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TRES VÍAS DE REPENSAMIENTO DEL CONCEPTO DE
NATURALEZA HUMANA DESDE UNA PERSPECTIVA
PERSONALISTA*
Juan Manuel Burgos Velasco**
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Introducción
El
concepto de naturaleza humana está despertando un interés
renovado desde varias perspectivas. Algunas corrientes, como
la sociobiología, lo reivindican para identificar al hombre
con el mundo animal; desde posiciones clásicas, por el
contrario, se usa como referente para asegurar tanto la
identidad esencial de todos los hombres como su
espiritualidad mientras que las perspectivas culturalistas,
por su parte, se oponen a él por considerar que el hombres
es fundamentalmente cultura. El presente artículo intenta
definir la posición del personalismo en este debate. Para
ello, comenzaré describiendo muy brevemente el itinerario
teórico del concepto de naturaleza humana en el marco de la
tradición clásica junto con los debates y problemas que ha
generado y después señalaré las opciones que -a mi juicio-
ha adoptado o puede adoptar la filosofía personalista a la
vista de esos datos.
1.
Primer debate: clasicismo vs modernidad
El concepto de naturaleza humana, en contra de lo
que podría parecer, es muy complejo, por lo que se requiere
de partida una clarificación de los términos lo más precisa
posible para evitar una discusión vacía y sobre palabras.
Reflexionando sobre este hecho, he llegado a la conclusión
de que es posible determinar tres significados fundamentales
en referencia a la filosofía clásica. Son los siguientes: 1)
el concepto naturalista; 2) el concepto clásico: corpóreo y
ampliado y 3) el concepto culturalista.
El
concepto naturalista concibe la naturaleza humana como el
conjunto de tendencias físicas y biológicas que existen en
el hombre con la particularidad de que reduce el hombre a
ese conjunto de tendencias. Es, por tanto, una posición
decididamente materialista que identifica la naturaleza como
conjunto de realidades materiales (el mundo natural) con la
naturaleza humana. No habría ninguna diferencia esencial
entre ambas (1).
La
posición clásica, por el contrario, incluye en la naturaleza
todas las tendencias de la persona, las físico-biológicas y
las espirituales. Es una perspectiva integradora y global.
Hay que señalar, de todos modos, que el concepto clásico,
históricamente, está pensado para las realidades
físico-biológicas y, después, se amplia, al hombre. Hay,
así, dos modalidades en la posición clásica. La original
generada en la filosofía de la naturaleza: naturaleza como
esencia corpórea en cuanto principio de operaciones; y la
ampliada, metafísica o general: naturaleza entendida como
esencia en cuanto principio de operaciones (2).
Por
último, la posición culturalista se identifica con la
posición naturalista en lo que se refiere al modo de
entender la naturaleza humana pero difiere radicalmente en
la manera de entender al hombre. Para los culturalistas, la
naturaleza humana coincide con lo que dicen los naturalistas
pero, justamente por eso, el hombre no sólo no se reduce a
la naturaleza sino que más bien se opone a ella. Lo propio
de la persona humana es la libertad y la creatividad, la
cultura y la historicidad, el dominio de sí y la
autodeterminación, cualidades, todas ellas, que sólo se
pueden ejercitar en la superación y/o oposición a una
naturaleza biologicista y, por tanto, determinista. El
hombre, en definitiva, tiene naturaleza pero es cultura y,
por lo tanto, puede usar su naturaleza como le parezca
conveniente ya que ésta no es, especialmente en las
versiones más extremas -Sartre, la teoría radical del
género-, más que la materia de su libertad (3).
Estas
tres posiciones se han enfrentado históricamente de muchos
modos pero nos interesa analizar fundamentalmente la
controversia entre la posición clásica y la culturalista.
¿Qué es lo que se achacan una a otra? El culturalismo, que,
por otra parte, constituye la posición actualmente
predominante, se opone a la visión clásica por considerar
que ofrece una imagen inadecuada del hombre que privilegia
los aspectos preconstituidos o naturales -en el sentido
biológico- frente a la libertad que lo hace dueño de sí y de
su destino; insiste en la universalidad abstracta de la
naturaleza humana sin tener en cuenta que cada hombre es
distinto de los otros y forja su propio destino y, por esta
cortedad de miras, no contempla la historicidad, es decir,
la evolución y modificación del modo de ser de los hombres,
que se opone, como un dato de hecho, a esa pretendida
universalidad que sólo es posible mantener ignorando la
temporalidad. Por todas estas razones, concluye el
culturalismo, el concepto clásico de naturaleza humana debe
ser rechazado como contrario a la verdadera realidad del ser
humano.
