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JESÚS Y EL DESPERTAR DE SU VOCACIÓN
Ariel
Álvarez Valdés*
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El adiós a la carpintería
Solemos pensar que Jesús desde su infancia tenía
plena conciencia de que era el Hijo de Dios, de que había venido a este
mundo para predicar el Reino, de que debía morir en la cruz, y de que así
salvaría a toda la humanidad. Y creemos que, por esa conciencia tan clara
que Él tenía, en determinado momento de su vida (que ya estaba prefijado, y
que Él conocía de antemano por ser Dios) abandonó la carpintería de
Nazaret, donde se ganaba la vida trabajando, y salió a anunciar por los
caminos la llegada del Reino de Dios, tal como su Padre del cielo le había
encomendado.
Pero las cosas no parecen haber sido tan
simples. Porque así como Jesús necesitó (como hombre que era) de ciertos
factores humanos que lo ayudaran a cumplir su tarea en este mundo, así
también no nos debe sorprender que haya necesitado de alguien que lo
ayudara a descubrir, de algún modo, lo que su Padre del cielo requería de
Él.
Y en esta tarea, quien desarrolló un papel
fundamental fue Juan el Bautista. Todos sabemos, por los evangelios, que
este famoso predicador judío bautizó a Jesús. Pero ¿eso fue todo lo que
Juan hizo por Jesús? Si leemos con cuidado los evangelios, más bien parece
que no.
¿Quién
era Juan el Bautista?
Hacia el siglo I de la era cristiana, la
religión judía había caído en un profundo letargo. La situación política oprimente
que reinaba en el país, el cansancio moral por la espera de un Salvador que
no llegaba nunca, la vida escandalosa de la clase gobernante (supuesta
representante de Dios), y la degradación de los mismos sacerdotes del
Templo (más preocupados por sus propios intereses que por animar la fe del
pueblo), habían ido poco a poco enfriando la devoción de la gente y
desanimando la práctica religiosa.
Frente a este panorama, apareció de pronto un hombre
que buscó inyectar nuevas fuerzas al judaísmo decadente y sacudirlo de su
modorra. Era Juan, el hijo único de un sacerdote del Templo llamado
Zacarías.
Su voz estalló como un trueno en el sereno
horizonte de Palestina. Con un lenguaje implacable, y una dureza inusual
para un predicador, empezó a incitar a la gente a que cambiara de vida y
abandonara su indiferencia religiosa. Decía que el juicio de Dios era
inminente, y que en muy poco tiempo Dios iba a castigar con fuego a todos
los que no se arrepintieran de sus pecados y se convirtieran (Mt 3,7-12).
Juan vivía en medio del desierto, llevando una
vida austera. Se vestía con una piel de camello y un cinturón de cuero, al
estilo de los viejos profetas, y se alimentaba de langostas y miel
silvestre (Mc 1,6).
Un desierto con agua
La gente que lo escuchaba hablar quedaba
magnetizada por sus encendidos discursos y su talla moral. Y acudían de
todos los rincones del país para oírlo hablar y pedirle consejos. A cuantos
aceptaban sus enseñanzas y buscaban un cambio de vida, el profeta les pedía
que como señal de su arrepentimiento se sometieran a un pequeño baño
exterior: el bautismo, que él personalmente administraba en el río (Mc
1,4-5).
Juan desarrollaba su ministerio junto al río
Jordán, pues esto le permitía practicar sus ceremonias acuáticas. Pero no
tenía un lugar fijo. A veces se instalaba en un tranquilo brazo del río
cerca de Betania, en la provincia de Perea (Jn 1,28). Otras veces, más al
norte, “en Ainón cerca de Salim” (Jn 3,22), en la provincia de Samaria. De
hecho, Lucas afirma que Juan iba “por toda la región del Jordán” (3,3) en
busca de oyentes a quienes proclamar su mensaje y bautizar.
La llegada del
nazareno
El éxito de este fogoso predicador fue
extraordinario. No era posible permanecer indiferentes. Y muchos jóvenes
que se habían alejado de la fe volvieron otra vez a encontrarse con Dios,
se comprometieron a romper con su pasado, y aceptaron el lavado simbólico
del bautismo que él les ofrecía.
