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LA SANACIÓN PERSONAL
Xosé Manuel Domínguez Prieto*
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1.
Sanación, más allá de los reduccionismos
Tanto desde
una perspectiva únicamente biológica como desde una perspectiva meramente
psicológica, la comprensión cabal de lo que es la sanación resulta siempre
reductivista. Desde su temprana obra El hombre incondicionado (Der unbedingte
Mensch) (Frankl, 1990)
denunciaba Frankl que los tres reduccionismos que se han dado en la
antropología son el biologicismo, el psicologismo y el sociologismo (Cfr.
Frankl, 1991, pp. 90-91; Frankl, 1964, pp.193-205). Cuando la ciencia especializada pretende que su
perspectiva sobre la realidad agota la realidad. Si esto ocurre,
"especialmente en las ciencias del hombre, se transforma en ese
momento de biología en biologicismo, de psicología en psicologismo, de
sociología en sociologismo. Como vemos, el peligro no reside en que los
investigadores se especialicen, sino en que los especialistas
generalicen" (Frankl, 1991, p.134).
Biologicismo, psicologismo y sociologismo suponen, por
tanto, una simplificación, un reducionismo, una generalización de datos
parciales. Y, en los tres casos, el resultado es que la persona es
etiquetada, substancializada y cosificada. Los fenómenos auténticamente
humanos quedan reducidos a meros epifenómenos de la realidad explicativa
(estructura biológica, psíquica o social).
De esta manera, al producirse una incomprensión de lo auténticamente
personal, también se hace incomprensible qué es, como acontecimiento personal,
la sanación.
Desde una perspectiva integral, que es la
que pretende la logoterapia,
podríamos aventurarnos a decir que la sanación es el proceso de
recuperación de lo personal dañado, bloqueado o imposibilitado. Sin duda se
trata de un proceso que no siempre es espontáneo porque a veces “la persona
viene con la necesidad de seguir enfermo hasta que varíen otros aspectos de
su vida (...). La enfermedad es precisamente el recurso que el individuo
emplea para preservar su ser” (May, pp.90-91). Por eso, no hay posible
recuperación de ninguna bio-psico-sociopatología sólo desde consideraciones
biológicas o meramente psíquicas, sino sólo yendo a la raíz personal, a la
dimensión biográfica y profunda de cada uno. Se trata de acceder a la zona
de luz personal, a lo que nunca está enfermo, para, desde lo que uno es,
recuperar lo dañado. Caminos erróneos, por tanto, son los que se centran sólo
en el tratamiento de lo oscuro, pues de lo oscuro sólo surge oscuridad.
Sólo desde lo luminoso cabe iluminar lo opacado. Para ello, es necesario
una intervención terapéutica en cada una de las dimensiones y dinamismos
personales. Sin esta intervención a un nivel personal, se hacen estériles
o, cuando menos, incompletos, cualesquiera otras terapias biológicas o
psicológicas.
2. Qué no es sanación
Desde esta perspectiva personal e
integral, podemos comenzar aventurando lo que no puede ser considerado
radicalmente como salud y como meta de la sanación.
a.
Sanación como proceso de equilibrio
Desde Platón hasta Rogers es moneda común
identificar la salud con el equilibrio (homeostático, psicosomático, etc.)
y, por tanto, identificar el proceso de sanación como camino hacia este
equilibrio. Pero desde una perspectiva integral, logoterapéutica y
personalizante, afirmamos que el mero equilibrio es insania. Ya advertía
Frankl que la persona no está hecha para lograr un mero equilibrio homeostático (Frankl, 1990, p.24) sino para
comprometerse con lo valioso, para crecer en 'tensión' creativa. El ser
humano, en realidad, no está llamado a huir de las tensiones sino que las
necesita para crecer y justo la ausencia de tensión es lo que le neurotiza
y destruye (ídem, p.53). ¿Cómo lograr esa tensión?. Desde el compromiso con
el horizonte axiológico descubierto en el sentido existencial, es decir,
desde tareas que tengan sentido, desde situaciones que tengan sentido,
desde encuentros que tengan sentido. La vida sana, desde nuestra perspectiva, es capacidad de compromiso, de no
acomodación, de ir a más, de apostar la vida por lo valioso y por los
valiosos, de proponer y de realizar. Por supuesto que, en otro sentido, es
necesario un ‘equilibrio’ personal. Pero no un equilibrio homeostático, no
una ausencia de tensión (anestress) sino un eustress, una tensión positiva
hacia lo que hace crecer.