La
posición clásica responde a esta poderosa crítica
distinguiendo dos aspectos que permiten desdoblar este
debate en un conflicto aparente y un conflicto real (4).
Hay un
conflicto aparente cuando este debate se basa en una
malinterpretación del concepto metafísico de naturaleza. De
acuerdo con esta perspectiva, las críticas del culturalismo,
en realidad, no tendrían sentido ni estarían justificadas ya
que se basan en una identificación errónea entre el concepto
naturalista y el metafísico. En el principio metafísico, en
realidad, no hay rigidez, ni universalidad abstracta ni
ahistoricidad. Puede haberla, quizás, en el naturalista, que
deja fuera de su definición la inteligencia y la libertad,
pero esto no tiene nada que ver con el planteamiento
metafísico que incluye en su interior todos los dinamismos
humanos. Así pues, para la posición clásica, este primer
debate consistiría básicamente en un conflicto aparente que
se disolvería si ambas tradiciones fueran capaces de
dialogar y superar el equívoco que genera su distinto uso de
la palabra “naturaleza”: con sentido naturalista para los
culturalistas, con sentido íntegro para los clásicos.
Pero,
añade la posición clásica, cabe una segunda posibilidad.
Cabe que los culturalistas se opongan al concepto de
naturaleza no por una equivocación, sino con plena
conciencia y para evitar que se introduzca subrepticiamente
en la concepción del ser humano cualquier rasgo que lleve
consigo el carácter de “datidad”, es decir, de cualidad
recibida y no generada completamente por la persona. ¿Por
qué? Porque este carácter remite -se quiera o no- a un ser
creador. Si el hombre tiene unos rasgos determinados y
precisos que no dependen de su libertad, alguien -mejor
Alguien- debe haberlos hecho existir. Aquí se entra en un
terreno diferente y el conflicto se hace real porque la
posición clásica mantiene justamente ese origen último
divino de la naturaleza: el hombre no se ha creado a sí
mismo, le ha creado Dios. Y, si esto no se quiere aceptar,
o, si de manera más sutil, se quiere prescindir del concepto
de naturaleza para bloquear esa vía, entonces el debate está
servido pues para la tradición clásica tal posición resulta,
además de falsa, inaceptable.
2.
Segundo debate: tomismo versus personalismo
Así
concluye el debate entre clasicismo y culturalismo, pero
justamente aquí se inicia otro diferente que, esta vez,
tiene lugar dentro de la tradición clásica entre dos
posiciones que hemos agrupado en torno al tomismo y al
personalismo. ¿Por qué se genera una nueva controversia?
Porque para el tomismo ya no hay nada más que decir sobre la
cuestión mientras que el personalismo considera que, en
realidad, el debate anterior se ha cerrado en falso. En
efecto, si bien acepta fundamentalmente los términos en los
que se ha planteado añade una coletilla decisiva: la
posición culturalista o moderna tiene algo de razón. No, por
supuesto, en el rechazo o bloqueo de la trascendencia sino
en sus críticas al concepto metafísico de naturaleza.
Lo que
el personalismo advierte es que, si bien el concepto
metafísico, es, en teoría, un concepto lo suficientemente
abierto para escapar a las críticas del culturalismo, de
hecho no ha funcionado como tal sino que ha proporcionado
una imagen del hombre excesivamente rígida y pasiva, en la
que lo dado, la naturaleza, ha prevalecido sobre la
libertad, la cultura y la historia. Lo que indica el
personalismo, por tanto, es que el presunto conflicto
aparente no sería en realidad tan aparente, sería un
conflicto real en el que la posición moderna-culturalista se
opondría, al menos con una parte de razón, a la perspectiva
que, de hecho, ha desarrollado la posición clásica.