Pero Juan no exigía a nadie que se quedara con
él. A todos los que bautizaba los enviaba de vuelta a su vida anterior.
Sólo les pedía que cambiaran el corazón y que estuvieran dispuestos a
realizar buenas obras, cada uno en su ambiente (Lc 3,8-14).
Sin embargo, poco a poco se fue formando
alrededor del Bautista un pequeño grupo de discípulos que lo acompañaba en
sus recorridos bautismales (Jn 1,28.35-37), lo ayudaba en sus predicaciones
(Jn 3,23), recibía de él enseñanzas más profundas (Jn 3,26-30), y compartía
su espiritualidad ascética del ayuno (Mc 2,18), de la oración (Lc 11,1), y
quizás, al menos temporalmente, también del celibato.
A principios del año 27 d.C, un joven galileo
llamado Jesús, seguramente en compañía de otros amigos, viajó desde Nazaret
hasta el valle del Jordán para ver a Juan. La fama del Bautista había
llegado hasta su pueblo, y quería conocer la renovación espiritual que éste
proponía.
El agua que cambió
todo
Y allí, entre las áridas colinas y los
desolados valles del desierto de Judá, Jesús pudo escuchar el mensaje
escatológico de Juan, que puede resumirse en tres ideas: a)el fin de la
historia está a punto de llegar; b)el pueblo de Israel se ha descarriado, y
se halla en peligro de ser consumido por el fuego inminente del juicio de
Dios; c)es necesario cambiar de vida, y sellar ese compromiso haciéndose
bautizar.
Podemos imaginar la honda impresión que habrá
causado, en el alma del joven de Nazaret, el mensaje del asceta predicador.
Y es posible pensar que fue esto lo que despertó en Él su vocación
religiosa posterior. La invitación al cambio radical de vida, que Juan
dirigía a cada israelita que se hacía bautizar, debió de haber tocado su
interior de tal manera, que lo llevó a abandonar para siempre la vida
silenciosa que hasta entonces llevaba en Nazaret.
En efecto, sabemos que Jesús aceptó el mensaje
de Juan, al igual que muchos otros israelitas, puesto que se hizo bautizar
por él como lo relatan los evangelios sinópticos (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc
3,21-22).
¿Pero cómo fueron los hechos? ¿Qué pasó después
del bautismo? Según los tres evangelios sinópticos, en ese momento bajó el
Espíritu Santo sobre Jesús proclamándolo públicamente Hijo de Dios, y luego
Jesús se alejó del lado del Bautista para hacer 40 días de ayuno en el
desierto y empezar a dedicarse de lleno a su propia misión de predicar el
Reino.
¿Para
qué se fue al desierto?
¿Pero fue exactamente así? El cuarto evangelio
parece ofrecer una versión distinta. Si lo leemos atentamente podemos
encontrar ciertos indicios que muestran que Jesús no se alejó
inmediatamente de Juan, sino que se quedó algún tiempo integrando el
círculo más íntimo de sus discípulos.
El primer indicio lo tenemos en Jn 1,28-30.
Allí el evangelista dice que Juan estaba bautizando en la localidad de
Betania, al este del río Jordán, y añade: “Al día siguiente (Juan el
Bautista) vio a Jesús venir hacia él, y dijo: «¡Miren!, éste es el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije:
después de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía
antes que yo»”.
Para el cuarto evangelio, el bautismo de Jesús
no existió, porque no lo cuenta. Ahora bien, ¿qué hacía Jesús aquél día en
Betania, en medio del desierto, si no había ido a hacerse bautizar? ¿Por
qué andaba entre los discípulos de Juan, cuando éste lo señaló como el
Cordero de Dios? El cuarto evangelio calla. No da ninguna explicación. Pero
el sentido natural del relato parece sugerir que Jesús se encontraba allí
porque formaba parte de los discípulos del Bautista.