b. Sanación como
volver a la normalidad
Es muy común, en segundo lugar,
identificar la salud con el restablecimiento de la 'normalidad', concepto
que siempre es relativo al contexto cultural, histórico y social en el que
surja (el cual, como no es inusual en Occidente, puede ser, a su vez,
profundamente patologizante o impersonalizante). El pensador personalista
J.Lacroix, que tan fina sensibilidad tuvo para los fenómenos
psicológicos, analiza con precisión
las diversas acepciones de lo ‘normal’ en tanto que no patológico (Lacroix,
pp. 25-31).
En primer lugar, existe la concepción de
normalidad como integración de
sus diversas dimensiones o instancias. Y siendo cierto que es necesaria una
integración entre las dimensiones personales para la salud, hemos afirmado
reiteradamente que la persona no es esencialmente lo que es sino lo que
está llamada a ser, su orientación, su presente vivido en función de un
proyecto. Luego la mera integración es insuficiente, pues no da cuenta del
dinamismo personal del dar-de-sí.
En segundo lugar, se ha entendido la
normalidad como autonomía. Y es
cierto que la salud implica un poder determinarse a la acción desde sí y no
básicamente en función de las expectativas o deseos de otros. Pero llevado
a sus últimas consecuencias, como pretendió Kant y con él la
Ilustración, da lugar a una perturbación grave, pues el ser humano es una
autonomía heterónoma, una ‘independencia dependiente’: siempre necesitamos
del otro, los otros son apoyo, posibilitación, impulso para la vida.
Nuestro ser está, como vimos, necesariamente orientado hacia otros. Y aún
la más independiente de las personas está tejida de la vida de otros que
operan en ella.
Una tercera opción es la de entender la
salud y la normalidad como adaptación.
Sin embargo, esto impide el crecimiento, el dar-de-sí, la novedad. Las
máscaras son adaptativas. Y, por ello, homogeneizantes, despersonalizantes.
Un cierto margen de adaptación es deseable, sin duda, pues la vida
personal, familiar, laboral, social, va cambiando y es necesario saber
asimilar esos cambios. Pero el problema es, dice Lacroix, la ‘demasiada
adaptación’ de muchas personas, esto es, la asimilación a lo que ‘se’
piensa, ‘se’ dice, ‘se’ hace como criterio último. Este vivir impersonal es
puramente adaptativo, pero no personalizante.
c. La sanación como
proceso mecánico
Para otros, la sanación es un proceso
mecánico, que elimina síntomas. Pero lo que pretendemos no sólo es eliminar síntomas sino lograr
que el propio proceso de la enfermedad sea fecundo para la persona. No
se trata tanto de eliminación de lo disfuncional como de promoción del
crecimiento en los obstáculos Por tanto, la sanación no puede ser un proceso mecánico, una aplicación de una técnica
para arreglar un mecanismo estropeado, porque esto supondría un
determinismo causal que niega la libertad personal. El proceso de sanación profunda ocurre allí donde la persona se
hace cargo de sí, despierta. “Sanar no consiste en desembarazarse pura y
simplemente de la carga de la enfermedad a través del medio terapéutico más
rápido y eficaz. La urgencia primera no consiste entonces en neutralizar lo
que se designa con el término ‘enfermedad’, sino en permitir que el enfermo
mismo alcance la salud y la vitalidad fundamentales de su ser. Se tratará,
pues, para él, de entrar en una pregunta más radical del sentido de la vida
del cual es portador” (Giménez, p.33), de opción con otros y por otros. El
reconocimiento real de la imperfección puede purificar la vida: "A la
sordera y al amor eternamente malogrado de Beethoven le siguió más tarde
una pertinaz miopía. En estas condiciones compone en 1825 la ‘Sonata en mí’
y la ‘Misa en re’, culminando en la ‘Novena sinfonía’” (Díaz, p.15).
Podría suceder, en efecto, que no pudiese
superar el daño físico (en casos de daños mecánicos, de amputaciones, de
extirpaciones, en afecciones biológicas irreversibles) o psíquico (en las
psicosis), pero cabría siempre la auténtica sanación permitida por el propio
daño u oscuridad: la de ponernos en disposición de acercarnos a la verdad
sobre nosotros mismos y sobre la realidad. Por eso, patología sólo es la
personal. Lo demás son daños.