¿Es
esto cierto o no? Para dilucidarlo me parece necesario
distinguir dos conceptos metafísicos: el primero consiste
exclusivamente en la definición genérica (esencia como
principio de operaciones). Este concepto no genera
inicialmente ningún problema, pero tiene un límite: es
excesivamente general porque no dice nada concreto sobre
cómo es la operatividad humana. Y, por tanto, es
insuficiente. De hecho, el tomismo no se limita a entender
la naturaleza humana así, sino que tiene un modo específico
de entender la naturaleza humana que se puede identificar
con la teleología aristotélica. Y aquí es justamente donde
se origina el problema porque la teleología aristotélica
-especialmente en algunas formulaciones- refleja muy
adecuadamente una parte del dinamismo humano pero no todo.
Es más, con cierta facilidad puede dar lugar a una
descripción de la dinamicidad del hombre con tintes pasivos
y estáticos, rígidos y a-subjetivistas u objetivistas. La
teleología, en efecto, insiste con suma facilidad en la
estructura de fines ya dados y constituidos y presta poca
atención al sujeto humano libre y creativo en el que tales
fines existen y en relación al cual sólo tienen sentido.
Llegados a este punto, el paso siguiente que hay que dar es
determinar las salidas que el personalismo plantea a los
problemas y dificultades que se han señalado. Cabe, en
efecto, preguntarse: ¿es viable el concepto de naturaleza o
no?, ¿lo asume el personalismo de algún modo o de ninguno?,
¿cuál es el concepto de naturaleza que el personalismo
emplea? Estas cuestiones las vamos a abordar desde tres
perspectivas. La primera apunta al mantenimiento del
concepto de naturaleza entendido como humanidad; la segunda
investiga la posibilidad de una reformulación del concepto
metafísico concreto y la tercera propone un deslizamiento
del concepto de naturaleza al de persona (5).
3. La
naturaleza como unidad de la humanidad
Comenzaremos planteándonos si resulta oportuno o no, y en
qué condiciones, emplear el concepto de naturaleza, para lo
cual hay que empezar dirigiendo la mirada al marco cultural.
Las palabras no están semánticamente aisladas, sino que
toman su significado último del contexto en el que son
utilizadas. Por eso, si bien se puede hacer un análisis para
determinar con la mayor precisión posible lo que
teóricamente debería ser su verdadero y auténtico
significado, no se puede tener la ingenuidad de pensar que
se va a imponer socialmente por el simple hecho de haberlo
dilucidado en una investigación. El sentido que, de hecho,
seguirá teniendo es el que esté impuesto socialmente, dato
que es muy importante tener en cuenta para valorar si
conviene o no emplearlo.
Pues
bien, en el caso de la naturaleza los significados
mayoritariamente vigentes desde un punto de vista social son
dos. El primero, dentro de la tradición filosófica clásica,
es el metafísico pero en su vertiente teleológica. Desde que
Aristóteles elaborara esta teoría hace 25 siglos, la
naturaleza se ha entendido generalmente no sólo como la
esencia en cuanto principio de operaciones sino también y
simultáneamente como una estructura dinámica de tipo
teleológico. A lo largo de todo ese tiempo esa conexión se
ha consolidado, se ha fundamentado y se ha automatizado. Y
esto significa, a nuestros efectos, que, en el interior de
esta tradición resulta muy difícil, por no decir
prácticamente imposible, referirse al concepto de naturaleza
sin emplear automáticamente la interpretación teleológica o
metafísica-concreta.
El
segundo factor que hay que tener en cuenta es que la
naturaleza en el lenguaje común se identifica de manera
abrumadora y general con el mundo biológico-natural:
plantas, animales, etc., lo cual coloca al filósofo que
pretenda usar este concepto en una perspectiva no
naturalista en una tesitura muy incómoda. En efecto, cuando
él lo emplee querrá indicar al hombre en su totalidad, pero
la mayoría de los oyentes pensará que se está refiriendo a
lo que ellos entienden por naturaleza con la probable
consecuencia de adjudicarle una posición naturalista que es
justamente la que intenta rechazar.
