestas,
mezcladas en el mismo juego. Por ello, nos atrevemos a
terminar este recorrido por la muestra imaginaria, con una
frase que sintetiza nuestro punto de vista, y que tomamos
prestada de la Epidemiología Comunitaria, para comenzar el
diálogo propuesto: “En tiempos de globalización, el camino
de las comunidades no puede ser de aislamiento y de defensa.
Una práctica que quiere garantizar los derechos esenciales
(…) a las comunidades necesita no una escasez, sino una gran
abundancia de conocimientos (...) las técnicas de
información no deben ahogar a las comunidades, deben ser
traducidas y hechas disponibles en una lógica de selección y
de reflexión participativa... Las comunidades son el archivo
vivo de las necesidades de salud y derechos respetados”
(14).
*
Licenciada en Filosofía. Docente en la Universidad Nacional
de Córdoba, Argentina. (Ver más en nuestro link de Autores).
Notas:
(1)
Dice Arendt: “La definición aristotélica del hombre como
zòon politikon (…) únicamente se la puede entender por
completo si añadimos su segunda definición del hombre como
zòon logon ekhon (ser vivo capaz de discurso)”. The Human
Condition, Chicago/Londres, Univ. of Chicago Press,
1958.Traducción castellana: La Condición Humana, España,
Paidós, 1993; p.40.
(2)
Ibid.
(3)
SARTRE, J. P. El Ser y la Nada. Editorial Losada Bs. As. ;
Cap: La Mirada.
(4)
Ibid.
(5)
ALBERDI, J. B.: Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho,
1836, s/d, Buenos Aires; p.58.
(6)
KANT, I.: Respuesta a la pregunta ¿Qué es la ilustración?,
p. 10.
(7)
JONAS, H. El principio de responsabilidad. Ensayo de una
ética para la civilización tecnológica, Introd. de Andrés
Sánchez Pascual, Herder, Barcelona, 1995; p.17.
(8)
ARENDT, H.: Men in Dark Times, New York, Harcout Brace &
World, 1968. Traducción castellana: Hombres en Tiempos de
Oscuridad, Barcelona, Gedisa, 1990; p. 68.
(9)
Cfr: JASPERS, Origin and Goal of History, 1954 , p. 193s,
citado por Arendt en Men in Dark Times, op. cit.
(10)
Cfr: Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,
1789.
(11)
ARENDT, H.: On Revolution, The Viking Press, New York, 1963.
Segunda edición, revisada y aumentada, 1965. Traducción
castellana: Sobre la Revolución, Revista de Occidente S.A.,
Madrid 1967; p. 277.
(12)
Dice Arendt: “La política trata sobre los hombres, nativos
de muchos países y herederos de muchos pasados; sus leyes
son las cercas positivamente establecidas que encierran,
protegen y limitan el espacio donde la libertad no es un
concepto sino una realidad política y viviente”. Men in Dark
Times, op.cit.
(13)
ARENDT, H.: The Life of the Mind, pref. y comp. de Mary
McCarthy, New York, Harcout Brace Jov., 1978.Traducción
castellana: La Vida del Espíritu, Centro de Estudios
Constitucionales, Madrid 1984; p. 31.
(14)
TOGNONI, G.: Manual de Epidemiología Comunitaria. Ediciones
CECOMET, auspiciado por el Movimiento Laicos América Latina
(MLAL) y Unión Europea, Ecuador, 1997; p.126/7.
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