3.
La sanación personal como sanación tridimensional
Si
la persona, tal como la describe la logoterapia y el personalismo
comunitario, es un todo unitario que integra lo corporal y lo psíquico,
cualquier curación ha de ir más allá de lo biológico y lo psíquico. En
concreto, la sanación ha de operarse armónicamente en tres ámbitos: el espiritual o personal (el núcleo
profundo de la persona), el psíquico y el físico o somático. Y ha de ser así porque estas tres
dimensiones, y sus notas constitutivas, forman
un sistema, una estructura. Consiste la persona en una estructura
unitaria de notas (o componentes) pertenecientes a alguna de estas tres
dimensiones. En efecto, estas notas o componentes propios se organizan en
tres subsistemas: personal,
psíquico y orgánico. Cada nota o característica de cada uno de estos
subsistemas lo es de todas las demás.
La persona, en este sentido, no tiene
cuerpo ni tiene psiquismo sino que es corpórea y es psíquica. Y el psiquismo y el cuerpo son
personales. Por su parte, la corporeidad lo es de un psiquismo y viceversa.
La persona es más que su cuerpo y su psique, aunque no sería sin ellas.
Justamente por ello la mayor parte de las psicopatologías más
comunes, las neurosis, las ansiedades, las culpabilidades patológicas, no
se solucionan en su raíz ni con un tratamiento somático ni con uno
meramente psicoanalítico sino tratando lo más profundo de la persona,
recuperando espiritualmente a la persona.
Y lo mismo habría que decir de muchas enfermedades somáticas que tienen una
fuerte impronta genética de carácter psíquico y personal
Dadas estas premisas, si la antropología
sobre la que se construye una terapia sólo atiende a la dimensión psíquica
o la física, está reduciendo a la persona y se incapacita para comprender
en su auténtica dimensión su realidad y manifestaciones.
Así,
en una adicción, tratar sólo la dimensión física (p.e. tratar con metadona)
o la psíquica (hacer terapias de grupo, terapias conductistas de
modificación de hábitos) estaría dejando fuera de consideración el aspecto
más radicalmente personal, que es el más desestructurado en todo proceso
adictivo.
A este respecto, ha resultado especialmente esclarecedor
el análisis que Viktor Frankl realiza de las 'leyes de la ontología dimensional'. La persona es una unidad y
totalidad, pero es tal en sus tres dimensiones: física, psíquica y
espiritual (Frankl, 1990, pp. 87-88). Esta
triple dimensión le parece a Frankl una evidencia para la autocomprensión
prerreflexiva de toda persona, evidencia que el cientifismo del s. XX ha
oscurecido. De este modo, en la descripción de la persona establece lo que
denomina Frankl la ‘ontología
tridimensional’ (Frankl, 1990, pp. 153ss), inspirada en Hartmann, según la cual la persona es física, es
psíquica y es espiritual. Como es sabido, utilizando una analogía
geométrica, dirá Frankl que:
§
“Un solo e idéntico fenómeno, proyectado fuera de
sus dimensiones en otras dimensiones inferiores a la suya, origina figuras
diversas en claro contraste entre sí”.
Esto, en el plano antropológico, significa que un fenómeno humano, privado
de su dimensión personal y contemplado sólo desde una perspectiva biológica
o psicológica da lugar a comprensiones parciales y distintas del mismo fenómeno. Las reducciones (tanto en la comprensión
como en el diagnóstico o terapia) son incapaces de comprender adecuadamente
un fenómeno.
§
"Distintos fenómenos proyectados fuera de la
propia dimensión en una dimensión inferior a la propia, dan origen a figuras
que parecen semejantes".