Estos
dos problemas -prácticamente insuperables por el profundo
arraigo de ambos significados- son los que han llevado en
general a los autores personalistas a un uso escaso o
renuente del término naturaleza o naturaleza humana. Desde
un punto de vista filosófico, su uso implica la inmersión en
una perspectiva teleológica que, si bien no se rechaza
totalmente, tampoco se asume de manera integral. Pero no se
trata tan sólo de una posible “etiquetación” por parte del
mundo filosófico. El problema es más profundo. Por esa
conexión automática que existe entre el concepto de
naturaleza y el paradigma teleológico resulta prácticamente
imposible usar ese concepto sin emplear, al mismo tiempo,
toda la estructura teleológica. El peligro que se corre está
a la vista: introducir de una manera clandestina y poco
consciente en la propia elaboración filosófica los esquemas
y planteamientos de una estructura conceptual que no se
comparte de modo pleno. Además, se corre el riesgo de ser
automáticamente tachado de naturalista. De ahí la
consiguiente reticencia ante el uso de este término.
Esta
cautela ha sido a veces malinterpretada dentro de la
tradición clásica. En ocasiones se ha pensado que los
personalistas no adoptaban con claridad una posición
favorable a la existencia de una naturaleza humana con el
consiguiente peligro de caída en el relativismo; en otras se
ha pensado que no se daban cuenta del significado metafísico
del concepto y lo identificaban con el naturalista. “Los
personalistas, afirma por ejemplo Rodríguez Lizano, suelen
evitar hablar de naturaleza al referirse al hombre porque,
por influencia de las posiciones fenoménicas y
existencialistas, tienden a reducir el concepto de
naturaleza a lo corpóreo y determinado. (...). No aprecian
que la naturaleza expresa el modo de ser de cada ente y por
ende reflejará que una naturaleza es libre cuando se refiere
al ser humano o a cualquier ser espiritual” (6). Pero, como
creemos haber mostrado con claridad, ninguna de estas
perspectivas acierta. Ni los personalistas tienen un
concepto de naturaleza limitado a lo corpóreo ni ignoran que
el concepto metafísico incluye la dimensión espiritual ni
tienen dudas sobre la igualdad esencial de todos los
hombres; el problema que advierten, y en el que no quieren
caer, es el lastre determinista que puede incorporar el
concepto de naturaleza. Y una manera de evitarlo es usándolo
poco y con cautela.
Sin
embargo, el concepto de naturaleza humana resulta
irrenunciable porque, en su estructura más esencial, además
de significar la dinamicidad humana, da razón de un hecho
humano fundamental: la igualdad esencial de todos los
hombres. Todos los hombres somos radicalmente iguales -y,
por lo tanto, tenemos las mismas reglas morales, los mismos
derechos y deberes, la misma dignidad- porque tenemos la
misma naturaleza, porque somos igualmente hombres. No está
en juego aquí un mero principio filosófico, sino un
postulado básico de la sociedad de enormes consecuencias
para el ordenamiento jurídico, moral, político y para la
vida cotidiana (7).
¿Cómo
compaginar entonces ambos aspectos: es decir, las
connotaciones negativas que tiene el concepto tanto desde un
punto de vista filosófico como en el lenguaje común, con sus
aspectos positivos e irrenunciables? La vía utilizada por
algunos personalistas ha sido la de entender la naturaleza
humana como simple humanidad o, en otros términos, como el
modo de ser común de todos los hombres pero sin entrar en
ningún tipo de especificación técnica. Esta acepción tiene
la gran ventaja de que se usa en el lenguaje común sin una
significación negativa. En efecto, una afirmación del tipo:
“las leyes de la naturaleza humana” genera normalmente una
sensación negativa porque sugiere una estructura rígida que
aherrojaría la libertad; en cambio, la afirmación: “está en
la naturaleza de los hombres el amar (o el odiar)” no
suscita esa reacción porque implica más bien que, a pesar de
que los hombres somos muy distintos, hay algunos rasgos
comunes que hacen que, a pesar de todo, nos podamos
considerar hombres. Nótese, y es el segundo punto, que aquí
no hay ninguna referencia técnica al modo concreto de
concebir la naturaleza humana; lo que está implícito
exclusivamente en el uso del término es que, de algún modo u
otro, todos los hombres somos iguales en algunos aspectos
(en este caso, el amor o el odio) pero deja completamente
abierto el modo filosófico en el que se entiende o se
formula esa igualdad.