Viejo
conocido del grupo
Un segundo indicio lo
tenemos en el relato siguiente (Jn 1,35-57), en el que dos discípulos de
Juan el Bautista, Andrés y otro anónimo (que por el contexto se deduce que
es Felipe), reconocen a Jesús como Maestro y empiezan a seguirlo. Luego,
estos dos discípulos invitan a otros dos (Pedro y Natanael) para que
también ellos se adhieran al nuevo Maestro.
Pero ¿cómo es que Andrés, y los otros
discípulos del Bautista, conocen a Jesús en ese ambiente? La razón debió
ser porque Jesús, al igual que estos otros discípulos, formaban parte del
mismo grupo. En efecto, antes de que Jesús se hiciera bautizar, era un
perfecto desconocido. Si en un determinado momento algunos discípulos del
Bautista lo abandonaron a éste para seguir a Jesús, es lógico suponer que
Jesús llevaba en ese ambiente el tiempo suficiente como para que los
discípulos del Bautista pudieran conocerlo y se sintieran impresionados por
Él.
La pelea por los
celos
El tercer indicio lo hallamos en Jn 3,22-4,3.
Allí se narra que “Jesús se fue con sus discípulos al país de Judea; y
permaneció un tiempo con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando
en Ainón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y la gente acudía y
se bautizaba. Y se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un
judío sobre el tema de la purificación. Fueron, entonces, los discípulos a
Juan y le dijeron: «Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán,
aquél de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van con
él»” (v.22-26).
Este pasaje, en el que los discípulos de Juan
acuden a su maestro para quejarse de Jesús, sólo se entiende si Jesús fue
durante algún tiempo discípulo de Juan. En efecto, podemos suponer que
estos discípulos “quejosos” sabían que Juan había bautizado a Jesús, lo
había tenido un tiempo entre sus oyentes, lo había instruido e iniciado en
su formación. Y ahora veían que Jesús había abandonado el grupo y se había
puesto a bautizar por su cuenta, reuniendo sus propios discípulos y
haciéndole la competencia a quien fuera su formador y maestro. Sólo
suponiendo este trasfondo, se entiende claramente el sentimiento de enojo y
rivalidad surgido en el grupo de discípulos que aún permanecían fieles a
Juan.
El cuarto evangelio continúa: “Cuando Jesús se
enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más
discípulos y bautizaba más que Juan... abandonó Judea y se volvió a
Galilea” (Jn 4,1-3).
Por tres veces, pues, el cuarto evangelio nos dice
que durante su vida pública Jesús bautizó, al menos por un tiempo. Fue sin
duda una práctica adquirida de su antiguo formador, durante la época en que
Él permaneció en su círculo.
El versículo anónimo
Estos
pasajes, que indicarían que Jesús estuvo en el grupo de discípulos del
Bautista por un tiempo, no se encuentran en los evangelios sinópticos, sino
únicamente en el cuarto evangelio. Y esto es lo más increíble y
sorprendente. Porque hoy los estudiosos enseñan que una de las
características del cuarto evangelio es que fue escrito precisamente para
aclarar a los seguidores de Juan el Bautista que no era éste sino Jesús el
verdadero Mesías. Y si a pesar de ello, el cuarto evangelio conserva los
recuerdos de un Jesús que dependía del entorno de Juan (en vez de mostrarlo
totalmente autónomo como hubiera sido preferible), es quizás porque se
trató de un hecho histórico muy conocido por la comunidad a la que se
escribía, y que resultaba imposible de ignorar.
Pero que no fue fácil para los cristianos del cuarto
evangelio conservar los recuerdos de un Jesús “bautizador” se ve en el
hecho de que, cuando ya se había terminado de escribir este evangelio, una
mano anónima le agregó una frase que decía: “En realidad no era Jesús el
que bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2). La mano anónima quiso, así,
mostrar a Jesús lo más independiente posible de Juan. Pero al no borrar las
tres menciones anteriores que decían que Jesús sí bautizaba, la frase quedó
contradiciendo lo que el evangelio había dicho antes, y hoy resulta
evidente que se trata de un añadido posterior.
Misionar comiendo y
bebiendo
¿Cuánto
tiempo pasó Jesús al lado de Juan? Es imposible saberlo. Podemos suponer
que no mucho, pues la vida pública de Jesús duró sólo tres años, y no queda
demasiado margen para esta etapa.