En conclusión: lo que confiere su sentido más profundo y
su unidad a los fenómenos humanos es la dimensión personal. A fortiori, todo proceso de
infirmación ha de ser entendido, en última instancia, desde esta
profundidad de lo personal. Por ello, para sanar a la persona no son adecuadas las
meras técnicas, pues la tecné es
el tipo de saber que se aplica a objetos o a procesos para configurarlos o,
en su caso, para recomponerlos. Por tanto, tratándose de personas, parece totalmente
inadecuado el término 'técnica' pues su propia esencia supone una
concepción cosificante. La sanación provendría más bien de Acontecimientos
personalizantes. (Por supuesto, no negamos la utilidad y eficacia de las llamas ‘técnicas’
terapéuticas. Lo que afirmamos es que no son suficientes). Con esto
queremos decir que la sanación a la que nos referimos no es la que se
entiende como una intervención extrínseca, como una acción técnica sobre un
cuerpo o un mecanismo de comportamiento disfuncional. Entendemos más bien
la puesta en marcha de dinamismos personales que permitan a la persona
seguir creciendo en esa nueva circunstancia, que despierte en la persona
nuevos recursos de crecimiento y apertura, lo cual puede eventualmente
traer consigo la reducción o eliminación de algunas alteraciones
bio-psico-sociopatológicas.
En todo caso, el punto en el que nos
situamos al hablar de sanación no es en el reductivo biológico o
psicológico, sino en el personal, en el ámbito de la libertad, la
creatividad, responsabilidad, la autoconciencia, la identidad personal,
etc. En general, la mayor parte de las corrientes psicológicas y médicas, “niegan
todo sentido a las experiencias que no se correspondan con los instrumentos
de comprensión que la ciencia oficial se ha dado para observar la realidad.
Dicho de otra forma, impone a la interpretación del sentido la limitación
que una cierta preocupación por la positividad exige a la observación del
signo” (Giménez, p.12). Por tanto, obvian el hecho de que el
psiquismo es manifestación de una persona, por lo que si bien hay que
intervenir en el ámbito biológico o en el psíquico, también habrá que
atender a la dimensión personal.
4. Los acontecimientos terapéuticos
Desde
una perspectiva personalista y logoterapéutica, el proceso de sanar es el proceso en el
que ocurren los Acontecimientos personalizadores y terapéuticos. ¿Cuáles
son esos acontecimientos?
a.
Toma de conciencia de la propia dignidad
personal. Tomar conciencia,
por parte de la persona en proceso de sanación, de que es
persona y no cosa, es decir, que tiene un valor por sí mismo
y no se trata de un mero objeto dañado e 'inservible',
es un primer acontecimiento terapéutico.
b.
Recuperación y actualización de las capacidades
o potencialidades. La persona
debe, en primer lugar, reconocer sus notas características
y, en segundo lugar, recuperarlas de modo integrado, como
siendo unas-de-otras. Cuando la persona es capaz de reconocer
la riqueza que es, será capaz de abrirse paso en el proceso
de recuperación. Y esto ocurrirá, en primer lugar, acompañando
a la persona a tomar conciencia de sus capacidades intelectuales,
afectivas, volitivas y corporales. Sin embargo, tomar conciencia
de sus dynamis,
no basta. Hace falta la puesta en juego de esos dones o capacidades.
En segundo lugar, estas capacidades
han de crecer integradas. La superación del intelectualismo,
el voluntarismo, el sentimentalismo o el hedonismo corporal
son condiciones esenciales para una sanación integral. La
sanación supone, por tanto, conocer en que me he convertido
para poder así tomar mis propias riendas. Esto pasa, por cierto,
por poder verbalizar aquello que soy, pues verbalizar supone
haber tomado conciencia y, por tanto, distancia (lo que no
ocurre con el síntoma patológico, que está incrustado en mí).
La sanación es un proceso
que permite un mayor autoconocimiento y un mayor conocimiento
de la realidad y, en tercer lugar, un libre fluir de las
propias capacidades y la propia energeia.
Es el no aferrarse a la propia vida, el no querer asegurarla
sino el dejarla fluir.
c.
Recuperación y existencia según el sentido
existencial. Esta es una reivindicación de muchas
psicoterapias existenciales: desde Frankl a Rollo May y Binswanger.
Pero se trata de precisar dónde experimentar el acontecimiento
del sentido. Y este sentido se descubre, ante todo, con otros.
Son los otros con los que vivo comunitariamente los que me
ofrecen un protosentido, un contexto de sentido que tamiza
y comunica el que hay en mi propia cultura. Profundizar en
este sentido es vía necesaria. Pero es que, sobre todo, la
propia relación con los otros es fuente de sentido, es iluminadora,
sanadora, enriquecedora. En segundo lugar, las capacidades
o potencialidades que soy no están en mí estáticamente sino
que me llaman a una puesta en juego. Y me llaman de una manera
determinada. Es la orientación
personal a la acción. El descubrimiento de la propia llamada
es acontecimiento esencial en una terapia personalista. Se
trata de descubrir la propia cifra, el para
qué personal. Pero, en tercer lugar, el sentido se encuentra
en lo que nos sucede. No todo está en mí ni todo es previsible.