Esto
es lo que entiendo por emplear el concepto de naturaleza
humana como humanidad, algo que, por otro lado, está
presente también en numerosos estudios filosóficos que,
cuando se plantean determinar los rasgos propios de la
naturaleza humana, lo único que intentan es determinar qué
es el hombre. Trigg, por ejemplo, en su libro Concepciones
de la naturaleza humana (8), se limita a exponer una docena
de concepciones sobre el hombre de algunos de los filósofos
más importantes de la historia sin entrar en los problemas
más técnicos relativos a lo que signifique propiamente
naturaleza. Y el mismo Hume, en su conocido Tratado sobre la
naturaleza humana, tampoco aborda directamente el concepto
de naturaleza, sino que se limita a exponer su visión del
hombre.
Mounier ha descrito esta opción con su característica
brillantez: “Hay un mundo de las personas. Si ellas formaran
una pluralidad absoluta, resultaría imposible pronunciar a
su respecto este nombre común de persona. Es necesario que
haya entre ellas alguna medida común. Nuestro tiempo rechaza
la idea de una naturaleza humana permanente, porque toma
conciencia de las posibilidades aún inexploradas de nuestra
condición. Reprocha al prejuicio de la ‘naturaleza humana’
limitarlas de antemano. En verdad, resultan a menudo tan
sorprendentes que no se debe fijarles límites sino con
extremada prudencia. Pero una cosa es negarse a la tiranía
de las definiciones formales y otra negar al hombre, como a
menudo lo hace el existencialismo, toda esencia y toda
estructura. Si cada hombre no es sino lo que él se hace, no
hay ni humanidad, ni historia, no comunidad (…). Así, el
personalismo coloca entre sus ideas claves la afirmación de
la unidad de la humanidad en el espacio y en el tiempo,
presentida por algunas escuelas de fines de la Antigüedad y
afirmada en la tradición judeocristiana” (9).
4.
Reformulación del concepto metafísico concreto de naturaleza
humana: de la teleología a la autoteleología
La
segunda opción que puede adoptarse ante las dificultades que
plantea el concepto de naturaleza es la reformulación del
concepto metafísico concreto para lograr que incorpore los
elementos que se echan en falta dentro de la perspectiva
tomista. Esta es, en concreto, la perspectiva que Karol
Wojtyla ha desarrollado al proponer su concepto de
autoteleología. Wojtyla es perfectamente consciente tanto de
las virtualidades de la posición tomista como de sus
límites. En particular, es muy sensible a la escasa
presencia en esta tradición de la dimensión subjetiva de la
persona porque es ahí donde reside aquello que la hace
irrepetible. El hombre nunca está volcado al exterior sin
estar volcado al tiempo sobre sí mismo; es más, la
autorelación es mucho más importante que la tendencia hacia
objetos exteriores porque el hombre es mucho más digno y más
relevante para sí mismo que los objetos que le rodean, a
menos que se trate de personas; y, en este caso, y por muy
fuerte que sea la relación interpersonal, la autodependencia
y autoresponsabilidad del yo nunca es transferible. ¿Qué
significa esto? Significa, en definitiva, que el hombre
nunca tiende a algo fuera de sí sin tender hacia sí mismo o,
en otras palabras, que la teleología es, en realidad,
autoteleología.
Para
desarrollar esta idea, Wojtyla emplea el doble sentido del
término telos: el de fin y el de confín o límite mostrando
que, siempre que el hombre se dirige hacia un fin, se dirige
también hacia sí mismo. “En esa relación, precisamente,
afirma, está contenido de algún modo el ‘núcleo’ de la
autoteleología del hombre. Ya hemos dicho que telos
significa no sólo ‘fin’ sino también ‘confín’. El análisis
de la autodeterminación indica que el voluntarium, en cuanto
estructura dinámica interior de la persona constituyente del
acto, encuentra su ‘confín’ propio, no en los valores, hacia
los cuales intencionalmente se dirige el acto humano del
querer, sino en el mismo ‘yo’ subjetivo que, a través del
acto de voluntad que quiere cualquier valor y la elección
contenida en él, dispone, al mismo tiempo, de sí mismo y
quiere y se escoge a sí mismo en un cierto modo” (10).
Se
trata de una perspectiva muy novedosa, que todavía no ha
sido estudiada a fondo, y que sin duda requeriría mucha
mayor atención de la que ha recibido hasta el momento. No
es, por otro lado, un mero apunte o sugerencia. Si bien
Wojtyla no pudo desarrollar esta idea porque su elección
como Papa truncó su investigación filosófica, este
planteamiento no es más que un desarrollo y una ampliación
de todo lo tratado en Persona y acto (11). En este texto, en
efecto, ha desarrollado con gran profundidad una concepción
de la persona con una estructura voluntaria bi-direccional.