Pero en determinado momento, y mientras estaba
en la comunidad del Bautista, Jesús “descubrió” su propia vocación. Sintió
que su Padre lo llamaba a Él personalmente para que se lanzara a predicar
la Palabra de Dios por su propia cuenta. Fue entonces cuando Jesús decidió
emprender su ministerio independiente. Pero durante ese tiempo Jesús había
ido madurando sus propias ideas, y por eso se lanzó con una prédica diversa
a la de Juan: no ya anunciando el castigo inminente, sino la misericordia y
el amor de Dios. Con una metodología diferente: no ya en los desiertos,
sino recorriendo los pueblos y aldeas del país. Con una actitud de vida
distinta: no ya ayunando y absteniéndose de bebidas, sino comiendo y
bebiendo con los pecadores. Nacía, así, el Jesús de los evangelios.
Jesús, pues, no fue “discípulo” de Juan
Bautista en el sentido técnico de la palabra, es decir, de un alumno que
aprende los conceptos de un maestro. Pero sí en el sentido amplio, de
alguien que compartió cierto tiempo en el círculo de otra persona.
Como un embudo gigante
Nos queda una inquietante pregunta. ¿Acaso
Jesucristo no lo sabía todo? ¿No era el Hijo de Dios? ¿Cómo es que necesitó
que alguien le iluminara la mente para mostrarle el camino que debía
seguir?
Ciertamente Jesús era Dios. Pero también era
plenamente hombre. Y una de las características de todo verdadero hombre es
el lento aprendizaje de las cosas. Jesús, pues, debió haber experimentado
esta misma pedagogía, como lo atestigua el evangelio de Lucas cuando dice
que en Nazaret “(el niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en
gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52).
Quizás una manera de explicar esta dualidad de
Jesús sea la de imaginar un gigantesco embudo, con un estrecho orificio de
salida. Si en él derramáramos una gran cantidad de vino, sería de todos
modos muy poco lo que se podría pasar al otro lado, ya que el cuello de
salida resultaría pequeño. Pues bien, dentro de Jesús habitaba toda la
divinidad, el Dios omnisciente, que todo lo sabe. Pero esa infinita
sabiduría de Dios, para exteriorizarse, debía hacerlo por los estrechos
conductos de un cerebro, una mente, y unas neuronas humanas, que no tenían
capacidad para permitirle saberlo todo. Por eso debió experimentar, de
alguna manera, el mismo aprendizaje de sus hermanos los hombres.
Una voz de Dios poco oída
Pensar que Jesús de Nazaret siempre supo todas
las cosas con total claridad y perfección, además de ir contra lo que dicen
los evangelios, es tener una visión simplista e infantil del Señor. Desde
que el Hijo de Dios se hizo hombre, Dios quiso obrar en Él a través de lo
natural, es decir, del mundo a donde lo había enviado. Por eso lo vemos
“naturalmente” tener hambre, sed, calor, sueño, alegrías, penas, dudas, y
morir cuando lo crucifican.
Y así como no nos resulta extraño que la Virgen
María fuera el “factor humano” necesario para que Jesús pudiera nacer en el
mundo, ni que San José fuera el “factor humano” necesario para que Jesús
tuviera una familia normal, conociera en su hogar las Escrituras y
aprendiera un oficio manual, tampoco resulta extraño que Juan el Bautista
pudiera haber sido el “factor humano” gracias al cual Jesús descubriera la
vocación que lo llevó a emprender su ministerio. Dios puede hablar de mil
modos y a través de cualquier circunstancia, y no contradice a la sana
Teología el hecho de que le hubiera hablado a su Hijo a través de Juan el
Bautista.
Si Dios privilegió este modo “humano” de
comunicación incluso con Jesús, nosotros los hombres deberíamos estar más
atentos a las personas que nos hablan, nos advierten y nos exhortan.
Podrían ser “la voz de Dios” que nos grita en el desierto de la vida.
* Sacerdote, Doctor en Teología Bíblica, Profesor de Teología en la
Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina).
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