La persona tiene que ir respondiendo a las circunstancias
que se van presentando y sobre las que a veces tiene control
y sobre las que otras veces no las tiene. Entonces, el descubrimiento
de lo realmente valioso, lo cual suele tener lugar en los
momentos de dolor, de culpa, de muerte, de enfermedad, aunque
también en los de alegría, es lo que orienta ante lo que sucede.
Ser capaz de una axiostesis es otro acontecimiento terapéutico
esencial.
d.
Recuperando el encuentro. Sin duda, el acontecimiento del encuentro es el más decisivo terapéuticamente.
Es un acontecimiento no de simpatía ni empatía, sino de inclusión
mutua, de estar dos en mutua presencia fecundante. Y esto
ocurre en un doble plano: en el de la acogida
y en el de la donación
al otro. Y esto de modo recíproco. Para ello, es necesario
el descubrimiento del otro como persona, lo cual sólo ocurre
cuando uno mismo es tratado como tal, y no como socio o como
cosa. Luego, el acontecimiento del encuentro puede comenzar
siendo disimétrico, siendo primero el acompañante el que acepte
al otro como es, le comprenda, le afirme, le llame por su
nombre, le ofrezca su propio rostro (no el que de facto tiene
sino el que está llamado a tener) y le muestre que le incumbe.
En segundo lugar, se da una fundamentación personal: uno se
hace para el otro apoyo (material, afectivo...), posibilitante
(siendo la principal posibilidad que se le ofrece la propia
persona del acompañante) y, en tercer lugar, impulsante (Zubiri,
pp. 139, 240, 270, 563-568).
e.
Recuperación de la apertura a lo real. En primer lugar, se trata de tomar conciencia
de las propias cualidades y situaciones personales y aceptarlas
(no para conformarse con lo que pueda cambiar o mejorar, sino
para partir de modo realista de cómo soy y no de cómo temo
ser o de cómo me gustaría ser, de cómo imagino que soy). Es
la apertura a lo que uno mismo es como realidad. Pero también
esta apertura lo es a las condiciones de lo real, a cómo están
las cosas, a lo que realmente sucede (en vez de a lo que pienso
o imagino o temo o quiero que sean las cosas).
5. Otras características de un proceso integral
de sanación
a.
Sanación es afrontamiento de la propia realidad, es aceptación de lo real y
responsabilidad. Es apertura a lo real. En este sentido Mucchielli
afirmaba que la terapia sólo tiene un objetivo: la liberación del ser para que recupere su figura, su ser
persona, su sentido, su apertura, su responsabilidad (Cfr. Muchielli). El que se pone en camino de salud, se
habilita para otros acontecimientos, vive su vida como abierta y no anclada
en máscaras, hábitos. La vida se hace creativa. Por ello, es también
aceptar la propia finitud, la propia limitación. Y las propias capacidades.
La sanación, por ser apertura a lo real,
es aceptación de la propia infirmitas,
de la propia limitación. Es, por tanto, apertura confiada a la crisis, al
dolor. La aceptación del dolor permite hablar al dolor y mostrarnos quiénes
somos; nadie se conoce hasta que no ha sufrido. Y al conocernos lo que
somos, el dolor nos enseña a ser más misericordiosos y a mirar a los otros
de otra manera más acogedora. Además, acoger el dolor es ser capaz de
encontrar un sentido en el dolor, poniendo en marcha nuestros mejores
recursos. Por tanto, la curación
supone promocionar que la persona sea capaz de ejercer su libertad, capaz
de compromisos. Por ello, la vocación central del hombre es la de ser
una persona en situación de comprometerse libre y responsablemente. Pero,
también, supone responsabilizarse y afrontar sus miedos, sus ansiedades,
sus tristezas. Los conflictos hay que vivirlos, hay que pasarlos. Las
culpas hay que asumirlas. Negar todo lo negativo impide el crecimiento.