En la dirección horizontal, el hombre elige objetos (cosas o
personas); en la dimensión vertical se elige a sí mismo a
través de la elección de objetos o, más precisamente, se
autodetermina a través de esas elecciones. De estas dos
dimensiones, la más importante es la vertical porque la
primera implica instancias externas al sujeto mientras que
la segunda implica al mismo sujeto. ¿Puede el hombre decidir
sobre sí mismo? Para Wojtyla, esto no solo es evidente,
sino que la estructura central de Persona y acto no es más
que una articulación de esta idea. Pero esto sólo es
posible, y es el punto que nos interesa ahora, porque el
hombre es fin para sí mismo.
Con
esta teorización tan original, Wojtyla, de hecho, ya ha
transformado la teleología en autoteleología, sólo que en
Persona y acto no insiste en esta perspectiva pues lo que le
ocupa en ese momento es la comprensión de la libertad. Pero
las bases de la teoría autoteleológica ya están puestas y,
además, a su modo, es decir, no suprimiendo la teleología,
sino asumiéndola e integrándola en una perspectiva más
amplia. “La autoteleología, afirma expresamente Wojtyla,
presupone la teleología: el hombre no es el confín de la
autodeterminación, de las propias elecciones y de los
propios actos de voluntad independientemente de todos los
valores hacia los cuales se dirigen las elecciones y los
actos de la voluntad. La autoteleología del hombre no
significa, ante todo, un encerrarse del hombre en sí mismo,
sino un contacto vivo, propio de la estructura de la
autodeterminación, con toda la realidad y un intercambio
dinámico con el mundo de los valores, en sí mismo
diferenciado y jerarquizado. La autoteleología del hombre
implica sólo que tal contacto e intercambio vivificante
tiene lugar en el nivel y en la medida que es propia del
‘yo’ personal, en el que encuentra su punto de llegada y de
partida, en el que de algún modo comienza y en el que, en
última instancia, se funda, del que toma su forma y al que
da forma” (12).
5. De
la naturaleza a la persona
Karol Wojtyla, de todos modos, ha usado de manera
muy limitada el concepto de naturaleza en su gran obra de
antropología Persona y acto. Y esto resulta muy
significativo pues vendría a constatar que, para él, el
concepto de naturaleza no es importante en la antropología.
Esta afirmación podría sorprender ya que parece que se
contradice con cuanto acabamos de afirmar sobre su intento
de reformular el concepto de naturaleza. Por eso, vale la
pena analizar la cuestión con detalle.
En
Persona y acto el uso del concepto de naturaleza se puede
considerar residual. Apenas se le dedican unos cuantos
epígrafes donde, eso sí, se trata con profundidad y
precisión. ¿Por qué sucede esto? Porque Persona y acto es un
tratado sobre la persona, no sobre la naturaleza, es una
reflexión en la que Wojtyla quiere determinar lo que
constituye la estructura específicamente personal del ser
humano. Y esta estructura, que para él estriba en la
autodeterminación, no es posible encontrarla en el concepto
clásico de naturaleza humana porque éste está pensado para
describir cómo el hombre tiende a objetos exteriores, pero
lo que le interesa recalcar a Wojtyla es que la persona es
tal fundamentalmente por la relación de autodominio y la
capacidad de autodeterminación que tiene sobre sí misma. Y
como acceder a esta perspectiva desde la visión teleológica
clásica es prácticamente imposible, de ahí su uso limitado,
de acuerdo con la posición general de los personalistas que
ya hemos descrito. Ahora bien, en escritos posteriores
señala que el autodominio y la autodeterminación pueden ser
aplicados directamente a la teleología haciendo que se
transforme en autoteleología mediante una integración del
mecanismo teleológico y el autoreferencial, cuya síntesis es
la autoteleología. A esta reelaboración integradora es a lo
que hemos llamado concepto reformulado de naturaleza humana.
La
cuestión es: ¿Hasta qué punto es posible emplear este
concepto reformulado de naturaleza en la elaboración de la
antropología? A mi juicio, y hoy por hoy, se trata de una
cuestión abierta. Ante todo, porque es un tema muy poco
estudiado y que, por lo tanto está pendiente de precisar y
explorar en muchos aspectos. Y, en segundo lugar y sobre
todo, porque el personalismo prefiere, en el fondo, hacer
una transición a la persona (13). El motivo principal ya lo
hemos señalado: el peso de la tradición en torno al concepto
de naturaleza es enorme y, por eso, su utilización en un
nuevo marco conceptual resulta problemática. De manera
prácticamente inevitable va a forzar la orientación de los
conceptos hacia la perspectiva teleológica. Por eso, el
mejor modo de evitar este problema es, justamente, el de
transitar hacia la persona y limitarse a usar el concepto de
naturaleza de manera restringida y entendida simplemente
como humanidad, es decir, como modo de ser de los hombres
(14).
Transitar hacia la persona quiere decir fundamentalmente
construir la antropología no a partir del concepto de
naturaleza sino a partir del concepto de persona (15). Tal
opción metodológica tiene grandes ventajas porque supera
desde el mismo punto de partida los inconvenientes
doctrinales que presenta el concepto de naturaleza.
Considerémoslo.
Al
concepto tomista de naturaleza humana se le habían achacado
tres límites ligados a su excesiva dependencia de la
estructura teleológica: estaticidad, rigidez y exterioridad;
límites que, conjuntamente, pueden describirse como una
falta de sensibilidad frente a las dimensiones culturales y
creativas. ¿Sucede esto también en el caso de la persona? En
absoluto. Esta noción no depende estructuralmente de la
teleología y, por eso, no genera las características
conceptuales comunes a esta descripción y tampoco la sugiere
en el marco del lenguaje común. Referirse a la persona como
criterio de moralidad o de acción no implica ningún “riesgo
cultural”. Al contrario, supone, en bastantes casos, una
apelación a un marco de valores comúnmente aceptado.
De
igual modo se supera la contraposición naturaleza-cultura
que parece generarse automáticamente en cuanto se recurre a
la naturaleza, a pesar de todos los esfuerzos de
clarificación de la posición clásica. Hablar de naturaleza
significa inevitablemente separarse de lo que no es
naturaleza, es decir, de la voluntad y de la cultura. Pero
tal contraposición genera confusión y desorientación, y
distorsiona la elaboración de una antropología equilibrada
en la que esos dos factores, que son ambos constitutivos
esenciales de la persona -no existe persona sin cultura-, se
articulen de manera armónica. El mejor modo de solventar el
problema y facilitar esa articulación es no diferenciarlos
en el punto de partida, pues la experiencia muestra
sobradamente que todo aquello que se diferencia desde el
inicio en una teoría filosófica muy difícilmente puede ser
unido a posteriori de manera consistente.
También se supera automáticamente la ambigüedad potencial
del término “naturaleza” porque la polisemia del término
persona es mucho más limitada. Sabemos que naturaleza puede
significar mundo de lo “natural” o bien “naturaleza humana
espiritual”. Entre ambos significados media un abismo que es
la causa de múltiples malentendidos. Se puede acusar a quien
lo usa de naturalismo, pensando que reduce la naturaleza
humana a materialidad porque erróneamente se identifica esta
posición con el naturalismo biologicista, y, por oscilación
pendular, justificar la posición culturalista que se centra
exclusivamente en la dimensión creativa olvidando que el
hombre no se hace completamente a sí mismo sino que tiene un
modo de ser específico que sólo puede modificar en parte.
Todas esas confusiones y contraposiciones desaparecen
automáticamente con el recurso al término “persona” porque
éste implica conceptualmente tanto la libertad como el
cuerpo y la psique en una integración equilibrada y
armónica.
Ésta
es, pues, en definitiva, la opción última y más profunda del
personalismo: la transición a la persona, una transición que
no tiene por qué olvidar ni prescindir del término
“naturaleza” pero que se usará habitualmente de manera
limitada –para no recaer en la arquitectura conceptual
ligada a este concepto- y en el sentido amplio de humanidad.
* Una
primera versión de este texto se presentó en las III
Jornadas de la Asociación Española de Personalismo (Madrid,
febrero de 2007). Recoge ideas que se tratan con mucho más
detalle en J. M. BURGOS, Repensar la naturaleza humana,
Eunsa, Pamplona 2007.