Nietzsche bien veía que el superhombre, el hombre que crecía y se hacía dueño
de sí era el que decía ‘sí’ a la vida, a todo lo alegre pero también a todo
lo trágico y dramático de la vida. La
salud no es la eliminación del dolor, el malestar, la tensión, la culpa, la
tristeza, sino la capacidad para afrontarlos y vivirlos positivamente,
creativamente, fecundamente. (Lo cual no significa que no exista el
malestar neurótico, la culpa neurótica, el estrés patológico o la tristeza
depresiva. Pero justo la patologización de estos estados procede de no
haberlos afrontado y haberlos disfrazado). De este modo, la sanación “no es
sólo una estación de llegada, sino además un modo de viajar en la vida,
aunque sea cargando con la enfermedad” (Díaz, p.20).
b. Sanación es
liberación. Una
sanación radical, personalizante, es liberación de los personajes que se
desempeña, de pseudo-deberes, de ideas distorsionadas, de opciones
encadenantes, del pasado y de lo exterior. Pero, en todo caso, es una
liberación para poder luego hacerse cargo de su vida, responsabilizarse. No
basta con tomar conciencia de sí: Hace falta salir de sí en favor de algo o
alguien, responsabilizarse. No se trata sólo de centrase en el aquí y
ahora, como pretende la psicoterapia Gestalt, sino de hacerse cargo de lo
que la vida me presenta aquí y ahora.
El trabajo terapéutico, por tanto, no puede ser sólo “despertar en
el hombre oprimido únicamente la conciencia de su propia opresión (...). El
trabajo revolucionario es mostrarle, en principio, que el fin último de
esta rebelión es la aceptación de una responsabilidad y la voluntad de una
superación (...) y también el educarlos desde ahora en una acción
responsable y libre” (Mounier, p.17). El
objetivo de la sanación supone un proceso en el cual la persona es consciente de sí y de lo real y se hace
responsable de sí y de lo real. Esto es un punto común a todas las
terapias existenciales. Para casi todos ellos, ser consciente implica
hacerse responsable. Y toda responsabilidad lo es ante uno mismo por algo
valioso que se descubre. Por tanto, supone el compromiso con lo realmente
valioso, con lo auténticamente debitorio.
La sanación es también liberación de lo superfluo. Es una desnudez, una progresiva
desposesión, un progresivo desenmascararse y soltar amarras. Por eso,
afirma Mounier que la mejora de las condiciones de vida más allá de lo
necesario no es realmente liberadora sino que le suele degradar (por
adormecimiento de su impulso interior, de su energeia). Es decir, el exceso de bienes produce adaptación,
bienestar-adormidera. La revolución material es condición necesaria para la
liberación de la persona y los pueblos, pero la abundancia y el confort, en
lo que se cifra el ideal pequeño burgués, termina por adormecer. “La adaptación
es necesaria para la vida, incluso para la vida espiritual, pero hasta un
cierto límite, más allá de éste, es un proceso de muerte” (Mounier, p.16).
La austeridad es liberadora, terapéutica: ¡De cuantas cosas no tengo
necesidad!
c. Sanación es
desenmascaramiento.
Las máscaras que recubren a la persona impiden incluso descubrir la propia infirmitas natural. El
desenmascaramiento es la actividad
propedéutica para cualquier proceso de sanación. Supone, como diría
Bacon en su Novum Organum, una pars destruens (desenmascarmiento), una conversio mentis bona (metanoia, transformación
recuperación personal) y una pars
construens (el propio proyeto desde la propia vocación). El
desenmascaramiento de las falsas llamadas, de los falsos sentidos, es la
forma de tomarse en serio a uno mismo, de poder encontrar las propias capacidades,
la propia llamada y de establecer auténticas relaciones. Parte de tomar
conciencia de uno mismo, de eliminar las falsas identidades y de atreverse
a correr el riesgo de ser uno mismo, afrontar las dificultades, los
fracasos. Saber afrontar el fracaso, la limitación, las rupturas, las
desilusiones, son la contrapartida inmediata de dejar la seguridad de la
máscara. Pero es también lo que asegura que se está recorriendo el camino
de la plenitud (que no coincide, pues, con el camino del éxito). Por otro
lado, sólo desenmascarada, la persona
puede optar por valores asentados en la persona y no por los valores
promovidos desde los intereses de la máscara. Desenmascararse es ser capaz
de responsabilizarse de la propia existencia, de aceptar la propia identidad,
con su falibilidad y su grandeza, con sus limitaciones y sus virtudes, con
su propio destino y vocación, asumiendo que uno ha de hacer sus elecciones.