**
Presidente de la Asociación Española de Personalismo. (Ver
más en nuestro link de Autores).
Notas:
(1) En
esta línea se puede mencionar a la sociobiología de Wilson.
Dos recientes publicaciones con esta perspectiva son: J.
MOSTERÍN, La naturaleza humana, Espasa Calpe, Madrid 2006 y
S. PINKER, La tabla rasa. La negación moderna de la
naturaleza humana, Paidós Barcelona 2003.
(2) El
tema de la ampliación de la perspectiva original
aristotélica, pensada sobre todo para las cosas, ha sido
tratado por M. ARTIGAS, J.J. SANGUINETI, Filosofía de la
naturaleza (3ª ed.), Eunsa, Pamplona 1993.
(3)
Aquí la lista de representantes podría hacerse infinita,
pues parte sustancial de la filosofía moderna rechaza la
noción de naturaleza; pero valga por todos esta cita de
nuestro filósofo Ortega: “Podéis llamar a la Naturaleza como
gustéis; es la diosa que acude a una evocación de mil
nombres: naturaleza es la materia, es lo fisiológico, es lo
espontáneo. En una sinfonía de Beethoven pone la Naturaleza
las tripas de cabra sobre el puente de los rubios violines,
da la madera para los oboes, el metal para los clarines, el
aire vibrátil para las ondas sonoras. Y todo lo que en una
sinfonía de Beethoven no es tripas de cabra, ni madera, ni
metal, ni aire inquieto, es cultura” (J. ORTEGA Y GASSET,
Renan, Obras Completas, I, Alianza, Madrid, p. 459).
(4) La
terminología la tomo de K. WOJTYLA, La persona humana y el
derecho natural, en Mi visión del hombre (4ª ed.), Palabra,
Madrid 2003.
(5)
Las propuestas que presento a continuación son elaboraciones
personales apoyadas en Mounier y sobre todo en Karol
Wojtyla, dos representantes de la vía más ontológica del
personalismo. La vía dialógica no se plantea directamente
este problema pues su modo de acceder al misterio del hombre
es diverso, a través de la relación interpersonal. Véase,
por ejemplo, M. BUBER, Yo y tú (3ª ed.), Caparrós, Madrid
1998 o E. LÉVINAS, Totalidad e infinito (5ª ed.), Sígueme,
Salamanca 2002.
(6) J.
RODRÍGUEZ LIZANO, El personalismo. Sus luces y sombras, en
El primado de la persona en la moral contemporánea,
Universidad de Navarra, Pamplona 1997, p. 306.
(7)
Álvarez Munárriz señala, que, además de la universalidad, en
el concepto clásico están implícitos los siguientes valores:
realismo, orden y sentido. Cfr. L. ÁLVAREZ MUNÁRRIZ,
Perspectivas sobre la naturaleza humana, DM, Murcia 1996.
(8)
Cfr. R. TRIGG, Concepciones de la naturaleza humana. Una
introducción histórica, Alianza, Madrid 2001.
(9) E.
MOUNIER, El personalismo, ACC, Madrid 1997, p. 26 (cursiva
mía).
(10)
K. WOJTYLA, Trascendencia de la persona y autoteleología, en
El hombre y su destino (4ª ed.), Palabra, Madrid 2005, pp.
141-142.
(11)
Cfr. J. M. BURGOS, La antropología personalista de Persona y
acción, en J. M. BURGOS (ed.), La filosofía personalista de
Karol Wojtyla, Palabra, Madrid 2007.
(12)
K. WOJTYLA, Trascendencia de la persona y autoteleología, en
El hombre y su destino, cit., pp. 142-143.
(13)
Un interesante análisis de esta tesis para el caso de la
moral sexual en K. WOJTYLA, El problema de la ética sexual
católica, en El don del amor, (3ª ed.), Palabra, Madrid
2003, especialmente pp. 136 y ss.
(14)
La transición hacia la persona por parte de la corriente
realista de la fenomenología (Scheler, Stein, Hildebrand)
está expuesta con detalle en U. FERRER, ¿Qué significa ser
persona?, Palabra, Madrid 2002.
(15)
Esto es justamente lo que he intentado en J. M. BURGOS,
Antropología: una guía para la existencia (2ª ed.), Palabra,
Madrid 2005.
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