Pero
han de desenmascararse tanto terapeuta
como cliente. De otra manera, no sería posible el encuentro (Cfr.
Buber). Como es evidente, vivir desde los personajes impide la auténtica
relación con los demás. Por ello, el mismo terapeuta, en el ejercicio de
sus funciones, debe inicialmente despojarse de la máscara de terapeuta y lograr, por otra parte, acceso a la
persona del cliente, no al ‘enfermo’, pues el enfermo en tanto que tal
también es máscara. El encuentro
terapéutico es un desenmascaramiento. Sanar, por tanto, es rechazar
mentirse a uno mismo. Y en este proceso hay que tener cuidado, pues el
terapeuta, si se limita a permitir que el paciente se conozca más sin
ayudarle a abrirse más a la experiencia de sí, del mundo y de los otros, lo
que está haciendo es convirtiéndole en personaje, enmascarándole como
persona patologizada, la está ahogando en sus propias cloacas.
Sanar es desenmascararse. Y éste es un
proceso doloroso, pues supone hacer luz sobre la verdad de uno mismo, una
verdad oculta, el descubrimiento de los verdaderos sentimientos, de los
verdaderos anhelos y necesidades, sin defenderse de nada (Rogers, p.109).
d. La sanación supone
apelar a la persona para que asuma una renuncia: la de los beneficios
secundarios que le proporcionan sus máscaras y, sobre todo, la máscara de su propia
patología, “para que colabore en la tarea de tomar sobre sí mismo los
desagrados y la renuncia que la terapia conlleva; para que esté dispuesto a
aceptar esa seriedad de la realidad de la que el estado de excepción le ha
dispensado” (Guardini, p.720). El proceso de sanación consiste, por tanto,
en el proceso de aceptar la realidad, y de aceptar la propia realidad. Para
eso, el terapeuta es el contexto donde resuena y se reconoce el decurso del
otro, donde cobra relieve su alteridad y donde se perfilan los contornos
donde el otro puede leer su propia vida
e. Sanar es recuperar
el propio nombre, que es llamada. “El nombre se libera de estas leyes. Le llama
afuera, a salir del mundo en el que estaba atrapado en su obrar, y hacia el
interior de sí mismo, a entrar en su presente, en un presente sobre el
cual, mientras sea nombrado el nombre, ningún pasado ni ningún exterior
tienen ningún poder. El hombre sabe de repente que es él mismo, lo sabe
mientras oye la llamada. Sabe que en él se halla la fuerza de comenzar”
(Rosenzweig, p.68). Por eso, la tarea de la vida es responder a esta
llamada, acogerla.
f. Sanación es
capacidad de ser 'autós' y de estar en proceso de crecimiento hacia su plenitud desde un
sentido explícito y en apertura a otros. Este estar en crecimiento desde sí
es lo que Rogers denominaba ‘tendencia actualizante’, lo que supone
previamente un poder confiar en la propia fuerza y de apertura a su
experiencia (Rogers, pp. 31, 77ss.), que no sólo abarca sus vivencias
internas, sino también sus relaciones (Ídem, p.41). La sanación supone el
camino hacia el autós: autoconfianza (esto permitirá, después, la apertura
a los demás y la apertura a la realidad, esperando lo inesperado),
autonomía (el deber surge del valor percibido y de la congruencia con lo
que se es vocacionalmente, y no de la imposición ambiental o de otros),
autoría (se vive desde lo que se es y no en función del rol o de lo que los
otros esperan de mí).
g. Sanación es
humoración.
La sanación supone saber y poder tomar distancia
respecto de uno mismo, de la propia vida. Por ello, el humor es característica propia de la persona saludable (y, a su
vez, un buen medio de sanación).
* Doctor en filosofía. Miembro del
Instituto Emmanuel Mounier Galicia
BIBLIOGRAFÍA
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encuentro” en Sanación y encuentro. Madrid:
Fundación Mounier.
Díaz, C.: (2005). Dolet,
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Mounier, E.: (1997). “Nuestro humanismo” en Mounier en Esprit. Madrid: Caparrós.
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Rosenzweig, F.: (1994). El libro del sentido común sano y
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